5 de julio de 2026

NUESTRO DÍA VEHÍCULOS FREE

Nos levantamos pensando en que no está nada mal tener tiempo para aburrirse de vez en cuando y disfrutar del día que vamos a llamar vehículos free, para pasear, leer, bañarse y tomar el sol. Nos decidimos por dar primero un paseo por la playa, para hacernos los healthy y bajar el desayuno, que nos hemos pasado.

Por casualidad pasamos por delante de un pequeño chiringuito. Está hecho con materiales naturales (por no decir con lo que han pillado del bosque). Está algo destartalado y parece que, si soplas, se va a caer. Nos llama la atención un cartel que dice: —No wifi. Talk to each other. Pretend it’s 90s. Es una pequeña escuela de surf. Le pregunto a Laura si se anima. De entrada me dice que no, pero luego reflexiona y nos dice:

- ¿Sabes qué? A lo mejor no volvemos a tener la oportunidad de hacer algo así en un lugar como este.

Así que sí, acabamos tomando una clase de casi 2 h de surf. ¡Increíble! Porque lo del tiempo libre está sobrevalorado.

Hacemos un primer briefing de normas básicas de supervivencia y técnica y acabamos montadas en las tablas, esperando a que lleguen las olas perfectas. El mar está perfecto para principiantes, o eso nos dicen los instructores. Menos mal que hemos decidido hacer la clase con pantalones y camiseta porque nos hemos caído tantas veces que no sé si no habríamos salido desnudas del agua, tal como sirenas. Aguantamos una hora y media. A partir de ahí, las olas están más altas y chocan con fuerza en la orilla y abandonamos por miedo (aunque la emoción todavía se siente).





Poder vivir esta experiencia con Laura ha sido muy chulo. Y ella ha sido muy valiente. Además, no se le ha dado nada mal. Por supuesto, solo hemos aprendido a levantarnos y aguantar, de pie; para nada hemos movido la tabla a nuestro antojo, pero no ha estado nada mal. 

Tras la comida, que es a la carta y con unos precios más asequibles y parecidos a los del resto del viaje, toca piscina, capuchino y puesta de sol. 



4 de julio de 2026

NUESTRO PARAÍSO EN LOMBOK; NI TAN MAL

Toca madrugar un poco. Nuestro conductor está esperándonos para cargar mochilas y maletas y salir en dirección al aeropuerto de Surabaya. Son unas 2.5 h de coche hasta el aeropuerto, con 30 larguísimos minutos iniciales de curvas, así que, por si acaso, me tomo la biodramina, que me conozco. 

Como volamos a Lombok en un vuelo doméstico, con 1.5 h antes para el check-in será suficiente. No vamos con mucho tiempo de sobra, pero llegamos. El desayuno lo hacemos en el coche en marcha porque no nos da para más. El vuelo, para nuestra sorpresa, dura solo una hora y no dos como pensábamos. Resulta que en Lombok es una hora más tarde que en Bromo.

Nuestro guía nos espera para recogernos. Al principio, hay un poco de confusión porque los guías esperan a la salida del aeropuerto, pero después de haber pasado la cola de taxis que intentan que te vayas con ellos. Del aeropuerto al hotel tenemos unas dos horas más, así que decidimos parar para comer. El guía nos lleva a un modesto restaurante a pie de playa para comer lo que sea, algo rápido, ya que tenemos unas ganas locas de llegar a nuestro primer hotel de playa. Al entrar, un chico nos abre una nevera y nos pide que escojamos el pescado que nos vamos a comer, sí, en efecto, del mar al grill. Escogemos uno que acaba pesando 1600 g para los 4. Lo acompañamos de verduras y patatas fritas. Mejor pongo una foto porque no sé cómo explicar lo bueno que está.

Después de comer llegamos al hotel (Living Asia Resort and Spa Lombok). A pesar de lo rimbombante del nombre, no es tan chulo como el de Omah, pero tiene piscinón que asoma a la playa, que es también espectacular. Tenemos toda la tarde y el día de mañana entero para aclimatarnos (no sé si lo vamos a conseguir).

Pasamos la tarde paseando por la playa. El cartel de: "Cuidado, fuertes corrientes" y la bandera roja nos echan para atrás los planes de bañarnos y ya hemos aprendido que con el mar no se juega. La playa es de arena negra y está llena de pechinas y trocitos de coral. 

De todas formas, pasamos un rato en la piscina, así que ni tan mal. 

