14 de julio de 2019

TOKIO NON STOP

13 y 14 de Julio del 2019

Empleamos la mañana del sábado 13 en abandonar “nuestro” ryokan de Yudanaka y viajar a la capital de Japón, Tokio. Primero cogemos un tren hasta Nagano (el de la Dentetsu Line, menos de una hora, no incluido en el JR Pass) y después un comodísimo shinkansen de la Línea JR que nos deja en la estación central de Tokio en hora y media. Nada más llegar a la estación ya nos damos cuenta de que parece que hemos llegado a otro mundo: hay gente por todas partes y que camina en todas las direcciones posibles. Nos esperan un montón de señales por todas partes; menos mal que también están en inglés. La verdad es que pillamos el truco rápido y nos sorprende lo poco que tardamos en tener claro que tren tenemos que coger para llegar a nuestro hotel cerca de Shinnagawa. Descubrimos que Shinagawa pertenece a la prefectura de Tokio, pero no a la ciudad como tal. El metro no nos lleva hasta allí, pero no es ningún problema porque hay trenes que funcionan como el metro y encima, como pertenecen a la línea JR, los tenemos incluidos en nuestro JR Pass. Llegamos a nuestro hotel a las 13:30 hrs y nos dejan hacer el check inn ya que nuestra habitación está lista. Dejamos las maletas con gran alivio; como es nuestro último alojamiento en Tokio (aquí pasamos las últimas 6 noches), ya no tendremos que ir arrastrando tanto bulto por todas partes.

Nos vamos a comer. Descartamos la opción del hotel por caro y por estar fuera de plazo (cierran el comedor a las 14:00 hrs !!!!! Si, en serio). Encontramos un local bastante cerca donde sirven platos de gyozas con arroz y sopa de miso. Nos hemos quedado sin efectivo, pero podemos pagar con tarjeta. Nos sorprende como baja el precio de la comida cuando te alejas de los restaurantes más turísticos. Comemos los 4 por menos de 3000 yenes. Descubrimos también que los locales siguen la misma disposición que en Nagano: son pequeños con sillas altas en una barra (habitualmente cerca de los cocineros) y 3-4 mesas a lo sumo. Suelen servirte rápido y se suelen especializar en un plato habitualmente.



Por la tarde decidimos adentrarnos en el corazón de la ciudad: escogemos el barrio de Shibuya. Por el camino nos detenemos en Shinagawa para cambiar dinero y hacer trasbordo a la línea Yamanote (la más popular pues hace un recorrido circular por el centro de la gran urbe; entra también con el JR Pass). El metro va muy lleno. En una de las paradas, acabamos enlatados por la de gente que sigue intentando entrar. 

Shibuya es uno de los barrios de moda y entretenimiento más populares de Tokio. Está lleno de centros comerciales, grandes almacenes y tiendas de moda y complementos. Como muchos otros barrios de Tokio, la disposición toma como epicentro la estación de tren/metro; a partir de ella se origina todo. Suele ser también punto de encuentro o quedada de mucha gente. Nada más salir de la estación nos encontramos con la estatua del perro Hachiko, probablemente el perro más famoso de Japón. A pesar de que su amo falleció, este perrito siguió esperándole durante años frente a la estación de Shibuya. Como premio a su fidelidad decidieron colocar esta estatua en dicho lugar. Hay mogollón de gente a su alrededor intentando hacerse selfies y fotografías; de hecho, hay como una cola. Hay tanta gente y resulta tan agobiante que decidimos pasar del tema. Eso sí, aprovechamos el “cambio de modelo” para intentar fotografiar al icónico perrito sin nadie alrededor (difícil).


Unos metros más adelante nos encontramos (casi por accidente) con el mítico y emplemático cruces peatonal de Shibuya. Se trata de unos de los cruces peatonales más famosos del mundo. Pronto descubrimos el porqué: Cuando el semáforo está en rojo sólo pasan coches y cuando se pone verde, peatones. Hasta aquí nada especial; pero resulta que tiene 5 cruces (4 forman un cuadrado y hay un 5º en diagonal) y que cuando se pone verde es para todos los peatones a la vez. ¡Imagináos el caos y el cruce de gente! ¡Añadid que es sábado por la tarde y el espectáculo está servido! Nosotros lo cruzamos, y con los niños bien agarrados. Toda una experiencia cuando logramos llegar al otro lado.
Nos habían informado de que se podía desfrutar de tan “grandioso” espectáculo desde los ventanales de la 2ª planta de la cafetería Starbucks. Ya os podéis imaginar lo idealizado que teníamos ese momento… Pues a tomar por saco. ¡Imposible! La cola de gente para pedir un cafecito es de órdago. Subimos a su 2ª planta (se hace el pedido en la primera), todas las sillas, mesas y hasta cabezas de clientes están ocupadas. Acercarse a un ventanal es misión imposible. Desistimos tanto del café como de las vistas. Como solución alternativa optamos por entrar dentro de un centro comercial que sí tiene un mirador, aunque más elevado. Se trata del Magnet by Shibuya 109. Este centro comercial nos sirve de introducción para la mayoría restante: escaleras mecánicas de subida y bajada opuestas y espacios muy reducidos; y es que se nota, hasta en las grandes superfícies comerciales, que el metro cuadrado aquí es muy caro. Recorremos un poco el edificio y hacemos una pausa en uno de los pocos lugares en donde podemos hacernos con un “trozo” de mesa compartido (en una cafetería de la planta -02 y sin ventanas, por supuesto). Eso sí, a parte de café para los papis, conseguimos leche para nuestros peques. Después subimos hasta el mirador (te cobran entrada a partir de 6 años; menos mal que hemos empezado a hacer pasar a Laura por una adorable niñita de sólo 5 años…). Las vistas del cruce son espectaculares y te permiten hacerte una idea de cómo pasa todo y de verlo desde otra perspectiva. Pasa un minuto por cada vez que cambia el color del semáforo. Es realmente espectacular y no sólo por el flujo de gente sino también por los edificios repletos de neones por todos lados. Nos recuerda el barrio de Dotombori en Osaka, pero a gran escala.



