21 de agosto de 2020

FOZ DE LUMBIER, EN LUMBIER!

De buena mañana acabamos de hacer las maletas y nos subimos en el coche para irnos hacia el reino de Navarra. Por el camino planificamos una excursión a la Foz de Lumbier. Cometemos el error (garrafal) de anotar el enclave a visitar en el navegador... Foz de Lumbier no es lo mismo que Lumbier. Y el navegador coge el camino más corto aunque se trate (en el 1er desvío) de una pista de hormiguón al lado de una cantera en obras o (en el 2º desvío) de una senda de montaña impracticable. Encontramos consuelo viendo como hay más coches que cometen nuestro mismo error. Finalmente caemos en la cuenta de que existe una población denominada Lumbier que se encuentra muy cerquita de la foz y que tiene paneles indicativos de sobra donde te señalizan como llegar al parking de vehículos.
Hay bastante gente pero quedan plazas libres en el parking. Te hacen pagar una tasa de 2.5 euros y puedes aparcar todo el día. En las inmediaciones hay baños públicos y merenderos. Nada más empezar el recorrido vemos que te proponen 2 rutas: una larga y una corta. Como son las 12:00 pm y estamos a 40º decidimos hacer la corta por el interior de la Foz y por un circuito muy sencillo (esta vez sí). En el camino de ida tenemos el río Irati a nuestra derecha  y la pared vertical a nuestra izquierda. Enseguida nos encontramos con un primer túnel que hace las delícias de nuestros peques (es larguito y hemos tenido la precaución de llevarnos los frontales) y también de los mayores (corre un poco de airecito y la temperatura baja unos graditos). Nada más salir nos encontramos bajando por un sendero rocoso la posibilidad de desviarnos del camino para acceder a una zona en forma de arco excavada en la roca desde donde es fácil acceder al río para bañarse. Aunque la tentación es muy grande decidimos dejarlo para más tarde.





Seguimos recorriendo la Foz por el sendero habilitado disfrutando de las vistas que son preciosas. Llaman la atención los buitres que se asoman en lo alto de las paredes rocosas observando el horizonte. Vemos algunos volando y la verdad es que es impresionante. Tras caminar un rato nos encontramos con un segundo túnel (más largo que el primero) y que vuelve a hacer las delícias de peques y papis. A la salida del túnel un desvío te ofrece la posibilidad de asomarte el Puente del Diablo (a la derecha del túnel) y una advertencia de que el camino es peligroso y que si lo tomas es por tu cuenta y riesgo. Decidimos que vaya Jordi a explorar; la verdad es que es muy cortito y si vas con cuidado no tiene mucha dificultad pero hay piedras sueltas y el acantilado (sin valla) está muy cerca, la verdad. Cuando llegas al final puedes apreciar el puente que está derruido (no se puede pasar al otro lado) y el final de la Foz formando un enorme lago. Intentamos bajar por un camino entre la arboleda con la intención de bañarnos en el lago (la verdad es que el calor aprieta de lo lindo y las ganas no faltan) pero el acceso es muy estrecho y no parece seguro. La ruta no acaba aquí pero nosotros, dado que la Foz sí, la acabamos para alivio de David y Laura que ya empezaban a poner caras de agobio. 

Desandamos la ruta en sentido inverso y, como ya es tarde, decidimos comer primero en unos de los merenderos del principio. Hay una fuente con agua fresca que permite rellenar nuestras cantimploras. Nos ponemos los bañadores y nos vamos a la zona de playa que habíamos visto al principio del recorrido. La zona es realmente muy bonita: se accede a una amplia zona en forma de cueva (¡con un montón de sombra!) desde donde hay varios puntos de acceso al río para bañarse. Es curioso ver como hay diferentes zonas: una grande por donde discurre el río (hay que ir con cuidado porque hay corriente; la zona de los mayores) y otras más pequeñas con agua más reposada (la zona infantil). El agua está congelada pero hace tanta calor que ni los papas no se lo piensan 2 veces; aunque sea por turnos para vigilar que los peques no se desmadren. David y Laura se lo pasan muy bien jugando en el borde del río aunque no llegan a mojarse completamente. La verdad es que nos lo pasamos muy bien y las risas estan garantizadas. No hay mucha gente a esa hora y se agradece.





