16 de julio de 2019

TOKIO RAIN

El día amanece nublado y amenaza con lluvia. La verdad es que esta última semana de viaje el tiempo está siendo demasiado protagonista para nuestro gusto. Pero no nos queda más remedio que añadir los paraguas y los chubasqueros a nuestra mochila de mano y ponernos en marcha. Sorprende descubrir como nuestros peques, a pesar del trajín que llevamos, no pierden ni el ánimo ni las ganas de caminar. Y es que hoy se cumplen 3 semanas de viaje.

Decidimos arriesgar y dirigirnos al barrio de Asakusa para pasar allí la mañana. Se trata de uno de los barrios más antiguos de Tokio y allí está el famoso templo Sensoji. Para llegar hasta allí utilizamos nuestro JR Pass hasta la estación de Kanda. Allí cambiamos a la línea Ginza de metro (aquí ya nos toca pagar) y nos bajamos en la parada de Asakusa. Imposible perderse; como siempre está todo muy bien señalizado (tramo de trasbordo incluido). Nada más llegar a la calle nos recibe la lluvia. Decidimos refugiarnos un rato en un Starbucks (¡los hay por todas partes!) y esperar a que amaine mientras Fani se toma un café, los niños cazan Pokemons y yo leo algunas cosillas de interés acerca del templo.

El templo Sensoji es el templo budista más antiguo de Tokio y está dedicado a Kannon, deidad de la misericordia. Más que por sus templos, lo que más destacan las guías son sus puertas de acceso: la Kaminarimon o puerta de los truenos y la Hozomon. Como después de esperar un rato en la cafetería vemos que la lluvia va para largo y ya es mediodía, decidimos sacar nuestros paraguas y empezar la visita. Las 2 puertas están separadas por la calle Nakamise a la que logramos acceder por una calle lateral techada. La calle Nakamise es una calle de más de 250 metros de largo y está llena de tiendas de souvenirs y artesanía. También hay tiendas donde te fabrican in situ las famosas galletas de arroz sembei. Y decimos fabrican, porque efectivamente es literalmente así: hay unas cintas donde la masa y posteriormente las galletas, pasan por todo el proceso de fabricación a la vista de todos mientras las dependientas sólo tiene que dedicarse a empaquetarlas y venderlas. Huelen superbien. Me animo a probarlas y… superbajón. Demasiado dulces… Cuando ven mi cara, ni Fani ni los peques deciden arriesgarse. De hecho ya probamos galletas similares en Miyajima y no nos gustaron. En fin…

Nos acercamos primero a la puerta Kaminarimon o puerta de los truenos: se trata de una impresionante puerta de color bermellón con un enorme farolillo de papel rojo en el medio. A ambos lados del farolillo hay deidades guardianas budistas. Esta puerta de 11.7 metros de alto se construyó en el año 942 aunque, como es habitual en Japón, la puerta ha sido destruida muchas veces a lo largo de la historia, siendo la estructura actual del año 1960. El verdadero centro de atención de la puerta es la lámpara gigante de papel con estructura de bambú. Tiene 4 metros de alto, 3.4 metros de circunferencia y pesa 670 kg. Debajo de la  lámpara hay un dragón tallado en madera que nos recuerda mucho al de Bola de Drac. Dicen que da suerte tocarlo, así que no dejamos pasar la oportunidad de hacerlo aunque sea a costa de estropear la foto de alguien. Y es que por allí no dejan de acercarse masas de turistas para hacerse una foto delante del farolillo posando. ¡Y eso que llueve a mares en el momento en que estamos allí!



Recorremos la calle Nakamise en dirección al templo principal. Por el camino nos encontramos con la 2ª puerta, la Hozomon. Impresiona también bastante, con sus deidades guardianas y unas grandes alpargatas de paja, de 2.5 toneladas cada una. En ese momento se pone a llover a mares: ¡un auténtico diluvio cae sobre nosotros! Cruzamos la puerta y entramos en el patio central del templo por la que pasamos lo más deprisa que podemos esquivando tanto charcos de agua como turistas. Al pasar giramos nuestras cabezas a la izquierda para ver una imponente pagoda de 5 pisos. También pasamos por algunas tiendas dedicadas a la venta de productos del templo (amuletos, barritas de incienso, papelitos de la fortuna, …). Cerca de las escaleras de acceso al salón principal, encontramos la zona de quema de barritas de incienso; a pesar de la lluvia también hay gente allí que se dedica a quemar las barritas y llevarse el humo a diferentes partes del cuerpo. Averiguamos que lo que hacen es llevarse el humo a aquellas partes del cuerpo que les duelen o quieren mejorar. No tardamos en acercarnos para echarnos humo sobre la cabeza y es que con el rollo de la lluvia y la presión atmosférica tenemos una buena migraña.

El templo principal está abarrotado de gente: los hay que han ido a rezar, los hay que se resguardan de la lluvia, los hay que lo utilizan de mirador para hacer fotografías de la zona, … Le echamos un vistazo: el techo y las paredes son muy chulos. Son más de las 14:00 hrs y no deja de llover. Decidimos ir a comer. Hemos leído que hay un restaurante con una tempura riquísima, el Daikokuya. Conseguimos llegar hasta él con nuestro google maps y resguardados bajo nuestros paraguas. Resulta que está en obras pero un mapa nos indica como llegar al recinto donde se han trasladado. Conseguimos llegar a él. ¡Y conseguimos una mesa sin esperar! ¡Vaya suerte! ¿Será por la hora? ¿O por la lluvia? La tempura está muy buena pero es caro. Nos pedimos un par de menús y los repartimos con los peques; no nos quedamos con hambre pero tampoco es que nos peguemos un gran atracón.



Al salir del restaurante nos encontramos con la sorpresa de que ha dejado de llover. Sigue nublado pero tenemos tregua. Decidimos recorrer el templo Sensoji en el sentido inverso partiendo del templo principal y pasando por las puertas de acceso y la calle Nakamise. El recorrido es más tranquilo y podemos apreciar mejor las puertas y la pagoda; aprovechamos para tomar alguna fotografía más aunque sigue habiendo mucha gente por todas partes. Acabamos el recorrido en la puerta Kaminarimon. Justo enfrente encontramos el Centro de información turística de Asakusa, un edificio de 8 plantas muy moderno que tiene un mirador en la última planta (la entrada es gratuita) donde disfrutamos de unas bonitas vistas de toda Asakusa, con el templo Sensoji y sus puertas a nuestros pies y los edificios de la Asahi Beer y la Tokio Sky Tree al fondo. Sigue nublado pero, teniendo en cuenta la que ha caído por la mañana, no podemos quejarnos.

Nuestro siguiente destino, es uno de los platos fuertes de nuestra estancia en Tokio. Hemos decidido visitar la Tokio Skytree. Como la visita está muy solicitada y hemos leído que las colas suelen ser interminables, tenemos las entradas ya compradas con antelación para ese día. Por eso no podemos esperar a que cambie nuestra suerte con la climatología en los 2 días que nos quedan en Japón. Cogemos el metro en Asakusa y nos plantamos en apenas 5 minutos allí. Nada más bajar del vagón nos encontramos desde el mismo andén con la gigantesca e impresionante torre. ¡Un auténtico pasote!

El 22.05.2019 se inauguró la Tokio Skytree, la torre de comunicaciones más alta de Japón y uno de los miradores más espectaculares de la ciudad. Está situada en un enorme complejo que cuenta con un centro comercial y tiene dos miradores situados a alturas diferentes: el Tembo Deck (a 350 metros de altura) y la Tembo Galleria (a 450 metros de altura). Nosotros tenemos entradas compradas para el primer mirador; y menos mal, porque el acceso a la Tembo Galleria está cerrado hoy por el mal tiempo. Las entradas que hemos comprado por Internet se cambian en unos mostradores de la 4ª planta, no son nada baratas y nos piden enseñar el pasaporte y es que el Fast Skytree Ticket que hemos adquirido es un pase exclusivamente para turistas y te evita hacer colas (eso sí, es más caro). Ya vamos merendados y nuestra expectación (a pesar del mal tiempo) es enorme.

