3 de julio de 2019

COSAS EXTRAORDINARIAS QUE SOLO PASAN EN NARA

Hoy toca excursión a Nara, una de las ciudades más populares de la región de Kansai. Por su localización resulta perfecta para una excursión de un día desde Kyoto. Cogemos un JR Rapid en la estación de Kyoto y nos plantamos en Nara en poco más de 45 minutos. Desde la estación reservamos un Nara One-day Pass con los autobuses de la empresa turística Nara Kotsu: optamos por no complicarnos la vida (las opciones son múltiples) y escogemos la opción más económica (los de color amarillo - ruta amarilla- ) pues ya nos valen para hacer un recorrido circular (se puede subir y bajar las veces que uno desee) por los puntos más importantes de la zona este de la ciudad.


Nuestra primera parada nos lleva a visitar el templo Kofuku-ji, bastante céntrico. Es un complejo de varios edificios (llegaron a haber casi 150) donde destaca especialmente su pagoda de 5 pisos; mide 50.1 metros y es la segunda pagoda más alta de Japón (justo por detrás de la pagoda Toji de Kyoto, con 54.8 metros). Es el símbolo de la ciudad (la original fue construida en el año 730 y en el 1426 se reconstruyó). Del resto de edificios del recinto destacan varios pabellones donde se exhiben tesoros nacionales (no entramos ya que el tiempo apremia) y una pagoda de 3 pisos en uno de los extremos. 


Aunque si hablamos de símbolos, quizá que empecemos por hablar de los ciervos de Nara: aquí son especie protegida pues se consideran mensajeros de los dioses. Ya les habíamos adelantado a nuestros niños que iban a poder verlos, pero lo que nunca pensamos era que estarían moviéndose con total libertad y no sólo por los templos sino también por los parques y calles de la ciudad. Nada más bajar del autobús ya nos los encontramos. Es curioso como interactúan con la gente: se acercan como si nada y vienen básicamente a buscar comida (no olvidemos que no dejan de ser animales salvajes). Hay que ir con cuidado porque si te ven con las galletas que venden en las paradas (son para ciervos y valen 100 yenes) se vuelven locos y van a por ti. Vimos muchas escenas de “persecución” a humanos y el clásico lanzamiento de galletas al aire ara desprenderte de tan preciado “tesoro” y del “marronazo” que supone para el portador. Lógicamente nosotros no las compramos y es que había ciervos con cuernos bien grandes y nos preocupaba que pudieran hacerles daño en la cara a los niños, involuntariamente. De todos modos, ya sea con o sin galletas te puedes acercar a ellos y se muestran en general muy amistosos. Había veces que provocaban la locura de David y Laura dejándose acariciar y que, literalmente, posaban para nuestras fotos familiares. 



La visita al recinto templario de Kofuku-ji es más sencilla de lo que nos imaginamos y es que, como los ciervos abundan alrededor de los diferentes pabellones, los niños se entretienen con ellos mientras hacemos la visita.
Después seguimos caminando hasta llegar al Parque de Nara (está a 15 minutos). Vamos dejando atrás la ciudad y vamos viendo como se incrementa la población de ciervos a nuestro alrededor. Sorprende ver como la gente no deja de comprar los paquetes de galletas y de “meterse en líos”. Aprendemos que, además de poder acariciarlos cariñosamente y pasear junto a ellos, lo mejor es mostrarles a los que vienen en busca de comida las manos vacías (como diciéndoles: “lo siento, no tengo nada”) y así nos dejan en paz. Nos compramos unos helados que nos vamos comiendo por el camino.

Nos vamos acercando a la visita estrella del día: el templo Todaiji. La verdad es que es difícil explicar con palabras lo que vemos; resulta sencillamente impresionante y se trata sin dudarlo de una de las visitas más espectaculares de las que hacemos en nuestro recorrido por Japón. Para llegar a él te encuentras una gran avenida con una inmensa marea de gente que va o vuelve del templo; eso ya te da una idea de la importancia del lugar y hace que todavía se incremente aún más la expectación o “hyppe” de los recién llegados. Lo primero que nos encontramos en la puerta Nandaimon, un gran portón de madera de 20 metros cobijado a ambos lados por 2 guardianes Nio, 2 estatuas talladas en piedra y que datan del año 1199. Tanto la puerta como las estatuas son enormes e imponentes. 








