2 de julio de 2026

EL TEMPLO BUDISTA MÁS GRANDE DEL MUNDO: TAMBIÉN EN YOGYAKARTA

A las 06:30 h am ya estamos desayunando. Decidimos quedar más pronto con el guía para evitar las horas de más calor (hoy toca visitar otro complejo arquitectónico de Borobudur) y no llegar tan tarde al hotel para poder disfrutarlo algo más. El desayuno, igual que ayer, está buenísimo y nos ponemos las botas.

Para la visita de hoy toca primero coche hasta la llanura Kedu (a aproximadamente 40 km al noroeste de Yogyakarta).Tras una hora de trayecto, hacemos una primera parada en el Templo Padi Cawon. Kaoto nos explica que es budista y tiene una arquitectura similar a la del complejo de Borobudur. Pertenecen al mismo período y se especula con que existiera un camino amurallado que los conectase. Paseamos un poco por los alrededores y por un sendero que bordea un bosque de bambú junto a un río. Aún no son ni las 09:00 h y está todo muy tranquilo.

Llegamos a Borobudur. Nos topamos con un gran edificio donde hay servicios y la billetería. Lo primero que llama la atención, a diferencia de la visita de ayer al complejo de Pram Banan, es que está todo mucho más organizado. El templo no se puede explorar por libre y hay que formar parte de un grupo de unas 25 personas, que está numerado (nos toca el 27) y liderado por un guía oficial local del parque de habla inglesa (en nuestro grupo). Tras pagar y sernos asignado a un grupo, te dan unas sandalias de bambú de tu número, una bolsa para guardar allí tu calzado y llevarlo encima y un botellín de agua (entra con la entrada que cuesta 450000 rupias, 25 euros). Nos han asignado el turno de visita de las 09:30 h y nos hacen esperar en un pabellón abierto con sillas. Nuestro primer impulso es el de criticar tanta parafernalia. Esto pinta a turistada. Nada de perderse por ahí a tu rollo. 

Aprovechamos para leer un poco el panfleto que nos dan informando del enclave y saber algo más acerca del lugar. Borobudur fue construido entre 750 y 850 y es el monumento budista más grande del mundo. Es un santuario y lugar de peregrinación budista y está edificado de tal manera que se visita ascendiendo. Se empieza desde la base del monumento y, a través de escaleras y corredores, representa que vas ascendiendo (son 9 plantas) por los tres niveles de la cosmología budista hasta alcanzar el anhelado Nirvana. 

Kioto no nos acompaña. Se queda con nuestras bolsas con el calzado y nos dice que nos estará esperando a la salida. Hace un bochorno importante y el sol aprieta de lo lindo (¡y eso que no son ni las 10:00 h!). El guía nos va explicando bastantes cosas, aunque habla muy deprisa y cuesta seguirlo. Además, va cerrando los ojos como si estuviera tratando de recitar la lección. Eso sí, si una cosa destaca de los guías que nos han tocado en Yogyakarta es su amabilidad y predisposición y su habilidad para hacer fotos. ¡Ya era hora de tener buenas fotos en familia de los 4 juntos!

Borobudur está construido como una gran estupa y, visto desde arriba, toma la forma de un mandala budista. Tiene nueve plataformas: las seis inferiores tienen forma de cuadrado, mientras que las restantes son circulares. Hay que reconocer que, haciendo la visita de esta manera, es más fácil recorrer los pasillos u obtener fotografías sin que haya gente por todas partes. La visita es más auténtica aunque haya que hacerla pendiente del reloj. Te dan una hora dentro y, como la entrada es una pulsera, para asegurarse de que no te pasas de tiempo, te leen al acceder el código de barras que lleva impreso. Empezamos a subir con calma; los escalones son enormes y hay que dar grandes zancadas. Vamos bebiendo agua y colocándonos en zonas sombreadas mientras el guía nos va explicando cosas del lugar. La verdad es que en esta zona no le hacemos mucho caso: preferimos adentrarnos en los pasillos y explorarlos sin gente.