Volvemos al coche ya que nos espera un poco más de una hora de camino todavía en dirección a nuestro siguiente alojamiento en el pueblecito de Lintzoain. Tuvimos muchos problemas para encontrar un alojamiento disponible por esas fechas cerca de la región de Irati. Y es que la región funciona con posadas y alojamientos rurales en su gran mayoría, evitando las cadenas hoteleras (lo cual es de agradecer y entendemos que tiene un mérito tremendo). Al final Fani encontró un apartamento disponible en la Posada del Camino donde nos esperan unos excelentes anfitriones (Carmen y Luis). Y decimos excelentes porque el trato es fantástico. Pasamos 3 noches allí pero ojalá hubieran sido semanas. El apartamento está perfecto y muy limpio, las medidas de seguridad por el confinamiento se cumplen a rajatabla y las comidas que hacemos con ellos (te ofrecen restauración) están exquisitas (pícnics incluidos). ¿Y no nos los podemos llevar a casa?

La primera noche cae tormenta pero ni nos enteramos porque ya estamos alojados y además es bienvenida porque refresca mucho el ambiente. Nos vamos a dormir prontito que al día siguiente toca madrugón.

20 de agosto de 2020

EL CASTILLO DE LOARRE Y EL REINO DE LOS CIELOS

En  nuestro tercer día por Loarre decidimos hacer pocos kilómetros con el coche y, aprovechando nuestra ubicación privilegiada, decidimos ir a visitar el castillo de Loarre. 

Se trata de uno de los castillos medievales mejor conservados de Europa y es una visita muy recomendable, especialmente por su emplazamiento y vistas de la hoz de Huesca. La zona está muy tranquila a nuestra llegada... ¡Qué diferente de la visita a Lacuniacha del día anterior! Aparcamos fácil muy cerca del bosque cercado que hay en la cara norte del castillo y nos sorprende ver que hay muy pocos visitantes. ¡Mejor para nosotros!

Los tickets se compran en el centro de visitantes que hay en un edificio cercano al castillo. Decidimos aprovechar que hay poca gente para hacer la visita guiada (por 7 euros en total te la incluye). La primera visita es a las 10:30 hrs; hacemos tiempo sacando unas panorámicas del castillo.

La visita empieza con un video cortito tutorial sobre la historia del castillo. Después hacemos la visita con uno de los guías; resulta más amena de lo esperado y los niños se portan muy bien. Por dentro no es tan espectacular como por fuera; la visita gana enteros si te van explicando un poco las ruinas que te vas encontrando. Al final de la misma nos espera un espectáculo de trobadores muy divertido; acabamos riendo y cantando con ellos.

Aquí se han rodado varias películas y programas: El Reino de los Cielos, el programa de Jesús Calleja - Volando voy - y un especial de Cuarto Milenio sobre cacofonías del fantasma de Violancia de Luna. Aún así, Orlando Bloom no está incluído en la entrada :)












Después de la visita hacemos el vermut en la cafetería del centro de visitantes del castillo y después decidimos irnos a comer a Murillo de Gállego con la esperanza de bañarnos en el río Gállego. Pero la verdad es que a esas horas hace mucho calor y nos encontramos muchos restaurantes cerrados (parece que el jueves es habitual que sea día de descanso por estos lares). Acabamos comiendo en una terraza al aire libre (bocatas y croquetas) y volviendo al cámping prontito para descansar sin ganas de complicarnos más la vida. Toca dencansar. 

19 de agosto de 2020

LA CUNIACHA

Nuestro segundo día madrugamos sólo un poco. Hemos decidido volver al Parque Faunístico de Lacuniacha en Biescas, esta vez con los peques capaces de ir por su propio pie. La primera vez tuvimos que cargarlos en mochilas y todavía nos acordamos. Fue en el 2013, en nuestra ruta por Francia. Laura tenía 4 meses y David casi 3 años. 

Desde Loarre tardamos una hora y media en coche. Al llegar tenemos suerte. El parque abre a las 11h y son las 11:10h. Un presentimiento nos recomienda aparcar en un pequeño parquing que hay justo antes de llegar al parquing oficial.  Sólo queda una plaza y no nos lo pensamos.

Al llegar a la entrada alucinamos con la cantidad de gente que ya hay haciendo cola. La cola es considerable y una de las trabajadoras del parque intenta que la gente mantenga la distancia de seguridad entre familias. Los coches ya no saben por dónde ir. Después de media hora de espera ( y de pensar si nos dábamos o no la vuelta ) conseguimos entrar al parque. Una vez en el interior la gente se dispersa y se nos pasa el agobio inicial. El recorrido transcurre a lo largo de unos 5 kms en mitad de un bosque repleto de helechos, abedules y pinos. Está marcado por flechas que te indican la dirección, así que es imposible extraviarse. Los animales están separados por vallas, sin embargo no esperéis jaulas ni nada por el estilo. Aquí nosotros somos los intrusos. Ellos están en su hábitat natural. Es en realidad lo que buscamos cuando intentamos ver animales. Somos antizoos por naturaleza. 

No sé qué nos gusta más: el bosque o los animales. 