Volvemos a bajar y exploramos un poco más de la zona. Montones de edificios se suceden por todas partes. Nos sorprende ver un enorme Zara (éste no tiene problemas de metros cuadrados). El edifico del HyM tampoco le va a la zaga. Y sobretodo hay gente por todas partes. Se nos hace de noche y vemos cómo arranca la iluminación. Empezamos a saturarnos y los pequeños empiezan a quejarse. El problema es que es imposible encontrar un sitio con mesa para sentarse a descansar y/o cenar. A David especialmente se le ve bastante agobiado; nos pide un respiro. ¡Qué poco acostumbrados los tenemos a este tipo de ambientes! Optamos por regresar al hotel. Estamos tan cansados de gentío y de locales abarrotados que decidimos comprar suchi para llevar (sashimi para mí y unos nigiris para los demás) y nos lo comemos en la misma habitación alejados del mundanal ruido. ¡Todo un respiro entre tanto caos!

El día siguiente la experiencia no resulta muy diferente. Amanece nublado y se pone a llover bastante justo cuando salimos del hotel. Nuestro plan es evadirnos un poco del gentío de ayer recorriendo el Parque Yoyogi y, de paso, visitar el santuario Meiji Jingu. Cogemos el tren y, después de volver a hacer trasbordo con la línea Yamanote, nos bajamos en la parada de Harajuku. Llueve mucho, pero decidimos que un poco de agua no nos va a hacer cambiar de planes; y es que nuestro tiempo en Tokio es limitado. Nos ponemos los chubasqueros y abrimos nuestros paraguas. Enseguida vemos que no estamos solos: hay muchos más valientes que, como nosotros, se dirigen hacia el santuario.
El santuario Meiji Jingu es uno de los santuarios sintoístas más populares de todo Japón. Está dedicado al primer emperador moderno, el emperador Meiji y su esposa, la emperatriz Shoken. Terminó de construirse en 1921, años después de la muerte de ambos, como señal de agradecimiento al papel que el emperador tuvo durante la llamada Restauración Meiji que permitió dejar atrás el período feudal de Edo y abrir Japón a la modernización y occidentalización. Hay diversas entradas: están marcadas por varios toriis enormes de madera y cobre. 


Como la cosa se pone difícil por momentos (y es que cada vez llueve más) optamos por visitar sólo la zona interior: los edificios del santuario y el templo principal o Homutsuden. A pesar de las inclemencias del templo encontramos gente por todas partes, especialmente cerca del templo principal. La gente va a rezar, compra amuletos, estampa sellos o escribe emas. Coincidimos hasta con una boda y nos topamos con los novios casi por accidente. Ella va de blanco.
Después de un rato luchando contra el temporal, optamos por desisitir. Nos vamos a comer a una cafetería cerca del templo donde conseguimos pollo rebozado con arroz para los peques y ramen para los papis. Bastante resultón y no excesivamente caro para el lugar donde está ubicado y los precios habituales que se manejan en Japón. El problema vuelve a ser (nos ha pasado ya bastantes veces) que el aire acondicionado está tan fuerte que tenemos que salir a la terraza exterior para resguardarnos del frío… Fuera tampoco acabamos de estar a gusto entre la humedad reinante y que tenemos los pies mojados (especialmente Laura).


Como el tiempo no parece que vaya a mejorar, optamos por ir a visitar otro barrio comercial famoso de Japón donde podamos meternos en centros comerciales y no nos mojemos. Esta vez nos decantamos por el barrio de Akihabara. Se trata de otro de los barrios más conocidos de Tokio, en este caso por ser una referencia en electrónica y cuna de la cultura anime. Llegamos de nuevo en metro; usamos la línea Yamanote de nuevo y sin necesidad de realizar trasbordos. Nos damos cuenta de la inmensidad de Tokio: pasar de Harajuku a Akihabara nos lleva media hora. ¡Nuestros peques tienen tiempo hasta de siestear!



Intentamos callejear un rato, pero como sigue lloviendo decidimos entrar en un centro comercial. No elegimos ninguno en concreto; escogemos uno al azar y entramos. Justo al entrar encontramos una cola de jóvenes, pero aparentemente no conduce a nada. Encontramos todo lo que te puedas imaginar (y más) acerca del manga y la cultura anime: figuras, juguetes, pins, láminas, camisetas, llaveros, puzles, modelismo, … De todo. Mención especial para las figuras de coleccionismo: hay pisos enteros dedicadas a ellas. Están en aparadores enormes y metidos en vitrinas protegidas con números; vemos como la gente llega con un papel y va apuntando en él que figuras le interesan y que precio tienen. 
Encuentro unas figuras de juguete de los Caballeros del Zodiaco de cuando era adolescente; están expuestas y con precios abusivos (un caballero de oro te sale a más de 300 euros). ¡Para flipar! Son las 15:00 hrs de la tarde y hay tanta gente por todas partes que cuesta caminar por dentro del local. Encontramos una figura de Boba Fett espectacular y intentamos hacerle una foto; en menos de 10 segundos aparece un empleado para prohibírnoslo (¿de dónde habrá salido? Y más misterioso todavía: ¿cómo ha llegado tan deprisa hasta nuestra posición?).




Llegamos a la conclusión de que son centros donde el consumo se dispara. Te atacan con constantes anuncios de todo tipo. Nos parece agobiante y estresante. Tantos inputs nos abruman. 
Tanto hoy (electrónica y anime) como ayer (moda) las ventas están dirigidas a un público de edad comprendida entre aproximadamente 20 y 50 años. Nosotros (los papis) conseguimos no comprarnos nada. Con David y Laura lo tenemos más complicado pues reciben demasiados estímulos a cada paso que dan. Lo peor es cuando pasamos junto a máquinas de bolas o estantes de juguetes. Nos damos cuenta de lo poco acostumbrados que los tenemos a estos ambientes (y nos alegramos por ello). Hay anuncios hasta en las escaleras mecánicas; y no sólo en las paredes, también te encuentras anuncios en el suelo cuando bajas la vista. Finalmente les compramos unas figuritas Pokemon a David y un peluche de Fennekin a Laura cuyo precio no se dispara. Flipamos cuando llegamos a las cajas registradoras con lo que llegan a pagar por sus compras los jóvenes que tenemos delante. Al salir del local descubrimos porque había cola a la entrada del local: un autor de manga está firmando autógrafos. Ahora la cola llega hasta la calle y se empieza a confundir con el gentío que pasa por ella.
Miramos nuestro reloj asombrados: son las 16:00 hrs de un domingo. Está todo abierto y en la calle no cabe ni un alma. Los edificios son muy chulos, con neones espectaculares. Algunas calles están cortadas al tráfico, pero son una minoría. Cuando el semáforo peatonal se pone en verde, la masa invade las calzadas. En este país los coches están en minoría. El espectáculo es similar al de Shibuya. Nos llama la atención que hay mucha gente en la zona cerca de la estación manipulando sus móviles con frenesí (los hay de dos pantallas). Fani hecha una ojeada: están jugando con videojuegos. Parece que son quedadas para capturar Pokemons. Hay gente joven pero también de edad avanzada (dejémoslo en cincuentones…). De nuevo nos resulta imposible encontrar un local normal y corriente para sentarnos en una mesa a tomar algo. Entre la lluvia y el gentío empezamos a estar muy cansados. Son casi las 17:00 hrs y David nos vuelve a pedir volver al hotel. No necesita insistir mucho para convencernos; en pocos minutos estamos en el metro de vuelta a nuestro hotel de Shinagawa. Decidimos que hasta aquí llega nuestra experiencia con el Tokio más vanguardista y comercial y que los 4 días restantes los vamos a dedicar a cosas más tranquilas. Y es que Tokio non stop.