Con las entradas en la mano nos acercamos a la zona de los ascensores donde nos hacen pasar enseguida. Hay muy poca gente y no se ven colas por ningún sitio. Imaginamos que el factor climatológico ha sido decisivo. Nos metemos en el ascensor con algún otro turista (hay un andaluz) y hacemos la subida al mirador de la Tembo Deck en menos de un minuto (la velocidad que te marcan es de 600 metros por minuto). Nada más bajarnos descubrimos que las vistas son sencillamente espectaculares y que tienes la ciudad de Tokio literalmente a tus pies. No hay mucha gente, pero la que hay está con la boca abierta y sin decir ni pío mirando por los inmensos ventanales de la planta 350 del edificio. Sólo nos interrumpe el fotógrafo oficial del mirador que intenta enredar a todo el que pasa por allí para dejarse hacer un reportaje fotográfico con las vistas de la ciudad al fondo por un “módico” precio. Es un tío muy estridente pero la verdad es que pica bastante gente; uno de sus trucos es el de hacerte una foto con alguno de los dispositivos que lleves (¡se las inventan todas!).


Recorremos el mirador todo emocionados, niños incluidos. No podemos parar de hacer fotos. Descubrimos que hay 2 plantas inferiores que se pueden recorrer: el nivel 345 (con una tienda de souvenirs y un restaurante) y el nivel 340 (con una zona con suelo transparente de la que esperábamos más, sinceramente). Volvemos a subir al mirador del nivel 350: vemos gente que está sentada delante de los ventanales como si guardaran el sitio (¡como si estuvieran por venir los Reyes Magos a camello!): deducimos que se acerca la puesta de sol y que debe ser práctica habitual hacerlo en días de mucha gente para poder tomar la mejor fotografía posible. Queda claro que en el día de hoy no es necesario hacerlo con la poca gente que hay. La verdad es que hemos tenido bastante suerte: hay muchas nubes en el firmamento pero también hay zonas despejadas y hasta llegamos a vislumbrar algún rayo de sol. Lo más espectacular es ver como se desplazan las nubes y van tapando y destapando las mismas zonas de los ventanales en tiempo record; no deja de ser una sensación muy curiosa. 


No tarda mucho en hacerse de noche.Nos tiramos más de 2 horas. Como es obvio, llega un momento en que los niños se cansan y optamos por dejarles cazar Pokemons con el móvil de Fani. La escena es muy divertida: papis moviéndose de ventanal en ventanal para tomar la mejor foto y niños persiguiéndolos para no perder la wifi y quedarse desconectados del juego de Pokemon (y es que la wifi portátil la llevo yo en mi bolsillo). Al hacerse noche vemos como se van encendiendo las luces de la ciudad. No podemos dejar de admirar el espectáculo alucinados ¡La experiencia vale mucho la pena!

Cuando son casi las 20:00 hrs optamos por dar por finalizada la visita y tomamos el ascensor de bajada. Dada la hora optamos por comer en el mismo centro comercial: hay toda una planta (la 3ª) con mesas exteriores y un sinfín de mostradores de restaurantes donde encargas la comida que quieres y luego te la llevas a la mesa. La verdad es que lo encontramos bastante práctico pues puedes combinar menús (y a buen precio) de diferentes locales. Nosotros decidimos no complicarnos y compramos unas raciones muy resultonas de pollo rebozado con patatas fritas. Después decidimos bajar al supermercado de la 2ª planta a por unas raciones de fruta que también nos comemos en unas mesas de por allí.


Abandonamos la Tokio Skytree sin poder dejar de admirarla todavía asombrados. Las vistas desde la calle con el edificio iluminado también son muy bonitas. Un letrero luminoso en lo más alto hace un precioso juego de luces y nos recuerda que el próximo año 2020 la ciudad albergará los JJOO. Son más de las 21:00 cuando nos metemos en el metro para volver al hotel. Nos esperan hasta 3 recorridos y más de una hora de viaje. Nos asombra encontrarnos con mucha gente en los vagones; la mayoría son japoneses que vuelven a sus casas después de trabajar. Y es que la ciudad de Tokio no descansa nunca, sin importar la hora que sea.

15 de julio de 2019

NIKKO

Amanece nublado y con previsión de lluvias intermitentes, aunque menores que el día previo. Ya hemos decidido salir de Tokio y hacer una excursión de un día a la aldea de montaña de Nikko. Es una escapada muy recomendada y no nos quedan más días libres (en los últimos 3 tenemos sorpresas reservadas). Además, necesitamos salir de Tokio.


Viajar a Nikko desde Tokio es bastante fácil, aunque supone una importante inversión de tiempo. Primero hay que llegar hasta la estación central de Tokio en nuestro tren de la línea Kehin Tohoku (son 5 paradas y tenemos que llegar a eso de las 09:00 hrs, ya que los billetes del siguiente tren los tenemos reservados). Nos toca madrugar. El tren va más vacío de lo que nos pensábamos (suponemos que en este país la gente madruga mucho más para llegar al trabajo) aunque tarda lo suyo (y es que aquí las distancias entre paradas son considerables; entre 3 y 4 minutos). Cuando llegamos al siguiente tren ya nos está esperando en el andén (¡no nos ha sobrado nada de tiempo!). Es un shinkansen que nos lleva hasta Utsunomiya (tarda 50 minutos). Aprovechamos para desayunar allí (llevamos leche, galletas y pan); en Japón se permite comer en este tipo de trenes (sí está mal visto alzar la voz o hablar por teléfono; si lo quieres hacer te tienes que ir a las zonas que hay entre vagones (junto a los WC). Entonces cambiamos a un tren local, el JR Nikko (incluido en JR Pass). El trasbordo está muy señalizado y, además, es imposible perderse: todo el mundo que se baja (turistas en su gran mayoría) va hacia allí. El tren tarda otros 50 minutos y no tiene asientos asignados, pero conseguimos sentarnos sin problemas. Como hemos conseguido mapas de Nikko y tenemos la inestimable ayuda del señor Google, aprovechamos para diseñar la logística del día y decidir qué vamos a visitar allí. Para optimizar el tiempo, decidimos comprar un all- day bus pass con la compañía Tobu, pues la zona de los santuarios y templos está algo alejada. Se puede hacer caminando, pero es tarde y no queremos que se haga más tarde. Llegamos a la zona de interés casi a las 12:00 hrs. En total hemos invertido aproximadamente más de 3 horas en llegar a Nikko, dos líneas de metro, dos trenes y un bus. 

Descubrimos que hoy, a pesar de ser lunes, hay un montón de gente ya que es día festivo en Japón. Así que nos despedimos de hacer una excursión tranquila en día laborable y con poca gente. Le echamos un rápido vistazo al salón principal del templo Rinnoji; las entradas nos parecen caras y no queremos perder más tiempo. Nos vamos directamente a visitar el santuario Toshogu, la razón principal para visitar Nikko. El santuario alberga el mausoleo de Tokugawa Ieyasu, el primer shogun Tokugawa. Si bien en un principio el santuario Toshogu era más bien modesto, el tercer shogun y nieto de Ieyasu, Iemitsu, decidió ampliarlo y dotarlo de decoraciones espectaculares durante su gobierno. El santuario sorprende por su ostentación y sobre todo por el brillo de sus tallas de madera y decoraciones, que mezclan imágenes budistas y sintoístas. Para llegar al santuario atravesamos un primer torii de piedra; a su izquierda tenemos una bonita pagoda de 5 pisos. A partir de este punto nos encontramos con la billetería: la broma nos cuesta 1300 yenes por adulto (menos más que Laura entra gratis). Tenemos que hacer cola para acceder a una máquina automática que no acepta nuestra tarjeta de crédito (empezamos a ir justos de efectivo; Fani ha repartido todo lo que nos queda por días e intentamos no salirnos del presupuesto diario). Atravesamos la puerta principal del santuario con sus dioses guardianes y llegamos a una primera zona del recinto donde hay una serie de edificios de preciosas tallas de madera, coloridas y muy elaboradas. Dos tallas sobresalen por encima de las demás: las tallas de madera de los 3 macacos (que no ven, no hablan y no oyen el mal) y la de los elefantes. 






