10 de julio de 2019

LA GARZA NEGRA

Nos levantamos y hace sol. ¿Sol? ¿No llueve? ¿Seguro? ¿No será sol-nublado?

Y es que hemos tenido pocos días de sol desde que llegamos. Así que nos vestimos, desayunamos en el apartamento y nos vamos a la estación para coger el tren JR. Después de poco más de 1h llegamos a Matsumoto. Todavía hace sol, no sol-nubes ni nada de eso, sol, solazo. 
Después de un paseo de media hora desde la estación, llegamos al castillo de Matsumoto. No es que yo sepa muchas cosas sobre el castillo; de hecho, he intentado (en vano) no mirar ninguna foto para no estropear la incertidumbre ni la emoción que me ha transmitido Jordi durante el viaje ( que ha hecho un máster ). Pero es imposible no caer en la tentación de mirar alguno de los carteles que anuncian el castillo en la estación o por las calles.
El castillo de Matsumoto es uno de los castillos más bellos de todo Japón. Está construido en una llanura (esta vez no toca subir cuestas) y comúnmente, recibe el apodo del “castillo la garza negra”, por el color negro de sus muros (en contraposición con la “grulla blanca” del castillo de Himeji). Por su increíble diseño y su arquitectura, es visita obligada, sin duda alguna.

A nuestra llegada, el cielo está despejado y el castillo se refleja en el foso que lo rodea. De nuevo, el agua está llena de carpas que se acercan a los turistas para ver si pican algo. Dan un poco de miedo cuando se reúnen al margen del foso, la verdad. Decidimos explorar los alrededores primero, por si se estropea el tiempo. Ya hemos aprendido que es muy inestable y cambiante en estas fechas. Alrededor del foso unas planchas de metal marcan los puntos desde donde sacar las mejores fotos del castillo (pa tontos). El recorrido nos lleva hasta el puente Uzumi-bashi; un precioso puente tradicional japonés que une el parque exterior con la zona central del castillo (no se permite cruzarlo, por desgracia).
Es impresionante, la verdad. Todo un icono que quedará grabado en nuestras mentes.










Por dentro tampoco decepciona. Fuera hay unas taquillas donde dejamos la mochila (no se puede entrar con bultos grandes, así que no queda más remedio). Como en tantos otros sitios, hay que quitarse los zapatos antes de entrar con lo que David y Laura están encantados. Huele a madera. El tacto del suelo es agradable. Hay gente, pero no demasiada y es emocionante subir las escaleras hasta el piso final.



La torre principal del castillo (o tenshu) data de 1593-1594 y tiene 6 plantas, alcanzando 30 metros de altura. Por fuera nos había parecido que tenía un total de 5, pero la visita nos revela que son finalmente seis pues la 3ª planta no tiene ventanas; se trata de una especia de ático de la segunda planta o “planta oscura” (la más segura del castillo, ya que era imposible verla desde fuera; por esa razón los samuráis descansaban aquí durante las batallas). Otra cosa que nos llama mucho la atención es que en la 1ª planta (que se usaba para el almacenaje de comida, munición y armamento) tiene un corredor 50 cms más bajo que el suelo principal; es el pasillo musha bashiri o “pasaje de los guerreros que corren” porque permitía a los samuráis que llevaban armadura correr por el interior del castillo durante la batalla. Tanto en la 1ª como en la 2ª planta nos encontramos diferentes exposiciones de armamento y alguna armadura (son pequeñas y no se hace nada pesado). En la 4ª planta ya vemos menos pilares, muchas más ventanas y un techo más alto; tiene un espacio cerrado que se cree que era la habitación del señor del castillo, que usaba en caso de emergencia. Las escaleras en las 2 últimas plantas son más empinadas y ya tenemos que subir con más cuidado, especialmente los niños (la secuencia es muy divertida: de verdad parece que estén escalando una montaña). Desde la 6ª planta del castillo tenemos vistas espectaculares tanto de la ciudad de Matsumoto como del foso del castillo y de su precioso puente de acceso rojizo.

La visita interior del castillo concluye recorriendo el ala de contemplación de la luna o Tsukimi-Yagura, con un precioso balcón exterior de color bermellón y un techo abovedado. Es una de las 2 únicas salas de este tipo que existen en un castillo japonés (la otra se encuentra en el castillo de Oyama). De arquitectura abierta y aire refinado, refleja el período de paz en el que fue construida y añadida a la torre principal original.

A diferencia del Castillo de Osaka, demasiado modernizado, o del Castillo de Kanazawa, demasiado restaurado, éste nos parece superauténtico. Además, a la salida, nos encontramos con un ninja y un samurái que vigilan el acceso (esperando en la puerta a los turistas); Laura se queda impresionada. La visita resulta ser una gozada y se cumplen todas las expectativas generadas. Es difícil decir si nos ha gustado más este castillo o el de Himeji, pero salimos convencidos que se trata de un auténtico must see del viaje y una visita del todo imprescindible.




