27 de agosto de 2020

LOS PUEBLOS MÁS BONITOS DEL PAÍS VASCO- FRANCÉS

Salimos de Tardets en dirección a Bidart, mapa, móvil  y GPS en mano. Dejamos nuestro alojamiento Charme du Nature con la convicción de que lo echaremos de menos. Nos ha encantado la localización, el espacio, la luz, la limpieza y los botones. Sí, interruptores para las luces, las persianas, el toldo.. Además la dueña tiene perro y eso a los peques les ha encantado, y también un patio con gallinas a las que podíamos dar de comer. Y eso a los peques les ha encantado ¡!

Por el camino nos proponemos hacer una parada técnica en uno de los que dicen que  es uno de los pueblos más bonitos de Francia, La Bastide- Clairance. Acabamos tardando más de lo esperado en llegar, porque nos encontramos una carretera cortada por obras y el desvío nos cuesta perdernos un poco, claro. El pueblecito en sí es precioso, con casitas dispuestas en hileras que parecen sacadas de un cuento, jardines y árboles por todas partes. La iglesia es espectacular ( me remito a las fotos ). El caso es que sí, bonito es, pero pequeño también. El centro en sí no pasa de tres calles.


Decidimos quedarnos a comer ( en Francia se come pronto ) en uno de los dos restaurantes del pueblo ( sí, dos ), en La Table Gourmande. No hay muchas mesas y todas son exteriores. Está lleno. La comida está muy buena, pero el solazo que cae nos hace ir moviéndonos alrededor de la mesa para no chamuscarnos. A las 14h nos quedamos solos en el restaurante. No tardarán a cerrar.







Llegamos a Bidart ( en la costa del País Vasco- Francés ) por la tarde, al Camping Rousseau. Nos alojamos en un mini bungalow con la esperanza de mantener nuestra privacidad. El camping en sí es todo un lujazo para los amantes de las piscinas con toboganes y actividades para turistas, pero no para nosotros, que buscamos tranquilidad. La primera impresión es mala. Decenas de bungalows dispuestos en hileras. Impersonal. Bueno, suponemos que no vamos a estar mucho en el camping. Además es de lo más baratito/ normalito que hemos encontrado en esta costa, donde todo nos parece carísimo. Lo peor es que NO tenemos cafetera. NO tenemos cafetera. Y todo el mundo sabe que el café es absolutamente IMPRESCINDIBLE por la mañana. En fin, nos conformaremos con té y leche con cacaolat.

El día de nuestra llegada se nos ocurre ir a la piscina ¿ Por qué no ? Los peques están encantados pero a nosotros no nos gusta demasiado. Para ser que estamos en plena pandemia COVID aquí parece que nadie se acuerde. Intentamos que no se nos caiga nadie encima y nos negamos a dejar las zapatillas en la entrada amontonadas en un césped artificial, mojado y roñoso, por donde tenemos que pasar todos ( no sólo nosotros, sinó todo el camping ) descalzos.

Desde Bidart queremos explorar:

-    1.- Pueblos de la costa y País Vasco- Francés que nos han parecido bonitos en las fotos de Google y comentados en blogs de otros turistas: Ainhoa, Biarritz, Sare, Espelette, Saint Jean de Luz y Ciboure. Pasamos de grandes ciudades como Bayona o San Sebastián. Otra vez será.

-        2.- Visita al Col de Saint Ignasi ( con el tren de  La Rhune ).

-        3.- Cuevas de Zugarramurdi ( en España ).

-       4.- Fuenterrabia/ Hondarribia ( también en España ), recomendación de nuestros anfitriones en Lintzoain. Luis, es de Guipúzcoa y nos ha aconsejado ir al Faro de Higuer desde Fuenterrabia.

Tenemos 5 días así que pensamos que será suficiente. No contábamos con la lluvia, que nos ha restado dos días. A pesar de ello, no hemos dejado de salir del mini bungalow ( más bien mobile home ). La verdad es que la situación del camping ( si tienes coche ) está muy bien. El punto más lejano al que hemos ido es Zugarramurdi, a unos 40 min en coche.

26 de agosto de 2020

RUTA D347 360º

26 de Agosto 

Tardets. Hoy toca improvisar. Queríamos ir a La Madeleine para hacer alguna de las rutas que se pueden hacer desde allí. Las hay para todos los niveles, desde 3 o 4h a 7 o 8h. Tenemos un tríptico en el alojamiento muy detallado. 

