19 de agosto de 2020

LA CUNIACHA

Nuestro segundo día madrugamos sólo un poco. Hemos decidido volver al Parque Faunístico de Lacuniacha en Biescas, esta vez con los peques capaces de ir por su propio pie. La primera vez tuvimos que cargarlos en mochilas y todavía nos acordamos. Fue en el 2013, en nuestra ruta por Francia. Laura tenía 4 meses y David casi 3 años. 

Desde Loarre tardamos una hora y media en coche. Al llegar tenemos suerte. El parque abre a las 11h y son las 11:10h. Un presentimiento nos recomienda aparcar en un pequeño parquing que hay justo antes de llegar al parquing oficial.  Sólo queda una plaza y no nos lo pensamos.

Al llegar a la entrada alucinamos con la cantidad de gente que ya hay haciendo cola. La cola es considerable y una de las trabajadoras del parque intenta que la gente mantenga la distancia de seguridad entre familias. Los coches ya no saben por dónde ir. Después de media hora de espera ( y de pensar si nos dábamos o no la vuelta ) conseguimos entrar al parque. Una vez en el interior la gente se dispersa y se nos pasa el agobio inicial. El recorrido transcurre a lo largo de unos 5 kms en mitad de un bosque repleto de helechos, abedules y pinos. Está marcado por flechas que te indican la dirección, así que es imposible extraviarse. Los animales están separados por vallas, sin embargo no esperéis jaulas ni nada por el estilo. Aquí nosotros somos los intrusos. Ellos están en su hábitat natural. Es en realidad lo que buscamos cuando intentamos ver animales. Somos antizoos por naturaleza. 

No sé qué nos gusta más: el bosque o los animales. 

De los animales no nos podemos quejar en absoluto y es que, además de los habituales del parque (ciervos, corzos, cabras, jabalíes, caballos, ...) conseguimos ver:

1. Al lince ibérico. En su jaula descansando pero posando para la cámara (la verdad es que la cámara de Fani hace verdaderos milagros).

2. Al oso pardo. Una de las novedades del parque desde nuestra última visita es el fuerte edificado donde los han ubicado. Alcanzamos a ver hasta 3.

3 . A los lobos pirenaicos. Tenemos bastante suerte pues son caros de ver y como es primera hora de la tarde vemos un grupito en movimiento. Debe ser su hora de caza. Nos enseñan sus fauces y todo (de nuevo el zoom de la cámara de Fani obra el milagro). 

A eso de las 14:00 hrs (llevamos media visita aproximadamente) conseguimos hacernos con una mesa en la zona del merendero (aunque sea sin sombra, por desgracia) y nos zampamos los bocatas en un santiamén.

Subimos al mirador del parque a disfrutar de las hermosas vistas del frente pirenaico. Nos trae recuerdos de Suiza

David y Laura no se quejan para nada y disfrutan la visita. Cámara en mano están muy atentos a los animales y hacen un montón de fotos de los animales. Ni una sola queja durante todo el recorrido. 

 









Por la tarde sorpresón para los peques: clase de hípica de 1h a los pies del Castillo de Loarre y sobre las impresionantes vistas de la llanura del Hoyo de Huesca. 

¿ Cómo se cuida a un caballo ? ¿ Cómo se le peina la cola ? ¿ Cómo se monta ? Aprendemos cosas sobre ellos en un escenario de lujo. Aquí los caballos no están encerrados en establos, viven en semilibertad. 

La profe (Aitana) instruye nuestros peques con perspicacia. Flipamos viendo cómo, en su primera clase, llegan a realizar alguna pequeña acrobacia sobre el caballo. Nuestros peques apreden rápido y acaban guiando los caballos desde la zona de entrenamiento hasta la cuadra por sí solos. Su sonrisa al finalizar la clase lo vale todo (calor y solana incluidos). 







Ha sido un día memorable para nuestros peques. Laura y David lo han disfrutado de lo lindo. David nos ha dicho que hoy ha sido " el mejor día de mi vida ".

18 de agosto de 2020

POR EL CAMINO DEL CIELO

Este año la pandemia por el virus SARS-Cov2 nos ha quitado muchas cosas. No hace falta hablar de cúantos abrazos nos hemos perdido. Eso es poco importante. A riesgo de parecer poco romántica me parece insensible quejarme de eso, teniendo en cuenta la cantidad de daños, llamémoslos, colaterales, que ha causado. Pero no quiero hablar de eso, no. Quiero dar gracias por la oportunidad de pasar más tiempo con mis hijos y de leer bajo el sol de mi terraza. 

Como todos los años, habíamos planeado unas grandes vacaciones con los peques, un gran viaje que esperará un año más ( no digo a dónde para hacerme la misteriosa ). Pero lógicamente nos hemos visto forzados a cambiar de planes. Así que hemos llenado el coche de maletas y cachibaches y hemos improvisado en menos de una semana, una ruta por los Pirineos. 

Nuestra primera estancia la hacemos en Loarre, en la provincia de Huesca, situado a los pies de la sierra y del castillo que llevan su mismo nombre. Y es que hace unos pocos días que encontramos alojamiento en un bungalow del camping de Loarre. El camping no es muy grande y además hay poca gente. De fábula. La piscina está cerrada (consecuencias del dichoso COVID) pero los niños se lo pasan de cine igualmente haciendo pequeñas incursiones por los alrededores del bungalow. No es que esté muy limpio pero la verdad es que el bungalow es muy funcional y el precio muy bueno por lo que no podemos quejarnos. Aquí estaremos un total de 4 noches; no conseguimos cenar en nuestra terracita hasta la tercera por culpa de una inoportuna lluvia vespertina la primera noche y el airecillo de la sierra la segunda).

Tras el viaje en coche del primer día, decidimos hacer una primera excursión cerca de nuestro alojamiento: optamos por explorar Los Mallos de Riglos, en el prepirineo aragonés. Estos gigantes de roca forman una muralla de hasta 275 metros de altitud y suponen una puerta natural que separa el llano (al sur) de las grandes cumbres pirenaicas (al norte). De nuestro alojamiento al pueblo de Riglos hay apenas media hora de coche. El pueblo es bien pequeño; conseguimos dejar el coche en uno de los aparcamientos que hay a la entrada. Hace fresquito así que sacamos las chaquetas y nos ponemos en marcha. De las rutas de senderismo que hay en la zona nosotros escogemos la que a priori está considerada como más sencilla y que se vendía como EL CAMINO DEL CIELO, un “agradable paseo de media jornada por una ruta circular de escasos 5 kilómetros”. ¿Suena bien, verdad?