El hotel está en la costa oeste de Lombok, así que nos toca aguantar la impresionante puesta de sol en el mar; así que ni tan mal. En nuestro ranking de puestas de sol está entre las de Meteora en Grecia y las de Madagascar.



La cena la hacemos en el restaurante del hotel. Como es sábado, toca tema: barbacoa y música en directo. Nos cobran unos 70 € a los 4, lo cual es bastante para los estándares del país, donde hemos estado comiendo por unos 30 € aproximadamente los cuatro.


3 de julio de 2026

LÍMITE: 24 HORAS

El día comienza con un supermadrugón, para no perder la costumbre. Son las 04:30 am y, con los rezos del imán, nos ponemos en marcha. Hemos quedado con el conductor a las 05:15 h. Cerramos maletas y recogemos unas cajas del hotel d'Omah con el desayuno. Las cajas son de bambú y, además del desayuno, incluyen unos termos pequeños para café, té y leche. Nos hemos flipado. Un último obsequio de este gran hotel.

En poco más de media hora nos plantamos en la estación de tren de Yogyakarta. Sorprende la cantidad de gente que hay a esas horas por las calles. Aquí la gente madruga mucho: hay mucho tráfico rodado, motos sobre todo, y gente por todas partes caminando de aquí para allá. Por haber, vemos hasta gente haciendo footing. ¡Qué diferente de nuestro país!

Las calles parecen todas iguales y parece mentira que nuestro conductor no necesite ningún Google Maps o similar para moverse por el intrincado laberinto de calles.

La estación de tren nos sorprende, pues la esperábamos más pequeña. Está bastante bien, con paneles indicativos de todos los trenes y sus correspondientes horarios y andenes actualizados. Es imposible equivocarse de tren, algo que, por cierto, nos daba algo de miedo, ya que el conductor se ha largado. Tenemos que pasar la hoja impresa con los billetes por un lector de QR e imprimirlos. Enseguida nos ayuda un empleado muy amable. Hay un control de acceso en el que revisan solo el billete (aunque llevábamos los pasaportes a la vista).  

Cuando faltan 15 minutos para la salida del tren (fijada a las 06:45 h), nos subimos. Moderno, con espacio de sobra entre asientos y con unos amplios compartimentos superiores donde colocamos sin problemas nuestras maletas. Cuando nos ponemos en marcha, observamos una curiosa escena que dice mucho de la gente de este país: varios empleados de la compañía de tren se colocan en el andén con las manos en posición saludo-despedida y mirándonos al arrancar. Al verlo, Laura nos dice: —Pero no nos va a pasar nada, ¿no? Y es que la despedida es tan solemne que da la impresión de que nos la vamos a pegar. 

El viaje a Surabaya dura 4 h, por lo que tenemos tiempo de sobra de desayunar los packs del hotel, dormir un buen rato (caemos todos), leer, escribir blog y jugar a maquinitas. En el vagón hay locales y turistas, y van pasando empleados a vigilar y recoger basura. En ningún momento te sientes inseguro y el viaje pasa volando.

Llegamos puntuales. Mucha gente se baja y hay un poco de apelotonamiento en el andén. Pero con paciencia salimos. Afuera nos espera nuestro conductor, cuyas únicas instrucciones son llevarnos a nuestro hotel cerca de Bromo. No habla inglés e intentamos en vano comunicarnos con él. No sabe nada de que tengamos que ir por la tarde a visitar el volcán, ya que tenemos billetes de avión para las 11:00 h del día siguiente. Al contrario, nos enseña un mensaje de texto del móvil pregrabado con indicaciones de madrugón y visita al amanecer, que es lo que hace casi todo el mundo. Conseguimos contactar con nuestro agente de Evaneos (Marco) y nos dice que estemos tranquilos, que intentará arreglar el entuerto. Una cosa nos queda clara: tenemos un LÍMITE DE 24 HRS, ni una más.

Con el ánimo un tanto inquieto, nos ponemos en marcha. La distancia es considerable y nos lleva unas 2 horas y media llegar al hotel. La primera parte: Salimos de Surabaya; es una ciudad mucho más moderna que Yogyakarta, con todas las calles asfaltadas, arcenes, edificios de bloques de pisos y centros comerciales. A plena luz del día la ciudad luce. Después toca autopista. Para qué engañaros... ¿Alguien se la esperaba? Aprovechamos para hacer una parada técnica y usar el lavabo. El conductor nos pasa al guía local por teléfono: lo primero que hace es disculparse por la confusión y enseguida arreglamos con él la visita al volcán Bromo para la misma tarde. ¡Menos mal! Como nos vemos venir que el tiempo es oro, decidimos comer allí mismo, en la misma estación de servicio. Hay un montón de puestecitos de comida y nos sentamos en uno que parece que ofrece pollo y arroz sin picante. ¡Acertamos! Sin complicaciones. La comida más barata de todo el viaje: nos costó la friolera de 102000 rupias... o sea, 5 euros. 