De vuelta, nos desviamos para pasar por la calle Nawate. Se trata de una calle comercial, famosa en la ciudad por sus tiendas comerciales y por tener un templo, justo al lado del río. Son más de las 14:00 hrs y nos encontramos casi todas las tiendas cerradas. De la calle nos quedamos con sus divertidas estatuas de ranas situadas estratégicamente a ambas entradas de la calle (reclamo turístico en toda regla) y con el arco de entrada del templito situado a media calle (la gente caminaba haciendo un ocho a través de él antes de ir a rezar).

Cuando parecía todo controlado, recibimos un email del alojamiento de Tokio informándonos que nos habían cancelado la reserva por no haber recibido nuestros datos del pasaporte a tiempo. Reviso los emails previos y, efectivamente, se me pasó enviarles la documentación que me pidieron, por lo que cancelaron la reserva sin más avisos. Como booking ( la web desde donde hicimos la reserva ) no dejaba de mandarnos recordatorios confirmándonos la reserva, la habíamos dado por sentado. Menos mal que se me ocurrió mandarles un email a los del alojamiento preguntando por el pago, porque de lo contrario no nos habríamos enterado de la canlcelación hasta llegar a Tokio. Habría matado a booking pero claro, es imposible hablar con nadie en persona cuando llamas para reclamar o pedir aclaraciones. En fin, faltan tres días para llegar a Tokio y no tenemos alojamiento ( en una ciudad donde viven unos 14 millones de habitantes !!!!). 
Nos pasamos el tren de vuelta a Nagano buscando hoteles ( que no acabaran con nuestro presupuesto planeado ) y encontramos uno de la cadena Mistays Premier ( como el de Kanazawa ) en el barrio de Shinagawa, muy cerca de la estación de metro Omori. Muy bien comunicado. Adjudicado!!!






Regresamos a Nagano, pasamos por el súper y acabamos cenando en el apartamento, tal como habíamos prometido a los peques. Aunque parece que no les falta energía para seguir haciendo más cosas, nosotros ya no podemos más. 


9 de julio de 2019

KANAZAWA Y VIAJE A NAGANO

Nos levantamos y volvemos a hacer las maletas. Por la tarde nos toca viajar a Nagano. Dejamos el equipaje en la consigna del hotel y nos vamos a explorar la ciudad ya que tenemos la mañana libre. Volvemos a coger el autobús JR y nos bajamos en la 6ª parada del recorrido circular turístico: nos deja en la zona de los jardines y del castillo.
Los jardines Kenrokuen de Kanazawa son considerados como uno de los tres jardines más bonitos de Japón y son visita obligada. Optamos por empezar por ellos y dejar el castillo para después. El nombre de Kenrokuen significa literalmente “jardín de las seis cosas sublimes” en referencia a la teoría china para diseñar el jardín perfecto: espacio, aislamiento, artificialidad, antigüedad, agua abundante y amplias vistas. Lo primero que podemos comprobar es que el recinto es enorme y que nos va a llevar un buen rato recorrerlo; es decir que espacio hay para parar un barco. Si por aislamiento entendemos que estén en un entorno apartado de la ciudad, pues podríamos decir que también cumplen con el requisito: están en lo alto de una colina desde donde divisas los barrios colindantes (en medio de la ciudad). Vistas también hay, especialmente del barrio de geishas (no tendremos tiempo de visitarlo), aunque los árboles del parque las tapan bastante.  El criterio de antigüedad también lo cumplen: en efecto, datan del período Edo cuando formaban parte de los jardines exteriores del castillo de Kanazawa. Si por artificialidad entendemos construcciones hechas por el hombre, pues también las tenemos: linternas de piedra, fuentes (la fuente Funsui es la más antigua de Japón) y casas de té. Y, finalmente, también tenemos agua abundante pues hay diversos estanques y riachuelos.



Está el tiempo muy nublado y nos va lloviendo (poco, menos mal) de forma intermitente. Visitar los jardines sin sol hace que la visita se vea un poco apagada, la verdad. Está todo muy verde eso sí. Los niños se ponen a hacer de las suyas por el parque (Laura se nos accidenta un poco tras patinar con unas piedrecitas en plena carrera, pero nada que no se pueda solucionar con primeros auxilios de Fani y acabando la visita a caballito mío). De los jardines lo que más nos llama la atención es su enorme estanque central con una isla en medio en forma de tortuga y una casa de té  en una de sus orillas. Subimos también a una pagodita desde la que se tienen vistas muy chulas y descubrimos zonas apartadas también muy sugerentes (destaca una con un estanque más pequeño flanqueada por una casa de té, una cascadita y una linterna de piedra). Tardamos casi 2 horas en visitarlos. No nos parecen tan impresionantes como decían, aunque quizá sea cosa del mal tiempo, o de que las expectativas estaban demasiado altas o de que hemos visto ya jardines sencillamente espectaculares antes (pondríamos por delante los del templo de Heian Shrine en Kyoto o los de Koko-en en Himeji, por ejemplo).