Tras esta zona llegamos a la puerta Yomeimon, muy decorada, que nos permite acceder a una segunda zona donde tenemos 2 rutas posibles: o ir a ver el templo principal o subir al mausoleo del shogun. Empezamos por el mausoelo: tomamos el camino de la derecha y pasamos por la puerta Sakashitamon, famosa por tener una talla de madera de un nemurineko o gato dormido. Sólo hay una talla y si te despistas es fácil pasarla por alto. Pero nosotros ya la buscábamos ( a lo Indiana Jones ) y con la ayuda de nuestros peques, no se nos pasa por alto. El acceso al mausoleo es una pasada: el camino alterna pasarela con escalinatas y pasa por un inmenso bosque. El mausoleo es algo más austero que los edificios que hemos visto abajo, pero sigue siendo todo un espectáculo, especialmente por sus tallas de madera. El tiempo está nublado, pero afortunadamente no llueve. Por el camino nos encontramos unas tablas de madera con inscripciones. Son deseos. David y Laura descubren uno muy interesante :)



Al bajar, nos vamos directos al salón principal Honden, el centro neurálgico, por decirlo de alguna manera, del santuario. Su puerta de acceso, la Karamon, no se puede cruzar: hay que entrar por una zona habilitada a su derecha. Hay que descalzarse y dentro no se permite hacer fotografías (como suele ser habitual en todos los templos principales de este país).  





La visita es muy impresionante, aunque algo deslucida por la cantidad de gente. La acabamos que son casi las 14:00 hrs y empezamos a tener hambre. El problema es que en la zona de la montaña no hay mucha restauración y tampoco queremos entretenernos mucho buscando un lugar para comer. El santuario tiene un museo fuera (que hemos decidido no visitar, con entrada que se paga aparte); decidimos tomar unos sándwiches en su cafetería. El precio es normalito y están muy buenos. ¡Y conseguimos una mesa para poder sentarnos! ¡Todo un lujazo en este país!

Por la tarde empezamos visitando el santuario de Futarasan, situado muy cerca del de Toshogu, por lo que llegamos enseguida tras cruzar un precioso camino (envuelto en decenas de árboles milenarios y enormes lámparas tradicionales de piedra). Es un santuario muy bonito, rodeado de un entorno natural imponente. Además, la gente de repente resulta que ha desaparecido (o están todos en Toshoguo, están comiendo, o quizá se han ido a casa…); hacemos la visita prácticamente solos. El acceso es gratuito, aunque existe una zona de pago (esta vez pagamos). Lo que hace realmente especial al lugar es su entorno, con grandes árboles milenarios. El santuario en sí tiene pocas edificaciones y prioriza los espacios naturales que lo envuelven; así, encontramos recovecos preciosos con jardines. En un extremo del santuario encontramos 2 estatuas de komainu o perros-leones donde los japoneses cuelgan los coloridos omikuji; pero sólo los que no han dado demasiada buena fortuna. También encontramos un par de salones muy curiosos dedicados a uno de los siete dioses de la buena fortuna, en este caso al dios Daikokuten. Con su amigable sonrisa, su saco del tesoro y su mazo, este dios es uno de los dioses favoritos de los japoneses y especialmente popular en templos budistas (de hecho, ya lo vimos el año pasado, durante nuestro viaje a Vietnam). En uno de los salones, hay hasta una exposición de figuras del dios; hasta puedes coger uno de sus mazos y sopesarlo. La visita es chula pero no es todo lo espectacular que esperábamos.



Como aún nos queda tiempo, decidimos visitar el Taiyuinbyo: el fabuloso mausoleo de Tokugawa Iemitsu, tercer shogun Tokugawa y nieto de Tokugawa Ieyasu (el del mausoleo de Toshogu. Como no estaba tan destacado como los demás, no tenemos tantas expectativas. Y resulta que es el que más nos gusta. No nos hagáis decir si es cosa del clima o la ausencia de gente (¡qué tranquilos estamos, por favor!), pero el santuario es una pasada. Es ostentoso y sigue el recargado estilo arquitectónico del de Toshogu, pero queda claro que intenta ser algo más modesto tanto por número de edificaciones como por su decoración (en señal del respeto que Iemitsu sentía por su abuelo). 




Lo más espectacular es llegar hasta el mausoleo: hasta 5 puertas con 4 guardianes cada uno (2 delante y otros 2 detrás) la custodian. Hay escalinatas y el entorno natural es muy chulo. Además, hay un montón de lámparas tradicionales de piedra. Tras atravesar todas las puertas, llegamos al salón de plegarias Haiden y al principal Honden; ambos están interconectados bajo un mismo techo en forma de H. Se puede recorrer el de plegarias (el interior es maravilloso con muchísimas decoraciones, tallas de madera y pilares lacados en oro) y se puede ver el principal desde fuera (allí se encuentra el mausoleo de Tokugawa Iemitsu).






Durante el tramo final del recorrido nos encontramos con una sorpresa; cerca del templo que alberga el mausoleo, en el bosque, una figura oscura se mueve entre la maleza. Tiene la cabeza olfateando el suelo y buscando comida. ¡Es un oso! De repente los pocos turistas que estamos allí nos olvidamos por completo del templo y dirigimos nuestras cámaras fotográficas hacia el oso. Se mueve lento y tranquilo. Está lejos de nosotros, en un punto elevado de la ladera de la colina. Pronto aparecen los monjes del templo para empezar a clausurar zonas y evitar que nos acerquemos al animal. Se les ve algo nerviosos. Enseguida aparecen agentes de la policía uniformados, aunque cuando llegan el oso ya se ha marchado. 



Nuestros niños contemplan la escena con mucha curiosidad y es que no todos los días se ve un oso, aunque esté lejos (¡afortunadamente!). Lo consigo grabar con la cámara del móvil; es muy chulo, la verdad. Conseguimos acabar la visita, aunque hay un edificio al que ya no nos dejan acceder. Al salir, la policía está cerrando algunos accesos, especialmente el del santuario de Futarasan. Vemos como todo un grupo de alumnos de un colegio ve suspendida su visita.
Llegados a este punto, entendemos que la cosa no va a dar más de sí y, como son más de las 16:00 hrs, decidimos empezar a regresar. Bajamos a pie hasta llegar a la altura del puente Shinkyo o puente sagrado, otra de las atracciones turísticas de Nikko. Es, en teoría, uno de los 3 puentes más bellos, según los japoneses (queda algo deslucido, ya que pasa la carretera al lado de uno de sus extremos). Su estructura es muy bonita, con la vista del río, el verde de la vegetación que lo envuelve y su color rojizo. Se puede visitar pagando una entrada y accediendo por el lado opuesto a la carretera. Cuando llegamos justo cierran la billetería (son las 16:15 hrs). De todos modos, desde la propia carretera, las vistas son muy chulas.