De los animales no nos podemos quejar en absoluto y es que, además de los habituales del parque (ciervos, corzos, cabras, jabalíes, caballos, ...) conseguimos ver:

1. Al lince ibérico. En su jaula descansando pero posando para la cámara (la verdad es que la cámara de Fani hace verdaderos milagros).

2. Al oso pardo. Una de las novedades del parque desde nuestra última visita es el fuerte edificado donde los han ubicado. Alcanzamos a ver hasta 3.

3 . A los lobos pirenaicos. Tenemos bastante suerte pues son caros de ver y como es primera hora de la tarde vemos un grupito en movimiento. Debe ser su hora de caza. Nos enseñan sus fauces y todo (de nuevo el zoom de la cámara de Fani obra el milagro). 

A eso de las 14:00 hrs (llevamos media visita aproximadamente) conseguimos hacernos con una mesa en la zona del merendero (aunque sea sin sombra, por desgracia) y nos zampamos los bocatas en un santiamén.

Subimos al mirador del parque a disfrutar de las hermosas vistas del frente pirenaico. Nos trae recuerdos de Suiza

David y Laura no se quejan para nada y disfrutan la visita. Cámara en mano están muy atentos a los animales y hacen un montón de fotos de los animales. Ni una sola queja durante todo el recorrido. 

 









Por la tarde sorpresón para los peques: clase de hípica de 1h a los pies del Castillo de Loarre y sobre las impresionantes vistas de la llanura del Hoyo de Huesca. 

¿ Cómo se cuida a un caballo ? ¿ Cómo se le peina la cola ? ¿ Cómo se monta ? Aprendemos cosas sobre ellos en un escenario de lujo. Aquí los caballos no están encerrados en establos, viven en semilibertad. 

La profe (Aitana) instruye nuestros peques con perspicacia. Flipamos viendo cómo, en su primera clase, llegan a realizar alguna pequeña acrobacia sobre el caballo. Nuestros peques apreden rápido y acaban guiando los caballos desde la zona de entrenamiento hasta la cuadra por sí solos. Su sonrisa al finalizar la clase lo vale todo (calor y solana incluidos). 







Ha sido un día memorable para nuestros peques. Laura y David lo han disfrutado de lo lindo. David nos ha dicho que hoy ha sido " el mejor día de mi vida ".

18 de agosto de 2020

POR EL CAMINO DEL CIELO

Este año la pandemia por el virus SARS-Cov2 nos ha quitado muchas cosas. No hace falta hablar de cúantos abrazos nos hemos perdido. Eso es poco importante. A riesgo de parecer poco romántica me parece insensible quejarme de eso, teniendo en cuenta la cantidad de daños, llamémoslos, colaterales, que ha causado. Pero no quiero hablar de eso, no. Quiero dar gracias por la oportunidad de pasar más tiempo con mis hijos y de leer bajo el sol de mi terraza. 

Como todos los años, habíamos planeado unas grandes vacaciones con los peques, un gran viaje que esperará un año más ( no digo a dónde para hacerme la misteriosa ). Pero lógicamente nos hemos visto forzados a cambiar de planes. Así que hemos llenado el coche de maletas y cachibaches y hemos improvisado en menos de una semana, una ruta por los Pirineos. 

Nuestra primera estancia la hacemos en Loarre, en la provincia de Huesca, situado a los pies de la sierra y del castillo que llevan su mismo nombre. Y es que hace unos pocos días que encontramos alojamiento en un bungalow del camping de Loarre. El camping no es muy grande y además hay poca gente. De fábula. La piscina está cerrada (consecuencias del dichoso COVID) pero los niños se lo pasan de cine igualmente haciendo pequeñas incursiones por los alrededores del bungalow. No es que esté muy limpio pero la verdad es que el bungalow es muy funcional y el precio muy bueno por lo que no podemos quejarnos. Aquí estaremos un total de 4 noches; no conseguimos cenar en nuestra terracita hasta la tercera por culpa de una inoportuna lluvia vespertina la primera noche y el airecillo de la sierra la segunda).

Tras el viaje en coche del primer día, decidimos hacer una primera excursión cerca de nuestro alojamiento: optamos por explorar Los Mallos de Riglos, en el prepirineo aragonés. Estos gigantes de roca forman una muralla de hasta 275 metros de altitud y suponen una puerta natural que separa el llano (al sur) de las grandes cumbres pirenaicas (al norte). De nuestro alojamiento al pueblo de Riglos hay apenas media hora de coche. El pueblo es bien pequeño; conseguimos dejar el coche en uno de los aparcamientos que hay a la entrada. Hace fresquito así que sacamos las chaquetas y nos ponemos en marcha. De las rutas de senderismo que hay en la zona nosotros escogemos la que a priori está considerada como más sencilla y que se vendía como EL CAMINO DEL CIELO, un “agradable paseo de media jornada por una ruta circular de escasos 5 kilómetros”. ¿Suena bien, verdad?