Descartamos también ir a Los Chalets de Irati o a Larrau. Minimo entre 40 a 60 min de coche para llegar al punto de partida. Pero estamos un poco cansados de tanto coche así que no. ¿ Qué hacemos ? Finalmente decidimos coger el coche por la Rue de la Madeleine y llegar hasta un pequeño cruce de caminos, a unos 8min. Aparcamos en una pequena explanada. Desde allí intentamos hacer una ruta de 7km que llega hasta un mirador y a la Capilla de la Madeleine. Y digo intentamos porque cuando llevamos poco menos de 30 minutos nos topamos con unas plataformas que se alzan en algunos árboles. No parecen muy seguras. De echo nos preguntamos si no estarán abandonadas. Pero parecen miradores. Subimos por turnos a la más alta. Desde arriba se ve el valle y las montañas tiznadas de pueblecitos. El cielo está azul y lleno de nubes que parecen algodones.  

También vemos nuestro coche aparcado y un poco más allá, por un camino de piedras que asciende a través de la montaña, tres personas que caminan y se pierden entre los helechos Decidimos volver y seguir sus pasos. A priori no nos habíamos planteado que fuera un camino transitable, ni tampoco que pudiera llevarnos a ningún lado. Pero a medida que ascendemos nos damos cuenta de que es mucho más de lo que parece. En menos de 40 minutos nos plantamos en el punto más alto. El camino es estrecho y está lleno de piedras en algunos tramos. Está rodeado de helechos altos y cada vez hace más pendiente. A Laura le da un subidón y llega la primera. Estamos en la cima. El camino continúa más allá pero nosotros no sentimos satisfechos. Tenemos 360º de montañas a nuestro alrededor. Es espectacular. No esperábamos algo así tan cerca de casa.






La bajada es más rápida y resbaladiza. Volvemos al alojamiento llenos de energía. Hacemos la comida y descansamos. Por la tarde paseamos por Tardets y acabamos con los pies en el río. De vez en cuando está bien no tener nada que hacer. 





25 de agosto de 2020

6º EN AGOSTO

Decidimos madrugar un poco para evitarnos sustos ya que esta vez tenemos que ser puntuales: hace días que reservamos desde España plaza para poder realizar la visita guiada a la cueva de La Verna (no se puede hacer por libre). Hemos quedado a las 10:30 hrs en el parking de la empresa que realiza las salidas, situada en el pueblo de Saint Engrace. Como esta vez tenemos la ruta más estudiada y no nos encontramos con ningún contratiempo resulta que llegamos a eso de las 09:15 hrs, más de una hora antes de lo previsto. Aprovechamos el tiempo para dar una primera vuelta por el pueblo tras pasar por oficinas a confirmar nuestra reserva.

La visita es exclusivamente guiada y cuando la haces entiendes el motivo: primero porque para llegar a la entrada hay que hacerlo en vehículo pasando por una estrecha pista de montaña en un recorrido aproximado de 3 kms. Como se trata de un grupo guiado casi todos cabemos en un microbús de la empresa. Los que no caben van en su propio vehículo con el microbús abriendo paso por delante. Como se conocen los horarios no se cruzan con vehículos que vayan en el sentido opuesto. El segundo motivo es que la visita no es una turistada ni mucho menos: la temperatura es de 6 grados todo el año (hace un frío de mil demonios), está escasamente iluminada y hay zonas de acceso con techos bajos y piedras algo resbaladizas. Es pues fundamental llevar ropa térmica, casco y seguir las consignas del guía a rajatabla. Para poder escuchar al guía llevas unos auriculares y una radio y puedes oírle perfectamente. Los niños pueden hacer la visita a partir de 7 años (Laura cumple el requisito). Como somos los únicos españoles del grupo tenemos la suerte de que nos asignan la guía de habla hispana solo para nosotros y nos separan del grupo de franceses mucho más numeroso (unas 15 personas aproximadamente); podemos hacer la visita de forma privada (todo un lujazo).

Las explicaciones de la guía son muy interesantes. Aprendemos que la gruta de La Verna es la cueva visitable más grande de toda Europa y está ubicada dentro de la montaña de San Martin. Fue descubierta en 1953 y se abrió al público en el 2010. Sus dimensiones son 194 metros de altura y 245 metros de ancho. Estas dimensiones permitieron que en el año 2003 un globo aerostático efectuara un vuelo dentro de la sala de la Verna.