Después cogemos el bus y regresamos a la estación de tren. El tiempo, aunque muy nublado, ha aguantado todo el día. Poco calor y nada de lluvia. Las visitas son muy recomendables, mención aparte para la visita del último mausoleo. Como experiencia de un día y, especialmente tras el agobio de los últimos 2 en la gran urbe, es todo un respiro. Eso sí, la vuelta nos vuelve a suponer una inversión de casi 3 horas. ¡Apurando nuestro JR Pass hasta el último día!
Cuando llegamos a nuestro barrio en Shinagawa, optamos por entrar en un local de la zona donde sólo hay japoneses. Comemos mucho mejor que en días previos y a mejor precio: gyozas, arroz, verdura con revuelto de huevo y sopa de miso. Nadie se queda con hambre. Completamos el menú comiendo fruta en la habitación del hotel (la hemos comprado en un supermercado de la estación de tren). Por la noche, recompensamos a nuestros niños con una nueva sesión de cine; seguimos preparando nuestra visita al Museo Ghibli del próximo jueves. Esta vez toca Porco Rosso con sus mágicos hidroaviones y piratas aéreos. ¿Alguién de más?

14 de julio de 2019

TOKIO NON STOP

13 y 14 de Julio del 2019

Empleamos la mañana del sábado 13 en abandonar “nuestro” ryokan de Yudanaka y viajar a la capital de Japón, Tokio. Primero cogemos un tren hasta Nagano (el de la Dentetsu Line, menos de una hora, no incluido en el JR Pass) y después un comodísimo shinkansen de la Línea JR que nos deja en la estación central de Tokio en hora y media. Nada más llegar a la estación ya nos damos cuenta de que parece que hemos llegado a otro mundo: hay gente por todas partes y que camina en todas las direcciones posibles. Nos esperan un montón de señales por todas partes; menos mal que también están en inglés. La verdad es que pillamos el truco rápido y nos sorprende lo poco que tardamos en tener claro que tren tenemos que coger para llegar a nuestro hotel cerca de Shinnagawa. Descubrimos que Shinagawa pertenece a la prefectura de Tokio, pero no a la ciudad como tal. El metro no nos lleva hasta allí, pero no es ningún problema porque hay trenes que funcionan como el metro y encima, como pertenecen a la línea JR, los tenemos incluidos en nuestro JR Pass. Llegamos a nuestro hotel a las 13:30 hrs y nos dejan hacer el check inn ya que nuestra habitación está lista. Dejamos las maletas con gran alivio; como es nuestro último alojamiento en Tokio (aquí pasamos las últimas 6 noches), ya no tendremos que ir arrastrando tanto bulto por todas partes.

Nos vamos a comer. Descartamos la opción del hotel por caro y por estar fuera de plazo (cierran el comedor a las 14:00 hrs !!!!! Si, en serio). Encontramos un local bastante cerca donde sirven platos de gyozas con arroz y sopa de miso. Nos hemos quedado sin efectivo, pero podemos pagar con tarjeta. Nos sorprende como baja el precio de la comida cuando te alejas de los restaurantes más turísticos. Comemos los 4 por menos de 3000 yenes. Descubrimos también que los locales siguen la misma disposición que en Nagano: son pequeños con sillas altas en una barra (habitualmente cerca de los cocineros) y 3-4 mesas a lo sumo. Suelen servirte rápido y se suelen especializar en un plato habitualmente.



Por la tarde decidimos adentrarnos en el corazón de la ciudad: escogemos el barrio de Shibuya. Por el camino nos detenemos en Shinagawa para cambiar dinero y hacer trasbordo a la línea Yamanote (la más popular pues hace un recorrido circular por el centro de la gran urbe; entra también con el JR Pass). El metro va muy lleno. En una de las paradas, acabamos enlatados por la de gente que sigue intentando entrar. 

Shibuya es uno de los barrios de moda y entretenimiento más populares de Tokio. Está lleno de centros comerciales, grandes almacenes y tiendas de moda y complementos. Como muchos otros barrios de Tokio, la disposición toma como epicentro la estación de tren/metro; a partir de ella se origina todo. Suele ser también punto de encuentro o quedada de mucha gente. Nada más salir de la estación nos encontramos con la estatua del perro Hachiko, probablemente el perro más famoso de Japón. A pesar de que su amo falleció, este perrito siguió esperándole durante años frente a la estación de Shibuya. Como premio a su fidelidad decidieron colocar esta estatua en dicho lugar. Hay mogollón de gente a su alrededor intentando hacerse selfies y fotografías; de hecho, hay como una cola. Hay tanta gente y resulta tan agobiante que decidimos pasar del tema. Eso sí, aprovechamos el “cambio de modelo” para intentar fotografiar al icónico perrito sin nadie alrededor (difícil).


Unos metros más adelante nos encontramos (casi por accidente) con el mítico y emplemático cruces peatonal de Shibuya. Se trata de unos de los cruces peatonales más famosos del mundo. Pronto descubrimos el porqué: Cuando el semáforo está en rojo sólo pasan coches y cuando se pone verde, peatones. Hasta aquí nada especial; pero resulta que tiene 5 cruces (4 forman un cuadrado y hay un 5º en diagonal) y que cuando se pone verde es para todos los peatones a la vez. ¡Imagináos el caos y el cruce de gente! ¡Añadid que es sábado por la tarde y el espectáculo está servido! Nosotros lo cruzamos, y con los niños bien agarrados. Toda una experiencia cuando logramos llegar al otro lado.
Nos habían informado de que se podía desfrutar de tan “grandioso” espectáculo desde los ventanales de la 2ª planta de la cafetería Starbucks. Ya os podéis imaginar lo idealizado que teníamos ese momento… Pues a tomar por saco. ¡Imposible! La cola de gente para pedir un cafecito es de órdago. Subimos a su 2ª planta (se hace el pedido en la primera), todas las sillas, mesas y hasta cabezas de clientes están ocupadas. Acercarse a un ventanal es misión imposible. Desistimos tanto del café como de las vistas. Como solución alternativa optamos por entrar dentro de un centro comercial que sí tiene un mirador, aunque más elevado. Se trata del Magnet by Shibuya 109. Este centro comercial nos sirve de introducción para la mayoría restante: escaleras mecánicas de subida y bajada opuestas y espacios muy reducidos; y es que se nota, hasta en las grandes superfícies comerciales, que el metro cuadrado aquí es muy caro. Recorremos un poco el edificio y hacemos una pausa en uno de los pocos lugares en donde podemos hacernos con un “trozo” de mesa compartido (en una cafetería de la planta -02 y sin ventanas, por supuesto). Eso sí, a parte de café para los papis, conseguimos leche para nuestros peques. Después subimos hasta el mirador (te cobran entrada a partir de 6 años; menos mal que hemos empezado a hacer pasar a Laura por una adorable niñita de sólo 5 años…). Las vistas del cruce son espectaculares y te permiten hacerte una idea de cómo pasa todo y de verlo desde otra perspectiva. Pasa un minuto por cada vez que cambia el color del semáforo. Es realmente espectacular y no sólo por el flujo de gente sino también por los edificios repletos de neones por todos lados. Nos recuerda el barrio de Dotombori en Osaka, pero a gran escala.



Volvemos a bajar y exploramos un poco más de la zona. Montones de edificios se suceden por todas partes. Nos sorprende ver un enorme Zara (éste no tiene problemas de metros cuadrados). El edifico del HyM tampoco le va a la zaga. Y sobretodo hay gente por todas partes. Se nos hace de noche y vemos cómo arranca la iluminación. Empezamos a saturarnos y los pequeños empiezan a quejarse. El problema es que es imposible encontrar un sitio con mesa para sentarse a descansar y/o cenar. A David especialmente se le ve bastante agobiado; nos pide un respiro. ¡Qué poco acostumbrados los tenemos a este tipo de ambientes! Optamos por regresar al hotel. Estamos tan cansados de gentío y de locales abarrotados que decidimos comprar suchi para llevar (sashimi para mí y unos nigiris para los demás) y nos lo comemos en la misma habitación alejados del mundanal ruido. ¡Todo un respiro entre tanto caos!