Tras recorrer otro tramo de autopista, nos toca pillar una salida para ascender hasta Wonotoro. Esta parte está llena de curvas y más de uno se pone malo. El conductor va a todo trapo, pero cualquiera le dice nada... Nos espera el Tour Sunset y el reloj sigue contando.

El hotel Jiwi Jawa es un auténtico pasote. A lo parador nacional, mimetizado con el propio bosque. Está decorado con gusto; de hecho, expone obras de artistas, sobre todo cuadros. El guía local ya nos estaba esperando y no deja de disculparse por la confusión. Nosotros le tranquilizamos y le pedimos que nos dé 10 minutos para instalarnos. Las habitaciones son espaciosas y están comunicadas. Dejada en toda regla de maletas y ¡al ataque!

Arrancamos el tour a las 15:00 h. Nos subimos a un jeep rojo de época. Un pasote: parece sacado de una película de Indiana Jones con sus botones en el salpicadero, el ruido incesante del motor y el penetrante olor a gasolina. El conductor se ve experimentado; es un señor de unos cincuenta años (¿señor?), redondo y bajito, pero con mirada de pocos amigos. Enseguida descubrimos que lo de subir a la zona de los volcanes en estos jeeps es práctica habitual y que tienen toda una flota de ellos por todas partes. Nuestro guía nos informa de que es una suerte que hagamos el Sunset Tour porque por las mañanas se forman unas colas a las 03:00 - 04:00 h de la mañana de aúpa para poder fotografiar el amanecer. Se ve que es un locurón. Y todo para poder acceder a un palito de mirador rodeado por centenares de personas. ¡Ni de coña hacemos nosotros eso!

El jeep tarda unos 20 minutos en aparcar en un descampado, cerca del volcán Bromo. Aquí toca bajarse del jeep e iniciar una larga caminata hasta la cima del volcán. Lo primero que pensamos es que está muy lejos y que no lo vamos a conseguir ni en broma, vista la hora que es. Pero el guía parece muy convencido de que sí y marca un ritmo bastante normal que podemos seguir todos. A lo lejos vemos una zona de escalinatas, rollo “Muralla China”. La verdad es que estamos todos de buen ánimo (no olvidemos que llevamos todo el día encerrados en vehículos motores) y con ganas de caminar. La primera parte se hace relativamente fácil; se llega hasta un primer templo hinduista. A partir de aquí empieza la subida y cuesta lo suyo; en esta parte la pista está llena de rocas y, si te descuidas, resbala. Pero con paciencia, parones estratégicos y agua lo conseguimos. Se llega a un segundo templo hinduista y, desde aquí, parte el largo tramo de escaleras hasta la cima. Son un total de 204 empinados peldaños que hay que subir con calma. Hay zonas laterales para descansar sin molestar y tomar aire.




El volcán Bromo está activo, se eleva a una altura de 2329 metros y pertenece al parque nacional Bromo Tengger Semeru. Es difícil explicar lo que se siente una vez alcanzas la cima; es algo que hay que “vivir” en persona. Por un lado, tienes el cráter del volcán con su humareda y su olor a sulfuro; hay zonas en las que se deja entrever la lava. Y luego están las vistas de todo el parque con el Mar de Arena, los templos hindúes y el resto de volcanes. De uno de ellos vemos cómo emerge una humareda importante a lo lejos. El espacio de la cima es bastante estrecho y algo peligroso: no hay ni plataforma ni barandillas, así que hay que moverse con cuidado. La verdad es que debe ser bastante estresante hacer la visita con mogollón de gente. Estamos casi solos y podemos movernos con mayor seguridad. Tomamos nuestro tiempo (y nuestras fotos), sobrecogidos y con la boca abierta. Nos impresiona el ruido que hace.  


A eso de las 16:15 h aproximadamente, el guía nos recomendó iniciar el descenso y hacerlo más bien rapidito para poder llegar con tiempo al mirador de la puesta de sol. Intentamos no entretenernos y seguimos el camino inverso. Nos lleva apenas 20 minutos; eso sí, corriendo en ciertas zonas y aprovechando el desnivel.