Para llegar a la sala excavaron un túnel en la montaña de aproximadamente 600 metros de longitud que tenemos que recorrer a pie. En esta parte es donde ya coges un frío de mil demonios, ya que la corriente de aire es bastante fastidiosa. Cuando llegamos a la gran sala la pasamos a oscuras pues la gracia de la visita es dejar la mejor parte para el final. Recorremos unas pasarelas y unas escalinatas que nos conducen a una segunda sala por donde accedieron a la misma los espeleólogos por allá la década del 60 (lo hacían desde la cima de la montaña). Aquí ya ves como el baja agua en dirección a la gran sala y te topas con una instalación hidroeléctrica construida en el 2000 que permite alimentar la central eléctrica de Saint Engrace. Los niños lo miran todo con la boca abierta y no pierden detalle de las explicaciones de nuestra guía. Después volvemos a la gran sala y allí podemos contemplarla ya iluminada desde diferentes miradores (hay un total de 3). Es difícil hacerse una idea exacta de las dimensiones porque la vista te engaña. Para ayudarte tienen colocados unos maniquíes de hasta 2 metros de altura de diferentes colores por toda la sala y así es algo más fácil situarse. La visita dura cerca de una hora, pero la verdad es que al final tienes tanto frío que sólo estás deseando salir para entrar en calor. Los niños se lo pasan bien, aunque al final les resulta algo pesado. Nosotros recomendamos la visita ya que, aunque no sea tan espectacular como otras cuevas que hemos visitado, la visita es más auténtica.


Después de la visita nos vamos a comer a un restaurante de Saint Engrace, en el albergue Berriex. Es un restaurante agradable y tranquilo, con terracita exterior. Comemos muy bien (ojito con el entrecotte que está de cine). Al final acabamos solos en la terraza (son más de las 14:00 hrs y ya no queda nadie) con los niños jugando a sus anchas y nosotros tomando el café. Hace tanto sol y calor que la verdad es que moverse da un poco de palo después del esfuerzo de la visita matutina.

Por la tarde teníamos previsto visitar la garganta de Kakueta. Como no es posible como explicamos en el post previo, optamos por cambiar de garganta y nos vamos a visitar la de Ehujarre. Dejamos el coche aparcado en Saint Engrace y nos plantamos a la entrada de la garganta tras caminar un kilómetro por una pista de hormiguón que desciende hacia el bosque y el río y con el sendero perfectamente balizado. Llegados a este punto los niños empiezan a protestar, pero conseguimos ganar algo de tiempo fijando un plazo de tiempo para recorrer la garganta y usando el truco de encontrar las marcas. La garganta es muy chula: un bosque extenso con un sendero rodeado de rocas musgosas y piedras por donde debía pasar el río. Nos sorprende que está seco. El sendero lo va sorteando en zigzag y en numerosos tramos atraviesas las rocas del antiguo cauce del río. A medio camino nos paramos a tomar nuestros zumos. La verdad es que el bosque y la garganta son preciosos y la visita es muy recomendable. Tras una hora de paseo por el bosque damos la incursión por finalizada; los niños empiezan a rebelarse y con razón. ¡Vaya palizón que les hemos dado!




Al volver a Saint Engrace aprovechamos para merendar en el bar del pueblo y visitar la iglesia gótica del siglo XII que tienen. Se ha celebrado un funeral al mediodía y todavía queda gente despidiéndose. Nos sorprende ver la naturalidad con que se abrazan y se saludan los asistentes, con una sonrisa en la cara. Están contentos. 

24 de agosto de 2020

LA RUTA D117

Partimos de Lintzoain hacia Tardets Sorholus, nuestro próximo objetivo en el mapa. Hoy nos adentramos en Francia. Miramos las noticias cada día por si es posible que se cierren las fronteras o se vuelva a activar el estado de alarma en cualquiera de los 2 países. Con el desconfinamiento los rebrotes van en aumento. Afortunadamente todo está tranquilo y decidimos cruzar la frontera.

Carmen y Luis se despiden de nosotros invitándonos a desayunar. Al contarles que somos sanitarios han querido tener un gesto con nosotros :)

Pensamos en hacer una primera parada para hacer la compra.