El día siguiente la experiencia no resulta muy diferente. Amanece nublado y se pone a llover bastante justo cuando salimos del hotel. Nuestro plan es evadirnos un poco del gentío de ayer recorriendo el Parque Yoyogi y, de paso, visitar el santuario Meiji Jingu. Cogemos el tren y, después de volver a hacer trasbordo con la línea Yamanote, nos bajamos en la parada de Harajuku. Llueve mucho, pero decidimos que un poco de agua no nos va a hacer cambiar de planes; y es que nuestro tiempo en Tokio es limitado. Nos ponemos los chubasqueros y abrimos nuestros paraguas. Enseguida vemos que no estamos solos: hay muchos más valientes que, como nosotros, se dirigen hacia el santuario.
El santuario Meiji Jingu es uno de los santuarios sintoístas más populares de todo Japón. Está dedicado al primer emperador moderno, el emperador Meiji y su esposa, la emperatriz Shoken. Terminó de construirse en 1921, años después de la muerte de ambos, como señal de agradecimiento al papel que el emperador tuvo durante la llamada Restauración Meiji que permitió dejar atrás el período feudal de Edo y abrir Japón a la modernización y occidentalización. Hay diversas entradas: están marcadas por varios toriis enormes de madera y cobre. 


Como la cosa se pone difícil por momentos (y es que cada vez llueve más) optamos por visitar sólo la zona interior: los edificios del santuario y el templo principal o Homutsuden. A pesar de las inclemencias del templo encontramos gente por todas partes, especialmente cerca del templo principal. La gente va a rezar, compra amuletos, estampa sellos o escribe emas. Coincidimos hasta con una boda y nos topamos con los novios casi por accidente. Ella va de blanco.
Después de un rato luchando contra el temporal, optamos por desisitir. Nos vamos a comer a una cafetería cerca del templo donde conseguimos pollo rebozado con arroz para los peques y ramen para los papis. Bastante resultón y no excesivamente caro para el lugar donde está ubicado y los precios habituales que se manejan en Japón. El problema vuelve a ser (nos ha pasado ya bastantes veces) que el aire acondicionado está tan fuerte que tenemos que salir a la terraza exterior para resguardarnos del frío… Fuera tampoco acabamos de estar a gusto entre la humedad reinante y que tenemos los pies mojados (especialmente Laura).


Como el tiempo no parece que vaya a mejorar, optamos por ir a visitar otro barrio comercial famoso de Japón donde podamos meternos en centros comerciales y no nos mojemos. Esta vez nos decantamos por el barrio de Akihabara. Se trata de otro de los barrios más conocidos de Tokio, en este caso por ser una referencia en electrónica y cuna de la cultura anime. Llegamos de nuevo en metro; usamos la línea Yamanote de nuevo y sin necesidad de realizar trasbordos. Nos damos cuenta de la inmensidad de Tokio: pasar de Harajuku a Akihabara nos lleva media hora. ¡Nuestros peques tienen tiempo hasta de siestear!



Intentamos callejear un rato, pero como sigue lloviendo decidimos entrar en un centro comercial. No elegimos ninguno en concreto; escogemos uno al azar y entramos. Justo al entrar encontramos una cola de jóvenes, pero aparentemente no conduce a nada. Encontramos todo lo que te puedas imaginar (y más) acerca del manga y la cultura anime: figuras, juguetes, pins, láminas, camisetas, llaveros, puzles, modelismo, … De todo. Mención especial para las figuras de coleccionismo: hay pisos enteros dedicadas a ellas. Están en aparadores enormes y metidos en vitrinas protegidas con números; vemos como la gente llega con un papel y va apuntando en él que figuras le interesan y que precio tienen. 
Encuentro unas figuras de juguete de los Caballeros del Zodiaco de cuando era adolescente; están expuestas y con precios abusivos (un caballero de oro te sale a más de 300 euros). ¡Para flipar! Son las 15:00 hrs de la tarde y hay tanta gente por todas partes que cuesta caminar por dentro del local. Encontramos una figura de Boba Fett espectacular y intentamos hacerle una foto; en menos de 10 segundos aparece un empleado para prohibírnoslo (¿de dónde habrá salido? Y más misterioso todavía: ¿cómo ha llegado tan deprisa hasta nuestra posición?).




Llegamos a la conclusión de que son centros donde el consumo se dispara. Te atacan con constantes anuncios de todo tipo. Nos parece agobiante y estresante. Tantos inputs nos abruman. 
Tanto hoy (electrónica y anime) como ayer (moda) las ventas están dirigidas a un público de edad comprendida entre aproximadamente 20 y 50 años. Nosotros (los papis) conseguimos no comprarnos nada. Con David y Laura lo tenemos más complicado pues reciben demasiados estímulos a cada paso que dan. Lo peor es cuando pasamos junto a máquinas de bolas o estantes de juguetes. Nos damos cuenta de lo poco acostumbrados que los tenemos a estos ambientes (y nos alegramos por ello). Hay anuncios hasta en las escaleras mecánicas; y no sólo en las paredes, también te encuentras anuncios en el suelo cuando bajas la vista. Finalmente les compramos unas figuritas Pokemon a David y un peluche de Fennekin a Laura cuyo precio no se dispara. Flipamos cuando llegamos a las cajas registradoras con lo que llegan a pagar por sus compras los jóvenes que tenemos delante. Al salir del local descubrimos porque había cola a la entrada del local: un autor de manga está firmando autógrafos. Ahora la cola llega hasta la calle y se empieza a confundir con el gentío que pasa por ella.
Miramos nuestro reloj asombrados: son las 16:00 hrs de un domingo. Está todo abierto y en la calle no cabe ni un alma. Los edificios son muy chulos, con neones espectaculares. Algunas calles están cortadas al tráfico, pero son una minoría. Cuando el semáforo peatonal se pone en verde, la masa invade las calzadas. En este país los coches están en minoría. El espectáculo es similar al de Shibuya. Nos llama la atención que hay mucha gente en la zona cerca de la estación manipulando sus móviles con frenesí (los hay de dos pantallas). Fani hecha una ojeada: están jugando con videojuegos. Parece que son quedadas para capturar Pokemons. Hay gente joven pero también de edad avanzada (dejémoslo en cincuentones…). De nuevo nos resulta imposible encontrar un local normal y corriente para sentarnos en una mesa a tomar algo. Entre la lluvia y el gentío empezamos a estar muy cansados. Son casi las 17:00 hrs y David nos vuelve a pedir volver al hotel. No necesita insistir mucho para convencernos; en pocos minutos estamos en el metro de vuelta a nuestro hotel de Shinagawa. Decidimos que hasta aquí llega nuestra experiencia con el Tokio más vanguardista y comercial y que los 4 días restantes los vamos a dedicar a cosas más tranquilas. Y es que Tokio non stop.

Pared en Magnet by Shibuya 109
Esta vez intentamos recompensar el esfuerzo de nuestros peques de estos 2 últimos días en Tokio llevándolos a cenar a un restaurante italiano que tenemos cerca. Resulta ser un fiasco: caro, sucio y los macarrones boloñesa pican. Menos mal que la pizza margarita es del agrado de todos para poder salir del paso. Y menos mal que tenemos unos billetes de tren con asiento reservado para la excursión a Nikko de mañana (se acabó ir de pie y enlatados en los vagones del metro). 

12 de julio de 2019

¡NO LE HAGÁIS COSQUILLAS AL MACACO!