Tras atravesar la puerta entras en el recinto del complejo con un patio procesional (repleto de gente por supuesto) que te conduce hasta el salón Daibutsuden o salón del Gran Buda, el salón principal del templo. El salón Daibutsuden, de 56 x 50 x 50 metros, es el edificio de madera más grande del mundo (y eso que el templo ha tenido que ser reconstruido 2 veces por incendios provocados por la guerra; siendo así un 33% más pequeño que el original). Nada más entrar en el interior del salón principal nos encontramos con la estatua de bronce del Gran Buda de Nara. Es tan grande que apenas cabe nada más dentro del templo y, como los pilares que sustentan el techo son tan grandes, no se acaba de poder apreciar entero; digamos que lo vamos viendo a trozos a medida que lo vas rodeando. Tiene una altura de 16 metros, está sentado sobre una flor de loto, está hecho de bronce (en un 90%) y oro y pesa más de 500 toneladas. La escultura que se puede ver en la actualidad es, en realidad, una reconstrucción que data del siglo XVI (fue construido originalmente en el año 751 y, por aquellos entonces, era aún más grande). Junto a él te encuentras 2 estatuas de sus bodhisattva de madera y bañadas en oro (sus asistentes en la búsqueda de la suprema iluminación) y esculturas de madera de sus escalofriantes guardianes. El recorrido por detrás del templo te obsequia con una muestra a escala de 1:50 de cómo era el templo de Todaiji originalmente: el salón era más ancho y profundo y tenía 2 pagodas laterales de siete pisos y 100 metros de alto. ¡Debía de ser impresionante, la verdad!



Llama la atención que unos de los pilares que sustentan la estructura tiene un agujero en su base. Vemos un grupo de escolares y algunos turistas haciendo cola para atravesarlo. Dice la leyenda que el tamaño del agujero tiene las mismas dimensiones que los orificios de la nariz del Buda y que por lo tanto el que logre pasar por él será bendecido con la iluminación. Es bastante estrecho, pero vemos como los niños pasan bien. De todos modos, hay mucha cola y la verdad es que con tanta gente el acto no deja de parecer una mera diversión. Un guía explica que en las grandes ocasiones se realizan actos ceremoniales más oficiosos donde atravesar dicho agujero se convierte en un acto mucho más ceremonial y trascendente.


Laura y su amiguito nuevo 
Acabamos la visita aquí todo y que un mapa nos muestra más edificios dentro del enorme recinto porque son más de las 14:00 hrs, empezamos a estar cansados, tenemos hambre y todavía nos queda otro templo por ver. ¡Nara está siendo espectacular! Nos paramos a comer en una hamburguesería – pizzeria que hay en una zona comercial que llama la atención por estar vacía; ¡con la de gente que hay en la calle de al lado! La verdad es que este pequeño boulevard comercial (con varios restaurantes y tiendas) pasa algo desapercibido. No deja de ser una suerte para nosotros pues en apenas una horita ya hemos comido y estamos listos para proseguir la ruta.

Nuestro último templo resulta ser una auténtica gozada: se trata del santuario Kasuga Taisha. Este santuario sintoísta data del año 768 y se encuentra al pie de las montañas sagradas Kasugayama y Mikasayama, en perfecta simbiosis con el entorno natural que lo rodea. Nos recuerda un poco, salvando las distancias, la visita al complejo Ta Prohm de Angkor en Camboya. Y es que centenares de árboles abrazan las edificaciones del templo. El camino hace subida y está flanqueado por 2000 lámparas de piedra. Como hay un montón de ciervos por el camino la verdad es que a nuestro peques la subida se les hace corta pues se entretienen con ellos.



Una vez llegas el santuario cambiamos las lámparas de piedra por 1000  lámparas de bronce. Los edificios y sus toriis son muy hermosos, con sus techos inclinados y su característico color rojizo. La visita es libre, pero hay una zona de pago (muy recomendable entrar en ella) con mucha menos gente y que te lleva a la parte interior del recinto desde donde puedes tener una mejor vista de los edificios que componen el santuario. Además, hay una sala totalmente oscura dentro donde puedes ver encendidos algunos faroles como si de una pequeña demostración se tratase. Los faroles sólo se encienden 2 veces al año durante el Festival de las Linternas, a principios de febrero y a mediados de agosto. 







Tras la visita volvemos por el mismo camino hasta llegar a la parada de autobús más cercana. Nos bajamos en Naramachi con la intención de merendar algo recorriendo sus callejones antiguos y sus casas tradicionales, pero entre que todo está cerrado y no hay ni un alma por allí (son casi las 17:00 hrs) y que empieza a llover nos volvemos rápido para coger de nuevo el autobus y acabar merendando en la estación de tren. Cogemos el tren de vuelta y nos plantamos en Kyoto a eso de las 19:00 hrs. Acabamos regalándonos de nuevo un pequeño festín en nuestro restaurante favorito, el Komefuku. Nos llama la atención como progresan nuestros niños con el empleo de los palillos, especialmente David.
El día termina con el recuerdo de los ciervos de Nara. Y es que para David ha sido un día de “¡ Cosas extraordinarias que sólo pasan en Nara!”.

2 de julio de 2019

EL CAMINO DEL BAMBÚ

Nos despertamos perezosos ( menos Jordi, que lleva ya más de una hora despierto ). Para desayunar cereales con leche, croissants y chocolate. Me falta el café ( una mañana de estas hago que Jordi me baje al Star Bucks de la esquina a por uno ). Esto es lo menos japonés del día. 