“¿Y si paramos en Roncesvalles?”

“No, mejor paramos en este otro supermercado, que nos va de paso y parece grande”.

Menos mal que lo hacemos. Al pasar por Roncesvalles nos damos cuenta de que no es un pueblo al uso. Consta únicamente del monasterio que le da nombre, hotel y albergue incluidos y de una oficina de turismo pensada para el peregrino/ turista que quiere informarse sobre el camino de Santiago. Recorremos la zona un rato para estirar las piernas.

Por el camino paramos a comer en San Jean Pie de Porte, una sorpresa inesperada. Hay mercado, así que la ciudad está llena de gente. Resulta un poco agobiante ya que hay mucha gente y no toda lleva la mascarilla. Hacemos un recorrido rápido por el mercado y nos paramos a comer en un restaurante con terraza. Es muy ruidoso y hay mucha gente. Después optamos por pasear un rato al azar, antes de subirnos al coche. En un muro justo al lado del río descubrimos unas escaleras de piedra que nos conducen a la Ciudadela y sus murallas y a unas vistas imponentes de la ciudad. La parte antigua está amurallada y repleta de casas que bien podrían haber salido de la película de la Bella y la Bestia.  Lástima no poder quedarnos más tiempo a recorrer sus calles. Laura y David ya están cansados y se amotinan y además todavía nos queda para llegar a Tardets.



Desde Tardets podremos visitar la Garganta de Kakueta y el puente colgante de Holzarte. Nuestro GPS nos dirige por la ruta más corta, bien. Perfecto. Genial. O eso pensamos durante los primeros km. Después de dar alguna que otra vuelta de más nos damos cuenta de que estamos atravesando un puerto de montaña, el de Mendive, que transcurre por la carretera 117. Carretera es un decir. En realidad se trata de una pista de doble sentido, tan ancha (o estrecha, según se mire) como para permitir el paso de un único coche. No suena muy mal excepto cuando te das cuenta de que estás a 900m de altura, sin arcén ni nada que se le parezca. Estamos tan nerviosos que casi no podemos disfrutar de las vistas, que son impresionantes, de vértigo. Laura duerme y David está leyendo. Nosotros no dejamos de mirar más allá de donde alcanza nuestra vista. Nos aterra encontrarnos con algún /otro coche en el sentido contrario. Nosotros vamos por la derecha, claro, que es por donde está el precipicio. Pensamos en dar la vuelta, pero no podemos, sólo podemos seguir adelante. Son 17km a 20km/h. Eterno. A mitad de camino no podemos más y paramos en un saliente donde hay dos motos más aparcadas y un coche. Ahora ya no vale la pena dar la vuelta. Seguimos. De vez en cuando se ve alguna granja aislada, lecherías, vacas…unas cuantas se nos cruzan por el camino a lado y lado del coche. Lo que nos faltaba… en fin, con paciencia llegamos por fin al final, donde la vía se ensancha un poco más y por fin estamos a menos altura. Nunca más. No ¿No?



En Tardets nos alojamos en una casita que está a las afueras, pero como el pueblo es pequeño está igualmente cerca del centro. Se llama La Maison Du Charme y es impresionante. Tiene 2 plantas para nosotros solos, un comedor cocina inmenso, un sofá robotizado, unos ventanales enormes con persianas eléctricas, todos los electrodomésticos que te puedas imaginar (Nespresso incluida), habitaciones amplias y un largo etcétera. ¡Esto sí son vacaciones!

Nuestra anfitriona, Marie, nos informa que la Garganta de Kakueta y el puente de Holzarte están cerrados. En la Garganta murió hace una semana una turista a la que se le cayó una piedra encima. El puente está cerrado porque con tanto turista y con tanto COVID no se cumplen las medidas necesarias y su alcalde ha decidido cerrarlo al público. No nos parece mal dada la situación de pandemia mundial (nosotros estamos muy concienciados); desafortunadamente no en todos los sitios se piensa igual y el afán recaudatorio de ciertas atracciones turísticas se antepone la mayor parte de las veces (como se verá más adelante nuestra visita al acuario de Biarritz será un vivo ejemplo).  

Como estamos algo cansados decidimos no movernos hasta el día siguiente. Baño, cenita y a dormir.