Pared en Magnet by Shibuya 109
Esta vez intentamos recompensar el esfuerzo de nuestros peques de estos 2 últimos días en Tokio llevándolos a cenar a un restaurante italiano que tenemos cerca. Resulta ser un fiasco: caro, sucio y los macarrones boloñesa pican. Menos mal que la pizza margarita es del agrado de todos para poder salir del paso. Y menos mal que tenemos unos billetes de tren con asiento reservado para la excursión a Nikko de mañana (se acabó ir de pie y enlatados en los vagones del metro). 

12 de julio de 2019

¡NO LE HAGÁIS COSQUILLAS AL MACACO!

El motivo principal de nuestra visita a Yudanaka, aparte de vivir una experiencia ryokan en un entorno apropiado, es la visita al Parque de macacos de Yamanouchi (o snow monkeys en inglés). Y es que todos tenemos en mente esa imagen icónica de unos monos remojados en unas aguas termales y rodeados de nieve en pleno invierno. Pues resulta que esa imagen es del Parque de Yamanouchi y que puedes ir a ver los macacos en cualquier época del año, incluido el verano.
Como estuvo lloviendo todo el jueves (y en gran cantidad) nos levantamos algo inquietos con el tema de la climatología. Sabemos de antemano que si el tiempo no ayuda nos podemos quedar sin ver macacos. En la publicidad del parque ya avisan de que puede ser que haya días que no se dejen ver. Miramos por la ventana y respiramos algo aliviados: tenemos un día despejado y con sol. ¡Menos mal! Nos llevan en coche nuestros anfitriones; en apenas 10 minutos nos dejan en la parada de Kanbayashi Onsen. Allí nos encontramos con más turistas que van al Parque y con primer cártel electrónico informativo en el que pone: NO MONKEYS. Fani y yo nos quedamos mirando. ¿No monkeys? ¡Cómo que no monkeys! ¡Pero si hace un solazo del copón! ¿Como no van a bajar al Parque los adorables macacos con el buen tiempo que hace? Decidimos seguir adelante, aunque no las tenemos todas… Las caras de los demás turistas también son un poema (caras de preocupación y de inquietud…).
Para llegar al Parque de Yamanouchi desde la parada hay que hacerlo por una ruta de acceso, la ruta tradicional Yumichi. Se trata de un bonito paso de 1.6 kilómetros, perfectamente marcado y con poca pendiente. Se atraviesa un bosque precioso y la verdad es que vale mucho la pena. Se disfruta mucho y en menos de una hora nos plantamos en la entrada del parque. Por el camino nos vamos encontrando con carteles informativos que nos explican detalles acerca de los monos y te permiten ir aprendiendo muchas cosas. Nos paramos a leerlos con los niños. El parque de Jigokudani se inauguró en 1964 y es aquí donde viven unos 200 macacos. Aprendemos que es durante el día cuando bajan al parque; en invierno a bañarse en sus aguas termales y el resto del año a socializarse y relajarse en el agua. No tienen sitio fijo para dormir: suelen hacerlo fuera del parque, arremolinados y en lo alto de la montaña y en lugares de difícil acceso (copas de los árboles, rocas, acantilados, …). Comen brotes de los árboles, hojas nuevas, flores, frutas, nueces y semillas, pero también insectos y gusanos. El embarazo tiene una duración de 180 días y las hembras dan a luz entre abril y junio, por lo que tenemos la esperanza de ver muchas crías.
Leyendo toda esta información, descubrimos que va aumentando nuestra expectación. Mal asunto pues todavía puede ser que no los veamos. De hecho, nos vamos cruzando con turistas que ya vuelven y con caras difíciles de interpretar, aunque muy contentos no se les ve (no nos atrevemos a preguntarles si han podido ver macacos o no, por miedo a hacer realidad la información del cartel del parque). Cuando nos estamos acercando al parque nos sorprende una bonita imagen del valle con el río Yoyogi a sus pies y un manantial (con un géiser de vapor) y el ryokan Korakukan en la ladera opuesta.
Llegamos finalmente a la entrada del parque y hay colgado un nuevo cartel informativo: NO MONKEYS. No nos lo podemos creer. Junto a él, hay un cartel que informa de las horas en que suelen bajar de las montañas al parque: la mayor parte de las veces están ya allí cuando lo abren a las 08:30 hrs aunque hay días en que empiezan a avistarlos a eso de las 11:00-11:30 hrs (está colgado el calendario con todos los horarios de los últimos 2 meses). Miramos el reloj: son las 10:45 hrs. ¡Todavía no es hora de desesperar! Le preguntamos a la taquillera que opciones tenemos. La tía ni se inmuta y nos da una respuesta ambigua: “puede que vengan y puede que no. Nadie puede saberlo”. Nosotros compramos las entradas. Nos metemos en la tienda del recinto para ir al WC. Tienen puesto un video precioso con imágenes de los macacos. Me lo quedo mirando apenado: puede que sea la única forma de ver hoy los macacos. Empiezo a pensar en cómo cambiar la logística del viaje para tener una 2º oportunidad mañana.
Decidimos salir a echar un vistazo. Hay un pequeño camino que te conduce hacia la pasarela central y la zona del manantial. ¡Y de repente los vemos! ¡Pero si están ahí delante! ¡Y hay un montonazo! ¡Están bajando de la montaña! ¡Que nervios! ¡Saca la cámara ya! ¡Y yo con estos pelos! ¡David: corre a avisar a la taquillera de que estamos invadidos por macacos! ¡No paran de bajar! ¿Y si nos atacan? Aquí estamos solos… ¡Que vengan los vigilantes! ¿Nos acercamos? ¿Nos quedamos quietos? ¿Llueve? No tranquilos, hace sol. ¿Y lo de los pelos?