Miramos por la ventana; nublado otra vez. No llueve. Decidimos seguir con lo planeado: visitar Arashiyama. Una vez allí centraremos nuestras energías en el Templo Tenryuji y el bosque de bambú. 
Para llegar hasta Arashiyama vamos en metro hasta la estación central de Kyoto, donde cogemos un tren local JR que nos lleva hasta nuestro destino ( entra con nuestro JR Pass ) . Como tenemos la estación de metro de Sanjo justo al lado del apartamento, no nos da pereza movernos. Lo que más nos llama la atención es que, a pesar de haber cogido ya veces el metro desde esta estación ( que es de las pequeñas según miras el puntito que ocupa en el mapa ), cada vez que bajamos nos parece distinta. Es como en la peli de Matrix o en la de Origen, con realidades paralelas y cambiantes.
Estamos seguros: si hay un cataclismo mundial, los que van a sobrevivir son los Japoneses, con sus ciudades subterráneas, su orden y meticulosidad y su educación al borde de lo que para nosotros sería excesiva. 
El tren nos deja en Arashiyama en 15 minutos y, desde la estación, nos encontramos carteles que indican la dirección del Templo. 

Al llegar compramos la entrada combinada ( templo + jardines ). No hay mucha diferencia. 
El Templo Tenryuji es el más grande de Arashiyama y uno de los cinco más grandes de Kyoto. De nuevo la austeridad zen le da un toque místico. Los jardines que lo rodean son impresionantes ( y en un punto en concreto pasan de impresionantes a interminables ).






Cuando ya no podemos más, salimos para buscar un lavabo y acabamos topando con la entrada al impresionante bosque de bambús y con un puestecillo a pie de calle donde decidimos comer más tarde ( a un precio mucho más asequible de lo que hemos comido hasta ahora ). El bosque es chulísimo, en especial una parte (la más turística y abarrotada de gente) que concentra una cantidad brutal de bambús.




Después de visitar el bosque paseamos por la zona e intentamos llegar al puente Togetsukyo. Lo vemos desde lejos y desistimos. Volvemos sobre nuestros pasos por el bosque de bambú hasta el puestecillo donde paramos a comer. Por fin probamos el típico okonomiyaki: una especie de tortilla japonesa cocinada con varios ingredientes ( en nuestro caso sobretodo vegetales ).


Después de comer volvemos al bosque de bambú ( a una parte más alejada del templo, menos concurrida excepto por los riksaws que pasean a turistas locales y extranjeros ). 
Nos llama la atención la cantidad de turistas locales que vienen, engalanados con sus kimonos, a hacerse fotos. Los peques corren a sus anchas. No entendemos que después de más de 13km de caminata todavía tengan energías. 

Después del paseo y de jugar a hacernos fotos divertidas nos merecemos un café. En un pequeño puestecillo conseguimos café y un vaso de leche para los niños. La señora que nos atiende nos invita a pasar a su pequeña exposición de imitaciones de pinturas de Van Goh, Klimt, Velázquez y Picaso. Como reconozco la mayoría de los cuadros me pregunta si soy pintora... en fin...

Por supuesto que hay muchas más cosas que se podrían hacer en Arashyama, pero decidimos que por hoy ya ha sido suficiente y volvemos a la estación. Esta vez nos bajamos en Nijo, acortando el camino de vuelta hasta la estación de Sanjo en metro. Ganamos tiempo que aprovechamos para comprar croissants para el desayuno y descansar en casa ( como lo llama Laura ). 

Antes de cenar decidimos pasearnos por el distrito de geishas de Pontocho: se trata de una una única calle estrecha y peatonal, que corre paralela al río Kamo, desde la calle Shijö hasta la calle Sanjö. Está considerado uno de los barrios de geishas más importantes de la ciudad. Esta callejuela de 600 metros de largo y sólo 5 metros de ancho está repleta de tiendas, restaurantes, bares y casas de té. Los precios de los locales son muy altos, especialmente los que tienen terrazas con vistas al río. Como se nos dispara el presupuesto optamos por volver a cenar en nuestro querido restaurante Komefuku.
Cuando nos diriginos a casa, oímos música en el río. Laura no puede resistirse a la tentación de querer bajar a escucharla un ratito. Y así acabamos el día, sentados al margen del río, repleto de gente paseando, parejas mirándose, un grupo de japoneses corriendo con linternas y un par de músicos cantando. 