A medida que vamos ascendiendo, las vistas empiezan a ser más espectaculares. Hay diferentes estatuas; la gran mayoría son representaciones de Buda sentado con las piernas cruzadas y con diferencias en la posición de sus manos (son los 5 mudras). Hay zonas donde están ubicadas en nichos (plataformas inferiores). Arriba están ya dentro de estatuas perforadas. Muchas estatuas están decapitadas o mutiladas y las hay perdidas (nichos vacíos). Como en Prambadam, llaman mucho la atención la calidad de sus relieves o paneles que cubren los pasillos; algunos son decorativos y otros explican episodios de la simbología budista. Hacemos fotos y videos sin parar y lo miramos todo con la boca abierta. ¡Es sencillamente impresionante!

Finalmente accedemos a las 3 plantas circulares superiores o cima del monumento. Aquí el guía nos da tiempo libre (una media horita) para recorrerlo a nuestro aire. Como no hay mucha acumulación de gente, lo disfrutamos bastante. No se puede acceder al último nivel. Recorremos los 3 niveles bordeando sus 72 pequeñas estupas (rodean la central): tienen forma de campana y hay una estatua de Buda dentro de cada una. Aquí David y Laura ya muestran poco interés y se colocan en una zona sombreada a “hablar de sus cosas”.  



La siguiente media hora la invertimos en ir bajando con calma del monumento, reunirnos con Kaoto, volvernos a poner el calzado normal, tomar las últimas fotos del monumento (panorámicas desde la base) y salir del complejo. Son casi las 12:00 h cuando llegamos a la furgoneta. Entre el madrugón y la calurosa visita estamos más que cansados. 

La segunda parte del tour de hoy incluye una visita al pueblo de Candirejo. Kioto nos preguntó cómo preferíamos hacerla, dándonos a elegir entre bicicleta o carro tirado por caballo. Escogimos la 2.ª opción. Nos asignan una guía local de habla inglesa y 2 carros: en uno van los papis y en el otro David y Laura. El carro va bastante deprisa, la verdad, y llama mucho la atención la facilidad que tiene el conductor para manejar al caballo, especialmente en las curvas.

El pueblo de Candirejo es famoso por su fuerte cultura javanesa, rodeado de campos fértiles y verdes colinas. La visita es muy recomendable. La gente nos mira con una sonrisa en la cara y coincidimos con algún grupo aislado de turistas que están haciendo la actividad igual que nosotros. La primera parada nos lleva a visitar una granja de cabras para el consumo local. Después nos paran en una casa donde vemos trabajar a dos ancianos: están elaborando tempeh, un producto alimenticio procedente de la fermentación natural controlada de la soja y que se presenta en forma de pastel. Vemos diversas fases del proceso y flipamos bastante con los dos ancianos. Son más de las 13:00 h pm y no parece que tengan previsto descansar...



La siguiente parada nos lleva a una casa local donde tienen un precioso escenario con un gamelán. Tienen una pizarra con 3 partituras para niños de muy fácil interpretación: con números y letras puedes deducir qué toca tocar (los instrumentos musicales tienen los correspondientes números). Suponemos que es así como aprenden a tocar y la guía se pone a explicarnos cómo lo vamos a tener que hacer. Vaya... Parece que de esta no nos libramos. Fani y los niños acaban en los xilófonos y Jordi al gong. La guía hace de directora marcando los tiempos y enseguida aparecen los anfitriones de la casa con una sonrisa en la cara y se ponen entre nosotros a tocar. El resultado es bastante divertido y nos echamos unas risas. Mola bastante, la verdad.



Ahora toca la comida local. Paramos en una casa con una enorme terraza donde sirven las comidas. La guía nos explica que pertenece a la comunidad y que la van alquilando por trimestres para su uso/beneficio a los lugareños. Se trata de tener el negocio turístico en marcha, que también aporta dinero. Comemos solos porque el grupo que estaba al llegar solo ha hecho un aperitivo. Primero nos ofrecen té de jazmín y unos aperitivos que están muy buenos. Después nos cambian de mesa y nos sirven la comida: la llenan de diferentes platos NO picantes (tal y como especificamos). Hay sopa, una olla con verduras variadas (buenísimas), noodles con vegetales, pinchos de carne (sate ayam), tempeh, arroz blanco y pan de gambas. Está todo superlimpio y muy bien presentado. El agua es mineral. De postre, plátanos y unos churros de plátano frito con chocolate por dentro que están deliciosos. Comemos hasta no poder más. 