David vuelve y nos dice que ya están informados de la llegada de los macacos. En menos de 2 minutos aparece un vigilante que se acerca tan tranquilo a la pasarela donde empiezan a amontonarse los monos y… ¡pasa junto a ellos como si nada! ¡Ya! ¡Debe ser porque lo conocen! Llega una señora detrás de nosotros y también se queda cerca nuestro. ¡Aquí nadie se atreve a pasar! Entonces Fani me dice que pase con cuidado. “¡Hazlo por los niños! ¡Ellos no pueden ser los primeros!”. Tiene razón. Decido pasar. La sensación es como la de la peli de Los pájaros; pasas muy poco a poco y sin hacer el menor movimiento brusco. Los monos no cambian de actitud ni dejan de hacer lo que están haciendo; la gran mayoría o están sentados tan tranquilos (algunos me miran) o pasan junto a mí, sin más. Como todo va bien, Fani y los niños empiezan a pasar detrás de mí (también la señora que se había quedado rezagada). Llegamos todos sanos y salvos a una zona más ancha (con 2 niveles y unas escaleras), junto al manantial. En esa zona hay más turistas, acercándose a los macacos y haciéndoles fotos. Nos unimos a ellos. Se ve todo muy seguro. Además, hay personal del parque por allí y no van armados ni nada de eso. Me da la impresión de que vigilan más a los turistas (que ninguno se desmadre) que a los propios macacos. Dentro de las normas del parque está prohibido darles de comer e interactuar con ellos. Y se recomienda mantener una distancia prudencial con ellos; esta norma es muy difícil de mantener pues están por todas partes y se te acercan mucho. Los macacos van a su bola.
Nosotros aprovechamos para recordarles a nuestros peques las normas de seguridad. Entre risas nos acordamos todos del cuento de la “velluguet”. “Si us plau! Feu el favor de no fer-li pessigolles als macacos!”.
Vemos muchas mamás con sus crías. Las más pequeñas van enganchadas a su panza mientras su madre se mueve. Después las suelen dejar en el suelo, junto a ellas mientras comen. Es muy gracioso como comen (casi todo son semillas): parece que les falten manos… Los macacos más pequeños juegan entre ellos de forma muy divertida hasta que viene la madre de alguno de ellos y se lo lleva. Vemos macacos más mayores juntos quitándose las pulgas los unos a los otros. El plato estrella es la zona del manantial (más pequeña de lo que nos había parecido en los documentales de la tele): muchos macacos se arcercan allí a darse un bañito (hace bastante calor), a beber agua o simplemente a relajarse. Es el momento ideal de acercarse a ellos, aunque ir con cuidado de no mostrarles muy de cerca las cámaras. El tiempo que estamos allí no vemos que le quiten nada a nadie. Nos movemos de la zona a otras más inferior tras bajar un tramo de escaleras y que pasa junto al río. Hay una pequeña cascada y los macacos bajan en grupo hasta allí. Vemos alguna pelea territorial entre macacos grandes. Vemos como atraviesan el río salatando de piedra en piedra; son muy ágiles. Alguno se mete por un saliente dentro de la propia cascada. Es todo muy espectacular.
Los niños se lo pasan muy bien y no paran de mirar a todos lados. A ellos les faltan ojos. Los miran admirados.  Nos van señalando las zonas de más interés y nos dicen a cuáles tenemos que grabar y/o fotografiar. Estamos casi 2 horas que se pasan en un santiamén.
Al salir los niños nos piden algo de comer (llevábamos un tentempié bien escondido en la mochila). Nos sentamos en una piedra cuando empieza el camino de regreso por el bosque y les damos a los niños su parte. Al poco de estar sentados Fani se da cuenta de que ha llegado un macaco hasta allí y de que se nos está acercando sigilosamente. Recogemos todo en un abrir y cerra de ojos y volvemos a entrar en el parque para comérnoslo más tranquilamente dentro de la caseta. ¡Vaya susto!
De vuelta volvemos a recorrer la ruta Yumichi, que pasa por dentro del bosque. Esta vez bien contentos y felices pues hemos tenido una buena ración de macacos. Cuando llegamos a la parada de Kanbayashi Onsen nos detenemos a comer en un restaurante muy chulo con hamacas y terraza exterior, donde sobran mesas. Pedimos unos sandwiches y una ensalada para los papas y un fish and chips para los peques. Al acabar de comer nos tomamos los cafés sentados en la terraza, tomando el solete.
Como son solo las 15:00 hrs y tenemos toda la tarde por delante decidimos regresar al ryokan caminando. Es una buena caminata, pero hace bajada. Primero se pasa por el pueblo de Shibu Onsen y después por se llega a Yudanaka. Por el camino pasamos por un santuario y una fábrica de sake (que pasamos de visitar pues no queremos entretenernos tanto) y se tienen vistas bonitas del río Yoyogi, que acabamos atravesando por unos de sus puentes. Entre Shibu Onsen y Yudanaka vamos a ver un templo que hay en lo alto de un empinado tramo de escaleras (¡los niños están caminando hoy mucho!); allí nos encontramos una estatua gigantesca de la deidad Kannon de la Paz Mundial.
Ya en el ryokan nos encontramos con la agradable sorpresa de que volvemos a ser los únicos huéspedes del alojamiento esa noche. Aprovechamos otra vez para darnos un merecido baño termal todos juntos y regalarnos otra cena degustación. Esta vez es “algo más ligera”: nuestra anfitriona nos sirve una sopa de pescado (en un caldero enorme y te vas poniendo la que quieres), pollo rebozado y nos enseña a liar con papel de algas nuestros propios rolls de arroz, poniendo el contenido que queramos (hay unos revueltos caseros de carne tipo rosbif y de una especie de ensaladilla de rusa casera que están para chuparse los dedos; a los niños se los hacemos con tortilla y pepino). Nos lo tomamos con un saque fresquito (los niños agua). De postre tenemos cerezas.
Por la noche (cuando acabamos de cenar son las 20:00 hrs), acabamos la sesión de cine que empezamos la noche anterior. Y es que para preparar nuestra visita al futuro mueso Ghibli en Tokio estamos viendo algunas de sus películas. Esta vez tocaba Nausicaa en el valle del viento. La vemos sentados encima de los tatamis y los futones de la habitación y utilizando el ordenador. Un precioso final para una estancia de cine en Yudanaka.