1 de julio de 2019

EL NIÑO DEL SHOGUN Y EL POSO DE MISO ABANDONADO

En nuestro tercer día en la ciudad decidimos seguir explorándola y recorrer más puntos clave. De nuevo está muy nublado y hay ratos en que se pone a llover aunque de forma intermitente. Como ya empezamos a saber de qué va esto, cogemos los paraguas y ni nos inmutamos.
Empezamos visitando el Castillo de Nijo, un perfecto ejemplo de la arquitectura de los “castillos palacio” del Japón del período Edo. Efectivamente no es un castillo al uso (como el que visitamos ayer en Himeji por ejemplo); es más un palacio, aunque tiene un foso y el recinto está amurallado. Fue construido en 1603 como residencia del primer shogun del período Edo (Tokugawa Ieyasu) y fue utilizado por la familia Tokugawa desde entonces hasta la abolición del shogunato en 1867. Ahora es propiedad de la ciudad y se puede visitar. La entrada principal se encuentra al este y tienes que pasar por la impresionante puerta Karamon. Como llueve bastante en ese momento, todos los turistas que estamos allí con los paraguas abiertos contemplándola con los ojos como platos. Desde la puerta y, tras pasar por un patio interior, se llega al palacio Ninomaru. Está cubierto (nos viene de perlas) y te obligan a descalzarte (ya nos empezamos a acostumbrar, especialmente nuestros peques). Su principal atracción son las salas tatami, con techos y puertas correderas de estilo japonés bellamente decoradas (desgraciadamente no te dejan hacer fotos) y los suelos de ruiseñor que chirrían cuando uno pasa por encima (hay muchas teorías al respecto, aunque la que nosotros “vendemos” a nuestros peques era la de que de esta manera se alertaba de la presencia de intrusos dentro del palacio por muy sigiloso que fuera el ninja que intentara entrar).



Pasan varios guías con grupitos de gente, pero uno de ellos habla en castellano y nos acercamos “un ratito” a enterarnos de 4 cositas: los tatamis están hechos con tejidos de paja (se emplea para revestir suelos y por norma general tienen una medida estipulada: 182 cms de largo y 91 cms de ancho). En Japón se emplea como medida de extensión de un cuarto o salón (como nosotros los metros cuadrados). Cuando te vas a comprar un piso te viene en número de tatamis. Ahora entendemos por qué razón se llamaba al pabellón Senjakaku de Miyajima, el de los mil tatamis aunque no se viera ninguno. Los salones iniciales se empleaban para recibir las visitas. Por este motivo sus paneles presentan tigres como motivo de decoración principal: para impresionar a todo aquel que viniera a visitar al shogun. En estas salas se les desarmaba antes de pasar a la gran sala de recepción; allí podemos apreciar cómo en el lugar en que se sentaba el shogun el techo se alza más elevado y hay una pequeña zona donde estaba el niño del shogun, cerca una puerta corredera. Nos explican que si a alguno de los visitantes se le ocurría hacer algún gesto que denotara hostilidad, el niño del shogun tenía como función alertar a los samuráis que se encontraban detrás de la puerta para que le dieran su merecido. Pasada esta sala ya nos encontramos con salas más pequeñas residenciales: aquí los motivos decorativos son más minimalistas, con elementos florales, árboles y aves de todo tipo. Nos explican que en aquella época no se solía emplear mobiliario: se colocaban los tatamis y poco más. La visita es muy interesante y tardamos cerca de una hora en hacerla. Al salir, nos encontramos con la sorpresa de que ha dejado de llover. Aprovechamos para visitar los jardines que rodean tanto el palacio de Ninomaru como el del palacio Honmaru (éste último no se puede visitar) y nos tomamos un refrigerio en una bonita casa de té tradicional que nos encontramos por el camino.


Al salir nos montamos en un taxi y le pedimos que nos lleve a la zona noroeste de Kyoto donde nos espera uno de los templos más famoso de la ciudad y visita obligada: el templo Kinkaku-ji o Pabellón Dorado. Se trata de un templo zen que tiene la particularidad de tener las paredes exteriores de las 2 plantas superiores recubiertas con pan de oro. Fue construido en 1397 como villa de descanso del shogun Ashikaga Yoshimitsu y se convirtió en un templo zen en 1408 después de su muerte. Nos damos cuenta de la importancia del lugar nada más llegar y es que hay gente por todas partes. A pesar de su belleza intentamos no perder de vista en ningún momento a nuestros niños y es que con tanta gente cualquier precaución es poca. Nada más entrar en el recinto del templo nos encontramos con el estanque llamado Kyoko-chi o Espejo del Agua: está repleto de islas, piedras y pinos de estilo japonés. Lo más espectacular es poder apreciar el reflejo del templo dorado principal sobre sus aguas. Al ir acercándonos, podemos ir viendo con más detalle la preciosidad del templo. La primera planta no está recubierta por pan de oro y es de estilo japonés con pilares de madera y paredes blancas. Las 2 plantas superiores si son doradas. En la cima encontramos una estatua del fénix chino, también en dorado. El recorrido sigue por la parte trasera del templo hasta acercarte a los jardines y a algún conjunto residencial aislado, aunque de menor interés.



El tiempo aguanta y hasta sale un poco el sol. Nuestros niños siguen portándose como unos campeones, y eso que son más de las 14:00 hrs. Al salir encontramos un restaurante amplio y con menús tanto para adultos como para niños con precios correctos. No nos lo pensamos 2 veces. Pedimos uno de los menús de mediodía: nos lo sirven compartimentado dentro de una especie de bandeja – tocador, donde encuentras los diferentes ingredientes en estantes distintos. El nuestro incluye hasta una pequeña cazuela que nos permite hervir la carne. Está todo muy bueno y nos lo comemos todo. 


Dentro del menú infantil están incluidas las famosas raciones de sopita de miso que tanto le están gustando a David, con la excepción del poso. ¿Imaginad quién se va acabando los posos que va dejando David en el fondo de los cuencos? 