Después de visitar los jardines nos vamos a ver el castillo de Kanazawa. Nosotros hemos sido previsores y ya habíamos comprado la entrada combinada antes, junto con la de los jardines. Te ahorras algo de pasta y colas, aunque hoy hay muy poca gente. ¿Será por el tiempo? ¿O porque estamos en temporada baja?
El castillo está muy modernizado y es que la mayor parte de edificios que componen el recinto son reconstrucciones recientes que se han ido realizando desde la década de los 90, una vez se trasladó la Universidad de Kanazawa (que ocupaba los terrenos del castillo) a las afueras de la ciudad. Estas reconstrucciones se han hecho a partir de diseños antiguos y utilizando métodos de construcción de la época. Lo más espectacular de la visita resultan ser los videos tutoriales y las maquetas a escala que te muestran cómo se han ido ensamblando vigas y pilares (cual mueble Ikea) y sin utilizar prácticamente tornillos. Recorremos sus pasillos recordando con nostalgia nuestra experiencia en Himeji; y es que tanta modernización le resta mucho encanto a este tipo de edificaciones. Los niños se lo pasan bomba; no podía ser menos pues les han vuelto a hacer descalzarse antes de entrar y mola mucho corretear por allí y subir y bajar escaleras sobre un suelo de madera tan bien barnizado y deslizante. A mí la experiencia me recuerda la de estar en un albergue de montaña, aunque a lo grande y sin muebles.





Salimos por la parte norte del castillo y, tras atravesar el foso y parte de su zona ajardinada, volvemos a la ciudad de Kanazawa. Ésta sí es una sensación muy chula; han pasado casi 3 horas en total y es como si hubiéramos estado en otro mundo.
Decidimos ir caminando a la estación pasando por el hotel (hay que recoger las maletas); tenemos tiempo de sobres, la verdad. De camino, pasamos por el mercado de Omicho. Es éste un mercado principalmente de pescado con montón de paradas y puestecitos para comer algo por todas partes. Nos gusta mucho, la verdad. También hay muchos puestecitos de verdura y fruta (no podemos resistirnos y compramos sandía y melón para la merienda). De los puestos de pescado nos llaman la atención su variedad y lo bien empaquetado que lo tienen todo. Los enormes cangrejos que tiene allí (king size) son realmente impresionantes. Acabamos comiendo en el restaurante cafetería que hay en una de las esquinas de la calle, fuera del mercado (en el que cenamos el domingo): tienen un menú de mediodía con ensalada y pasta muy resultón. A destacar la ración de espaguetis con 2 clases de cangrejo que me pido; ¡sencillamente espectaculares! Descubrimos que a Laura le encanta la pizza… será el hambre…


Nuestro siguiente destino es la ciudad de Nagano. Llegamos en tren JR directo en un recorrido de menos de una hora de duración. El tiempo sigue sin acompañar y llueve a ratos. De hecho, al llegar notamos que hace hasta frío. Afortunadamente nuestro apartamento está muy cerca de la estación y llegamos caminando en menos de 5 minutos. La sorpresa me la llevo yo, aunque nos habían avisado por mail: ¡es un cuarto piso sin ascensor! ¡Menos mal que en este país no hay entresuelo!

Como tiene una cocina bien equipada, los niños intentan convencernos de quedarnos a cenar. Llegamos a un pacto con ellos: como estaremos un par de noches en Nagano, la primera cenamos fuera y la segunda en el apartamento. Aceptan, aunque Laura a regañadientes. Compramos en el supermercado de la estación cosas para el desayuno y cenamos en un pequeño local donde finalmente podemos probar, y a muy buen precio, tanto ramen como gyozas (de carne y verdura). Está todo muy bueno. En el restaurante sólo hay japoneses, pero tienen carta en inglés y uno de los camareros lo chapurrea (en este país no hay tanta gente que hable inglés como inicialmente nos habíamos pensado.). Desde que dejamos Kyoto no hacemos más que encontrarnos restaurantes mucho más pequeños, habitualmente constan de 3 o 4 mesas (a lo sumo) y de una barra donde colocan a la gran mayoría de los comensales. A Laura las gyozas no le acaban de gustar, pero se va contenta pues sabe que mañana (pase lo que pase y tiene razón…) cenaremos en el apartamento. Y es que las promesas se tienen que cumplir.