El motivo principal de nuestra visita a Yudanaka, aparte de vivir una experiencia ryokan en un entorno apropiado, es la visita al Parque de macacos de Yamanouchi (o snow monkeys en inglés). Y es que todos tenemos en mente esa imagen icónica de unos monos remojados en unas aguas termales y rodeados de nieve en pleno invierno. Pues resulta que esa imagen es del Parque de Yamanouchi y que puedes ir a ver los macacos en cualquier época del año, incluido el verano.
Como estuvo lloviendo todo el jueves (y en gran cantidad) nos levantamos algo inquietos con el tema de la climatología. Sabemos de antemano que si el tiempo no ayuda nos podemos quedar sin ver macacos. En la publicidad del parque ya avisan de que puede ser que haya días que no se dejen ver. Miramos por la ventana y respiramos algo aliviados: tenemos un día despejado y con sol. ¡Menos mal! Nos llevan en coche nuestros anfitriones; en apenas 10 minutos nos dejan en la parada de Kanbayashi Onsen. Allí nos encontramos con más turistas que van al Parque y con primer cártel electrónico informativo en el que pone: NO MONKEYS. Fani y yo nos quedamos mirando. ¿No monkeys? ¡Cómo que no monkeys! ¡Pero si hace un solazo del copón! ¿Como no van a bajar al Parque los adorables macacos con el buen tiempo que hace? Decidimos seguir adelante, aunque no las tenemos todas… Las caras de los demás turistas también son un poema (caras de preocupación y de inquietud…).
Para llegar al Parque de Yamanouchi desde la parada hay que hacerlo por una ruta de acceso, la ruta tradicional Yumichi. Se trata de un bonito paso de 1.6 kilómetros, perfectamente marcado y con poca pendiente. Se atraviesa un bosque precioso y la verdad es que vale mucho la pena. Se disfruta mucho y en menos de una hora nos plantamos en la entrada del parque. Por el camino nos vamos encontrando con carteles informativos que nos explican detalles acerca de los monos y te permiten ir aprendiendo muchas cosas. Nos paramos a leerlos con los niños. El parque de Jigokudani se inauguró en 1964 y es aquí donde viven unos 200 macacos. Aprendemos que es durante el día cuando bajan al parque; en invierno a bañarse en sus aguas termales y el resto del año a socializarse y relajarse en el agua. No tienen sitio fijo para dormir: suelen hacerlo fuera del parque, arremolinados y en lo alto de la montaña y en lugares de difícil acceso (copas de los árboles, rocas, acantilados, …). Comen brotes de los árboles, hojas nuevas, flores, frutas, nueces y semillas, pero también insectos y gusanos. El embarazo tiene una duración de 180 días y las hembras dan a luz entre abril y junio, por lo que tenemos la esperanza de ver muchas crías.
Leyendo toda esta información, descubrimos que va aumentando nuestra expectación. Mal asunto pues todavía puede ser que no los veamos. De hecho, nos vamos cruzando con turistas que ya vuelven y con caras difíciles de interpretar, aunque muy contentos no se les ve (no nos atrevemos a preguntarles si han podido ver macacos o no, por miedo a hacer realidad la información del cartel del parque). Cuando nos estamos acercando al parque nos sorprende una bonita imagen del valle con el río Yoyogi a sus pies y un manantial (con un géiser de vapor) y el ryokan Korakukan en la ladera opuesta.
Llegamos finalmente a la entrada del parque y hay colgado un nuevo cartel informativo: NO MONKEYS. No nos lo podemos creer. Junto a él, hay un cartel que informa de las horas en que suelen bajar de las montañas al parque: la mayor parte de las veces están ya allí cuando lo abren a las 08:30 hrs aunque hay días en que empiezan a avistarlos a eso de las 11:00-11:30 hrs (está colgado el calendario con todos los horarios de los últimos 2 meses). Miramos el reloj: son las 10:45 hrs. ¡Todavía no es hora de desesperar! Le preguntamos a la taquillera que opciones tenemos. La tía ni se inmuta y nos da una respuesta ambigua: “puede que vengan y puede que no. Nadie puede saberlo”. Nosotros compramos las entradas. Nos metemos en la tienda del recinto para ir al WC. Tienen puesto un video precioso con imágenes de los macacos. Me lo quedo mirando apenado: puede que sea la única forma de ver hoy los macacos. Empiezo a pensar en cómo cambiar la logística del viaje para tener una 2º oportunidad mañana.
Decidimos salir a echar un vistazo. Hay un pequeño camino que te conduce hacia la pasarela central y la zona del manantial. ¡Y de repente los vemos! ¡Pero si están ahí delante! ¡Y hay un montonazo! ¡Están bajando de la montaña! ¡Que nervios! ¡Saca la cámara ya! ¡Y yo con estos pelos! ¡David: corre a avisar a la taquillera de que estamos invadidos por macacos! ¡No paran de bajar! ¿Y si nos atacan? Aquí estamos solos… ¡Que vengan los vigilantes! ¿Nos acercamos? ¿Nos quedamos quietos? ¿Llueve? No tranquilos, hace sol. ¿Y lo de los pelos?
David vuelve y nos dice que ya están informados de la llegada de los macacos. En menos de 2 minutos aparece un vigilante que se acerca tan tranquilo a la pasarela donde empiezan a amontonarse los monos y… ¡pasa junto a ellos como si nada! ¡Ya! ¡Debe ser porque lo conocen! Llega una señora detrás de nosotros y también se queda cerca nuestro. ¡Aquí nadie se atreve a pasar! Entonces Fani me dice que pase con cuidado. “¡Hazlo por los niños! ¡Ellos no pueden ser los primeros!”. Tiene razón. Decido pasar. La sensación es como la de la peli de Los pájaros; pasas muy poco a poco y sin hacer el menor movimiento brusco. Los monos no cambian de actitud ni dejan de hacer lo que están haciendo; la gran mayoría o están sentados tan tranquilos (algunos me miran) o pasan junto a mí, sin más. Como todo va bien, Fani y los niños empiezan a pasar detrás de mí (también la señora que se había quedado rezagada). Llegamos todos sanos y salvos a una zona más ancha (con 2 niveles y unas escaleras), junto al manantial. En esa zona hay más turistas, acercándose a los macacos y haciéndoles fotos. Nos unimos a ellos. Se ve todo muy seguro. Además, hay personal del parque por allí y no van armados ni nada de eso. Me da la impresión de que vigilan más a los turistas (que ninguno se desmadre) que a los propios macacos. Dentro de las normas del parque está prohibido darles de comer e interactuar con ellos. Y se recomienda mantener una distancia prudencial con ellos; esta norma es muy difícil de mantener pues están por todas partes y se te acercan mucho. Los macacos van a su bola.
Nosotros aprovechamos para recordarles a nuestros peques las normas de seguridad. Entre risas nos acordamos todos del cuento de la “velluguet”. “Si us plau! Feu el favor de no fer-li pessigolles als macacos!”.
Vemos muchas mamás con sus crías. Las más pequeñas van enganchadas a su panza mientras su madre se mueve. Después las suelen dejar en el suelo, junto a ellas mientras comen. Es muy gracioso como comen (casi todo son semillas): parece que les falten manos… Los macacos más pequeños juegan entre ellos de forma muy divertida hasta que viene la madre de alguno de ellos y se lo lleva. Vemos macacos más mayores juntos quitándose las pulgas los unos a los otros. El plato estrella es la zona del manantial (más pequeña de lo que nos había parecido en los documentales de la tele): muchos macacos se arcercan allí a darse un bañito (hace bastante calor), a beber agua o simplemente a relajarse. Es el momento ideal de acercarse a ellos, aunque ir con cuidado de no mostrarles muy de cerca las cámaras. El tiempo que estamos allí no vemos que le quiten nada a nadie. Nos movemos de la zona a otras más inferior tras bajar un tramo de escaleras y que pasa junto al río. Hay una pequeña cascada y los macacos bajan en grupo hasta allí. Vemos alguna pelea territorial entre macacos grandes. Vemos como atraviesan el río salatando de piedra en piedra; son muy ágiles. Alguno se mete por un saliente dentro de la propia cascada. Es todo muy espectacular.
Los niños se lo pasan muy bien y no paran de mirar a todos lados. A ellos les faltan ojos. Los miran admirados.  Nos van señalando las zonas de más interés y nos dicen a cuáles tenemos que grabar y/o fotografiar. Estamos casi 2 horas que se pasan en un santiamén.
Al salir los niños nos piden algo de comer (llevábamos un tentempié bien escondido en la mochila). Nos sentamos en una piedra cuando empieza el camino de regreso por el bosque y les damos a los niños su parte. Al poco de estar sentados Fani se da cuenta de que ha llegado un macaco hasta allí y de que se nos está acercando sigilosamente. Recogemos todo en un abrir y cerra de ojos y volvemos a entrar en el parque para comérnoslo más tranquilamente dentro de la caseta. ¡Vaya susto!
De vuelta volvemos a recorrer la ruta Yumichi, que pasa por dentro del bosque. Esta vez bien contentos y felices pues hemos tenido una buena ración de macacos. Cuando llegamos a la parada de Kanbayashi Onsen nos detenemos a comer en un restaurante muy chulo con hamacas y terraza exterior, donde sobran mesas. Pedimos unos sandwiches y una ensalada para los papas y un fish and chips para los peques. Al acabar de comer nos tomamos los cafés sentados en la terraza, tomando el solete.
Como son solo las 15:00 hrs y tenemos toda la tarde por delante decidimos regresar al ryokan caminando. Es una buena caminata, pero hace bajada. Primero se pasa por el pueblo de Shibu Onsen y después por se llega a Yudanaka. Por el camino pasamos por un santuario y una fábrica de sake (que pasamos de visitar pues no queremos entretenernos tanto) y se tienen vistas bonitas del río Yoyogi, que acabamos atravesando por unos de sus puentes. Entre Shibu Onsen y Yudanaka vamos a ver un templo que hay en lo alto de un empinado tramo de escaleras (¡los niños están caminando hoy mucho!); allí nos encontramos una estatua gigantesca de la deidad Kannon de la Paz Mundial.
Ya en el ryokan nos encontramos con la agradable sorpresa de que volvemos a ser los únicos huéspedes del alojamiento esa noche. Aprovechamos otra vez para darnos un merecido baño termal todos juntos y regalarnos otra cena degustación. Esta vez es “algo más ligera”: nuestra anfitriona nos sirve una sopa de pescado (en un caldero enorme y te vas poniendo la que quieres), pollo rebozado y nos enseña a liar con papel de algas nuestros propios rolls de arroz, poniendo el contenido que queramos (hay unos revueltos caseros de carne tipo rosbif y de una especie de ensaladilla de rusa casera que están para chuparse los dedos; a los niños se los hacemos con tortilla y pepino). Nos lo tomamos con un saque fresquito (los niños agua). De postre tenemos cerezas.
Por la noche (cuando acabamos de cenar son las 20:00 hrs), acabamos la sesión de cine que empezamos la noche anterior. Y es que para preparar nuestra visita al futuro mueso Ghibli en Tokio estamos viendo algunas de sus películas. Esta vez tocaba Nausicaa en el valle del viento. La vemos sentados encima de los tatamis y los futones de la habitación y utilizando el ordenador. Un precioso final para una estancia de cine en Yudanaka.