Ya repuestos decidimos ir andando hasta el siguiente templo (son unos veinte minutos, pero el clima es agradable y la pendiente hace bajada). David hace las veces de guía con la ayuda de mi teléfono y del Google Maps.
Nuestra siguiente parada y ya la última (son las 15:30 hrs y los templos suelen cerrar casi todos a las 17:00 hrs) es el templo Ryoanji. Se trata de un templo zen, cuyo principal atractivo es su jardín seco o karekansui. Se trata de uno de los jardines secos más famosos de todo Japón, tiene forma rectangular y está compuesto por 15 rocas situadas sobre pequeños círculos de musgo rodeados de arena rastrillada y encerrado por 3 paredes de piedra y la zona de observación, donde los visitantes nos vamos colocando a mirarlo sentados tranquilamente (lo de tranquilamente es un decir porque nosotros tenemso a nuestras fierecillas dando saltos por el complejo). Hay muchas teorías sobre el significado del diseño del jardín y aunque uno no sepa muy bien que se supone que está viendo, la idea es que uno se quede allí sentado y se deje llevar por la atmosfera del lugar. Es posible que muchos lo consigan; está claro que nosotros no. El jardín se observa desde la antigua residencia del monje superior, el Hojo. Para entrar en ella hay que descalzarse. A nosotros lo que más nos llama la atención del sitio son los jardines que rodean el templo y su enorme estanque. Sencillamente espectaculares.


Al salir del templo ya es tarde, los niños están muy cansados y les recompensamos con un helado. Descubrimos que hay línea de autobús JR que contecta los templos de la zona noroeste con la estación central de Kyoto. No nos lo pensamos 2 veces y nos subimos en uno. Nos sentamos fresquitos y Laura se queda dormida en brazos de Fani. Al llegar a la estación de Kyoto nos perdemos en su inmensidad intentando cambiar moneda. A diferencia del aeropuerto (donde te llegaban a atender hasta 4 personas, te obligaban a enseñar el pasaporte y estabas rodeado de cámaras de seguridad) resulta que en el resto de la ciudad puedes cambiar dinero ¡en cajeros automáticos! Lo acabamos haciendo en el cajero de un supermercado. Aprovechamos para comprar algo de fruta, un bien escaso en este país y especialmente si quieres evitar pagarla a precio de oro (no hay más que ver la cantidad de fruta que te ponen dentro de los menús o a que precio está en los puestecitos de la calle).

Por la noche los niños amenazan con llevar a Fani al inframundo del restaurante habitual. Ésta se rebela y decide cambiar de lugar. Nos vamos al restaurante Komefuku, situado muy cerca del principio de la calle Pontocho (en su zona norte). Resulta ser todo un descubrimiento. Pidas lo que pidas está todo buenísimo: la tempura, el edamame (las judías verdes), la carne, … Mención especial para el sashimi y la salsa que lo acompaña. Jordi no deja ningún trozo y eso que se pide la ración grande. La salsa especial que lo acompaña está de cine. Y no veas lo crujientes y sabrosas que están las ¡patatas fritas! Disfrutamos los 4 y nadie se acuerda de las aventuras del inframundo. ¡De la que se ha librado mamá Fani!



30 de junio de 2019

EL CASTILLO DE HIMEJI

Nuestro segundo día en Kyoto amanece lluvioso. Pero no esa fina lluvia que suele caer por las mañanas de forma intermitente. Llueve a cántaros de buena mañana y no parece que vaya a parar. Consultamos la previsión metereológica: nos dice que está previsto que deje de llover a eso de las 12:00 hrs. Miramos perplejos el cielo: realmente parece poco probable. Pero decidimos arriesgar. ¿Qué otra opción tenemos? No hemos venido a Kyoto a ver museos, y menos con nuestras fierecillas. Decidimos coger el tren JR y hacer una excursión a Himeji para explorar su castillo. ¡Para chulos, nosotros!
Cogemos el metro hasta la estación de Kyoto; sorprende ver la cantidad de gente que hay a pesar de que son las 09:00 de la mañana de un domingo. En la estación de Kyoto cogemos un tren bala JR que hace escala en Himeji. El viaje dura menos de una hora. Vamos mirando por la ventana durante todo el trayecto: no deja de llover en ningún momento. Sorprende descubrir que Himeji es una ciudad muy grande. Nada más salir de la estación ya podemos verr una calle principal muy larga con el castillo al fondo. Aunque sigue lloviendo mucho y no pensamos desistir en nuestra empresa tan fácilmente, decidimos continuar con nuestra tentativa, sólo que tomamos una calle paralela a ésta que está cubierta, la Otemae Street. Se trata de un boulevard amplio, lleno de tiendas y restaurantes. No somos muy amantes de los centros comerciales, especialmente si estamos viajando, pero con la lluvia que cae es la mejor opción posible. Optamos por pararnos a tomar algo en una cafetería: dentro hace un frío que pela ( qué bien que funcionan los aires acondicionados en este país…) pero el local es amplio, lo tenemos para nosotros solos y… ¡sirven café! Y a Fani se lo tunean ( no puede ser más feliz ).