Después nos volvemos a montar en el jeep y seguimos ascendiendo a la zona de los miradores (cuando se hace el Sunrise Tour, es la misma secuencia, pero al revés). Encontramos poco tráfico y ningún problema en la carretera. Hay muchas curvas y Fani empieza a marearse. Tras unos 20 mins de “masaje javanés”, llegamos al mirador más famoso donde ver el amanecer (y, por ende, la puesta de sol): se llama el King Kong Hill. Llegamos justo a tiempo para disfrutar del lugar y poder contemplar la impresionante puesta de sol. Nos encontramos con algún turista suelto, pero ningún agobio. Eso sí, la temperatura empieza a bajar y pasamos frío. Aun así, este Sunset Tour acaba de la mejor manera posible y finalmente podemos dar nuestra aventura en Bromo como exitosa.!Misión cumplida¡



Son las 18:00 h y toca regresar. Nos subimos en el jeep cuando ya está anocheciendo y empezamos un nuevo eslalon de curvas de media hora de duración. Ya no se ve nada por las ventanillas: solo las luces de algún otro vehículo. 

Ya en el hotel, no tardamos en ir a cenar al restaurante. Y nos espera una supercena. La verdad es que el restaurante del hotel Jiwi Jawa es un pasote con platos locales y extranjeros excelentes. Destacar el pato que se pide Jordi, el caldo de Fani y los zumos y la repostería. Nos ponemos las botas.

La temperatura ha seguido bajando y hace un frío que pela. Es curiosa la sensación de ir a las habitaciones y tener que colocar las mantas para poder dormir. ¡Frío en Indonesia! ¡Ver para creer!




2 de julio de 2026

EL TEMPLO BUDISTA MÁS GRANDE DEL MUNDO: TAMBIÉN EN YOGYAKARTA

A las 06:30 h am ya estamos desayunando. Decidimos quedar más pronto con el guía para evitar las horas de más calor (hoy toca visitar otro complejo arquitectónico de Borobudur) y no llegar tan tarde al hotel para poder disfrutarlo algo más. El desayuno, igual que ayer, está buenísimo y nos ponemos las botas.

Para la visita de hoy toca primero coche hasta la llanura Kedu (a aproximadamente 40 km al noroeste de Yogyakarta).Tras una hora de trayecto, hacemos una primera parada en el Templo Padi Cawon. Kaoto nos explica que es budista y tiene una arquitectura similar a la del complejo de Borobudur. Pertenecen al mismo período y se especula con que existiera un camino amurallado que los conectase. Paseamos un poco por los alrededores y por un sendero que bordea un bosque de bambú junto a un río. Aún no son ni las 09:00 h y está todo muy tranquilo.

Llegamos a Borobudur. Nos topamos con un gran edificio donde hay servicios y la billetería. Lo primero que llama la atención, a diferencia de la visita de ayer al complejo de Pram Banan, es que está todo mucho más organizado. El templo no se puede explorar por libre y hay que formar parte de un grupo de unas 25 personas, que está numerado (nos toca el 27) y liderado por un guía oficial local del parque de habla inglesa (en nuestro grupo). Tras pagar y sernos asignado a un grupo, te dan unas sandalias de bambú de tu número, una bolsa para guardar allí tu calzado y llevarlo encima y un botellín de agua (entra con la entrada que cuesta 450000 rupias, 25 euros). Nos han asignado el turno de visita de las 09:30 h y nos hacen esperar en un pabellón abierto con sillas. Nuestro primer impulso es el de criticar tanta parafernalia. Esto pinta a turistada. Nada de perderse por ahí a tu rollo. 

Aprovechamos para leer un poco el panfleto que nos dan informando del enclave y saber algo más acerca del lugar. Borobudur fue construido entre 750 y 850 y es el monumento budista más grande del mundo. Es un santuario y lugar de peregrinación budista y está edificado de tal manera que se visita ascendiendo. Se empieza desde la base del monumento y, a través de escaleras y corredores, representa que vas ascendiendo (son 9 plantas) por los tres niveles de la cosmología budista hasta alcanzar el anhelado Nirvana. 

Kioto no nos acompaña. Se queda con nuestras bolsas con el calzado y nos dice que nos estará esperando a la salida. Hace un bochorno importante y el sol aprieta de lo lindo (¡y eso que no son ni las 10:00 h!). El guía nos va explicando bastantes cosas, aunque habla muy deprisa y cuesta seguirlo. Además, va cerrando los ojos como si estuviera tratando de recitar la lección. Eso sí, si una cosa destaca de los guías que nos han tocado en Yogyakarta es su amabilidad y predisposición y su habilidad para hacer fotos. ¡Ya era hora de tener buenas fotos en familia de los 4 juntos!