11 de julio de 2019

ARIGATO GOZAIMASU

Hoy toca hacer las maletas de nuevo. Esta es la semana con más desplazamientos de todo nuestro viaje a Japón. Como el apartamento donde nos alojamos no tiene recepción y nuestro tren no sale hasta la tarde, optamos por volver a hacer uso de la consigna de una estación de tren (en este caso la de Nagano). ¡Menos mal que esta vez los 4 pisos del apartamento son de bajada!

Decidimos emplear la mañana en visitar el templo Zenkoji, uno de los mayores atractivos turísticos de la ciudad de Nagano. Llegamos caminando desde la estación atravesando la calle Omotesando (tardamos poco más de media hora). Es una avenida ancha, con muchas tiendas, restaurantes y templos. Hace algo de cuesta, pero como vamos frescos nadie se queja (además queda el consuelo de que a la vuelta hará bajada). Por el camino encontramos una estatua conmemorativa de los juegos olímpicos de invierno que se celebraron en la ciudad en el año 1998.

Justo cuando la calle se estrecha y empieza a llenarse gente (incluidos grupos escolares uniformados), vemos que nos estamos acercando al templo. Llegamos a su puerta de acceso, la puerta Niomon, construida hace más de 100 años (la anterior fue destruida por un incendio). El templo fue fundado en el siglo VII (tiene pues más de 1400 años de historia). A nosotros lo que nos llama la atención es la presencia de una estatua (a nuestra derecha según llegamos): la de un mapache muy simpático absorto en sus rezos. Resulta que hay una leyenda del mapache o mujina de Zenkoji: cuante que había un mapache que se sentía culpable por comerse a otros animales de la región y que decidió transformarse en hombre y peregrinar hasta el templo Zenkoji y dedicarle una lámpara de piedra. Pero llegó tan cansado que se quedó dormido justo al llegar y se volvió a transformar en humano. Cuando fue descubierto corrió despavorido sin completar su objetivo. El monje principal del templo supo de su historia y construyó una en su recuerdo (la mujina toro, que está en el salón principal Hondo). David y Layra se quedan mirando al mapache con cara de curiosidad, tras escuchar la historia.





Tras atravesar la puerta Niomon, atravesamos la calle Nakamise (la típica calle de acceso a un templo, llena de tiendas y con mucho ambiente. A medio camino, nos encontramos con un pequeño altar con una estatua Jizo (a la izquierda según caminamos) que marca el lugar original donde estaba el salón principal del templo entre los años 642 y 1700. Resulta que durante todos esos años fue destruido en muchas ocasiones por incendios y se decidió cambiar la ubicación a 200 metros, algo más apartado de las casas que ya había en la zona. Esto de los incendios es un tema recurrente en nuestras visitas a templos; se nota que hay mucha madera. De hecho, unos metros más arriba (a mano derecha) vemos una estatua de un Jizo mojado, el Nurebotoke, creado para prevenir más incendios en el templo. A su lado también vemos 6 estatuas muy bonitas que representan a los bodhisattvas del templo (seres que abandonan la iluminación budista para salvar a otros).
El tiempo no deja de estar nublado en ningún momento; queda claro que hoy no vamos a ver el sol. Aunque no vamos a quejarnos, después del solazo de Shirakawago y de Matsumoto de esta semana. Con estas historias de mapaches y deidades protectoras del fuego, la verdad es que la visita se nos hace más amena. Además, al comprar las entradas de acceso al templo principal, nos enteramos de que en su interior hay un largo túnel donde reina una oscuridad completa y puedes encontrar la llave de la iluminación. ¡Imaginaos la expectación que levanta en nuestros peques sólo la idea de recorrerlo! Volvemos a prometerles que vamos a pasar por dentro (si es que nos dejan…): ¿craso error?