Nos dan las 12:00 hrs y miramos fuera: ¡la gente ya no lleva paraguas! Salimos de la cafetería y, efectivamente, ha dejado de llover. Nada más salir del boulevard comercial ya damos con una plaza que empieza a llenarse de turistas (debían estar esperando igual que nosotros) y empezamos todos a hacer fotografías como locos de las vistas del castillo. ¡Y eso que está bien lejos!
A medida que vamos acercándonos al castillo se mantiene la mejoría del tiempo; parece que el sol asoma entre las nubes. ¡Vaya suerte la nuestra! Hay poca cola y nos adentramos en el recinto amurallado del castillo en un santiamén. Nos habían dicho que el castillo de Himeji era uno de los castillos más espectaculares de todo Japón y en efecto constatamos que es verdad. Recibe al apodo de “la Garza Blanca”: muchas teorías se han escrito al respecto, pero la que tiene más peso es la relacionada con el color blanco del yeso exterior. Un yeso que, además, no es sólo decorativo sino también ignífugo, algo muy importante si tenemos en cuenta que el castillo fue construido en madera. Empezamos la visita: nada más entrar en el recinto torcemos enseguida a la izquierda y nos metemos dentro de una de las murallas exteriores. Nos hacen descalzar y subir un piso para poder recorrer uno de sus largos pasadizos interiores (esto de caminar descalzos hace siempre muy felices a nuestros niños). El recorrido es una auténtica gozada y nos vamos encontrando con un montón de agujeros o sama en los muros que servían para disparar flechas o lanzar todo tipo de proyectiles sobre los hipotéticos asaltantes. 


Después volvemos al patio exterior y empezamos a adentrarnos en el interior del recinto para dirigirnos hacia la torre principal. El camino es un auténtico espectáculo pasando por un laberinto tanto de puertas como de pasadizos que estaba diseñado para confundir a los enemigos. Poco a poco nos vamos acercando a la torre principal. Las murallas presentan forma de abanico; esta cualidad hacía que fueran muy difíciles de escalar y era un aspecto muy característico de los castillos samuráis. En los techos destacan tejas planas onigawara decoradas con los emblemas de la familia regente (hay hasta 8 emblemas diferentes) y unos hermosos amuletos shachihoko (animal del folclore japonés con cabeza de tigre y cuerpo de carpa que antiguamente se creía que atraía la lluvia para poder luchar contra los incendios).



Y finalmente llegamos al Tenshu o torre principal, la imagen más conocida del castillo. Los niños empiezan a estar algo cansados y es que para llegar hasta aquí hemos tenido que vencer un desnivel importante. Además, empieza a hacer bastante calor. A diferencia del castillo de Osaka, el interior no ha sido modernizado y ni está climatizado ni tienes un ascensor para subir hasta arriba. Con 30 metros de alto, tiene 6 plantas (la primera es subterránea). Hay que descalzarse de nuevo (llevas los zapatos en una bolsa de plástico pues no se sale por el mismo sitio por donde se entra). Hay un recorrido de subida y otro para bajar (con escaleras para cada recorrido). Nos llama la atención la buhardilla del segundo piso con muchos estantes de armas en las paredes. Los pilares centrales de sujeción son imponentes. Finalmente llegamos hasta la última planta desde la que disfrutamos de unas vistas espectaculares de la ciudad desde sus ventanas. Desde aquí se pueden ver de cerca los shachihoko con más detalle. 



Los niños llegan bien, la verdad es que el asalto al castillo ha resultado ser todo un éxito. Les felicitamos y les damos agua. Iniciamos la bajada que es mucho más sencilla. Se portan como unos campeones. Ya en la plaza central, justo enfrente del castillo, exploramos un pozo de agua y tomamos las mejores fotos de la torre principal.




Como se mantiene el sol, decidimos realizar nuestra segunda visita estrella del día: los jardines Koko-en. Son más de las 14:00 hrs y toca comer pero los restaurantes del boulevard comercial están algo alejados y la previsión nos dice que el tiempo cambiará a peor a partir de las 15:00 hrs. Optamos por intentar hacer una visita rápida. Afortunadamente, una vez pasamos por taquilla descubrimos que hay un restaurante dentro y con precios más que razonables; no nos lo tenemos que pensar mucho para decidir entrar. El menú es correcto y, lo más importante, a los niños les encanta (hay tempurita de pescado y noodles). Reponemos fuerzas y nos lanzamos a explorar los jardines con un sol radiante (¡vaya potra estamos teniendo!). Los jardines fueron diseñados en 1992 para celebrar el centenario de la ciudad de Himeji (nosotros pensábamos erróneamente que eran los jardines del castillo) y se trata de un complejo de 9 jardines tradicionales japoneses de gran belleza. El que más nos gusta es el que nos encontramos nada más salir del restaurante y es que durante la comida ya lo habíamos empezado a disfrutar a través de las ventanas. Cuenta con un gran estanque donde hay un montón de carpas y un puentecito que lo atraviesa. Los niños empiezan a desmadrarse y lo recorren a sus anchas: un saltito por aquí… una carrerita por allá… un poco de escondite… ¡y qué bonitas son las carpas! Menos mal que hay poca gente… Los siguientes complejos (están todos muy bien delimitados y pasas del uno al otro atravesando muros) tampoco tienen desperdicio: hay un montón de riachuelos y caminos de piedra por todas partes. Hay un jardín con bonsáis y otro de flores; éste último es especialmente espectacular pues está todo florecido en pleno verano. Finalmente, el último jardín es el de bambú, en el que podemos ver una gran variedad de bambúes de diferentes tipos. Los niños se lo pasan genial durante toda la visita y, para que engañarnos, nosotros también. Y es que hace un solazo que no veas y ya tocaba, la verdad.