Llegamos a la furgoneta a eso de las 14:30 h y regresamos al hotel. Es más de una hora de trayecto en la que más de uno se echa una cabezadita. Nos espera la piscina del hotel, recoger la ropa (nos cobran 30 euros; caro para los estándares del país, pero no nos vamos a pasar las tardes lavando ropa...) y la última supercena en el d. Omah, en la que tampoco nos estamos de nada. Vemos serie en familia (en la tele del hotel hay Netflix) y nos vamos a dormir pronto, que mañana toca hacer el MADRUGÓN del viaje.


1 de julio de 2026

EL TEMPLO HINDUÍSTA MÁS GRANDE DEL MUNDO

No tardamos en comprobar para qué eran los tapones. Las habitaciones son muy ruidosas de noche. Por un lado, comprobamos que entre las dos habitaciones dobles que tenemos (están separadas por un pasillo exterior) podemos llegar a escucharnos si hablamos alto. Al poco rato de estar dormidos, se escucha un “rasca rasca” como si, dentro mismo de la habitación, tuvieras un bichito paseando por entre las cortinas (no sabemos el tamaño). ¿Alguna lagartija? ¿Algo más grande? Acabaremos todos levantados y revisando exhaustivamente las paredes. Al final descubrimos que es el ruidito que hace el agua del aire acondicionado al pasar por las tuberías de desagüe. Tras conseguir dormirnos, a unas horas intempestivas (concretamente a eso de las 04:00 am), empezamos a escuchar la larga letanía del imán de la mezquita local llamando a la oración. Hay que recordar que el 80% de la población indonesia es musulmana y que, por lo tanto, cumplen con rigurosidad sus rezos. De hecho, más adelante sabremos que mucha gente en este país ya se despierta con los rezos y se pone a faenar. Al imán lo escuchamos como si estuviera en el pasillo... Y, finalmente, con tanto alboroto, se escuchan gallinas que se van paseando por el jardín, desconcertadas...

A pesar del ruido, lo que es innegable es que el hotel de Omah es muy chulo. Pasear por los pasillos exteriores del hotel para acceder al comedor es muy relajante: la luz está muy bonita y se respira paz y tranquilidad (sobre todo ahora que el imán se ha callado). Tenemos reservado el desayuno para las 07:30 h y totalmente personalizado y a la carta. Te puedes pedir lo que quieras: fruta, zumos, huevos, croissants, tostadas, aguacate, muesli, waffles, crepes, ... La verdad es que nos ponemos las botas. Te lo traen todo a la mesa. Déjate de tiras y aflojas en buffets donde ya no queda casi nada. O peleas por hacerte con la última mesa o por poder acceder a la tostadora. Aquí te sientas, te pones a mirar embelesado las vistas de su terraza con estanque y te relajas de verdad mientras te sirven. ¡Esto sí son vacaciones!

Hemos quedado con el chófer a las 08:30 h. Con él está el guía: se presenta como Kioto y resulta que habla español. No va muy sobrado y le cuesta mucho pronunciar frases enteras, pero está bien. Resultón. Nos ponemos en marcha. 

Vamos cómodos en la espaciosa y ventilada furgoneta. Las calles están repletas de vehículos de toda índole, con enjambres de motoristas y personal de tráfico con silbato y banderolas en lugar de semáforos. Conducen por la derecha y se ve todo muy caótico. Mucho uso del claxon para alertar y nada de respetar la distancia de seguridad (¿qué es eso?). Entramos en plena ciudad de Yogyakarta y el tráfico se intensifica. Por suerte, no llegamos a entrar en ningún atasco.

Nuestra primera parada es el Palacio del Sultán (o Kraton de Yogyakarta). Construido en 1755-56, es la residencia actual del sultán. No tenemos que olvidar que Yogyakarta es la única ciudad real de Indonesia aún gobernada por una monarquía. Simboliza la resistencia de la ciudad y la rebelión contra los neerlandeses. Nada más pasar la entrada, nos encontramos con un teatro donde están actuando con marionetas y música en directo. Lo primero que vemos (desde las localidades) es el escenario con las marionetas; descubrimos que son jóvenes adolescentes y niños los que suelen manejarlas, intercambiándolas y con distintos registros de voz durante horas (en el palacio o kratón, las representaciones son bien largas). Tras el escenario encontramos la orquesta javanesa o gamelán: hay un montón de músicos que tocan xilófonos, gongs y flautas. Nos quedamos un rato escuchando. 