11 de julio de 2019

ARIGATO GOZAIMASU

Hoy toca hacer las maletas de nuevo. Esta es la semana con más desplazamientos de todo nuestro viaje a Japón. Como el apartamento donde nos alojamos no tiene recepción y nuestro tren no sale hasta la tarde, optamos por volver a hacer uso de la consigna de una estación de tren (en este caso la de Nagano). ¡Menos mal que esta vez los 4 pisos del apartamento son de bajada!

Decidimos emplear la mañana en visitar el templo Zenkoji, uno de los mayores atractivos turísticos de la ciudad de Nagano. Llegamos caminando desde la estación atravesando la calle Omotesando (tardamos poco más de media hora). Es una avenida ancha, con muchas tiendas, restaurantes y templos. Hace algo de cuesta, pero como vamos frescos nadie se queja (además queda el consuelo de que a la vuelta hará bajada). Por el camino encontramos una estatua conmemorativa de los juegos olímpicos de invierno que se celebraron en la ciudad en el año 1998.

Justo cuando la calle se estrecha y empieza a llenarse gente (incluidos grupos escolares uniformados), vemos que nos estamos acercando al templo. Llegamos a su puerta de acceso, la puerta Niomon, construida hace más de 100 años (la anterior fue destruida por un incendio). El templo fue fundado en el siglo VII (tiene pues más de 1400 años de historia). A nosotros lo que nos llama la atención es la presencia de una estatua (a nuestra derecha según llegamos): la de un mapache muy simpático absorto en sus rezos. Resulta que hay una leyenda del mapache o mujina de Zenkoji: cuante que había un mapache que se sentía culpable por comerse a otros animales de la región y que decidió transformarse en hombre y peregrinar hasta el templo Zenkoji y dedicarle una lámpara de piedra. Pero llegó tan cansado que se quedó dormido justo al llegar y se volvió a transformar en humano. Cuando fue descubierto corrió despavorido sin completar su objetivo. El monje principal del templo supo de su historia y construyó una en su recuerdo (la mujina toro, que está en el salón principal Hondo). David y Layra se quedan mirando al mapache con cara de curiosidad, tras escuchar la historia.





Tras atravesar la puerta Niomon, atravesamos la calle Nakamise (la típica calle de acceso a un templo, llena de tiendas y con mucho ambiente. A medio camino, nos encontramos con un pequeño altar con una estatua Jizo (a la izquierda según caminamos) que marca el lugar original donde estaba el salón principal del templo entre los años 642 y 1700. Resulta que durante todos esos años fue destruido en muchas ocasiones por incendios y se decidió cambiar la ubicación a 200 metros, algo más apartado de las casas que ya había en la zona. Esto de los incendios es un tema recurrente en nuestras visitas a templos; se nota que hay mucha madera. De hecho, unos metros más arriba (a mano derecha) vemos una estatua de un Jizo mojado, el Nurebotoke, creado para prevenir más incendios en el templo. A su lado también vemos 6 estatuas muy bonitas que representan a los bodhisattvas del templo (seres que abandonan la iluminación budista para salvar a otros).
El tiempo no deja de estar nublado en ningún momento; queda claro que hoy no vamos a ver el sol. Aunque no vamos a quejarnos, después del solazo de Shirakawago y de Matsumoto de esta semana. Con estas historias de mapaches y deidades protectoras del fuego, la verdad es que la visita se nos hace más amena. Además, al comprar las entradas de acceso al templo principal, nos enteramos de que en su interior hay un largo túnel donde reina una oscuridad completa y puedes encontrar la llave de la iluminación. ¡Imaginaos la expectación que levanta en nuestros peques sólo la idea de recorrerlo! Volvemos a prometerles que vamos a pasar por dentro (si es que nos dejan…): ¿craso error?

Entramos en el patio interior tras pasar por la segunda gran puerta de acceso al templo, la puerta Sanmon. Se puede subir a su 2ª planta (hay que pagar entrada), pero nosotros decidimos ir directamente al templo principal y su “túnel de la iluminación”. El salón Hondo es una reconstrucción de 1707 (tras la “mudanza definitiva”) y es una de las mayores estructuras de madera de Japón. Vemos que es muy diferente de los templos rojizos y con detalles multicolores de la mayor parte de templos de Kyoto; éste es más sobrio, aunque no por ello deja de llamarnos mucho la atención. Y llegamos al momentazo estrella de la visita para nuestros peques: debajo del altar principal está el túnel Okaidan o túnel de la iluminación. No vemos que haya ningún impedimento para atravesarlo con nuestro peques, así que… ¡allá que vamos! Primero bajamos con cuidado unas escalinatas de acceso. Al principio entra algo de claridad, pero ya vemos que a medida que avanzamos la oscuridad empieza a ser total. Avanzamos muy despacio y con mucho cuidado por este orden: Fani delante con Laura pegada, David detrás y yo al final. Vamos tocando las paredes para poder avanzar (pone que no se debe hacer, pero es muy recomendable si no quieres pegarte una buena castaña con alguna pared ya que el recorrido no es recto). Como hay más visitantes avanzando por él, vamos con cuidado. No es muy largo, la verdad, pero a tanto a Fani como a mí se nos hace eterno. Ni que decir tiene que los niños avanzan muy emocionados y expectantes. Conseguimos llegar al final (la claridad que procede de la escalinata de subida te lo marca) cuando Fani ya empieza a agobiarse bastante. No hemos encontrado ninguna llave, pero nos lo hemos pasado muy bien, la verdad. David nos pide pasar una 2ª vez (se puede, por supuesto). Laura se apunta enseguida. Como Fani no se ha recuperado del agobio, decido bajar esta vez sólo con ellos. Vamos en fila, bien agarraditos. Como no hemos encontrado la llave pasamos moviendo el brazo que tenemos libre por el aire buscándola (con el otro brazo nos cogemos los unos a los otros). Vaya por delante que la sensación en esta incursión es muy diferente: como ya te conoces (más o menos) el recorrido y la duración, digamos que no es tan especial como la primera vez. Por delante va una familia de turistas muy ruidosa y que, además, tiene la “ocurrencia” de endender la linterna del móvil a medio camino. Oigo que se abre una puerta y un señor se pone a vociferar (supongo que debe tratarse de un monje que les está echando la bulla). Al final seguimos sin la llave, pero nos los hemos vuelto a pasar muy bien. David nos vuelve a pedir pasar una 3ª vez. Esta vez no cuela…

Algo cansados después de nuestras aventuras en el túnel y viendo que se pone a llover, decidimos sentarnos en un banco que hay en una zona techada cerca del templo principal, a comernos el tentempié que llevamos (galletas, algo de fruta y leche para los niños). De repente, los operarios del templo se ponen a tocar (con diferentes latencias) todas las campanas que hay repartidas por todo el recinto. Son las 12:00 hrs y suponemos que lo deben hacer todos los días. Es una experiencia muy bonita. Nos quedamos en silencio escuchando.