Borobudur está construido como una gran estupa y, visto desde arriba, toma la forma de un mandala budista. Tiene nueve plataformas: las seis inferiores tienen forma de cuadrado, mientras que las restantes son circulares. Hay que reconocer que, haciendo la visita de esta manera, es más fácil recorrer los pasillos u obtener fotografías sin que haya gente por todas partes. La visita es más auténtica aunque haya que hacerla pendiente del reloj. Te dan una hora dentro y, como la entrada es una pulsera, para asegurarse de que no te pasas de tiempo, te leen al acceder el código de barras que lleva impreso. Empezamos a subir con calma; los escalones son enormes y hay que dar grandes zancadas. Vamos bebiendo agua y colocándonos en zonas sombreadas mientras el guía nos va explicando cosas del lugar. La verdad es que en esta zona no le hacemos mucho caso: preferimos adentrarnos en los pasillos y explorarlos sin gente.


A medida que vamos ascendiendo, las vistas empiezan a ser más espectaculares. Hay diferentes estatuas; la gran mayoría son representaciones de Buda sentado con las piernas cruzadas y con diferencias en la posición de sus manos (son los 5 mudras). Hay zonas donde están ubicadas en nichos (plataformas inferiores). Arriba están ya dentro de estatuas perforadas. Muchas estatuas están decapitadas o mutiladas y las hay perdidas (nichos vacíos). Como en Prambadam, llaman mucho la atención la calidad de sus relieves o paneles que cubren los pasillos; algunos son decorativos y otros explican episodios de la simbología budista. Hacemos fotos y videos sin parar y lo miramos todo con la boca abierta. ¡Es sencillamente impresionante!

Finalmente accedemos a las 3 plantas circulares superiores o cima del monumento. Aquí el guía nos da tiempo libre (una media horita) para recorrerlo a nuestro aire. Como no hay mucha acumulación de gente, lo disfrutamos bastante. No se puede acceder al último nivel. Recorremos los 3 niveles bordeando sus 72 pequeñas estupas (rodean la central): tienen forma de campana y hay una estatua de Buda dentro de cada una. Aquí David y Laura ya muestran poco interés y se colocan en una zona sombreada a “hablar de sus cosas”.  



La siguiente media hora la invertimos en ir bajando con calma del monumento, reunirnos con Kaoto, volvernos a poner el calzado normal, tomar las últimas fotos del monumento (panorámicas desde la base) y salir del complejo. Son casi las 12:00 h cuando llegamos a la furgoneta. Entre el madrugón y la calurosa visita estamos más que cansados. 

La segunda parte del tour de hoy incluye una visita al pueblo de Candirejo. Kioto nos preguntó cómo preferíamos hacerla, dándonos a elegir entre bicicleta o carro tirado por caballo. Escogimos la 2.ª opción. Nos asignan una guía local de habla inglesa y 2 carros: en uno van los papis y en el otro David y Laura. El carro va bastante deprisa, la verdad, y llama mucho la atención la facilidad que tiene el conductor para manejar al caballo, especialmente en las curvas.

El pueblo de Candirejo es famoso por su fuerte cultura javanesa, rodeado de campos fértiles y verdes colinas. La visita es muy recomendable. La gente nos mira con una sonrisa en la cara y coincidimos con algún grupo aislado de turistas que están haciendo la actividad igual que nosotros. La primera parada nos lleva a visitar una granja de cabras para el consumo local. Después nos paran en una casa donde vemos trabajar a dos ancianos: están elaborando tempeh, un producto alimenticio procedente de la fermentación natural controlada de la soja y que se presenta en forma de pastel. Vemos diversas fases del proceso y flipamos bastante con los dos ancianos. Son más de las 13:00 h pm y no parece que tengan previsto descansar...



La siguiente parada nos lleva a una casa local donde tienen un precioso escenario con un gamelán. Tienen una pizarra con 3 partituras para niños de muy fácil interpretación: con números y letras puedes deducir qué toca tocar (los instrumentos musicales tienen los correspondientes números). Suponemos que es así como aprenden a tocar y la guía se pone a explicarnos cómo lo vamos a tener que hacer. Vaya... Parece que de esta no nos libramos. Fani y los niños acaban en los xilófonos y Jordi al gong. La guía hace de directora marcando los tiempos y enseguida aparecen los anfitriones de la casa con una sonrisa en la cara y se ponen entre nosotros a tocar. El resultado es bastante divertido y nos echamos unas risas. Mola bastante, la verdad.