Cuando terminamos la visita son más de las 16:00 hrs y damos por terminada nuestra experiencia en Himeji. Volvemos a la estación de tren evitando el boulevard comercial y, por el camino, merendamos. 
Por la noche vamos a cenar al mismo restaurante que las 2 noches anteriores. Y es que entre que estamos cansados y con lo que nos costó aprendernos como funcionaba el menú de la Tablet (el saber también hay que amortizarlo) no tenemos ganas de complicarnos más. La curiosidad del local es que para ir al WC tienes que bajar al sótano: sigue siendo un comedor – restaurante con clientes pero es todo más oscuro. Bajo con David y Laura y nos imaginamos que estamos entrando en una mazmorra del Zelda al inframundo. El ascensor de subida se queda bloqueado (es lo que tiene apretar todos los botones a la vez) pero David lo reactiva utilizando su báculo de hielo. ¡Y es que la imaginación de los niños (papá incluido) no tiene límites!

29 de junio de 2019

KYOTO: LAS PUERTAS DE ORO Y PLATA

Como ya sabíamos que Kyoto era un destino sencillamente espectacular decidimos dedidarle un montón de días. Y es que hay hasta un total de 17 monumentos declarados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO dentro de la ciudad. Y eso sin incluir que hay más de una excursión más que recomendable que se puede hacer escogiéndola como base de operaciones. Un último cambio en la ruta inicialmente prevista, nos da un día más en Kyoto. Teníamos previsto ir a Magome y alojarnos allí, pero los desplazamientos nos suponían demasiado tiempo y hemos preferido invertirlo en Kyoto. 

Para el primer día decidimos empezar a explorar la ciudad y más concretamente la zona norte de Higashiyama, uno de sus mayores puntos turísticos. Como nos hemos levantado algo tarde y no queremos complicarnos mucho la vida volvemos a pillar un taxi para ganar algo de tiempo. El día nuevamente está nublado; una constante desde que llegamos a Japón. La verdad es que no deja de ser una ventaja pues hace que haga menos calor y nuestros peques lo agradecen.

Nuestra primera parada es uno de los platos estrella del día: la visita al Ginkaku-ji o al pabellón de Plata, un templo budista zen. Fue construido en 1474 como retiro de un shogun (Ashikaga Yoshimasa); éste quiso imitar la belleza del templo Kinkaku-ji (todo recubierto de láminas de oro) que había construido su abuelo años antes (y que exploraremos otro día). Pero el shogun no pudo recubrirlo de láminas de plata (como era su intención inicial), así que no vemos plata por ningún lado. De la visita llaman la atención 2 puntos clave: el primero es el edificio principal o Kannonden y el segundo el espectacular jardín seco de arena blanca. El Kannonden no se puede visitar pero lo puedes admirar desde el exterior; pabellón de 2 estilos diferentes: planta baja japonesa y 1er piso tradicional chino. En el jardín destaca un enorme cono de arena y combina muy bien con la belleza del templo. 


Al seguir el recorrido llegas a un jardín de musgo precioso, todo lleno de riachuelos y estanques con islotes, piedras y puentes, además de una gran variedad de plantas y vegetación. Hay un caminito que te permite ascender por la ladera de la montaña y alcanzar un promontorio desde el que se disfrutan las vistas tanto del recinto como de la ciudad de Kyoto.






A nuestros peques no les ha hecho mucha gracia la visita y están más que aburridos. Tenemos un primer intento de rebelión y decidimos regalarles un par de monederos para guardar los yenes que se vayan ganando durante el viaje por buen comportamiento. El truco funciona y los ánimos en el grupo vuelven a aumentar (esto es como una montaña rusa).
Toca seguir caminando pues el segundo punto de interés que nos encontramos supone recorrer el Camino de la filosofía o Tetsugaku no michi; se trata de una preciosa ruta de aproximadamente 2 km de largo que discurre paralela al estrecho canal Shishigatani y que forma parte del sistema de canales que llegan hasta el lago Biwa. El camino está precioso, pero debe ser sencillamente espectacular con los cambios estacionales primaverales y otoñales, ya que está lleno de cerezos. El camino obtuvo su nombre del filósofo japonés Nishida Kitaro (1870-1945), quién solía meditar en esta zona de camino a la Universidad de Kyoto. A lo largo del paseo hay muchas pequeñas tiendas de artesanía y cafeterías, además de desvíos a muchos templos y santuarios. 