Como el tiempo no parece que vaya a mejorar, decidimos ir terminando la visita. Exploramos la parte trasera del templo principal, donde hay tumbas, altares, lámparas de piedra y monumentos conmemorativos de personalidades fallecidas. La visita deja de tener interés para nosotros y decidimos ir regresando hacia la entrada principal.
Exploramos una zona de templos accesorios (quedan a mano derecha según sales) donde encontramos una deidad que sujeta un niño en brazos (suponemos que está relacionada con niños fallecidos) y algunas curiosidades (entre ellas una espada tridente). En esta zona no hay casi nadie y estamos muy tranquilos.

De salida me da por buscar el monumento con las huellas de Buda talladas en piedra. No entiendo como lo henos podido pasar por alto. Una cosa es que no dé con la llave en el templo y otra que no encuentre las dichosas huellas. Finalmente damos con ellas: están pasada la puerta Sanmon, a su izquierda y tras recorrer un pequeño sendero.


Como son casi las 13:00 hrs, decidimos ir volviendo en dirección a la estación de tren. Ha dejado de llover, aunque hace bastante frío por la humedad (¡y nosotros con calzado abierto!). Por el camino encontramos una hamburguesería con decoración de estilo hawaiano que nos llama la atención y decidimos comer allí. Sus hamburguesas de ternera están muy ricas especialmente la que me pido con aguacate. Las de los niños (de pollo) no están tan buenas así que decidimos repartir las nuestras con ellos. Al salir está cayendo una verdadera tromba de agua así que acabamos corriendo con los chubasqueros y paraguas en mano hasta llegar a la estación (menos mal que la hamburguesería estaba cerca). Nos tomamos un café calentito en un Starbucks para entrar en calor… ¿Pero no estábamos en verano?

Nuestro siguiente destino es Yudanaka, situada cerca del valle de Jigokudani. Para llegar hasta allí no nos sirve nuestro JR Pass; tenemos que subir en un tren limited express de la Dentetsu Nagano Line. El viaje en tren es cortito (no llega a una hora) y el viaje es una gozada no sólo por las vistas (el tren está modernizado y tiene unos ventanales espectaculares, especialmente en la parte trasera) sino por cómo se desarrolla pues va salvando (sin que apenas de des cuenta) un desnivel importante.

Una vez en la estación nos vienen a recoger del alojamiento que tenemos reservado. Hemos decidido vivir aquí nuestra experiencia ryokan de Japón (aunque ya tuvimos un anticipo en Miyajima). Nos alojamos en el Yudanaka Yasuragi: se trata de un ryokan pequeño de apenas 6 habitaciones regentado por una pareja de japoneses de avanzad edad, pero muy amables (aunque casi no hablan inglés, especialmente ella). Esta vez sí que las habitaciones son de estilo japonés e incluyen suelo de tatami, futones y batas yukata. El lavabo es público, pero dispone de baños termales. Al llegar descubrimos que esta noche somos los únicos clientes del alojamiento así que nos dejan bañarnos juntos en el mismo baño (habitualmente hay separación por sexos, lógicamente). Tras pasar por el supermercado que hay enfrente (compramos el desayuno del día siguiente), no nos lo pensamos 2 veces: nos ponemos nuestras batas y bajamos a los baños. Primero nos duchamos y luego nos metemos en el baño. El agua está muy caliente y no podemos entrar de golpe (entramos poquito a poco). Laura consigue entrar de cintura para abajo y David sí lo logra. Enseguida nos ponemos rojos como un tomate y no tardamos en salir. David va entrando y saliendo varias veces y no para de reír. Donde se lo pasan mejor es en la zona de duchas: hay unos pequeños barreñitos donde acumulas el agua para luego tirártela encima y quitarte el jabón: pues los llenan de agua fría, y se los van tirando encima entre ellos para recuperarse del “calentón” del baño. La verdad es que nos lo pasamos muy bien. Cuando vemos que la cosa ya empieza a desmadrarse (con nuestros peques siempre acaba pasando) decidimos salir.

A las 19:00 hrs tenemos reservada una cena japonesa kaiseki tradicional. Comedor con tatamis, mesa baja y bien agachaditos. Nos empiezan a traer un montón de platos y la verdad es que está todo buenísimo, especialmente la ternera (que nos cocinamos nosotros mismos con la ayuda de un pequeño hervidor). A los niños les sirven un menú infantil con un poco de todo, incluyendo algún plato occidental (aunque la tempura siempre es un socorrido recurso). Estamos solos en el comedor y la señora no hace más que traernos platos y más platos. Cuando ya no podemos más la cosa se acaba (¡menos mal!). ¡La verdad es que estaba todo buenísimo!
Al final conversamos con nuestra anfitriona, con la inestimable ayuda del google translator, acerca de la logística de la excursión del día siguiente y le damos las gracias por la cena.
¡Arigato gozaimasu!





10 de julio de 2019

LA GARZA NEGRA

Nos levantamos y hace sol. ¿Sol? ¿No llueve? ¿Seguro? ¿No será sol-nublado?

Y es que hemos tenido pocos días de sol desde que llegamos. Así que nos vestimos, desayunamos en el apartamento y nos vamos a la estación para coger el tren JR. Después de poco más de 1h llegamos a Matsumoto. Todavía hace sol, no sol-nubes ni nada de eso, sol, solazo. 
Después de un paseo de media hora desde la estación, llegamos al castillo de Matsumoto. No es que yo sepa muchas cosas sobre el castillo; de hecho, he intentado (en vano) no mirar ninguna foto para no estropear la incertidumbre ni la emoción que me ha transmitido Jordi durante el viaje ( que ha hecho un máster ). Pero es imposible no caer en la tentación de mirar alguno de los carteles que anuncian el castillo en la estación o por las calles.
El castillo de Matsumoto es uno de los castillos más bellos de todo Japón. Está construido en una llanura (esta vez no toca subir cuestas) y comúnmente, recibe el apodo del “castillo la garza negra”, por el color negro de sus muros (en contraposición con la “grulla blanca” del castillo de Himeji). Por su increíble diseño y su arquitectura, es visita obligada, sin duda alguna.