Para encontrar el principio de la ruta, hay que dirigirse hasta un cruce de calles en el que unos carteles nos indican el comienzo de la senda. Hay que ir al este para hacerla bordeando las montañas en el sentido contrario de las agujas del reloj, que es como es más natural (aunque nos encontramos gente haciéndola en el sentido inverso). En pocos minutos salimos del pueblo y nos encontramos (al oeste) con unas bonitas vistas de los Mallos de Riglos. La verdad es que es fácil de seguir ya que está señalizada con 2 trazas de pintura de color azul; Laura se entretiene durante parte del trayecto enseñándonos orgullosa las marcas que va encontrando. El camino inicial es muy cómodo y nos conduce, tras pasar por un desvío a la izquierda, hasta unas moreras (¡riquísimas!) y a un estrecho sendero por donde empieza una subida constante, en zig zag. Es un terreno de arbustos sin sombra; así que a ponerse crema solar y a cargar en las mochilas la ropa de abrigo.


Aparte de las impresionantes vistas de Los Mallos, llaman la atención los buitres leonados que sobrevuelan la zona de forma majestuosa. Nos quedamos boquiabiertos contemplándolos. Hay muchos. 

A medio ascenso (nosotros tardamos una horita en llegar) nos encontramos un pequeño mirador con buenas vistas. Paramos a comer unos pistachos y tomamos fotografías.

El sendero sigue ascendiendo sin piedad y nuestras piernas empiezan a notarlo. Nuestro peques también; empiezan a aparecer las primeras quejas. La verdad es que lo de paseo agradable habría que revisarlo. Después de superar este segundo tramo llegamos a un prado conocido como Campo Roseta, con una bonita cabaña a nuestra derecha y el mirador de Espinabla situado a la izquierda. Las vistas son realmente impresionantes desde este punto, en la parte trasera (cara norte) de los Mallos. No sabemos decir qué llama más la atención: si las enormes moles de piedra que tenemos justo enfrente o el río Gállego surcando la inmensa llanura. En todo caso vale la pena entretenerse un rato.

Después seguimos por la senda trazada y ascendemos un rato más, aunque por un camino con mucha menor pendiente. Las quejas de nuestros peques siguen aumentando y con razón. Les habíamos vendido una agradable ruta circular de 5 kilómetros y nos tenemos que tragar nuestras palabras con patatas (o mejor dicho: CON PISTACHOS). La verdad es que se portan como unos campeones.

No tardamos en iniciar el descenso por ladera oeste. Y la verdad es que llegados a este punto se entiende perfectamente que se recomiende hacer la ruta en sentido contrario a las agujas del reloj. El desnivel es mucho más pronunciado. Es mediodía y hace un calor de mil demonios; no hay más que ver las caras de la gente que nos encontramos haciendo el ascenso. Aunque nosotros no creo que hagamos mejor cara, la verdad. Nos encontramos bastantes zonas con piedra suelta y todos sufrimos algún que otro resbalón, aunque afortunadamente, ninguno de importancia. A media bajada nos encontramos con un último mirador, situado en un pequeño promontorio de arena que nos regala unas últimas vistas de escándalo.

La parte final se hace interminable: no se puede bajar deprisa por las dichosas piedrecitas y nuestras piernas empiezan a pasarnos la factura. A Laura le salen ampollas en las puntas de los dedos de los pies durante la bajada. Le prometemos lo que quiera con tal de no tenerla que cargar a cuestas. Lo conseguimos. Sí. 

Decidimos comer en Ayerbe, situado a 15 minutos de Riglos. Llegamos hambrientos y medio desfallecidos cuando son casi las 3 de la tarde. Nos metemos sin pensarlo en el restaurante O´Callejón de Belchite y tenemos la suerte de que tengan una mesa libre disponible. Las decenas de personas que lo intentan durante la media hora siguiente no tienen tanta suerte. La comida es realmente impresionante con el cocinero y su parrillada enfrente nuestro. Nada como una excursión exigente para hacer mejor una comida de primera.

Aprovechamos nuestra parada en Ayerbe para pasar por su supermercado local y la panadería de su plaza (la Gracia Badhi) donde compramos un pan y una coca de azúcar típica de la zona para la merienda de primera.




Nuestro primer día acabamos exhaustos pero contentos con el descubrimiento del pequeño tesoro que se esconde en Riglos. 