8 de julio de 2019

SHIRAKAWA-GO: RETORNO AL PASADO

Hoy nos espera uno de los platos fuertes del viaje. Se trata de la visita a la aldea de Shirakawago, en el valle del río Shogawa. Para llegar hasta ella no nos sirven nuestros JR Pass (por primera vez en este viaje). Se llega con autobús: compramos los billetes en la estación de Kanazawa y viajamos con la compañía Hokuketsu Bus (tanto a la ida, como a la vuelta). No podemos escoger los horarios si queremos ir juntos: nos dan a las 09:40 hrs (salida) y las 17:30 hrs (vuelta). Los horarios nos van bien, y hemos tenido suerte pues eran de las últimas plazas que quedaban disponibles (¡y eso que estamos en temporada baja y las compramos con 24 hrs de antelación justo a nuestra llegada a Kanazawa!). El de la tarde es el último autobús que quedaba para volver (¡a las 17:30 hrs! ¡Para flipar!).


El viaje dura casi una hora y media con unas vistas de las montañas de la región de Gifu sencillamente espectaculares. Los niños van mirando por la ventana al principio con cierta curiosidad, pero acabamos utilizando partidas de cartas y caza de Pokemons en el móvil para entretenerlos.
Nada más llegar a la estación (el autobús iba lleno) decidimos subir a ver las vistas desdel el mirador de Shiroyama. Queda al norte de la aldea y muy cerca de donde nos deja el bus. Llegamos enseguida subiendo por una cuesta poco pronunciada, aunque repleta de insectos. Las vistas son espectaculares: desde el mirador te haces una idea de como es la aldea: la atraviesa el río Shogawa y la mayor parte de casas están en su margen occidental, aunque también las hay al otro lado. 




Se trata de casas de estilo tradicional gassho-zukuri: tejado triangular hecho de paja y muy inclinado, para soportar el peso de la abundante nieve que cae en esta zona en invierno (de hecho, su nombre gassho hace referencia a la imagen de 2 manos en oración). Nos sorprende lo grandes que son. Hace un sol radiante: ¡ya era hora! Quizá se trate del día más indicado para que salga así que mejor no nos vamos a quejar…



Nos tomamos un tentempié con los niños ( a lo picnic en la montaña) y bajamos a explorar la aldea. Hacemos un primer recorrido tranquilos y paseando, sin un rumbo claro. Hay gente, pero no agobia. Podemos comprobar que la mayor parte de casas tradicionales están destinadas al turismo: unas son museos y se pueden visitar, otras son tiendas de recuerdos o restaurantes y otras se emplean como alojamientos tradicionales. Vemos unos lugareños reparando el tejado de una de ellas. La aldea tiene arrozales en la zona norte (¡nos vienen recuerdos de Vietnam!). Atravesamos la aldea y llegamos hasta el río, donde hay un puente suspendido.



Decidimos visitar el mueso Gassho Zukuri Minka-en en su margen oriental, muy cerca de la zona de aparcamiento de autobuses (otro de los encantos de la aldea es que no está permitido el tránsito entre las 09:00 hrs y las 16:00 hrs). 
Se trata de un museo al aire libre donde hay varias casas tradicionales de distintas zonas de la región, que fueron trasladadas aquí para salvarlas de su desaparición. Son las 13:00 hrs y no hay casi nadie por esa zona así que se puede decir que hacemos la visita prácticamente en solitario. Es muy recomendable pues las casas están muy bien conservadas y te permiten conocerlas por dentro y también aprender cómo debía ser la vida en ellas. Para entrar en ellas hay que descalzarse (ya vemos el brillo en los ojos de nuestros peques…) y las hay de varias plantas; en una de las más grandes puedes subir hasta el tercer piso. Algunas están amuebladas de forma tradicional, mientras que otras tienen exposiciones muy interesantes (herramientas para trabajar el campo, colección de trineos para transportar mercancías, fotografías en blanco y negro, …). En una casa tienen hasta una maqueta a escala de una casa. Lo miramos todo embobados, niños incluidos. 



El recorrido exterior tampoco tiene desperdicio e incluye un molino de agua, una cascada con un estanque con piedrecitas (¡tenemos momento Humor Amarillo con los peques, aunque afortunadamente sin caída al agua!) y otro estanque lleno de ranas con todas sus formas evolutivas desde que son renacuajos (los niños flipan).