Para encontrar el principio de la ruta, hay que dirigirse hasta un cruce de calles en el que unos carteles nos indican el comienzo de la senda. Hay que ir al este para hacerla bordeando las montañas en el sentido contrario de las agujas del reloj, que es como es más natural (aunque nos encontramos gente haciéndola en el sentido inverso). En pocos minutos salimos del pueblo y nos encontramos (al oeste) con unas bonitas vistas de los Mallos de Riglos. La verdad es que es fácil de seguir ya que está señalizada con 2 trazas de pintura de color azul; Laura se entretiene durante parte del trayecto enseñándonos orgullosa las marcas que va encontrando. El camino inicial es muy cómodo y nos conduce, tras pasar por un desvío a la izquierda, hasta unas moreras (¡riquísimas!) y a un estrecho sendero por donde empieza una subida constante, en zig zag. Es un terreno de arbustos sin sombra; así que a ponerse crema solar y a cargar en las mochilas la ropa de abrigo.


Aparte de las impresionantes vistas de Los Mallos, llaman la atención los buitres leonados que sobrevuelan la zona de forma majestuosa. Nos quedamos boquiabiertos contemplándolos. Hay muchos. 

A medio ascenso (nosotros tardamos una horita en llegar) nos encontramos un pequeño mirador con buenas vistas. Paramos a comer unos pistachos y tomamos fotografías.

El sendero sigue ascendiendo sin piedad y nuestras piernas empiezan a notarlo. Nuestro peques también; empiezan a aparecer las primeras quejas. La verdad es que lo de paseo agradable habría que revisarlo. Después de superar este segundo tramo llegamos a un prado conocido como Campo Roseta, con una bonita cabaña a nuestra derecha y el mirador de Espinabla situado a la izquierda. Las vistas son realmente impresionantes desde este punto, en la parte trasera (cara norte) de los Mallos. No sabemos decir qué llama más la atención: si las enormes moles de piedra que tenemos justo enfrente o el río Gállego surcando la inmensa llanura. En todo caso vale la pena entretenerse un rato.

Después seguimos por la senda trazada y ascendemos un rato más, aunque por un camino con mucha menor pendiente. Las quejas de nuestros peques siguen aumentando y con razón. Les habíamos vendido una agradable ruta circular de 5 kilómetros y nos tenemos que tragar nuestras palabras con patatas (o mejor dicho: CON PISTACHOS). La verdad es que se portan como unos campeones.

No tardamos en iniciar el descenso por ladera oeste. Y la verdad es que llegados a este punto se entiende perfectamente que se recomiende hacer la ruta en sentido contrario a las agujas del reloj. El desnivel es mucho más pronunciado. Es mediodía y hace un calor de mil demonios; no hay más que ver las caras de la gente que nos encontramos haciendo el ascenso. Aunque nosotros no creo que hagamos mejor cara, la verdad. Nos encontramos bastantes zonas con piedra suelta y todos sufrimos algún que otro resbalón, aunque afortunadamente, ninguno de importancia. A media bajada nos encontramos con un último mirador, situado en un pequeño promontorio de arena que nos regala unas últimas vistas de escándalo.

La parte final se hace interminable: no se puede bajar deprisa por las dichosas piedrecitas y nuestras piernas empiezan a pasarnos la factura. A Laura le salen ampollas en las puntas de los dedos de los pies durante la bajada. Le prometemos lo que quiera con tal de no tenerla que cargar a cuestas. Lo conseguimos. Sí. 

Decidimos comer en Ayerbe, situado a 15 minutos de Riglos. Llegamos hambrientos y medio desfallecidos cuando son casi las 3 de la tarde. Nos metemos sin pensarlo en el restaurante O´Callejón de Belchite y tenemos la suerte de que tengan una mesa libre disponible. Las decenas de personas que lo intentan durante la media hora siguiente no tienen tanta suerte. La comida es realmente impresionante con el cocinero y su parrillada enfrente nuestro. Nada como una excursión exigente para hacer mejor una comida de primera.

Aprovechamos nuestra parada en Ayerbe para pasar por su supermercado local y la panadería de su plaza (la Gracia Badhi) donde compramos un pan y una coca de azúcar típica de la zona para la merienda de primera.




Nuestro primer día acabamos exhaustos pero contentos con el descubrimiento del pequeño tesoro que se esconde en Riglos. 

24 de agosto de 2019

JAPÓN, EL PAÍS DE LOS SAMURAIS

Esta ha sido nuestra Ruta:

https://www.polarsteps.com/fanimartinez/1870783-japon-el-pais-de-los-samurais

Reflexiones

Ha pasado ya un mes de nuestro viaje a Japón y parece que haga una eternidad. ¡Es increíble como pasa el tiempo!

Cuando echo la mirada atrás me vienen muchos recuerdos, especialmente imágenes evocadoras y hermosas de los muchos sitios que hemos conseguido visitar. Y digo conseguir pues, como en casi todos nuestros viajes, al hacerlo por libre a nuestro aire siempre cuesta más cumplir con los objetivos marcados. Es diferente de cuando viajas programado y te lo dan todo mascado. La verdad es que nos encanta hacerlo así, aunque sea a coste de más quebraderos de cabeza, de cometer muchos errores y de dejarnos cosas por el camino. Pero la sensación de libertad que te da poder diseñar tú mismo el itinerario y poder entretenerte todo el tiempo que haga falta en hacer una determinada visita, es realmente muy gratificante. Además, con niños es lo mejor, pues puedes adecuar el ritmo a sus necesidades. Para el olvido quedan visitas programadas como la de Uxmal en Riviera Maya o madrugones como los de los safaris de Sri Lanka.