24 de agosto de 2019

JAPÓN, EL PAÍS DE LOS SAMURAIS

Esta ha sido nuestra Ruta:

https://www.polarsteps.com/fanimartinez/1870783-japon-el-pais-de-los-samurais

Reflexiones

Ha pasado ya un mes de nuestro viaje a Japón y parece que haga una eternidad. ¡Es increíble como pasa el tiempo!

Cuando echo la mirada atrás me vienen muchos recuerdos, especialmente imágenes evocadoras y hermosas de los muchos sitios que hemos conseguido visitar. Y digo conseguir pues, como en casi todos nuestros viajes, al hacerlo por libre a nuestro aire siempre cuesta más cumplir con los objetivos marcados. Es diferente de cuando viajas programado y te lo dan todo mascado. La verdad es que nos encanta hacerlo así, aunque sea a coste de más quebraderos de cabeza, de cometer muchos errores y de dejarnos cosas por el camino. Pero la sensación de libertad que te da poder diseñar tú mismo el itinerario y poder entretenerte todo el tiempo que haga falta en hacer una determinada visita, es realmente muy gratificante. Además, con niños es lo mejor, pues puedes adecuar el ritmo a sus necesidades. Para el olvido quedan visitas programadas como la de Uxmal en Riviera Maya o madrugones como los de los safaris de Sri Lanka.

Nuestra experiencia en Japón me lleva a partir mis recuerdos en 2 y formar dos grandes bloques. Un primer bloque con grandes ciudades y otro con un Japón más rural y tranquilo. Del bloque de grandes urbes, con Tokio a la cabeza y seguido por Kioto y Osaka, me quedo con la gran cantidad de gente que vive en ellas y con las consecuencias que acarrea la sobrepoblación. Para empezar las estaciones de tren y/o metro (especialmente las primeras) son auténticas obras de ingeniería. Cual colmenas de hormigas, centenares de túneles y de escaleras mecánicas conforman ciudades subterráneas donde parece imposible no perderse. Pero realmente fue así: no nos perdimos ni una sola vez y muy pocas veces tuvimos que preguntar nada pues estaba todo muy bien indicado. Incluso sabíamos a qué vagón tocaba subirse con sólo mirar los dibujos del andén. Sólo nos perdimos en la estación de Kioto y fue porque buscábamos una oficina de cambio inexistente (acabamos cambiando la pasta en una máquina de un supermercado). Lo más bestia fue Tokio: allí hay todo un mundo subterráneo por descubrir; de hecho, cada barrio de la ciudad se articula a partir de la estación que le da nombre (Shibuya, Shinjuku, Ueno, …). En las grandes ciudades descubrimos restaurantes pequeños donde encontrábamos una barra cerca de las planchas y de los cocineros (la gente come así con total naturalidad) y un pasillo con 4-5 mesas a lo sumo, donde a veces conseguíamos sentarnos. Nos pasó especialmente en Tokio donde acabábamos escogiendo un restaurante en función del espacio interior y no de la carta (en Shinjuku directamente fue imposible encontrar un local que tuviese una mesa para nosotros, aunque era sábado por la tarde y había gente por todas partes). En Osaka nos encontramos con una situación muy curiosa: allí las calles del barrio de Dotombori constituían una carta en sí, con decenas de locales especializados en un plato en concreto y que te invitaban a picotear en medio de la calle; para el recuerdo quedan las tapas de cangrejo y las de pulpo en medio del gentío. De las grandes ciudades nos quedamos con Kioto y sus templos, especialmente los Pabellones dorado y de plata y el paseo de los filósofos, aunque nos faltó ver cerezos en flor. De Gion nos quedamos con que es casi imposible ver una Geisha (las pudimos ver de reojo subiéndose a algún coche) y que hay una enorme oferta de restauración, aunque cara. Para el recuerdo queda el intento de ascensión al Fushimi Inari con nuestros peques a cuestas (se portaron como unos campeones y conseguimos llegar muy lejos) y el precioso jardín del Santuario Heian que recorrimos en solitario y con toda la familia saltando las piedrecitas del estanque. Aprendimos algo de jardines zen en el templo Ryoanji y conseguimos ver una bonita puesta de sol desde el templo Kiyomizudera a pesar de que las obras de su edificio principal deslucieron algo la visita.