Tardamos un poco más de una hora en visitarlo y, como son más de las 14:00 hrs, decidimos irnos a comer. Encontramos un local en el centro del pueblo que tiene  una máquina de pompas de jabón para llamar la atención de los clientes. Tienen carta en inglés y los turistas españoles que están dentro nos dicen que han comido bien (ya están pagando). Apenas tenemos que esperar 5 minutos para que nos podamos sentar en una mesa. La comida está muy buena: los niños se comen unas hamburguesas con arroz y nosotros unos platos de ternera encebollada sobre una base de arroz y con sopa de miso que está para chuparse los dedos. El camarero que nos atiende (tiene pinta de ser el propietario) es muy amable e incluso les regala unas galletas a los niños. Hemos tenido suerte: resulta que cerraban a las 15:00 hrs (nos encontramos el closed ya puesto a la salida del local).



Después de comer, seguimos explorando la aldea. Decidimos visitar el templo Myozenji pero resulta que está cerrado. Al lado hay una casa tradicional que se puede visitar y no nos lo pensamos 2 veces que se ve muy grande. Hacemos el recorrido y nos gusta mucho, aunque nos hacen 2 fotos y nos intentan venderlas por 1500 yenes – unos 12 euros (¡ya estamos con las turistadas! ¡qué poco nos conocen!). La visita tiene una sorpresa: hay un pasillo por el que accedes al templo Myozenji desde dentro y la verdad es que es muy chulo. Ahora entendemos porque está cerrado: para que entres, pagando la consabida entrada, por la casa de al lado (¡otra turistada! ).




Al salir son apenas las 16:15 hrs y nos encontramos con que todo está cerrando y la gente empieza a marcharse. Además. Como son más de las 16:00 hrs empiezan a circular coches por la aldea de lugareños transportando mercancías o huéspedes que llegan para pasar la noche. Ya no podemos entrar en más casas, pero optamos por caminar tranquilamente desandando el camino a la estación de autobuses y disfrutando de la aldea sin gente. Conseguimos tomarnos un café en un local que justo cierra tras pagar (nos lo tomamos en la terraza mientras van recogiendo). A los niños les hemos comprado unos juguetes en la máquina de bolas y nos dejan tranquilos un rato. Un rato corto, eh!!
Nos imaginamos cómo debía ser la vida aquí en el pasado y no podemos dejar de pensar en su dureza, especialmente en invierno. Pasear por aquí ha sido como un retorno al pasado ( quitando el rollo puestecitos para turistas ). Lo que más nos ha impactado es ver que aquí vive gente sin demasiados lujos ni comodidades. 

Nos recreamos con las vistas y saboreamos el tiempo que nos ha hecho (quizá sea nuestro primer día de solazo en Japón).








En el autobús de vuelta Laura cae rendida y duerme todo el trayecto encima de Fani. Yo juego a cartas con David que ha aprendido un montón y me gana casi todas las partidas. Al llegar estamos tan cansados (y son sólo las 19:00 hrs) que decidimos ir al hotel y cenar allí. 

7 de julio de 2019

LOS SAMURAIS DE KANAZAWA

Empleamos la mañana del domingo 07 de julio en desplazarnos de Takayama a Kanazawa: de nuevo en tren y con nuestro JR Pass. El primer tren nos deja en Toyama en hora y media. El segundo en Kanazawa en apenas 20 minutos. La estación de tren de Kanazawa es una auténtica pasada desde un punto de vista arquitectónico: ultramoderna y con espacios enormes. Destaca la puerta Tsuzumi en el lado este de la estación con forma de gran torii (aunque un tsuzumi en japonés es un tipo de tambor con forma de reloj de arena). Por detrás de la puerta está la cúpula Montenashi: una estructura acristalada que cubre gran parte de la estación. 



Nos alojamos en un hotel de la cadena Mystays Premier, que está muy cerca de la estación y que nos da una habitación enorme con 2 camas grandes en la 10ª planta. Como llegamos a la hora de comer optamos por hacerlo en su cafetería (tienen un menú occidental a base de pasta y hamburguesas muy resultón y con un precio decente) para hacer tiempo y poder irnos a visitar la ciudad con el chek inn hecho (es a partir de las 15:00 hrs).

Para moverse por la ciudad empleamos autobús. En la estación hay de muchos tipos, pero nosotros nos subimos al que entra con el JR Pass y que para en la parada número 4. Como es tarde y ya sabemos que en Japón todo cierra muy pronto, decidimos ir a explorar el antiguo barrio de samuráis de Nagamachi. Recorrerlo supone un retorno al pasado en toda regla. Nos recuerda mucho a lo experimentado recorriendo el casco antiguo de Takayama. Encontramos muchas casas antiguas rodeadas de muros arenosos (no olvidemos que se trataba de residencias de samuráis) con grandes puertas de entrada y tejados tradicionales. Muchas de las residencias se pueden visitar, pero son más de las 16:30 hrs y nos encontramos con que la mayoría cierra entre las 17:00 y las 17:30 hrs. Optamos por ir directos a la casa Nomura-ke, que viene destacada en las guías. Está restaurada y nos muestra cómo era la vida de los que allí vivían en una época en la que los samuráis eran importantísimos para el país. Del edificio destaca su arquitectura y jardín interior. Como curiosidades te encuentras una espectacular armadura samurái nada más entrar y una exposición cuando llegas al final con cartas (traducidas al inglés, menos mal) de agradecimiento por los servicios prestados de los lugareños de la ciudad. Como la visita se hace descalzo, los niños la disfrutan más. Es curioso cómo esto de corretear por pasillos descalzos les mole tanto. Están tan acostumbrados ya que en cuanto ven las señales y los estantes para colocar el calzado se ponen manos a la obra sin necesidad de que les digamos nada.