Nuestra experiencia en Japón me lleva a partir mis recuerdos en 2 y formar dos grandes bloques. Un primer bloque con grandes ciudades y otro con un Japón más rural y tranquilo. Del bloque de grandes urbes, con Tokio a la cabeza y seguido por Kioto y Osaka, me quedo con la gran cantidad de gente que vive en ellas y con las consecuencias que acarrea la sobrepoblación. Para empezar las estaciones de tren y/o metro (especialmente las primeras) son auténticas obras de ingeniería. Cual colmenas de hormigas, centenares de túneles y de escaleras mecánicas conforman ciudades subterráneas donde parece imposible no perderse. Pero realmente fue así: no nos perdimos ni una sola vez y muy pocas veces tuvimos que preguntar nada pues estaba todo muy bien indicado. Incluso sabíamos a qué vagón tocaba subirse con sólo mirar los dibujos del andén. Sólo nos perdimos en la estación de Kioto y fue porque buscábamos una oficina de cambio inexistente (acabamos cambiando la pasta en una máquina de un supermercado). Lo más bestia fue Tokio: allí hay todo un mundo subterráneo por descubrir; de hecho, cada barrio de la ciudad se articula a partir de la estación que le da nombre (Shibuya, Shinjuku, Ueno, …). En las grandes ciudades descubrimos restaurantes pequeños donde encontrábamos una barra cerca de las planchas y de los cocineros (la gente come así con total naturalidad) y un pasillo con 4-5 mesas a lo sumo, donde a veces conseguíamos sentarnos. Nos pasó especialmente en Tokio donde acabábamos escogiendo un restaurante en función del espacio interior y no de la carta (en Shinjuku directamente fue imposible encontrar un local que tuviese una mesa para nosotros, aunque era sábado por la tarde y había gente por todas partes). En Osaka nos encontramos con una situación muy curiosa: allí las calles del barrio de Dotombori constituían una carta en sí, con decenas de locales especializados en un plato en concreto y que te invitaban a picotear en medio de la calle; para el recuerdo quedan las tapas de cangrejo y las de pulpo en medio del gentío. De las grandes ciudades nos quedamos con Kioto y sus templos, especialmente los Pabellones dorado y de plata y el paseo de los filósofos, aunque nos faltó ver cerezos en flor. De Gion nos quedamos con que es casi imposible ver una Geisha (las pudimos ver de reojo subiéndose a algún coche) y que hay una enorme oferta de restauración, aunque cara. Para el recuerdo queda el intento de ascensión al Fushimi Inari con nuestros peques a cuestas (se portaron como unos campeones y conseguimos llegar muy lejos) y el precioso jardín del Santuario Heian que recorrimos en solitario y con toda la familia saltando las piedrecitas del estanque. Aprendimos algo de jardines zen en el templo Ryoanji y conseguimos ver una bonita puesta de sol desde el templo Kiyomizudera a pesar de que las obras de su edificio principal deslucieron algo la visita.

El segundo bloque de Japón, el rural, es el que realmente me permite evocar recuerdos más hermosos rodeados de una naturaleza exuberante. A la cabeza figuran Miyajima, Nara y Nikko; de los 3 nos quedamos con el primero sin dudarlo pues había mucha menos gente y, como decidimos pasar la noche allí, pudimos entretenernos más. El añadido de un templo sobre las mareas, de una bonita excursión a la montaña en funicular y de una puesta de sol sobre el gran Torii flotante hacen el resto. De Nara nos quedamos con sus ciervos, que literalmente hicieron enloquecer a nuestros peques, con el Gran Buda del templo Todaiji y con las miles de lámparas del santuario Kasuga Taisha. De Nikko nos quedamos con las tallas de sus santuarios y con los guardianes de las puertas de los mausoleos en un entorno natural muy evocador, oso incluido. Si añades la visita al pueblo de Shirakawago, los castillos de Himeji y de Matsumoto y la reserva de Monos del parque de Jigokudani nos queda el bloque más potente y preferido de los 2. En un segundo plano quedan Takayama y Kanazawa que no nos sorprendieron tanto como esperábamos, lo cual da una idea del nivel de los lugares que visitamos. Aunque no dejamos de subir a trenes, las visitas fueron más tranquilas y la gente mucho más accesible que en las grandes urbes. Eso no quita que entienden menos inglés de lo que nos pensábamos y de que, si te despistas y te da por buscar un restaurante pasadas las 14.00 hrs, te puedes llevar alguna que otra sorpresa en forma de cierre.

Alojarse en un ryokan es una experiencia más que recomendable, especialmente si tienes la suerte de encontrarte con uno regentado por lugareños y tienes el local para ti solo. Eso es lo que nos encontramos en Yudanaka y fue todo un gustazo. Se puede explorar el parque de los monos en excursión de un día desde Nagano (mucho más barato) pero si lo hubiéramos hecho nos habríamos perdido una de las estancias más mágicas de todo el viaje. Mención especial para el baño termal familiar tras la larga excursión y las excelentes cenas con que nos obsequiaron sus propietarios. ¡Y al fin conseguimos dormir como dios manda en unos futones!

El clima fue bastante agradecido. Viajar a finales de junio y la primera quincena de julio nos obsequió con el final de la época de lluvias y un tiempo en general bastante nublado que, a pesar d ela humedad reinante, hicieron que las temperaturas fueran más llevaderas y pudiéramos ir cumpliendo con los objetivos marcados sin tantas dificultades como nos imaginamos inicialmente. Eso sí, muchas veces tuvimos que ir con los chubasqueros y los paraguas en las mochilas y las visitas de los templos de Tokio y a la Tokio Skytree quedaron bastante deslucidas. Hubo días en los que hechamos de menos algo más de sol, aunque eso nos hizo disfrutar más de él los días en los que apareció, como en Shirakawago o visitando el castillo de Matsumoto sin ir más lejos. Abstenerse de viajar por estas fechas si quieres disfrutar de los cerezos de flor o de montañas nevadas.  

Del japonés en general diría que es muy educado y que suele cumplir con las normas a rajatabla. Nos sorprendió ver poca policía en los lugares públicos (a diferencia de otros países donde te encuentras hasta con militares para garantizar la seguridad). Es un país donde es muy difícil que te roben, como pudimos comprobar. No estamos diciendo que sea imposible, pero nos dio una gran sensación de seguridad. La gente es muy servicial para con el turista; en general se disculpan siempre si creen que algo puede no ser de tu agrado. El caso más bestia lo vivimos en un pequeño local cerca de la estación de Nagano, donde el chaval que nos atendía se disculpó por tardar 8 minutos en servirnos la comida. En los vagones todo el mundo suele estar en silencio y si tienes que contestar una llamada tienes que salir al espacio reservado entre vagones. En muchas ocasiones (los viajes en tren son largos) nos costó mantener callados a nuestros peques. Sentimos una sensación similar en los restaurantes, aunque algo menos ya que en silencio no comen (¡menos mal!).