23 de agosto de 2020

LA SELVA DE IRATI Y LOS BOSQUES DONDE HABITAN LAS HADAS

Días 22 y 23 de Agosto

Como al final vamos a estar alojados un par de días en Lintzoian decidimos aprovecharlos para explorar la Selva de Irati entrando desde Orbaizeta (tardamos menos de 45 minutos de coche en llegar desde Lintzoain ). Pasado este bonito pueblo (que visitaremos por la tarde del primer día) accedes a la zona del parking de Arrazola. Como nos han avisado de que hay mucha gente por la zona y estamos en fin de semana nos pegamos un buen madrugón y llegamos a Arrazola antes de las 09:00 hrs am. Nos sorprende descubrir que finalmente estamos casi solos. Te cobran 5 euros por estacionar el vehículo todo el día dentro del parque y te dan un mapa y una prácticas indicaciones. En este primer día decidimos dirigirnos al aparcamiento del Embalse de Irabia que está 8 kilómetros más alejado del de Arrazola y por el que se accede a través de un camino asfaltado por el que nos encontramos animales pastando (vacas, ovejas y caballos) para deleite de nuestros peques. Empieza la aventura. 

Decidimos empezar con un primer recorrido para ir abriendo boca: el Camino de Beunza (SL-52 y 53C). Pasamos frente a la presa, cruzando el muro de contención y cogemos el sendero de la izquierda siguiendo las señales blancas y verdes. Les pedimos a David y Laura que estén atentos a los largo de todo el camino a dichas marcas y con eso conseguimos tenerlos entretenidos un buen rato, además de que nos son de gran ayuda (¡vaya vista que tienen!). Entramos en un bosque de hayas que parece sacado de un cuento. Nos llama la atención la altura de los árboles y la penumbra que los rodea (aquí es difícil que pasen los rayos del sol). También los colores: el marrón de los árboles, el verde del musgo y el azul del agua del embalse. De vez en cuando hacemos el ejercicio de quedarnos en silencio para escuchar el sonido de la naturaleza; oímos el canturreo de los pájaros. Pensamos que en cualquier momento encontraremos el lugar donde habitan las hadas. 

En el momento en que más alejados estamos del embalse nos encontramos con un desvío a la derecha para ascender un rato y regresar por un sendero más elevado a la presa de Irabia (haciendo una ruta circular). No seguimos más lejos porque nos han dicho que el puente que permite el paso está parcialmente derruido. El recorrido es muy hermoso. Laura empieza a aburrirse a la vuelta y al final acaba encima de Jordi canturreando canciones mientras practica peluqueria con el pelo de su papi (esto se repetirá varias veces a lo largo del viaje...).







La segunda parte del día la pasamos en el mismo embalse con un segundo recorrido: el de Los Paraísos  (SL-53 y 54C). Aquí ya aparecen las primeras quejas serias de nuestros hijos pero les engañamos explicándoles que es necesario caminar un rato para acceder al merendero que nos permitirá comer. A lo largo de este trayecto ya nos vamos encontrando más gente. Como aquí el hayedo no es tan frondoso como en la vertiente opuesta del embalse, hay más sol y estamos más expuestos al calor del mediodía. Llegados a este punto nos salvan los zarzales de moras que están a lado y lado del camino y en los que nos entretenemos por igual mayores y peques a recoger moras. Momentazo el de Laura examinando las moras y sopesando cuales pasan a la bolsa y cuales hay que deshechar. 



Tras un rato de paseo llegamos a un claro en el bosque donde puedes seguir ruta paralela al embalse o desviarte a la izquierda para volver por un camino más elevado al parking del embalse. Hay un par de mesas que hacen de merendero; ha llegado el momento de detenerse a comer. Abrimos las bolsas de pícnic que nos han preparado Carmen y Luis: bocatas (tortilla de patatas para los papis y atún para los peques), zumos y melocotones (muy sabrosos). Devoramos la comida y acabamos improvisando una siesta aprovechando lo a gusto que estamos todos. Acabamos estirados en el suelo con los niños encima usándonos de almohada. ¡Se está tan a gustituto con el solete y la panza llena!