Cuando acabamos la visita están cerrando y, como es lógico, ya no tenemos tiempo de entrar en más casas. Optamos por dar un paseo por el barrio sin prisas y tranquilamente. Bueno lo de “tranquilamente” es un decir; nuestras fieras están hoy desatadas y no paran de chincharse todo el rato. Intentamos entretenerlos dejándoles hacer fotos o grabándoles divertidos vídeos mientras saltan por la calle con la función “slow motion” activada.

Salimos del barrio y optamos por volver al hotel a pie. Por el camino, nos encontramos por causlidad con el Santuario Oyama. Destaca  su puerta principal y su jardín (éste último tiene un estanque con islas artificiales y puentes muy bonito). El problema es que hay insectos por todas partes y Fani opta por finiquitar la visita deprisita.


Cenamos a medio camino en una cafetería con terraza cerca del mercado de Omi-cho, que a esas horas tiene una apariencia fantasmagórica con todos los puestecitos cerrados. Dispone de menú occidental y no tenemos ganas de complicarnos; tienen fish and chips para nuestros peques y con eso nos basta.
Del resto de calles que recorremos antes de llegar al hotel llaman la atención sus amplias avenidas y sus modernos edificios. Supone un gran contraste con el barrio de samuráis que acabamos de visitar. Kanazawa es una ciudad donde queda claro, empezando por su estación de tren (nos encontramos la puerta Tsuzumi iluminada), que hay una gran diversidad cultural y arquitectónica; como en muchas otras ciudades, pero quizás en ésta está llevado a extremo.

6 de julio de 2019

LOST IN KYOTO Y OSOS EN TAKAYAMA: ¿ALGUIÉN DA MÁS?

Apurando nuestras últimas horas en Kyoto, decidimos visitar un último templo. Nuestra combinación de trenes no arranca hacia Takayama hasta las 14:00 hrs, así que nos queda parte de la mañana para emplearla en una última visita. Nos decididimos por el Santuario Heian Jingu, que nos queda muy cerca del alojamiento y tiene muchos puntos de interés. No olvidemos que es el templo que decide visitar Scarlett Johanson en la peli Lost in Translation.
Llegamos caminando desde el alojamiento tras dejar las maletas de nuevo en una consigna de la estación de metro (tardamos veinte minutos). Accedemos por la zona del canal Okazaki, tras toparnos (casi por accidente, pues el Google Maps nos indica que aún quedan unas decenas de metros para llegar hasta el templo) con su gran gran torii rojizo. Se trata de una de las mayores puertas sintoístas de acceso de todo Japón, mide 24.2 metros de alto y la distancia entre los 2 pilares es de 33.9 metros. Nos sorprende ya que además por debajo pasa una avenida asfaltada con tráfico de coches. Después de caminar un rato más, llegamos a la puerta Öten-mon, de color bermellón y tejas verdosas (ocupa 2 pisos). Entramos en el complejo del templo y nos encontramos con un patio muy amplio, flanqueado por puertas y salones laterales, de estructura muy parecida al santuario exterior. Si avanzas por el patio accedes a una plataforma superior que divide de alguna manera el complejo en 2 partes y te permite llegar al propio santuario y su templo interior. 






Cuando ya estamos próximos a marcharnos nos acordamos de la película de Lost in Translation: ¿Y dónde están los jardines por los que se pasea Scarlett? ¿Y el caminito de piedras? Es entonces cuando nos fijamos mejor y, muy cerca del árbol de los deseos, encontramos una taquilla que te permite visitar los jardines del santuario. 