En las ciudades y, especialmente en sus centros comerciales, se transforman. La fiebre consumista ha hecho mella en ellos y cuando entramos en las superficies comerciales flipamos. Van en masa y recorren los pasillos de los locales con listas donde apuntan los objetos codiciados (lo de las figuras de anime es digno de mención). Vimos gente disfrazada de personajes de anime (como no podía ser de otra manera) y colas para comprar, para pagar o incluso para coger un ascensor. El cruce de Shibuya es una metáfora de la vida en la gran ciudad y escenifica todo lo que intento transmitir. Destacar las “quedadas” de gente en las inmediaciones de las estaciones de metro, con uno o dos móviles en la mano, para jugar a juegos on line. Pudimos comprobar en primera persona como la caza de Pokemons sigue muy vigente en el país del sol naciente.

El tema de los lavabos merece una consideración especial. La verdad es que empiezo a pensar que el estado de los aseos públicos dice mucho de la gente de un país. En general estaban todos muy limpios y los había por todas partes y sin coste alguno; nada de moneditas ni señoras parapetadas a la entrada esperando con un rollo en la mano que sueltes pasta antes de entrar. Nunca faltaba de nada y estaba todo siempre perfecto. Además, la domótica estaba muy presente con botones para descargar la cisterna o para soltarte un chorrito de agua limpiador en el váter. Para sorpresa de nuestros peques hasta había botones que activaban música relajante. Y también te podías encontrar artilugios habilitados para que pudieras apoyar a tu bebé tranquilamente mientras hacías tus necesidades. ¡Para flipar! Otra cosa es el tema de la basura: nos sorprendió encontrar muy pocas papeleras. ¿Y donde tira la gente las cosas? – nos preguntábamos al tiempo que veíamos las calles limpias. Pues la respuesta es muy sencilla: la gente se lleva su basura a su casa en bolsas. Es un tema cultural: hemos recorrido países llenos de papeleras donde hay basura por todas partes. Lo mismo pasa con el hábito de fumar: en este país la gente no camina por la calle con el cigarrillo en el mano; fuman en zonas habilitadas para hacerlo en plena calle, de pie y al aire libre. No encontrábamos cigarrillos por el suelo.

Japón destaca por su oferta gastronómica. Hay de todo y de precios muy dispares. Sí diremos que si te quieres pegar un buen festín en un restaurante chulo te va a salir por un pastizal. Nosotros tuvimos que rebajar nuestras pretensiones rápidamente en cuanto vimos los precios con que se movían los locales más turísticos. Pero eso no impidió que encontráramos restaurantes con comida resultona y muy buena. Nos atrevimos con casi todo, aunque la anguila nos costó lo suyo. A los niños lo que más les gustó fueron la tempura y la carne, aunque no tuvieron problemas en atreverse con el sushi. El sashimi les fue vetado porque no lo tuvimos claro en ningún momento, aunque la verdad es que a mí me encantó y me puse las botas. Cuando se nos ocurría pedirla sólo para nosotros veíamos como los trozos de carne volaban a los platos de nuestros peques o a su boca directamente. Nos costó encontrar fruta; casi siempre teníamos que recurrir a supermercados y mercados donde sí la había en abundancia. Descubrimos que no hacía falta pedir agua mineral precintada; te la sirven de cortesía y bien fresquita en todos los locales y no tuvimos problemas de diarreas ni cosas por el estilo. De hecho, rellenábamos nuestras cantimploras con agua del grifo. La cerveza está buenísima y entra muy bien. El sake ya es más complicado por su alta graduación. Por cierto, los supermercados están por todas partes, abren las 24 horas del día (no todos, pero siempre hay alguno abierto) y tienen de todo. En algún alojamiento nos lanzamos a salir a comprar y a hacer cena familiar cocinando nosotros; destacar la de Takayama tras pasar por una carnicería y comprar carne de Hida.

He decidido concluir mis reflexiones sobre el viaje haciendo un listado de las 10 mejores visitas que hemos hecho. Pero me he dado cuenta de que no me aporta mucho hacer un listado al uso de los mejores lugares; en Internet los hay a patadas y cada persona o familia vive cada experiencia de forma diferente. He optado por escoger momentos que me vienen a la memoria y que he decidido dejar por escrito para que no me abandonen nunca; son fogonazos de vida o experiencias que habitan en mi interior y que deseo compartir.

10. El parque infantil de Osaka. Después de una dura jornada visitando el castillo y el parque que lo rodea, bajo un sol abrasador y todavía bajo los efectos del jet lag supuso todo en momentazo el parque de toboganes y columpios que había cerca de la estación de metro. Los niños (y los padres también) se lo pasaron en grande dejándose caer por un largo tobogán (ríete de Port Aventura) y sin parar de correr por todas partes. Os puedo jurar que los había visto llegar arrastrándose a la puerta del restaurante, pero de repente sacaron fuerzas de donde aparentemente no las había. ¿Cansancio? ¿Qué es eso?

9. Oso en Nikko. Habíamos estado cerca de la tragedia durante nuestra visita a Takayama, cuando nos encontramos los cárteles que prohibían la entrada al bosque alertando de la presencia de osos. Miramos con temor al frondoso bosque intentándonos imaginar si lograríamos salir por patas a tiempo, en caso de vernos atacados por uno de ellos. Pero en la ladera del monte, junto al templo principal del mausoleo de Tokugawa Iemitsu en Nikko, se nos apareció uno (a una distancia de seguridad prudencial, eso sí). Y de tragedia nada. Bien tranquilito y olfateando el suelo en busca de comida. De pelaje negruzco y bien hermoso, los turistas que estábamos allí perdimos todo interés por el mausoleo y dirigimos nuestros objetivos hacia el peludo animal. No tardaron en llegar operarios del santuario y las fuerzas de seguridad para acordonar la zona. ¡Digno de un CSI!

8. Baño termal familiar. No puedo decir que experiencia es más divertida en familia: si ver quien se mete antes o aguanta más tiempo dentro de las ardientes aguas termales o las duchas de agua congelada que nos dábamos antes de entrar o al salir. ¡Por no hablar de los barreños que los niños empleaban con agilidad para remojarse entre ellos y a nosotros a traición! Risas garantizadas. Menos mal que en el Ryokan de Yudanaka no había nadie más porque liamos una…

7. Tapa de cangrejo en Dotombori. Espectacular tapa adquirida tras pasar una larga cola en uno de los puestos más famosos del barrio de Dotombori, el del Kani Doraku. Y nos lo comimos sentados en el mismo suelo del muelle junto al río con la yuda de unos palillos. ¡Y yo que pensaba que a los niños no les gustaba el marisco! ¡Ver para creer! Casi nos comemos hasta el caparazón.