Entramos en el patio interior tras pasar por la segunda gran puerta de acceso al templo, la puerta Sanmon. Se puede subir a su 2ª planta (hay que pagar entrada), pero nosotros decidimos ir directamente al templo principal y su “túnel de la iluminación”. El salón Hondo es una reconstrucción de 1707 (tras la “mudanza definitiva”) y es una de las mayores estructuras de madera de Japón. Vemos que es muy diferente de los templos rojizos y con detalles multicolores de la mayor parte de templos de Kyoto; éste es más sobrio, aunque no por ello deja de llamarnos mucho la atención. Y llegamos al momentazo estrella de la visita para nuestros peques: debajo del altar principal está el túnel Okaidan o túnel de la iluminación. No vemos que haya ningún impedimento para atravesarlo con nuestro peques, así que… ¡allá que vamos! Primero bajamos con cuidado unas escalinatas de acceso. Al principio entra algo de claridad, pero ya vemos que a medida que avanzamos la oscuridad empieza a ser total. Avanzamos muy despacio y con mucho cuidado por este orden: Fani delante con Laura pegada, David detrás y yo al final. Vamos tocando las paredes para poder avanzar (pone que no se debe hacer, pero es muy recomendable si no quieres pegarte una buena castaña con alguna pared ya que el recorrido no es recto). Como hay más visitantes avanzando por él, vamos con cuidado. No es muy largo, la verdad, pero a tanto a Fani como a mí se nos hace eterno. Ni que decir tiene que los niños avanzan muy emocionados y expectantes. Conseguimos llegar al final (la claridad que procede de la escalinata de subida te lo marca) cuando Fani ya empieza a agobiarse bastante. No hemos encontrado ninguna llave, pero nos lo hemos pasado muy bien, la verdad. David nos pide pasar una 2ª vez (se puede, por supuesto). Laura se apunta enseguida. Como Fani no se ha recuperado del agobio, decido bajar esta vez sólo con ellos. Vamos en fila, bien agarraditos. Como no hemos encontrado la llave pasamos moviendo el brazo que tenemos libre por el aire buscándola (con el otro brazo nos cogemos los unos a los otros). Vaya por delante que la sensación en esta incursión es muy diferente: como ya te conoces (más o menos) el recorrido y la duración, digamos que no es tan especial como la primera vez. Por delante va una familia de turistas muy ruidosa y que, además, tiene la “ocurrencia” de endender la linterna del móvil a medio camino. Oigo que se abre una puerta y un señor se pone a vociferar (supongo que debe tratarse de un monje que les está echando la bulla). Al final seguimos sin la llave, pero nos los hemos vuelto a pasar muy bien. David nos vuelve a pedir pasar una 3ª vez. Esta vez no cuela…

Algo cansados después de nuestras aventuras en el túnel y viendo que se pone a llover, decidimos sentarnos en un banco que hay en una zona techada cerca del templo principal, a comernos el tentempié que llevamos (galletas, algo de fruta y leche para los niños). De repente, los operarios del templo se ponen a tocar (con diferentes latencias) todas las campanas que hay repartidas por todo el recinto. Son las 12:00 hrs y suponemos que lo deben hacer todos los días. Es una experiencia muy bonita. Nos quedamos en silencio escuchando.

Como el tiempo no parece que vaya a mejorar, decidimos ir terminando la visita. Exploramos la parte trasera del templo principal, donde hay tumbas, altares, lámparas de piedra y monumentos conmemorativos de personalidades fallecidas. La visita deja de tener interés para nosotros y decidimos ir regresando hacia la entrada principal.
Exploramos una zona de templos accesorios (quedan a mano derecha según sales) donde encontramos una deidad que sujeta un niño en brazos (suponemos que está relacionada con niños fallecidos) y algunas curiosidades (entre ellas una espada tridente). En esta zona no hay casi nadie y estamos muy tranquilos.

De salida me da por buscar el monumento con las huellas de Buda talladas en piedra. No entiendo como lo henos podido pasar por alto. Una cosa es que no dé con la llave en el templo y otra que no encuentre las dichosas huellas. Finalmente damos con ellas: están pasada la puerta Sanmon, a su izquierda y tras recorrer un pequeño sendero.


Como son casi las 13:00 hrs, decidimos ir volviendo en dirección a la estación de tren. Ha dejado de llover, aunque hace bastante frío por la humedad (¡y nosotros con calzado abierto!). Por el camino encontramos una hamburguesería con decoración de estilo hawaiano que nos llama la atención y decidimos comer allí. Sus hamburguesas de ternera están muy ricas especialmente la que me pido con aguacate. Las de los niños (de pollo) no están tan buenas así que decidimos repartir las nuestras con ellos. Al salir está cayendo una verdadera tromba de agua así que acabamos corriendo con los chubasqueros y paraguas en mano hasta llegar a la estación (menos mal que la hamburguesería estaba cerca). Nos tomamos un café calentito en un Starbucks para entrar en calor… ¿Pero no estábamos en verano?

Nuestro siguiente destino es Yudanaka, situada cerca del valle de Jigokudani. Para llegar hasta allí no nos sirve nuestro JR Pass; tenemos que subir en un tren limited express de la Dentetsu Nagano Line. El viaje en tren es cortito (no llega a una hora) y el viaje es una gozada no sólo por las vistas (el tren está modernizado y tiene unos ventanales espectaculares, especialmente en la parte trasera) sino por cómo se desarrolla pues va salvando (sin que apenas de des cuenta) un desnivel importante.

Una vez en la estación nos vienen a recoger del alojamiento que tenemos reservado. Hemos decidido vivir aquí nuestra experiencia ryokan de Japón (aunque ya tuvimos un anticipo en Miyajima). Nos alojamos en el Yudanaka Yasuragi: se trata de un ryokan pequeño de apenas 6 habitaciones regentado por una pareja de japoneses de avanzad edad, pero muy amables (aunque casi no hablan inglés, especialmente ella). Esta vez sí que las habitaciones son de estilo japonés e incluyen suelo de tatami, futones y batas yukata. El lavabo es público, pero dispone de baños termales. Al llegar descubrimos que esta noche somos los únicos clientes del alojamiento así que nos dejan bañarnos juntos en el mismo baño (habitualmente hay separación por sexos, lógicamente). Tras pasar por el supermercado que hay enfrente (compramos el desayuno del día siguiente), no nos lo pensamos 2 veces: nos ponemos nuestras batas y bajamos a los baños. Primero nos duchamos y luego nos metemos en el baño. El agua está muy caliente y no podemos entrar de golpe (entramos poquito a poco). Laura consigue entrar de cintura para abajo y David sí lo logra. Enseguida nos ponemos rojos como un tomate y no tardamos en salir. David va entrando y saliendo varias veces y no para de reír. Donde se lo pasan mejor es en la zona de duchas: hay unos pequeños barreñitos donde acumulas el agua para luego tirártela encima y quitarte el jabón: pues los llenan de agua fría, y se los van tirando encima entre ellos para recuperarse del “calentón” del baño. La verdad es que nos lo pasamos muy bien. Cuando vemos que la cosa ya empieza a desmadrarse (con nuestros peques siempre acaba pasando) decidimos salir.

A las 19:00 hrs tenemos reservada una cena japonesa kaiseki tradicional. Comedor con tatamis, mesa baja y bien agachaditos. Nos empiezan a traer un montón de platos y la verdad es que está todo buenísimo, especialmente la ternera (que nos cocinamos nosotros mismos con la ayuda de un pequeño hervidor). A los niños les sirven un menú infantil con un poco de todo, incluyendo algún plato occidental (aunque la tempura siempre es un socorrido recurso). Estamos solos en el comedor y la señora no hace más que traernos platos y más platos. Cuando ya no podemos más la cosa se acaba (¡menos mal!). ¡La verdad es que estaba todo buenísimo!
Al final conversamos con nuestra anfitriona, con la inestimable ayuda del google translator, acerca de la logística de la excursión del día siguiente y le damos las gracias por la cena.
¡Arigato gozaimasu!