Después exploramos el conjunto arquitectónico con varios edificios y pabellones. No destaca el lujo. Sí vemos estatuas y portales imponentes. Entramos en algún edificio y descubrimos algunas curiosidades (libros antiguos, piezas de té, maquetas, fotografías del sultán con embajadores europeos...). Es interesante sin más. Las dependencias actuales del sultán no se pueden visitar.

A la salida nos paramos en un taller de marionetas donde nos enseñan cómo las fabrican. Las hay de dos tipos:

- por un lado están las bidimensionales del Wayang Kulit: están hechas de piel de búfalo recortada y montadas sobre varillas de bambú. Después las pintan. Dan pie a un teatro de sombras.

- por otro lado, están las tridimensionales del Wayang Golek: hechas de madera.

Al final (¡cómo no!) hay tienda y te venden las que quieras. 




Imagen generada con Chatgpt

La siguiente parada nos lleva al Palacio del Agua del sultán o Taman Sari. No está muy lejos del palacio del sultán. Fue construido a mediados del siglo XVIII y tenía múltiples funciones como área de descanso (aquí el sultán “seleccionaba” sus concubinas), área de meditación, área defensiva y escondite. De hecho, está amurallado y, en el pasado, aparte de albergar 3 piscinas de agua, estaba completamente rodeado de agua. Por un conjunto de pasadizos y túneles excavados bajo el nivel del agua, el sultán podía escapar de un asedio o guarecerse en el lugar de la kratón más inesperado. Es muy bonito recorrerlo, aunque nos encontramos las piscinas vacías de agua. Subiendo a lo alto del edificio principal se obtienen unas bonitas vistas. Una de las entradas tiene forma de cúpula y se dice que aquí se situaban los músicos cuando tocaban para el sultán y sus ceremonias. Kioto, nuestro guía, se anima aquí con unos cuantos cánticos melódicos. 



Al salir del Palacio del Agua recorremos el asentamiento llamado Kampung Taman, con 2700 residentes. Donde antes había agua, ahora hay casas, comercios y estrechos callejones peatonales. Con todo y que hace calor, no llevamos nada mal el paseo. Nos detenemos a observar lo que dejan ver de la mezquita Sokotunggal; podemos ver, desde el exterior, que están en ruinas. Con un solo pilar y dos niveles: el inferior para las mujeres y el superior para los hombres... La visita sigue con un pequeño recorrido por uno de los túneles de la antigua Kratón, donde están tocando música en una esquina y nos podemos hacer una idea de cómo eran originalmente. Llaman la atención sus paredes en diagonal para evitar inundaciones.

Visitamos después un taller de batik muy interesante. Aquí vemos locales dando clase de pintura a turistas. A nosotros nos asignan una dependienta que nos va explicando en inglés la elaboración de estas pinturas tradicionales que sirven tanto para cuadros como para estampar textiles. El batik se elabora dibujando o estampando cera sobre la tela, lo cual crea un patrón negativo al retirar la cera de la tela teñida. Nuestra guía nos enseña patrones que tienen creados (como si fueran sellos) y muchos están totalmente personalizados. Resulta muy interesante. Al finalizar la visita, hay tienda (¡qué sorpresa!) donde puedes comprar lienzos. Esperamos al guía en la calle, junto a la furgoneta; estaba rezando.



Nos espera trayecto en coche hasta la región de Prambanam, ya fuera de Yogyakarta, pues está prevista la visita al complejo por la tarde. Como estamos cansados y acalorados, el trayecto se nos hace muy ameno. Son más de las 13:00 hrs y paramos a comer en el restaurante Opak: aquí paran muchos grupos de turistas. Es un local muy espacioso y con unas vistas del río y los jardines muy chulas. Pedimos varios platos y está todo muy rico, pescado para nosotros y pollo para los peques (que ya no son peques, pero nos da igual). Los zumos están increíbles y el café es un regalo.