6. Puesta de sol en Miyajima. No hemos tenido mucha suerte con las puestas de sol en Japón por la climatología. Pero nos quedamos con la de Miyajima, con las preciosas vistas del Torii flotante y de unas pocas embarcaciones navegando a lo lejos en el mar. Empezamos un pequeño recorrido desde la playa y acabamos al otro extremo, tras pasar otra vez por el mágico santuario de Itsukushima.

5. Odaiba: Yurikamome, Gundam RX-0 Unicorn y Borderless Museum. De Tokio nos quedamos con la visita a la isla de Odaiba. ¿Quién se puede resistir a viajar en primera fila en el tren sin conductor de la línea Yurikamome cruzando el Rainbow Bridge? ¿O toparte con el impresionante Gundam del centro comercial Divercity? ¿Y qué me decís del espectáculo de luz y sonido del Team Borderless Lab Museum? ¡Hasta las lámparas cobran vida allí! Un auténtico pasote sólo apto para frikis. Los niños se lo pasaron genial.

4. Las patatas fritas del restaurante Komefuku. Lo de comer ha pasado a ser importante para nuestros niños en los viajes, especialmente para David. Será culpa nuestra… O quizá de los suegros… O quizá sea simplemente que les empieza a gustar disfrutar con la comida y probar cosas nuevas. Japón nos ha dado una lección de gastronomía con una cocina muy variada, sabrosa y sana. Tempura, sushi, sashimi, niguiris, carne, sopa de miso, … La lista es realmente interminable. Perdonádme, pero aquí me tengo que quedar con 2 momentazos: las cenas en el ryokan de Yudanaka (con el recuerdo de David haciendo rolls) y el restaurante Komefuku en Gion y sus platazos. Pero si un plato sobresale de entre todos (para nuestra sorpresa) fueron las patatas fritas del Komefuku. ¡Imposible resistirse a ellas! Ahora comer patatas fritas nunca volverá a ser lo mismo…

3. Las bolas de Shirakawago. En nuestro top está, como no podía ser de otra manera, la visita a la aldea de Shirakawago, especialmente al mirador y a su museo de casas al aire libre. Pero lo mejor fue cuando llegó la tarde, la gente desapareció y nos quedamos prácticamente solos recorriendo sus calles. Para el recuerdo queda el café que me tomo en una terracita con Fani mientras nuestros niños juegan en un banco de la plaza con los canguros de juguete que les han salido de la máquina de bolas. Poco importa que estén cerrando el local y es que la luz está preciosa.

2.  No monkeys. Nunca una indicación negativa pudo estar más equivocada para nuestra sorpresa y la de los turistas que nos acompañaban. De repente aparecieron los monos en el parque de Jigokudani y se pusieron a hacer “el mono”: comer, jugar, pasear sus crías, quitarse los piojos los unos a los otros, tomarse un baño termal, pelearse entre ellos… En total libertad y con nosotros en medio. Máximo respeto en un entorno alejado de los estándares consumistas habituales de los parques de animales. Visita top en un entorno top y es que el camino de llegada atravesando el bosque no tiene desperdicio alguno.

1. Cosas extraordinarias que solo pasan en Nara: lo de Nara no tiene nombre. Al final lo he puesto en primer lugar porque ha pesado mucho el brillo en los ojos de Laura y David cuando descubrieron una infinidad de ciervos recorriendo las calles y el parque de la ciudad, en total y absoluta libertad. La emoción en su rostro no tiene precio. Nosotros disfrutamos de los templos de la ciudad (bellísimos) y ellos de unos animales juguetones y pacíficos, siempre que no llevaras una galleta en la mano. Y es que las cosas extraordinarias solo pasan en Nara (cito textualmente a David).

Japón es luz, arte, tradición, gastronomía, magia, misterio, misticismo y lluvia.












18 de julio de 2019

EL MUNDO MÁGICO DE GHIBLI

En nuestro último día en Japón tenemos una sorpresa para nuestros peques. Hemos reservado una visita muy especial. Un lugar mágico donde la animación cobra vida y uno puede meterse dentro de un gatobus. Con salas de exposición muy interesantes, cámaras de proyección, luces estroboscópicas, bocetos, dibujos, maquetas y… ¡hasta un cine! Se trata del museo Ghibli.

Ya llevamos días preparando la visita: hemos estado viendo unas cuantas de las películas que forman parte del famoso estudio de animación. Son muy diferentes de las películas a las que estamos acostumbrados en occidente, pero no por ello han dejado de gustarnos. Lo que más nos llama la atención son la calidad de sus dibujos y las melodías de sus bandas sonoras; te transportan realmente a mundos de ensueño. No son las típicas películas en  las que los protagonistas son guapos, listos o extraordinariamente valientes. Son niños normales a los que les pasan cosas extraordinarias. No encasillan a nadie ni te empujan a la perfección. 

A los niños les han encantado y cuando les hablamos de ir a visitar el museo se muestran muy interesados. Si tuviéramos que quedarnos con una película sería la de Mi vecino Totoro, quizá la más emblemática de todas. Nuestros peques sólo piensan en conocer a Totoro y subirse al gatobus. 

Pero llegar hasta el museo no es nada fácil y la visita nos supone invertir la práctica totalidad del día. Se encuentra en el parque Inokashira, en el barrio de Mitaka, lejos del centro de la ciudad de Tokio. Para llegar hasta él nos toca recorrer la extensa red de trenes hasta alcanzar la línea Sobu y bajarnos en la estación de JR Mitaka (tardamos más de una hora). Después nos toca caminar un tramo de unos 20 minutos hasta llegar al museo; el paseo es bonito y tranquilo y no se nos hace pesado. El barrio de Mitaka es un barrio residencial lleno de casas y, como no tenemos prisa, no se nos hace largo ni pesado. El día aguanta: nublado (para variar) pero no llueve. Cuando nos acercamos al museo nos sorprende ver grupos de abuelos haciendo unas animadas clases de tenis, mientras un precioso cartel nos indique que el parque está ya cerca y que vamos en la dirección correcta.