Pero un momento… ¿árbol de los deseos? ¿Y eso que es? Resulta que en Japón existe la tradición de comprar en los templos y santuarios los omikuji: se trata de pequeños papeles que te encuentras doblados o enrollados y que predicen el futuro y la fortuna. Algo así como una lotería divina. Así, realizas na pequeña ofrenda (la cuantía varía según el templo) y obtienes tu omikuji. Hay templos (como en Fushimi Inari) donde extraes de un recipiente hexagonal una varilla de bambú que tiene un número que te indica de qué caja tienes que sacar tu omikuji. Y aquí viene la emoción del tema: las predicciones pueden ser de buena o de mala suerte y encima hay de diferentes grados: pequeña, media o grande. La creencia popular dice que si te toca un omikuji que predice la mala suerte debes atarlo a un árbol ubicado en el templo o santuario porque de esta manera la mala suerte se quedará atrapada esperando en el árbol y, por lo tanto, los dioses se la llevarán consigo y la alejarán de ti. Por otro lado, si te toca un omikuji que predice la buena suerte tienes 2 opciones: o bien lo guardas y lo llevas encima o bien lo dejas atado también en el templo o santuario para que tenga un mayor efecto. Curioso.

Los jardines del santuario son una auténtica gozada y los disfrutamos un montonazo. Hay muy poca gente y el clima acompaña (como viene siendo habitual estos días: tiempo nublado con algún rayo de sol y poco calor). Con árboles, riachuelos y estanques por todas partes, el recorrido es muy agradable. Los niños se lo pasan muy bien. Especialmente cuando encontramos el famoso caminito de piedrecitas del estanque. Esto más que Lost in Translation, más bien parece Humor Amarillo… Acabamos la visita atravesando su precioso puente, donde las parejas vienen a hacerse reportajes fotográficos matrimoniales (de hecho, justo cuando nos marchamos, llega una pareja con un equipo entero de fotógrafos. ¡Ni que fueran a rodar una película!).

Nos vamos caminando a la estación de Kyoto después de recuperar nuestras maletas. Nos da pena marcharnos de la ciudad… ¡hay tanto que ver aquí! (y eso que hemos estado un total de 7 noches…).

Nuestra siguiente parada es Takayama, en plenos Alpes Japoneses. Para llegar hasta ella tenemos que coger 2 trenes. El primero nos deja en Nagoya en 40 minutos. Después nos subimos al limited express Wide View Hida que tarda 2 horas y media en llegar a Takayama (su destino final es Toyama). Durante el trayecto disfrutamos de las vistas de los Alpes Japoneses.

Tardamos apenas un cuarto de hora en llegar al apartamento que tenemos reservado; muy básico y sin lujos, pero tiene todo lo necesario y 2 plantas (la Tomato House Takayama). En la segunda hay un pequeño salón – comedor con tatamis donde los niños establecen su zona de juegos. Además, esta vez sí tenemos de todo para cocinar. Los peques están tan a gusto que nos piden que nos quedemos a cenar. Por el camino hemos pasado por una carnicería donde venden la reputada carne de Hida. Además, hemos flipado un poco con los precios de los restaurantes tras echar un vistazo a los menús desde la calle. A nuestros niños no les cuesta mucho convencernos, la verdad. Hacemos la carne y la acompañamos de arroz. ¡Nos queda todo muy bueno! Además, nos hemos podido hacer con fruta y hemos conseguido un meloncito que está para chuparse los dedos. Acabamos la velada en el salón – comedor echando unas partidas con los peques con un juego de mesa de los que ofrece la casa. Nos lo pasamos muy bien, aunque Laura lleva muy mal lo de perder.

El día siguiente lo tenemos íntegro para visitar Takayama. Empezamos el recorrido visitando el templo Hida Kokubun-ji que tenemos a menos de 5 minutos caminando (ya pasamos por delante el día anterior). Es uno de los más antiguos de la ciudad: llama la atención por su pagoda de 3 pisos. Es pequeño y se visita rápido: dentro hay un patio interior muy tranquilo y un árbol gingko de más de 1200 años que no nos cabe en el objetivo de la cámara. 



Después pasamos por el centro de Takayama; tras atravesar uno de los muchos puentes que atraviesan el río Miyagawa, acabamos visitando el mercado matinal que hay en su margen oriental. Es muy recomendable ya que venden de todo (flores, verduras, encurtidos, artesanía, …). Como son las 11:00 am ya está un poco de capa caída, pues muchos puestos han vendido ya parte de su género (abren a las 06:00 am y cierran a las 12:00 pm). A nosotros lo que más nos entra por la vista son las verduras. Ayer fruta y hoy verdura: ¡lo que uno puede llegar a echar de menos cuando está lejos de su casa! Compramos pepino, tomates y guisantes. Y también unas cortezas de sésamo artesanal que están buenísimas. Después volvemos a pasar por la carnicería de ayer y lo dejamos todo en el apartamento. Los niños vuelven a estar entusiasmados con la idea de volver a quedarnos a cenar en casa.