El segundo bloque de Japón, el rural, es el que realmente me permite evocar recuerdos más hermosos rodeados de una naturaleza exuberante. A la cabeza figuran Miyajima, Nara y Nikko; de los 3 nos quedamos con el primero sin dudarlo pues había mucha menos gente y, como decidimos pasar la noche allí, pudimos entretenernos más. El añadido de un templo sobre las mareas, de una bonita excursión a la montaña en funicular y de una puesta de sol sobre el gran Torii flotante hacen el resto. De Nara nos quedamos con sus ciervos, que literalmente hicieron enloquecer a nuestros peques, con el Gran Buda del templo Todaiji y con las miles de lámparas del santuario Kasuga Taisha. De Nikko nos quedamos con las tallas de sus santuarios y con los guardianes de las puertas de los mausoleos en un entorno natural muy evocador, oso incluido. Si añades la visita al pueblo de Shirakawago, los castillos de Himeji y de Matsumoto y la reserva de Monos del parque de Jigokudani nos queda el bloque más potente y preferido de los 2. En un segundo plano quedan Takayama y Kanazawa que no nos sorprendieron tanto como esperábamos, lo cual da una idea del nivel de los lugares que visitamos. Aunque no dejamos de subir a trenes, las visitas fueron más tranquilas y la gente mucho más accesible que en las grandes urbes. Eso no quita que entienden menos inglés de lo que nos pensábamos y de que, si te despistas y te da por buscar un restaurante pasadas las 14.00 hrs, te puedes llevar alguna que otra sorpresa en forma de cierre.

Alojarse en un ryokan es una experiencia más que recomendable, especialmente si tienes la suerte de encontrarte con uno regentado por lugareños y tienes el local para ti solo. Eso es lo que nos encontramos en Yudanaka y fue todo un gustazo. Se puede explorar el parque de los monos en excursión de un día desde Nagano (mucho más barato) pero si lo hubiéramos hecho nos habríamos perdido una de las estancias más mágicas de todo el viaje. Mención especial para el baño termal familiar tras la larga excursión y las excelentes cenas con que nos obsequiaron sus propietarios. ¡Y al fin conseguimos dormir como dios manda en unos futones!

El clima fue bastante agradecido. Viajar a finales de junio y la primera quincena de julio nos obsequió con el final de la época de lluvias y un tiempo en general bastante nublado que, a pesar d ela humedad reinante, hicieron que las temperaturas fueran más llevaderas y pudiéramos ir cumpliendo con los objetivos marcados sin tantas dificultades como nos imaginamos inicialmente. Eso sí, muchas veces tuvimos que ir con los chubasqueros y los paraguas en las mochilas y las visitas de los templos de Tokio y a la Tokio Skytree quedaron bastante deslucidas. Hubo días en los que hechamos de menos algo más de sol, aunque eso nos hizo disfrutar más de él los días en los que apareció, como en Shirakawago o visitando el castillo de Matsumoto sin ir más lejos. Abstenerse de viajar por estas fechas si quieres disfrutar de los cerezos de flor o de montañas nevadas.  

Del japonés en general diría que es muy educado y que suele cumplir con las normas a rajatabla. Nos sorprendió ver poca policía en los lugares públicos (a diferencia de otros países donde te encuentras hasta con militares para garantizar la seguridad). Es un país donde es muy difícil que te roben, como pudimos comprobar. No estamos diciendo que sea imposible, pero nos dio una gran sensación de seguridad. La gente es muy servicial para con el turista; en general se disculpan siempre si creen que algo puede no ser de tu agrado. El caso más bestia lo vivimos en un pequeño local cerca de la estación de Nagano, donde el chaval que nos atendía se disculpó por tardar 8 minutos en servirnos la comida. En los vagones todo el mundo suele estar en silencio y si tienes que contestar una llamada tienes que salir al espacio reservado entre vagones. En muchas ocasiones (los viajes en tren son largos) nos costó mantener callados a nuestros peques. Sentimos una sensación similar en los restaurantes, aunque algo menos ya que en silencio no comen (¡menos mal!).

En las ciudades y, especialmente en sus centros comerciales, se transforman. La fiebre consumista ha hecho mella en ellos y cuando entramos en las superficies comerciales flipamos. Van en masa y recorren los pasillos de los locales con listas donde apuntan los objetos codiciados (lo de las figuras de anime es digno de mención). Vimos gente disfrazada de personajes de anime (como no podía ser de otra manera) y colas para comprar, para pagar o incluso para coger un ascensor. El cruce de Shibuya es una metáfora de la vida en la gran ciudad y escenifica todo lo que intento transmitir. Destacar las “quedadas” de gente en las inmediaciones de las estaciones de metro, con uno o dos móviles en la mano, para jugar a juegos on line. Pudimos comprobar en primera persona como la caza de Pokemons sigue muy vigente en el país del sol naciente.