Después toca hacer la visita TOP del día, que es PRAMBANAM, el templo hindú más grande del mundo. Fue construido durante el siglo IX y está dedicado a Shiva. Pagamos la entrada y accedemos al recinto. Hay gente por todas partes y no hay ningún recorrido establecido. Lo puedes recorrer a tu aire. Nosotros lo hacemos siguiendo las explicaciones de Kioto, muy interesantes. Se empieza por el propio Templo de Prambanam, que consta de tres patios. El exterior vendría a ser el tercer patio, sin templos. Caminando un poco, llegamos al segundo patio con 224 templos de perwara que se forman en 4 filas. Muchos están en ruinas; hay que tener en cuenta que el templo se derrumbó durante un gran terremoto en el siglo XVI y solo quedan 114. Es interesante ver conjuntos de piedras apilados y esperando (cual puzzle) a que alguien se entretenga a recomponer. Las piedras tienen diversas ranuras y aperturas para su encaje directo, de ahí que parezca una faena imposible...

El conjunto nos recuerda un poco, salvando las distancias, a los templos de Angkor Wat en Camboya. No pensábamos que volveríamos a ver algo parecido.  

No tardamos en acceder al tercer patio o patio principal con 16 templos. De todos ellos destacan los tres del final:

- a la izquierda, el de Brahma

- a la derecha, el de Visnú.

- en medio, el de Shiva. El más grande y el más alto de los tres templos principales






Sorprende que se pueda acceder a ellos. Para hacerlo, calma y tranquilidad, que los escalones son muy altos, hay mucha gente y el calor aprieta. De los tres, visitamos el de Brahma y el de Shiva. El de Brahma tiene una única cámara que alberga al ídolo creador. El de Shiva tiene 4 cámaras. Destaca la del este con el ídolo del dios. En las otras 3 encontramos los ídolos de Agastya, Ganhesa y la imponente y divina diosa Durga, con sus 8 brazos.





Aquí pasa lo habitual: mientras el ánimo de Jordi va in crescendo, totalmente resuelto a visitar todos y cada uno de los templos, el de los niños ya está por los suelos. En el de Shiva, David ya ni sube y decide esperarnos sentado en la escalinata de acceso. Laura, la muy heroica, no deja de esforzarse y nos acompaña, resignada.

Destacar de estos templos principales el relieve de Ramayana, tanto en el de Brahma como en el de Shiva. Vemos paneles en las paredes que cuentan la historia épica del príncipe Rama, encarnación de Visnú en la tierra. El tallado se conserva muy bien y se pueden interpretar muy bien las diferentes escenas del Ramayana. Del resto del patio central exploramos uno de los 3 templos de Wahana (vehículo de los dioses) para hacernos una idea de cómo son. En este hay un buey al que le falta el asta izquierda.

Son más de las 16:30 h y se acerca la puesta de sol (sobre las 17:30 h). No queda mucho tiempo de visita. Kioto compra tickets para trasladarnos con uno de los shuttles o megacarritos de golf del parque (a lo trenet Salou para hacernos una idea). Tenemos que llegar al otro extremo del complejo donde nos espera el Templo de Sewu (a más de medio kilómetro y hay que volver). Cuando llegamos allí, estamos casi solos y disfrutamos un montón la visita. Además, la luz está preciosa. El templo de Sewu es budista y comprende 249 estructuras, con un templo principal. De esta parte destacaría los enormes ídolos que flanquean las 4 entradas al segundo patio y el laberíntico recorrido que podemos hacer por el templo principal y con la suerte de hacerlo casi a solas. ¡Y al salir toca puesta de sol!

Nos ha gustado incluso más.



Cuando alcanzamos la salida, son más de las 17:30 h y nos espera más de una hora de trayecto en coche hasta el hotel. Estamos reventados, para qué negarlo. Ha sido un día muy completo. Llegamos a las 19:00 h, bien justito para que Fani haga su sesión de masaje (la tenía reservada de la mañana) y la colada.

Cenamos tarde para lo que es Indonesia (pasadas las 20:00 h). Nos volvemos a poner las botas. La verdad es que en el hotel d'Omah da igual lo que pidas, está todo buenísimo.

¡Y a dormir! ¡Que mañana toca madrugar aún más!

Seguro que el imán nos echa un cable...