Nuestro siguiente objetivo es ir al este y recorrer un buen tramo del Higashiyama Walking Corse: se trata de un recorrido de aproximadamente 4 kms de largo que conecta el área de templos de Higashiyama con el parque Shiroyama. Son casi las 13:00 pm y no tenemos previsto hacerlo entero. Centramos nuestros esfuerzos en recorrer la Teramachi o ciudad de los templos. Consiste en recorrer pequeños senderos que atraviesan la ladera este de la montaña con distintos planos de inclinación y trozos asfaltados y otros no. Está todo muy bien señalizado y te vas encontrando los diferentes templos que conforman la ruta. Sale barato: no hay que pagar entrada en ningún sitio. A esas horas hacemos el recorrido prácticamente solos. Apenas nos encontramos 10 turistas y algún que otro empleado faenando por allí. La mayor parte de templos y santuarios de la zona fueron construidos por Kanamori Nagachika (1524-1600) que, echando de menos la belleza de la ciudad de Kyoto, decidió construir varios templos en la zona elevada al este de Takayama imitando así la zona de Higashiyama en Kyoto. No nos sorprende tanto, la verdad. Los templos son todos bastante pequeñitos en comparación con los de la gran urbe; es posible que sorprenda más a los viajeros que hacen el recorrido por el país nipón a la inversa y dejen Kyoto para después. Aún así vale la pena. 



Casi todos los templos siguen el mismo patrón: puerta de acceso, campanario, zona de abluciones, altares y salones y el templo o edificio principal. Está todo hecho en madera. Nos llama la atención especialmente el santuario Higashiyama Hakusan Jinja en lo alto de la ladera ya que el camino para llegar pasa por en medio de una zona de bosque muy chula (también pasamos por un cementerio) y con vistas a Takayama (es el más pobre en construcciones, aunque se construyó en el año 720 y es el más antiguo del complejo). También nos llama la atención un altar budista del templo Daiouji donde se escenifican con todo tipo de detalles morbosos los innumerables castigos que esperan en el inframundo a los pecadores; fijaos si nos impacta la cosa que tanto yo como Fani vamos por turnos evitando que los niños pasen por allí. 



La visita la acabamos en el templo Soyuuji. En total son un total de 10 templos, pero se visitan bastante rápido y están muy cercanos entre sí. Durante la visita empezamos a encontrar cárteles (de hecho, nos encontramos un empleado poniendo uno) alertando de la presencia de osos en la zona y la necesidad de extremar las precauciones. Tanto yo como los niños intentamos ocultárselo a Fani, pero acaba enterándose igualmente: serpientes en Miyajima y ahora osos en Takayama… ¡esto se pone cada vez más interesante!





Son más de las 14:00 hrs y decidimos comer algo. Por el camino nos encontramos con un pequeño local especializado en “rice balls” (bolsa de arroz rellenas y envueltas con algas). Las pedimos de salmón y carne. La acompañamos con unas sopas de miso. ¡Están riquísimas! Pero se quedan sin arroz (¡manda huevos!) y me quedo sin poder repetir…
Decidimos entonces pasear un rato por el casco viejo de Takayama: lo conforman 3 calles con casas perfectamente preservadas del período Edo que te transportan a otro tiempo. Realmente la sensación es impresionante. La zona a las 15:00 hrs de la tarde está muy animada y hay gente por todas partes. Las casas ahora funcionan como museos, galerías de arte, tiendas de artesanía y de recuerdos o cafeterías. Decidimos entrar en diversas tiendas, especialmente para admirar su estructura interior, aunque también conseguimos comprarle a Fani unos pendientes y un collar muy chulos y a buen precio en una tienda de bisutería. Aprovechamos también para entrar en una cafetería – heladería donde nos pegamos un buen homenaje, que ya tocaba.




Decidimos explorar la zona sureste de Takayama y le echamos un vistazo al puente Nakabashi, de hermosa factura. Después subimos por una cuesta que te lleva al parque de Shiroyama, con la idea de completar la ruta de los templos desde el otro lado. El problema es que justo cuando llegamos arriba (¡no veas con la pendiente!) nos encontramos con el acceso vallado y los famosos carteles de la presencia de osos en la zona así que tenemos que suspender la visita. Nos queda el consuelo de que el recorrido nos ofrece unas vistas muy bonitas de Takayama.





Al volver nos encontramos con que los comercios empiezan a cerrar. Miramos el reloj… ¡pero si son las 17:15 hrs! En apenas 15 minutos todo está cerrado y las calles se convierten en un solar. ¡Como en una peli del oeste! Sólo falta la bolita… Ahora entendemos porque nadie duerme la siesta aquí…
Decidimos volver a casa antes de lo previsto. ¡Los niños están encantados con la idea! Cenamos en el apartamento y jugamos otro torneo familiar de juegos de mesa. ¡Y tan contentos!