A nuestra llegada, el cielo está despejado y el castillo se refleja en el foso que lo rodea. De nuevo, el agua está llena de carpas que se acercan a los turistas para ver si pican algo. Dan un poco de miedo cuando se reúnen al margen del foso, la verdad. Decidimos explorar los alrededores primero, por si se estropea el tiempo. Ya hemos aprendido que es muy inestable y cambiante en estas fechas. Alrededor del foso unas planchas de metal marcan los puntos desde donde sacar las mejores fotos del castillo (pa tontos). El recorrido nos lleva hasta el puente Uzumi-bashi; un precioso puente tradicional japonés que une el parque exterior con la zona central del castillo (no se permite cruzarlo, por desgracia).
Es impresionante, la verdad. Todo un icono que quedará grabado en nuestras mentes.










Por dentro tampoco decepciona. Fuera hay unas taquillas donde dejamos la mochila (no se puede entrar con bultos grandes, así que no queda más remedio). Como en tantos otros sitios, hay que quitarse los zapatos antes de entrar con lo que David y Laura están encantados. Huele a madera. El tacto del suelo es agradable. Hay gente, pero no demasiada y es emocionante subir las escaleras hasta el piso final.



La torre principal del castillo (o tenshu) data de 1593-1594 y tiene 6 plantas, alcanzando 30 metros de altura. Por fuera nos había parecido que tenía un total de 5, pero la visita nos revela que son finalmente seis pues la 3ª planta no tiene ventanas; se trata de una especia de ático de la segunda planta o “planta oscura” (la más segura del castillo, ya que era imposible verla desde fuera; por esa razón los samuráis descansaban aquí durante las batallas). Otra cosa que nos llama mucho la atención es que en la 1ª planta (que se usaba para el almacenaje de comida, munición y armamento) tiene un corredor 50 cms más bajo que el suelo principal; es el pasillo musha bashiri o “pasaje de los guerreros que corren” porque permitía a los samuráis que llevaban armadura correr por el interior del castillo durante la batalla. Tanto en la 1ª como en la 2ª planta nos encontramos diferentes exposiciones de armamento y alguna armadura (son pequeñas y no se hace nada pesado). En la 4ª planta ya vemos menos pilares, muchas más ventanas y un techo más alto; tiene un espacio cerrado que se cree que era la habitación del señor del castillo, que usaba en caso de emergencia. Las escaleras en las 2 últimas plantas son más empinadas y ya tenemos que subir con más cuidado, especialmente los niños (la secuencia es muy divertida: de verdad parece que estén escalando una montaña). Desde la 6ª planta del castillo tenemos vistas espectaculares tanto de la ciudad de Matsumoto como del foso del castillo y de su precioso puente de acceso rojizo.

La visita interior del castillo concluye recorriendo el ala de contemplación de la luna o Tsukimi-Yagura, con un precioso balcón exterior de color bermellón y un techo abovedado. Es una de las 2 únicas salas de este tipo que existen en un castillo japonés (la otra se encuentra en el castillo de Oyama). De arquitectura abierta y aire refinado, refleja el período de paz en el que fue construida y añadida a la torre principal original.

A diferencia del Castillo de Osaka, demasiado modernizado, o del Castillo de Kanazawa, demasiado restaurado, éste nos parece superauténtico. Además, a la salida, nos encontramos con un ninja y un samurái que vigilan el acceso (esperando en la puerta a los turistas); Laura se queda impresionada. La visita resulta ser una gozada y se cumplen todas las expectativas generadas. Es difícil decir si nos ha gustado más este castillo o el de Himeji, pero salimos convencidos que se trata de un auténtico must see del viaje y una visita del todo imprescindible.




De vuelta, nos desviamos para pasar por la calle Nawate. Se trata de una calle comercial, famosa en la ciudad por sus tiendas comerciales y por tener un templo, justo al lado del río. Son más de las 14:00 hrs y nos encontramos casi todas las tiendas cerradas. De la calle nos quedamos con sus divertidas estatuas de ranas situadas estratégicamente a ambas entradas de la calle (reclamo turístico en toda regla) y con el arco de entrada del templito situado a media calle (la gente caminaba haciendo un ocho a través de él antes de ir a rezar).

Cuando parecía todo controlado, recibimos un email del alojamiento de Tokio informándonos que nos habían cancelado la reserva por no haber recibido nuestros datos del pasaporte a tiempo. Reviso los emails previos y, efectivamente, se me pasó enviarles la documentación que me pidieron, por lo que cancelaron la reserva sin más avisos. Como booking ( la web desde donde hicimos la reserva ) no dejaba de mandarnos recordatorios confirmándonos la reserva, la habíamos dado por sentado. Menos mal que se me ocurrió mandarles un email a los del alojamiento preguntando por el pago, porque de lo contrario no nos habríamos enterado de la canlcelación hasta llegar a Tokio. Habría matado a booking pero claro, es imposible hablar con nadie en persona cuando llamas para reclamar o pedir aclaraciones. En fin, faltan tres días para llegar a Tokio y no tenemos alojamiento ( en una ciudad donde viven unos 14 millones de habitantes !!!!). 
Nos pasamos el tren de vuelta a Nagano buscando hoteles ( que no acabaran con nuestro presupuesto planeado ) y encontramos uno de la cadena Mistays Premier ( como el de Kanazawa ) en el barrio de Shinagawa, muy cerca de la estación de metro Omori. Muy bien comunicado. Adjudicado!!!






Regresamos a Nagano, pasamos por el súper y acabamos cenando en el apartamento, tal como habíamos prometido a los peques. Aunque parece que no les falta energía para seguir haciendo más cosas, nosotros ya no podemos más. 