Nosotros decidimos no tentar la suerte ya que nuestras fierecillas están tranquilas con sus juegos imaginarios y como ha salido el sol el calor empieza a apretar. De hecho, al terminar el camino son más de las 13:00 hrs y, como los ánimos empiezan a decaer, Fani decide parar en una cafetería a comer. La decisión no puede ser más acertada: aire acondicionado revitalizador, comida sencilla pero apetitosa (sándwiches para los papis y unos estupendos espaguetis con tomate y bacon para los niños) y 2 interesantes perritos muy simpáticos que la anfitriona del local no duda en mostrar y dejar acariciar por nuestros peques. Se dibujan de nuevo unas enormes sonrisas en la cara de nuestros niños aunque claro (como era de esperar) después se quieren llevar a los perritos a España. Cuando les decimos que no puede ser entonces intentar convencernos a la desesperada que tenemos que ir a comer a esa cafetería todos los días mientras dure nuestra estancia en Japón. ¡Y nosotros con la gota en la cara!

Nuestra tercera visita del día es el templo Eikando o Zenrinji, un templo budista japonés. La visita supone una verdadera sorpresa pues el recinto es bastante grande y hay muy poca gente visitándolo a esas horas (son más de las 14:00 hrs). El templo lo conforman una gran variedad de edificios que sí se pueden visitar; para hacerlo hay que descalzarse. 





Descubrimos que a nuestros peques no solamente les encanta hacerlo sino que también disfrutan correteando por el templo a sus anchas juntos; la verdad es que ya nos va bien para poder ir también a nuestro aire, aunque no mola tanto cuando se quedan rezagados, especialmente David (y es que conforme avanzamos vamos descubriendo que el conjunto de edificios es mayor de lo que parece a simple vista y todos están interconectados entre si por pasarelas). En la parte posterior unas escalinatas te conducen a un mirador elevado en la ladera de la montaña donde nos sentamos a contemplar las vistas que nos ofrece de la ciudad de Kyoto. Al acabar David se ha vuelto a quedar rezagado jugando al escondite y tenemos que ir a buscarlo. Fani lo encuentra algo lloroso sentado en unas escaleras. 

Aprovechamos para consolarlo y recordarle que no debe perdernos de vista. Laura nos recuerda que llevan las pulseras mágicas identificativas con nuestro teléfono y que no pasa nada si se pierden. Acabamos la visita recorriendo los jardines del recinto y su bonito estanque (con David pegado a nuestro culo literalmente).

Nuestra siguiente parada del día es el templo Nanzen-ji aunque más que un templo podemos describirlo como un enorme recinto con diferentes puntos de interés que puedes recorrer libremente y sin tener que pagar entrada, salvo para visitar determinados lugares.  Es uno de los templos zen más importantes de Japón y aquí sí que encontramos bastante gente por todas partes. Lo primero que vemos al entrar es su impresionante puerta Sanmon que fue construida en 1628; se puede subir a la parte más alta a través de unas escaleras de madera pero decidimos no hacerlo porque hay que pagar entrada y nos da pereza después de haber disfrutado ya de las espectaculares vistas que nos ofrecía el mirador del templo Eikando. A la derecha nos encontramos una gran construcción en forma de acueducto que data del período Meiji (1868-1912) y que servía para llevar el agua del Lago Biwa a la ciudad de Kyoto y pasa por las instalaciones del templo. La verdad es que desentona bastante con el resto de la estética del lugar. El templo Nanzen-ji se encuentra al lado del acueducto y está abierto al público; aquí si pagamos la entrada para visitarlo. El templo en sí no nos llama mucho la atención, pero sí su precioso jardín zen con estanque y cascadita. Hay un pequeño sendero que lo rodea y todo es realmente hermoso.






Llegados a este punto se me ocurre la idea de pasear por la cuesta Keage, decisión bastante discutida por los integrantes del grupo: los niños ya están hartos de caminar tanto y a Fani no le llama la atención. Se trata de una vía que conectaba los canales de Kyoto con el cercano lago Biwa donde colocaron raíles para que los barcos superaran el desnivel que había entre la zona oriental del canal y pudieran transportar mercancías. La entrada está muy cerca de la parada de metro de Keage (está señalizada) y desde ese punto afortunadamente no es ninguna cuesta; se inicia el recorrido desde la cima y lo que haces es descender. Como Laura hace rato que está cansada de caminar va a caballito de su papi. La verdad es que no deja de sorprendernos la capacidad que tienen de caminar: la cuesta Keage nos deja en el canal de Okazaki, desde donde decidimos regresar caminando hasta nuestro alojamiento haciendo un pequeño desvío para merendar en una cafetería y tener una primera toma de contacto con el barrio de geishas de Gion. ¡En total nuestros peques han caminado un total de 15 kms! ¡Son unos verdaderos campeones!