Ahora toca la comida local. Paramos en una casa con una enorme terraza donde sirven las comidas. La guía nos explica que pertenece a la comunidad y que la van alquilando por trimestres para su uso/beneficio a los lugareños. Se trata de tener el negocio turístico en marcha, que también aporta dinero. Comemos solos porque el grupo que estaba al llegar solo ha hecho un aperitivo. Primero nos ofrecen té de jazmín y unos aperitivos que están muy buenos. Después nos cambian de mesa y nos sirven la comida: la llenan de diferentes platos NO picantes (tal y como especificamos). Hay sopa, una olla con verduras variadas (buenísimas), noodles con vegetales, pinchos de carne (sate ayam), tempeh, arroz blanco y pan de gambas. Está todo superlimpio y muy bien presentado. El agua es mineral. De postre, plátanos y unos churros de plátano frito con chocolate por dentro que están deliciosos. Comemos hasta no poder más. 



Llegamos a la furgoneta a eso de las 14:30 h y regresamos al hotel. Es más de una hora de trayecto en la que más de uno se echa una cabezadita. Nos espera la piscina del hotel, recoger la ropa (nos cobran 30 euros; caro para los estándares del país, pero no nos vamos a pasar las tardes lavando ropa...) y la última supercena en el d. Omah, en la que tampoco nos estamos de nada. Vemos serie en familia (en la tele del hotel hay Netflix) y nos vamos a dormir pronto, que mañana toca hacer el MADRUGÓN del viaje.


1 de julio de 2026

EL TEMPLO HINDUÍSTA MÁS GRANDE DEL MUNDO

No tardamos en comprobar para qué eran los tapones. Las habitaciones son muy ruidosas de noche. Por un lado, comprobamos que entre las dos habitaciones dobles que tenemos (están separadas por un pasillo exterior) podemos llegar a escucharnos si hablamos alto. Al poco rato de estar dormidos, se escucha un “rasca rasca” como si, dentro mismo de la habitación, tuvieras un bichito paseando por entre las cortinas (no sabemos el tamaño). ¿Alguna lagartija? ¿Algo más grande? Acabaremos todos levantados y revisando exhaustivamente las paredes. Al final descubrimos que es el ruidito que hace el agua del aire acondicionado al pasar por las tuberías de desagüe. Tras conseguir dormirnos, a unas horas intempestivas (concretamente a eso de las 04:00 am), empezamos a escuchar la larga letanía del imán de la mezquita local llamando a la oración. Hay que recordar que el 80% de la población indonesia es musulmana y que, por lo tanto, cumplen con rigurosidad sus rezos. De hecho, más adelante sabremos que mucha gente en este país ya se despierta con los rezos y se pone a faenar. Al imán lo escuchamos como si estuviera en el pasillo... Y, finalmente, con tanto alboroto, se escuchan gallinas que se van paseando por el jardín, desconcertadas...

A pesar del ruido, lo que es innegable es que el hotel de Omah es muy chulo. Pasear por los pasillos exteriores del hotel para acceder al comedor es muy relajante: la luz está muy bonita y se respira paz y tranquilidad (sobre todo ahora que el imán se ha callado). Tenemos reservado el desayuno para las 07:30 h y totalmente personalizado y a la carta. Te puedes pedir lo que quieras: fruta, zumos, huevos, croissants, tostadas, aguacate, muesli, waffles, crepes, ... La verdad es que nos ponemos las botas. Te lo traen todo a la mesa. Déjate de tiras y aflojas en buffets donde ya no queda casi nada. O peleas por hacerte con la última mesa o por poder acceder a la tostadora. Aquí te sientas, te pones a mirar embelesado las vistas de su terraza con estanque y te relajas de verdad mientras te sirven. ¡Esto sí son vacaciones!

Hemos quedado con el chófer a las 08:30 h. Con él está el guía: se presenta como Kioto y resulta que habla español. No va muy sobrado y le cuesta mucho pronunciar frases enteras, pero está bien. Resultón. Nos ponemos en marcha. 

Vamos cómodos en la espaciosa y ventilada furgoneta. Las calles están repletas de vehículos de toda índole, con enjambres de motoristas y personal de tráfico con silbato y banderolas en lugar de semáforos. Conducen por la derecha y se ve todo muy caótico. Mucho uso del claxon para alertar y nada de respetar la distancia de seguridad (¿qué es eso?). Entramos en plena ciudad de Yogyakarta y el tráfico se intensifica. Por suerte, no llegamos a entrar en ningún atasco.