El tema de los lavabos merece una consideración especial. La verdad es que empiezo a pensar que el estado de los aseos públicos dice mucho de la gente de un país. En general estaban todos muy limpios y los había por todas partes y sin coste alguno; nada de moneditas ni señoras parapetadas a la entrada esperando con un rollo en la mano que sueltes pasta antes de entrar. Nunca faltaba de nada y estaba todo siempre perfecto. Además, la domótica estaba muy presente con botones para descargar la cisterna o para soltarte un chorrito de agua limpiador en el váter. Para sorpresa de nuestros peques hasta había botones que activaban música relajante. Y también te podías encontrar artilugios habilitados para que pudieras apoyar a tu bebé tranquilamente mientras hacías tus necesidades. ¡Para flipar! Otra cosa es el tema de la basura: nos sorprendió encontrar muy pocas papeleras. ¿Y donde tira la gente las cosas? – nos preguntábamos al tiempo que veíamos las calles limpias. Pues la respuesta es muy sencilla: la gente se lleva su basura a su casa en bolsas. Es un tema cultural: hemos recorrido países llenos de papeleras donde hay basura por todas partes. Lo mismo pasa con el hábito de fumar: en este país la gente no camina por la calle con el cigarrillo en el mano; fuman en zonas habilitadas para hacerlo en plena calle, de pie y al aire libre. No encontrábamos cigarrillos por el suelo.

Japón destaca por su oferta gastronómica. Hay de todo y de precios muy dispares. Sí diremos que si te quieres pegar un buen festín en un restaurante chulo te va a salir por un pastizal. Nosotros tuvimos que rebajar nuestras pretensiones rápidamente en cuanto vimos los precios con que se movían los locales más turísticos. Pero eso no impidió que encontráramos restaurantes con comida resultona y muy buena. Nos atrevimos con casi todo, aunque la anguila nos costó lo suyo. A los niños lo que más les gustó fueron la tempura y la carne, aunque no tuvieron problemas en atreverse con el sushi. El sashimi les fue vetado porque no lo tuvimos claro en ningún momento, aunque la verdad es que a mí me encantó y me puse las botas. Cuando se nos ocurría pedirla sólo para nosotros veíamos como los trozos de carne volaban a los platos de nuestros peques o a su boca directamente. Nos costó encontrar fruta; casi siempre teníamos que recurrir a supermercados y mercados donde sí la había en abundancia. Descubrimos que no hacía falta pedir agua mineral precintada; te la sirven de cortesía y bien fresquita en todos los locales y no tuvimos problemas de diarreas ni cosas por el estilo. De hecho, rellenábamos nuestras cantimploras con agua del grifo. La cerveza está buenísima y entra muy bien. El sake ya es más complicado por su alta graduación. Por cierto, los supermercados están por todas partes, abren las 24 horas del día (no todos, pero siempre hay alguno abierto) y tienen de todo. En algún alojamiento nos lanzamos a salir a comprar y a hacer cena familiar cocinando nosotros; destacar la de Takayama tras pasar por una carnicería y comprar carne de Hida.

He decidido concluir mis reflexiones sobre el viaje haciendo un listado de las 10 mejores visitas que hemos hecho. Pero me he dado cuenta de que no me aporta mucho hacer un listado al uso de los mejores lugares; en Internet los hay a patadas y cada persona o familia vive cada experiencia de forma diferente. He optado por escoger momentos que me vienen a la memoria y que he decidido dejar por escrito para que no me abandonen nunca; son fogonazos de vida o experiencias que habitan en mi interior y que deseo compartir.

10. El parque infantil de Osaka. Después de una dura jornada visitando el castillo y el parque que lo rodea, bajo un sol abrasador y todavía bajo los efectos del jet lag supuso todo en momentazo el parque de toboganes y columpios que había cerca de la estación de metro. Los niños (y los padres también) se lo pasaron en grande dejándose caer por un largo tobogán (ríete de Port Aventura) y sin parar de correr por todas partes. Os puedo jurar que los había visto llegar arrastrándose a la puerta del restaurante, pero de repente sacaron fuerzas de donde aparentemente no las había. ¿Cansancio? ¿Qué es eso?

9. Oso en Nikko. Habíamos estado cerca de la tragedia durante nuestra visita a Takayama, cuando nos encontramos los cárteles que prohibían la entrada al bosque alertando de la presencia de osos. Miramos con temor al frondoso bosque intentándonos imaginar si lograríamos salir por patas a tiempo, en caso de vernos atacados por uno de ellos. Pero en la ladera del monte, junto al templo principal del mausoleo de Tokugawa Iemitsu en Nikko, se nos apareció uno (a una distancia de seguridad prudencial, eso sí). Y de tragedia nada. Bien tranquilito y olfateando el suelo en busca de comida. De pelaje negruzco y bien hermoso, los turistas que estábamos allí perdimos todo interés por el mausoleo y dirigimos nuestros objetivos hacia el peludo animal. No tardaron en llegar operarios del santuario y las fuerzas de seguridad para acordonar la zona. ¡Digno de un CSI!