Para regresar, Jordi tiene claro que hay que coger la ruta elevada para volver por el camino circular. Desafortunadamente el grupo ya no está para tonterías y tenemos el motín del día perpretrado por Fani y los peques. Nadie quiere más aventuras así que acabamos volviendo por el mismo camino que el de ida. Como consuelo nos queda que la luz está algo diferente y que, como ya no estamos entretenidos recogiendo moras, nos fijamos más en el bosque que nos rodea.

A la vuelta en coche aprovechamos para hacer una parada en el pueblo de Orbaizeta donde los peques disfrutan un rato en un parque infantil y acabamos merendando en un bar del pueblo. Es muy chulo y la visita merece la pena, con casas suspendidas sobre maderas y cardos en sus puertas para entretener a las brujas. 




Por la noche nos espera una nueva y suculenta cena con nuestros anfitriones de la Posada (los espárragos están de cine, los peques comen pizza casera y tenemos vino blanco). ¡Atención al patxaran casero de Carmen! ¡Todo un lujazo!

El segundo día despierta nublado y ventoso lo cual no es una mala notícia mientras no llueva (que no lo hace en toda la mañana). A pasar fresquito y manga larga... ¡Un gustazo después de tantos días de calor! Esta vez aparcamos en Arrazola y nos adentramos para hacer ruta por el bosque desde allí mismo (trazados SC-50 y 51C). Hay muy poca gente. Los niños vuelven a entretenerse buscando las marcas de señalización del sendero. El recorrido es diferente al de ayer: se puede resumir en que al no haber embalse hay más bosque. La ruta es tan mágica que esperamos que aparezcan trolls en cualquier momento: primero pasas por un tupido bosque de hayas, después por una zona de rocas calcáreas cubirtas de musgo y finalmente te lleva a unos prados con vacas y caballos pastando. Llevamos fruta como tentempié a mitad de camino. Hacemos un recorrido de ida y vuelta por el mismo sendero (de aproximadamente 3 horas) sin más desvíos. Las caminatas de ayer empiezan a pasar factura y queremos hacer más cosas por la tarde. Acabamos comiendo en el merendero del parking; ojito con los bocatas de tortilla de chistorra de los peques que están buenísimos. Esta vez no hay momento siesta porque hace frío.








Intentamos acceder a la cueva de Arpea para hacerle una visita pero, tras transitar un buen rato por una pista de montaña estrecha y con mucha pendiente, decidimos abandonar. Preguntamos cuando empezamos a estar agobiados y nos informan de que aún estamos lejos, que hay que entrar en lado francés primero y que la pista todavía se tiene que estrechar más. El cambio de planes nos lleva a Garaioa, al mirador de Zamaroian. Nos lo recomeindan Carmen y Luis, exploradores innatos de estos parejes. Para acceder a él hay una pista de hormiguón en pendiente ascendente que te ahorra casi 7 kilómetros de caminata. Es estrechito pero si se sube con cuidado no tiene mayor dificultad. Cuando se acaba el hormiguón hay una zona improvisada que hace las veces de parking. Desde aquí se coge un camino de tierra y en menos de media hora nos plantamos en el mirador. Ha salido el sol; después de pasar frío durante la primera excursión, la verdad es que a esta hora se agradece el cambio. Por el camino Fani y los peques se entretienen a hacer acrobacias en un árbol. Hay bastante gente a estas horas (primera hora de la tarde) pero no llega a ser agobiante. En el mirador hay una roca literalmente suspendida en el aire. Pronto se van organizando colas improvisadas entre los visitantes para poder hacer fotos de forma segura. Nosotros vamos por turnos después de dejar a Laura y David alejados de la zona, junto a un árbol. Las vistas son de vértigo. La roca es ancha y como está inclinada hacia arriba no causa tanta impresión como puede parecer a primera vista. Después de la visita acabamos merendando en un bar con terraza en el pueblo de Garaoia.



Al llegar a la Posada nos espera un buen baño, otra cena de cine orquestada por Carmen y Luis (esta vez pimientos del piquillo, huevos rellenos y albóndigas) y empezar a preparar maletas. ¡Socorro! ¡Yo de aquí no me quiero ir! 

Carmen y Luis son excelentes amfitriones. Les gusta lo que hacen y eso se nota. El apartamento está genial, superlimpio y espacioso. Y cocinan de primera. Son además muy agradables. Los recomendaremos sin lugar a dudas. Y desde luego, tenemos claro que aquí hay que volver. Nos falta mucho por explorar. Gracias Carmen y Luis por estos días.