Nuestra primera parada es el Palacio del Sultán (o Kraton de Yogyakarta). Construido en 1755-56, es la residencia actual del sultán. No tenemos que olvidar que Yogyakarta es la única ciudad real de Indonesia aún gobernada por una monarquía. Simboliza la resistencia de la ciudad y la rebelión contra los neerlandeses. Nada más pasar la entrada, nos encontramos con un teatro donde están actuando con marionetas y música en directo. Lo primero que vemos (desde las localidades) es el escenario con las marionetas; descubrimos que son jóvenes adolescentes y niños los que suelen manejarlas, intercambiándolas y con distintos registros de voz durante horas (en el palacio o kratón, las representaciones son bien largas). Tras el escenario encontramos la orquesta javanesa o gamelán: hay un montón de músicos que tocan xilófonos, gongs y flautas. Nos quedamos un rato escuchando. 


Después exploramos el conjunto arquitectónico con varios edificios y pabellones. No destaca el lujo. Sí vemos estatuas y portales imponentes. Entramos en algún edificio y descubrimos algunas curiosidades (libros antiguos, piezas de té, maquetas, fotografías del sultán con embajadores europeos...). Es interesante sin más. Las dependencias actuales del sultán no se pueden visitar.

A la salida nos paramos en un taller de marionetas donde nos enseñan cómo las fabrican. Las hay de dos tipos:

- por un lado están las bidimensionales del Wayang Kulit: están hechas de piel de búfalo recortada y montadas sobre varillas de bambú. Después las pintan. Dan pie a un teatro de sombras.

- por otro lado, están las tridimensionales del Wayang Golek: hechas de madera.

Al final (¡cómo no!) hay tienda y te venden las que quieras. 




Imagen generada con Chatgpt

La siguiente parada nos lleva al Palacio del Agua del sultán o Taman Sari. No está muy lejos del palacio del sultán. Fue construido a mediados del siglo XVIII y tenía múltiples funciones como área de descanso (aquí el sultán “seleccionaba” sus concubinas), área de meditación, área defensiva y escondite. De hecho, está amurallado y, en el pasado, aparte de albergar 3 piscinas de agua, estaba completamente rodeado de agua. Por un conjunto de pasadizos y túneles excavados bajo el nivel del agua, el sultán podía escapar de un asedio o guarecerse en el lugar de la kratón más inesperado. Es muy bonito recorrerlo, aunque nos encontramos las piscinas vacías de agua. Subiendo a lo alto del edificio principal se obtienen unas bonitas vistas. Una de las entradas tiene forma de cúpula y se dice que aquí se situaban los músicos cuando tocaban para el sultán y sus ceremonias. Kioto, nuestro guía, se anima aquí con unos cuantos cánticos melódicos. 



Al salir del Palacio del Agua recorremos el asentamiento llamado Kampung Taman, con 2700 residentes. Donde antes había agua, ahora hay casas, comercios y estrechos callejones peatonales. Con todo y que hace calor, no llevamos nada mal el paseo. Nos detenemos a observar lo que dejan ver de la mezquita Sokotunggal; podemos ver, desde el exterior, que están en ruinas. Con un solo pilar y dos niveles: el inferior para las mujeres y el superior para los hombres... La visita sigue con un pequeño recorrido por uno de los túneles de la antigua Kratón, donde están tocando música en una esquina y nos podemos hacer una idea de cómo eran originalmente. Llaman la atención sus paredes en diagonal para evitar inundaciones.

Visitamos después un taller de batik muy interesante. Aquí vemos locales dando clase de pintura a turistas. A nosotros nos asignan una dependienta que nos va explicando en inglés la elaboración de estas pinturas tradicionales que sirven tanto para cuadros como para estampar textiles. El batik se elabora dibujando o estampando cera sobre la tela, lo cual crea un patrón negativo al retirar la cera de la tela teñida. Nuestra guía nos enseña patrones que tienen creados (como si fueran sellos) y muchos están totalmente personalizados. Resulta muy interesante. Al finalizar la visita, hay tienda (¡qué sorpresa!) donde puedes comprar lienzos. Esperamos al guía en la calle, junto a la furgoneta; estaba rezando.



Nos espera trayecto en coche hasta la región de Prambanam, ya fuera de Yogyakarta, pues está prevista la visita al complejo por la tarde. Como estamos cansados y acalorados, el trayecto se nos hace muy ameno. Son más de las 13:00 hrs y paramos a comer en el restaurante Opak: aquí paran muchos grupos de turistas. Es un local muy espacioso y con unas vistas del río y los jardines muy chulas. Pedimos varios platos y está todo muy rico, pescado para nosotros y pollo para los peques (que ya no son peques, pero nos da igual). Los zumos están increíbles y el café es un regalo.