Tampoco ha sido fácil conseguir las entradas. Y es que no se pueden comprar en ventanilla. Se compran por anticipado y sólo son válidas para un día concreto. Como nosotros hace tiempo que preparamos el viaje ya lo sabíamos y las reservamos desde España hace meses. ¿Hace meses? ¡Qué exagerados! Pues no. De eso nada. Si quieres ir al museo las tienes que reservar con 3 meses de antelación (al menos es la forma como las conseguimos). Y además no sirve hacerlo de forma aproximada: si decides ir el 18 de Julio las tienes que reservar el 18 de abril. Así va el tema. Si no, te quedas sin entradas. Además, tanto para hacer la reserva como luego para poder entrar tienes que enseñar el pasaporte. Y no son nada baratas (80 euros los 4). Tela marinera. Nos consolamos pensando que si cuesta tanto conseguirlas es porque lo que hacen es cribar a la gente para que puedan visitar el museo de forma más placentera en grupos reducidos. ¡Y una leche! ¿Grupos reducidos? ¿Qué es eso? La cola que nos encontramos al llegar es de órdago. “¡Pero si nosotros ya tenemos la entrada!” – le decimos a un empleado. Claro. Como todos los demás. Ya vemos que la visita va a ser algo movidita. Para variar.

Justo al entrar nos encontramos con una enorme figura de Totoro, uno de los personajes más emblemáticos del estudio Ghibli. Es imposible no esbozar una sonrisa nada más verlo. Ya podemos ver la enorme y espectacular casa – museo. Nuestras preocupaciones por la cola se esfuman rápido. La cola avanza deprisa. Son más de las 11:00 hrs y se confirma que pasaremos el día allí. ¡Hay tanto que ver! A medida que vamos entrando en la casa nos invade la sensación de que estamos dentro de una historia de animación: puertas pequeñas que sólo pueden ser cruzadas por niños, paredes curvas que crean una atmosfera única, escaleras de caracol, ascensores de otros tiempos, pasarelas, … Realmente es como entrar a un mundo de ensueño.



Aviso. No se pueden hacer fotos dentro. 
Empezamos visitando la planta baja. Allí hay una de sus exhibiciones permanentes: una enorme sala donde se nos enseña como se las ingeniaban para hacer que los dibujos cobraran vida. Con una serie de paneles y cajas con múltiples dibujos y mediante el empleo de efectos estroboscópicos, vemos como las imágenes cobran vida. Es realmente mágico. Nuestros niños flipan. Y nosotros también. La sala también muestra diferentes cámaras de proyección y te enseñan cómo se mostraban las imágenes en las salas de cine antes de la llegada de la época digital. Es alucinante ver una diminuta imagen de un dibujo proyectada en movimiento y a gran escala en la pared de enfrente. Es como viajar al pasado.

Al salir de la sala nos dirigimos a la sala de cine. Sí, tienen una. Es la sala Saturno con capacidad para unas cien personas. En esta sala proyectan cortos distintos, realizados por Hayao Miyazaki y son exclusivos para el museo (no los puedes ver en otra parte). Hacen proyecciones cada media hora. Como hay tanta gente decidimos ponernos enfrente de la puerta de la sala de cine a hacer cola con suficiente antelación (unos veinte minutos). En nada ya tenemos gentío detrás. Conseguimos entrar los primeros y nos situamos en primera fila, expectantes. Hemos visto un cartel a la entrada indicando la proyección del día y se trata ni más ni menos que del corto de Mei y el gatobús, toda una primicia. El corto nos transporta rápidamente a la película de Totoro, con los mismos personajes y la misma banda sonora: en él, Mei se encuentra con un pequeño gatobús del que no tarda en hacerse amiga con ayuda de un caramelo. No tardarán en emprender un mágico viaje a las profundidades del bosque a encontrarse con otros gatobuses y con su antiguo vecino: Totoro. La película es muy visual y casi no hay idioma, por lo que no nos cuesta seguirla a pesar de que está en japonés (no hay subtítulos). Dura unos diez minutos y se pasa en un suspiro. ¡Un pasote!

Después subimos a las plantas superiores para proseguir la visita del museo. Subimos por la escalera de caracol (sólo es de subida) y nos plantamos en otra de sus exposiciones permanentes: la recreación del estudio donde Hayao Miyazaki trabajaba. Está todo recreado con total fidelidad: mesas, libros, estanterías, lápices, pinturas, acuarelas y centenares de bocetos de sus animaciones y películas más famosas por todas partes. Hay magia en todas partes. 

Después nos damos cuenta de que empezamos a tener hambre y decidimos comer en la cafetería del museo (son casi las 14:00 hrs). Hay gente por todas partes, pero con un poco de paciencia y de mano dura de Fani conseguimos sentarnos en una mesita en la terraza exterior con unos frankfurts, unas patatas fritas y agua fresca. Es hora de cargar pilas.





Nuestra siguiente parada es una sala de exhibición temporal. En ella se nos muestra a través de dibujos que recrean escenas de las películas del estudio, como se tratan las sombras y se van incorporando al dibujo para crear una imagen más real. Nos muestran primero el boceto del personaje (o personajes) que lo conforman. A partir de él, te van mostrando otros bocetos donde van incorporando diferentes elementos como paisajes naturales, lluvia y, finalmente, las sombras. Vemos diferentes ejemplos extraídos de diferentes películas como Mi vecino Totoro, Porco Rosso o La princesa Mononoke. Es muy chulo. Lástima que las explicaciones sólo estén en japonés, aunque te haces una idea igualmente. Como esta parte interesa algo menos a nuestros peques decidimos pasar a una sala con más sustancia para ellos: la sala del Gatobus, el sueño de cualquier niño que haya visto la película de Mi vecino Totoro. Se trata de una sala donde hay una recreación del famoso gatobus en el que los niños (repito: SÓLO los niños) se pueden montar y jugar con los makkurosuke (las bolitas de polvo con ojos) que hay por ahí esparcidas. Hay una pequeña cola y un par de empleados del museo que regulan el acceso y vigilan que hacen las fierecillas dentro del autobús. Tanto David como Laura disfrutan la experiencia un montón.

Después subimos a la terraza superior, a la que se accede por una escalera de caracol de hierro forjado donde nos encontramos con una estatua a tamaño real (unos 5 metros) del robot de la película El Castillo en el Cielo. Imposible no quererse fotografiar a su lado. De nuevo tenemos que hacer cola para poder hacerlo en exclusiva. Rápidamente se pone a llover y bajamos después de hacer las fotos y de echar un rápido vistazo.



Empezamos a pensar en acabar la visita (llevamos cerca de 5 horas dentro). Imposible no pasar por su tienda; les habíamos prometido a nuestros peques comprarles algún regalito. Tanto David como Laura se lanzan sobre los muñecos de peluche y, para nuestra sorpresa, escogen un par de gatobuses antes que a Totoro. ¡No nos extraña! ¡Hoy hemos tenido sobredosis de gatobus!