9 de julio de 2019

KANAZAWA Y VIAJE A NAGANO

Nos levantamos y volvemos a hacer las maletas. Por la tarde nos toca viajar a Nagano. Dejamos el equipaje en la consigna del hotel y nos vamos a explorar la ciudad ya que tenemos la mañana libre. Volvemos a coger el autobús JR y nos bajamos en la 6ª parada del recorrido circular turístico: nos deja en la zona de los jardines y del castillo.
Los jardines Kenrokuen de Kanazawa son considerados como uno de los tres jardines más bonitos de Japón y son visita obligada. Optamos por empezar por ellos y dejar el castillo para después. El nombre de Kenrokuen significa literalmente “jardín de las seis cosas sublimes” en referencia a la teoría china para diseñar el jardín perfecto: espacio, aislamiento, artificialidad, antigüedad, agua abundante y amplias vistas. Lo primero que podemos comprobar es que el recinto es enorme y que nos va a llevar un buen rato recorrerlo; es decir que espacio hay para parar un barco. Si por aislamiento entendemos que estén en un entorno apartado de la ciudad, pues podríamos decir que también cumplen con el requisito: están en lo alto de una colina desde donde divisas los barrios colindantes (en medio de la ciudad). Vistas también hay, especialmente del barrio de geishas (no tendremos tiempo de visitarlo), aunque los árboles del parque las tapan bastante.  El criterio de antigüedad también lo cumplen: en efecto, datan del período Edo cuando formaban parte de los jardines exteriores del castillo de Kanazawa. Si por artificialidad entendemos construcciones hechas por el hombre, pues también las tenemos: linternas de piedra, fuentes (la fuente Funsui es la más antigua de Japón) y casas de té. Y, finalmente, también tenemos agua abundante pues hay diversos estanques y riachuelos.



Está el tiempo muy nublado y nos va lloviendo (poco, menos mal) de forma intermitente. Visitar los jardines sin sol hace que la visita se vea un poco apagada, la verdad. Está todo muy verde eso sí. Los niños se ponen a hacer de las suyas por el parque (Laura se nos accidenta un poco tras patinar con unas piedrecitas en plena carrera, pero nada que no se pueda solucionar con primeros auxilios de Fani y acabando la visita a caballito mío). De los jardines lo que más nos llama la atención es su enorme estanque central con una isla en medio en forma de tortuga y una casa de té  en una de sus orillas. Subimos también a una pagodita desde la que se tienen vistas muy chulas y descubrimos zonas apartadas también muy sugerentes (destaca una con un estanque más pequeño flanqueada por una casa de té, una cascadita y una linterna de piedra). Tardamos casi 2 horas en visitarlos. No nos parecen tan impresionantes como decían, aunque quizá sea cosa del mal tiempo, o de que las expectativas estaban demasiado altas o de que hemos visto ya jardines sencillamente espectaculares antes (pondríamos por delante los del templo de Heian Shrine en Kyoto o los de Koko-en en Himeji, por ejemplo).

Después de visitar los jardines nos vamos a ver el castillo de Kanazawa. Nosotros hemos sido previsores y ya habíamos comprado la entrada combinada antes, junto con la de los jardines. Te ahorras algo de pasta y colas, aunque hoy hay muy poca gente. ¿Será por el tiempo? ¿O porque estamos en temporada baja?
El castillo está muy modernizado y es que la mayor parte de edificios que componen el recinto son reconstrucciones recientes que se han ido realizando desde la década de los 90, una vez se trasladó la Universidad de Kanazawa (que ocupaba los terrenos del castillo) a las afueras de la ciudad. Estas reconstrucciones se han hecho a partir de diseños antiguos y utilizando métodos de construcción de la época. Lo más espectacular de la visita resultan ser los videos tutoriales y las maquetas a escala que te muestran cómo se han ido ensamblando vigas y pilares (cual mueble Ikea) y sin utilizar prácticamente tornillos. Recorremos sus pasillos recordando con nostalgia nuestra experiencia en Himeji; y es que tanta modernización le resta mucho encanto a este tipo de edificaciones. Los niños se lo pasan bomba; no podía ser menos pues les han vuelto a hacer descalzarse antes de entrar y mola mucho corretear por allí y subir y bajar escaleras sobre un suelo de madera tan bien barnizado y deslizante. A mí la experiencia me recuerda la de estar en un albergue de montaña, aunque a lo grande y sin muebles.





Salimos por la parte norte del castillo y, tras atravesar el foso y parte de su zona ajardinada, volvemos a la ciudad de Kanazawa. Ésta sí es una sensación muy chula; han pasado casi 3 horas en total y es como si hubiéramos estado en otro mundo.
Decidimos ir caminando a la estación pasando por el hotel (hay que recoger las maletas); tenemos tiempo de sobres, la verdad. De camino, pasamos por el mercado de Omicho. Es éste un mercado principalmente de pescado con montón de paradas y puestecitos para comer algo por todas partes. Nos gusta mucho, la verdad. También hay muchos puestecitos de verdura y fruta (no podemos resistirnos y compramos sandía y melón para la merienda). De los puestos de pescado nos llaman la atención su variedad y lo bien empaquetado que lo tienen todo. Los enormes cangrejos que tiene allí (king size) son realmente impresionantes. Acabamos comiendo en el restaurante cafetería que hay en una de las esquinas de la calle, fuera del mercado (en el que cenamos el domingo): tienen un menú de mediodía con ensalada y pasta muy resultón. A destacar la ración de espaguetis con 2 clases de cangrejo que me pido; ¡sencillamente espectaculares! Descubrimos que a Laura le encanta la pizza… será el hambre…


Nuestro siguiente destino es la ciudad de Nagano. Llegamos en tren JR directo en un recorrido de menos de una hora de duración. El tiempo sigue sin acompañar y llueve a ratos. De hecho, al llegar notamos que hace hasta frío. Afortunadamente nuestro apartamento está muy cerca de la estación y llegamos caminando en menos de 5 minutos. La sorpresa me la llevo yo, aunque nos habían avisado por mail: ¡es un cuarto piso sin ascensor! ¡Menos mal que en este país no hay entresuelo!

Como tiene una cocina bien equipada, los niños intentan convencernos de quedarnos a cenar. Llegamos a un pacto con ellos: como estaremos un par de noches en Nagano, la primera cenamos fuera y la segunda en el apartamento. Aceptan, aunque Laura a regañadientes. Compramos en el supermercado de la estación cosas para el desayuno y cenamos en un pequeño local donde finalmente podemos probar, y a muy buen precio, tanto ramen como gyozas (de carne y verdura). Está todo muy bueno. En el restaurante sólo hay japoneses, pero tienen carta en inglés y uno de los camareros lo chapurrea (en este país no hay tanta gente que hable inglés como inicialmente nos habíamos pensado.). Desde que dejamos Kyoto no hacemos más que encontrarnos restaurantes mucho más pequeños, habitualmente constan de 3 o 4 mesas (a lo sumo) y de una barra donde colocan a la gran mayoría de los comensales. A Laura las gyozas no le acaban de gustar, pero se va contenta pues sabe que mañana (pase lo que pase y tiene razón…) cenaremos en el apartamento. Y es que las promesas se tienen que cumplir.