8. Baño termal familiar. No puedo decir que experiencia es más divertida en familia: si ver quien se mete antes o aguanta más tiempo dentro de las ardientes aguas termales o las duchas de agua congelada que nos dábamos antes de entrar o al salir. ¡Por no hablar de los barreños que los niños empleaban con agilidad para remojarse entre ellos y a nosotros a traición! Risas garantizadas. Menos mal que en el Ryokan de Yudanaka no había nadie más porque liamos una…

7. Tapa de cangrejo en Dotombori. Espectacular tapa adquirida tras pasar una larga cola en uno de los puestos más famosos del barrio de Dotombori, el del Kani Doraku. Y nos lo comimos sentados en el mismo suelo del muelle junto al río con la yuda de unos palillos. ¡Y yo que pensaba que a los niños no les gustaba el marisco! ¡Ver para creer! Casi nos comemos hasta el caparazón.

6. Puesta de sol en Miyajima. No hemos tenido mucha suerte con las puestas de sol en Japón por la climatología. Pero nos quedamos con la de Miyajima, con las preciosas vistas del Torii flotante y de unas pocas embarcaciones navegando a lo lejos en el mar. Empezamos un pequeño recorrido desde la playa y acabamos al otro extremo, tras pasar otra vez por el mágico santuario de Itsukushima.

5. Odaiba: Yurikamome, Gundam RX-0 Unicorn y Borderless Museum. De Tokio nos quedamos con la visita a la isla de Odaiba. ¿Quién se puede resistir a viajar en primera fila en el tren sin conductor de la línea Yurikamome cruzando el Rainbow Bridge? ¿O toparte con el impresionante Gundam del centro comercial Divercity? ¿Y qué me decís del espectáculo de luz y sonido del Team Borderless Lab Museum? ¡Hasta las lámparas cobran vida allí! Un auténtico pasote sólo apto para frikis. Los niños se lo pasaron genial.

4. Las patatas fritas del restaurante Komefuku. Lo de comer ha pasado a ser importante para nuestros niños en los viajes, especialmente para David. Será culpa nuestra… O quizá de los suegros… O quizá sea simplemente que les empieza a gustar disfrutar con la comida y probar cosas nuevas. Japón nos ha dado una lección de gastronomía con una cocina muy variada, sabrosa y sana. Tempura, sushi, sashimi, niguiris, carne, sopa de miso, … La lista es realmente interminable. Perdonádme, pero aquí me tengo que quedar con 2 momentazos: las cenas en el ryokan de Yudanaka (con el recuerdo de David haciendo rolls) y el restaurante Komefuku en Gion y sus platazos. Pero si un plato sobresale de entre todos (para nuestra sorpresa) fueron las patatas fritas del Komefuku. ¡Imposible resistirse a ellas! Ahora comer patatas fritas nunca volverá a ser lo mismo…

3. Las bolas de Shirakawago. En nuestro top está, como no podía ser de otra manera, la visita a la aldea de Shirakawago, especialmente al mirador y a su museo de casas al aire libre. Pero lo mejor fue cuando llegó la tarde, la gente desapareció y nos quedamos prácticamente solos recorriendo sus calles. Para el recuerdo queda el café que me tomo en una terracita con Fani mientras nuestros niños juegan en un banco de la plaza con los canguros de juguete que les han salido de la máquina de bolas. Poco importa que estén cerrando el local y es que la luz está preciosa.

2.  No monkeys. Nunca una indicación negativa pudo estar más equivocada para nuestra sorpresa y la de los turistas que nos acompañaban. De repente aparecieron los monos en el parque de Jigokudani y se pusieron a hacer “el mono”: comer, jugar, pasear sus crías, quitarse los piojos los unos a los otros, tomarse un baño termal, pelearse entre ellos… En total libertad y con nosotros en medio. Máximo respeto en un entorno alejado de los estándares consumistas habituales de los parques de animales. Visita top en un entorno top y es que el camino de llegada atravesando el bosque no tiene desperdicio alguno.

1. Cosas extraordinarias que solo pasan en Nara: lo de Nara no tiene nombre. Al final lo he puesto en primer lugar porque ha pesado mucho el brillo en los ojos de Laura y David cuando descubrieron una infinidad de ciervos recorriendo las calles y el parque de la ciudad, en total y absoluta libertad. La emoción en su rostro no tiene precio. Nosotros disfrutamos de los templos de la ciudad (bellísimos) y ellos de unos animales juguetones y pacíficos, siempre que no llevaras una galleta en la mano. Y es que las cosas extraordinarias solo pasan en Nara (cito textualmente a David).

Japón es luz, arte, tradición, gastronomía, magia, misterio, misticismo y lluvia.