El camino de vuelta a la estación de tren se pasa en un suspiro: ha dejado de llover, ya no hay gente y los niños van emocionados jugando con sus peluches. En la estación decidimos merendar antes de salir. Compramos unas pastas en una panadería y nos las intentamos comer en un Starbucks con los cafés y unos vasos de leche. A mí me pillan comiéndome un donut de chocolate y me lo tengo que acabar fuera. La vuelta nos supone de nuevo coger unos cuantos trenes y más de una hora de trayecto. Llegamos al hotel a media tarde y nos ponemos, con gran pesar, a hacer las maletas. Y es que, colorín colorado, nuestro viaje toca a su fin.

Para la cena guardamos una última sorpresa: hemos localizado un restaurante cerca del hotel donde preparan parrilladas de carne a un precio moderado. Tienen un menú infantil muy completo (con ese Fani cenaría) y la carne está tierna y buenísima. Yo y Fani nos pedimos el filete más pequeño; menos mal porque son enormes. Vienen con arroz, maíz, ensalada y sopa de miso. Añadimos refrescos y cerveza y nos queda una última cena deliciosa. Un broche final gastronómico a la altura de un país donde (y cito textualmente a David) “la comida es de 10”.


No nos queremos extender con el día siguiente: los viajes de vuelta son pesados (ya no llevas la emoción de la ida) y se nos hace eterno. Volvemos vía Amsterdam con la compañía KLM (como a la ida). Los horarios se cumplen a rajatabla y la comida es más que decente, aunque llega un momento en que no sabes si está comiendo, cenando, desayunando o volviendo a cenar. Al llegar a Amsterdam ya llevamos 11 horas de vuelo, pero encontramos una sala de juegos con avión a escala incluido donde los niños se desahogan entre risas y pegan una buena sudada.

Sí recordar una pequeñita e insignificante confusión (¡Oh my god!) con el aeropuerto de Tokio. Resulta que salimos desde el de Narita, como bien sabe Fani. Cuando yo ayudé a escoger el hotel me alegré un montón porque teníamos tránsfer gratuito al aeropuerto internacional. “¡Qué montón de preocupaciones nos ahorramos!” – pensé inocente de mí. “¡Esta vez tendremos un inicio de viaje a nuestra altura!” – rematé, infeliz de mí. Que poco podía imaginarme que cuando el conductor del autobús del hotel nos dejaba en el aeropuerto de SALIDAS INTERNACIONALES, no se refería al de Narita. Al llegar ya vemos que nuestro vuelo no figura en ningún panel de salida. Pensamos que es demasiado pronto y que lo anunciarán más tarde. No es hasta pasados 20 minutos que empezamos a tener la mosca detrás de la oreja y que Fani va al mostrador de información a preguntar.

Fani: “Estamos en Haneda”
Jordi: “¿Haneda?”
Fani: “Este no es nuestro aeropuerto. Salimos desde Narita”
Miro el reloj: son las 08:15 hrs y el vuelo sale a las 10:30 hrs. “¿Narita? ¿Y eso por dónde queda?” Entro en pánico. 
Fani: “Está a 80 kilómetros de aquí. En la otra punta de Tokio. Me han explicado donde se compran los billetes del autobús que nos lleva hasta allí y que sale en 20 minutos”
Jordi: “¿Autobús? Ni en broma. ¡A coger un taxi! Y ya podemos cruzar los dedos que si hay retenciones no lo conseguiremos”
Fani: no discute. 
Conclusión: 234e 

La historia finaliza bien, afortunadamente, después de cometer este error propio de principiantes. ¡Parece mentira! ¡Con la experiencia que tenemos! Encontramos un taxi rápido. Las retenciones están en el otro sentido de circulación. ¡Vaya potra! Llegamos en poco más de una hora y la broma nos cuesta la friolera de 234 euros. Y no lo voy a negar: es la vez que he pagado con más alegría y satisfacción un pastizal así a un taxista. ¡Casi le doy un abrazo! Fani consigue rápido un ventanal priority de facturación y no hay colas significativas (¡vaya potra!) ni en el control de seguridad ni en el de inmigración. Nos acaban “sobrando” quince minutitos para tomar una especie de desayuno, aunque a mí no me entra nada. ¡Todavía tengo un nudo en el estómago!

¡Buen viaje, señor Spock!


17 de julio de 2019

ODAIBA Y LA MAGIA

Nuestro penúltimo día en Japón nos tiene reservada una visita muy especial: la de la isla artificial de Odaiba, situada en la bahía de Tokio. Hemos decidido pasar el día entero allí para no agobiarnos y poder disfrutar de un montón de atracciones turísticas. Además, amanece soleado. ¡Ya era hora!

La mejor manera de llegar a Odaiba es utilizar la línea de tren Yurikamome que une Shimbashi con Toyosu y que cuenta con un recorrido con varias paradas en Odaiba. Como ya tenemos decidido pasar el día allí y pensamos usarlo varias veces, compramos el pase de un día para poder subir y bajar las veces que queramos y sin tener que preocuparnos de volver a pasar por caja más veces. Es una línea un tanto peculiar comparada con otros trenes de la ciudad. En efecto, está completamente automatizada y no hay conductor. Además, la ruta está completamente descubierta, por lo que las vistas son realmente espectaculares. Conseguimos sentarnos en los asientos delanteros del primer coche y resultan una auténtica pasada: como no hay conductor, tienes la visión frontal del recorrido sólo para ti y eso es alucinante. Los niños no pueden dejar de mirar y señalarlo todo. Llega más gente con el mismo propósito, pero nosotros ya tenemos la posición tomada. Lo más espectacular es cuando el tren atraviesa el Rainbow Bridge, por su moderno monorraíl. El ambiente es tan futurista que parece que estés en otro planeta.