Después toca hacer la visita TOP del día, que es PRAMBANAM, el templo hindú más grande del mundo. Fue construido durante el siglo IX y está dedicado a Shiva. Pagamos la entrada y accedemos al recinto. Hay gente por todas partes y no hay ningún recorrido establecido. Lo puedes recorrer a tu aire. Nosotros lo hacemos siguiendo las explicaciones de Kioto, muy interesantes. Se empieza por el propio Templo de Prambanam, que consta de tres patios. El exterior vendría a ser el tercer patio, sin templos. Caminando un poco, llegamos al segundo patio con 224 templos de perwara que se forman en 4 filas. Muchos están en ruinas; hay que tener en cuenta que el templo se derrumbó durante un gran terremoto en el siglo XVI y solo quedan 114. Es interesante ver conjuntos de piedras apilados y esperando (cual puzzle) a que alguien se entretenga a recomponer. Las piedras tienen diversas ranuras y aperturas para su encaje directo, de ahí que parezca una faena imposible...

El conjunto nos recuerda un poco, salvando las distancias, a los templos de Angkor Wat en Camboya. No pensábamos que volveríamos a ver algo parecido.  

No tardamos en acceder al tercer patio o patio principal con 16 templos. De todos ellos destacan los tres del final:

- a la izquierda, el de Brahma

- a la derecha, el de Visnú.

- en medio, el de Shiva. El más grande y el más alto de los tres templos principales






Sorprende que se pueda acceder a ellos. Para hacerlo, calma y tranquilidad, que los escalones son muy altos, hay mucha gente y el calor aprieta. De los tres, visitamos el de Brahma y el de Shiva. El de Brahma tiene una única cámara que alberga al ídolo creador. El de Shiva tiene 4 cámaras. Destaca la del este con el ídolo del dios. En las otras 3 encontramos los ídolos de Agastya, Ganhesa y la imponente y divina diosa Durga, con sus 8 brazos.





Aquí pasa lo habitual: mientras el ánimo de Jordi va in crescendo, totalmente resuelto a visitar todos y cada uno de los templos, el de los niños ya está por los suelos. En el de Shiva, David ya ni sube y decide esperarnos sentado en la escalinata de acceso. Laura, la muy heroica, no deja de esforzarse y nos acompaña, resignada.

Destacar de estos templos principales el relieve de Ramayana, tanto en el de Brahma como en el de Shiva. Vemos paneles en las paredes que cuentan la historia épica del príncipe Rama, encarnación de Visnú en la tierra. El tallado se conserva muy bien y se pueden interpretar muy bien las diferentes escenas del Ramayana. Del resto del patio central exploramos uno de los 3 templos de Wahana (vehículo de los dioses) para hacernos una idea de cómo son. En este hay un buey al que le falta el asta izquierda.


Son más de las 16:30 h y se acerca la puesta de sol (sobre las 17:30 h). No queda mucho tiempo de visita. Kioto compra tickets para trasladarnos con uno de los shuttles o megacarritos de golf del parque (a lo trenet Salou para hacernos una idea). Tenemos que llegar al otro extremo del complejo donde nos espera el Templo de Sewu (a más de medio kilómetro y hay que volver). Cuando llegamos allí, estamos casi solos y disfrutamos un montón la visita. Además, la luz está preciosa. El templo de Sewu es budista y comprende 249 estructuras, con un templo principal. De esta parte destacaría los enormes ídolos que flanquean las 4 entradas al segundo patio y el laberíntico recorrido que podemos hacer por el templo principal y con la suerte de hacerlo casi a solas. ¡Y al salir toca puesta de sol!

Nos ha gustado incluso más.



Cuando alcanzamos la salida, son más de las 17:30 h y nos espera más de una hora de trayecto en coche hasta el hotel. Estamos reventados, para qué negarlo. Ha sido un día muy completo. Llegamos a las 19:00 h, bien justito para que Fani haga su sesión de masaje (la tenía reservada de la mañana) y la colada.

Cenamos tarde para lo que es Indonesia (pasadas las 20:00 h). Nos volvemos a poner las botas. La verdad es que en el hotel d'Omah da igual lo que pidas, está todo buenísimo.

¡Y a dormir! ¡Que mañana toca madrugar aún más!

Seguro que el imán nos echa un cable...