Nos bajamos en Daiba para nuestra primera parada, la visita al edificio de la Fuji TV, obra del arquitecto japonés Tange Kenzo en 1996. El diseño futurista del edificio no tiene desperdicio, con su revestimiento de aluminio y sus 25 plantas. Empezamos la visita accediendo a las plantas inferiores por unas escaleras mecánicas muy largas y cubiertas por una estructura acristalada. Allí nos espera una figura de gran tamaño de Laugh-Kun, el simpático perro azul que sirve de mascota a la Fuji TV y con el que volveremos a cruzarnos más veces a lo largo de la visita. Nuestros peques ya nos piden la foto con él nada más verlo. Compramos unas entradas para poder visitar el mirador Hachitama, situado en lo más alto del edificio y que ocupa su reconocible esfera. Subimos en ascensor y llegamos al mirador. No es muy alto, pero nos ofrece unas preciosas vistas de la bahía de Tokio y de la zona de Odaiba. Con día despejado no perdemos la ocasión de recrearnos con otra sesión de fotos panorámicas.  Además, se me acerca una simpática empleada del local y me da unas gafas de sol para que éste no me deslumbre durante la visita. ¡Que considerada! La esfera tiene 32 metros de diámetro, pesa 1200 toneladas y se sitúa a 123 metros del suelo. El mirador es de 270 grados y está orientado a la bahía, principalmente.  El Rainbow Bridge se ve precioso desde allí. Cuando terminamos la visita y nos disponemos a bajar Fani me pregunta de donde he sacado las gafas de sol. Yo le digo que me las han dejado para hacer la visita. Entonces miro alrededor y veo que nadie las lleva. O soy el único al que se las han ofrecido (poco probable) o es que se han pensado que eran mías. Votamos por lo segundo. Se las devuelvo a la empleada que me mira con cara de extrañeza. Tierra trágame. Bajamos a la planta 24 donde deambulamos por los pasillos del interior del edificio. No es que haya nada especial que ver pero desde sus ventanales puedes apreciar mejor la esfera y tienes vistas de la parte de la bahía que no se ven desde el mirador.



Los niños salen emocionados con tanta modernidad en un precioso día soleado. ¡Pobrecitos! ¡No saben que hoy les esperan muchas más sorpresas!

Cruzamos a pie la isla (no tardamos más de 15 mins en línea recta de costa a costa) y llegamos al centro comercial DiverCity que no nos interesa en absoluto. Sí nos interesa su entrada donde se encuentra el espectacular Gundam de Odaiba, el RX-0 Unicorn (el modelo actual es de septiembre del 2017). Se trata de una impresionante estatua de 19.7 metros de alto que hace las delicias de niños y no tan niños. Cuando llegamos ya hay mucha gente por sus alrededores. Los niños flipan, claro. Descubrimos que faltan apenas 20 minutos para que empiece una de las sesiones de luz y sonido, la de las 13:00 hrs, en la que el Gundam cambia a modo Destroy. Decidimos hacer tiempo entrando al Gundam Café donde hay una tienda de souvenirs donde no podemos resistirnos a comprarles unas figuritas Gundam a nuestros peques y una camiseta para mí. Esperamos sentados a que empiece el espectáculo; los niños aprovechan para montar sus figuritas y jugar un rato. La sesión empieza y apenas dura un minuto, pero sorprende ver como se mueven algunas de sus piezas y, efectivamente, el robot cambia de posición (o más concretamente, de modo de ataque).


A esas horas el hambre empieza a apretar y decidimos ir a comer. Como no tenemos ganas de entrar en ningún centro comercial optamos por regresar caminando de nuevo al otro extremo de la isla para obsequiar a nuestros peques (¡vaya día que llevamos!) con unas hamburguesas hawaianas en el restaurante Kua´Aina. Están buenísimas, especialmente la de aguacate con sus patatas fritas. Los precios son ajustados y desde el restaurante seguimos disfrutando de vistas de la bahía. Al salir nos encontramos con la réplica de la Estatua de la Libertad. Es muy curiosa de ver, no porque sea espectacular (sus dimensiones son diminutas en comparación con la original) sino por la sensación de que algo no encaja al verla. Lo curioso es que en realidad es una réplica de la estatua que hay en el río Sena en París, no una réplica de la de Nueva York.


Para la tarde tenemos una sorpresa muy especial para todo el grupo: la visita al museo de arte digital Team Lab Borderless. Este museo de arte digital utiliza proyectores digitales para crear obras de arte animadas que se mueven por las paredes, el suelo y el techo en un espacio de 10000 metros cuadrados y es toda una sensación en la ciudad. Nosotros tenemos las entradas reservadas desde España y basta con enseñar el código QR que nos envían por mail la noche previa al día de la reserva. Dejamos nuestra mochila en una taquilla de la entrada y entramos a explorar un mundo virtual de luz y sonido que no deja indiferente a nadie. Nada más entrar nos explican que la visita es libre y que no hay un recorrido en concreto. No hay mapas, reglas ni límites. Nunca habíamos estado en un sitio así. Se trata de ir caminando libremente y de ir descubriendo las diferentes salas y exposiciones al azar. Pronto descubrimos que esta forma especial de visita tiene sus ventajas e inconvenientes. Las ventajas son que como hay TANTÍSIMA gente por todas partes, ésta se reparte enseguida por el museo y no tienes la sensación de hacer cola todo el rato. La segunda es que a los niños les encanta hacer de guías y llevarnos de un sitio para otro y eso les hace ser protagonistas. La desventaja es que, como todo está oscuro y hay poca señalización, enseguida empiezas a caminar por zonas donde ya has estado mientras intentas encontrar las exposiciones más destacadas. Como Fani ya viene estudiada, tiene fijado entre ceja y ceja recorrer una sala con lámparas suspendidas en el techo que van cambiando de color y una enorme sala con una cascada de luz. La segunda la encontramos rápido, afortunadamente. Lo difícil es poder hacerle una fotografía. Y es que la gente no para de hacerse selfies y estropea la experiencia de los demás. La verdad es que pronto descubrimos que, con tanta gente por todas partes, la visita pierde sentido. No entendemos para qué hay que reservar las entradas si luego entra todo el mundo (es como cuando vamos a Port Aventura) y porqué motivo permiten hacer fotografías, lo cual ralentiza mucho tanto la visita como el visionado de las obras.

No tardamos en toparnos con una primera cola; como es bastante larga y ya hemos explorado gran parte del museo, deducimos que debe ser para entrar en la sala de las lámparas de Fani. Avanza muy despacio y “perdemos” cerca de 45 minutos en ella (¡ni que fuéramos a subir al Dragon Khan!). Al final descubrimos que no es la de las lámparas: se trata de una sala donde te tumbas en una red suspendida (como una tela de araña) y ves un espectáculo de luz y sonido de aproximadamente 5 minutos de duración. La experiencia no está nada mal, sino fuera porque este mismo espectáculo ya lo hemos visto y sin colas en otra sala ( pero sin tela de araña ). ¡Rayos y truenos!




Fani empieza a desesperarse, pero intentamos animarla. La sala de las lámparas no puede estar muy lejos. ¡Nos queda la segunda planta por explorar! Descubrimos que llegar hasta ella no es nada fácil, pero utilizando el ingenio y gastando un poco más de tiempo lo logramos. Allí nos encontramos con una zona del museo donde el visitante puede interactuar más con el entorno. De hecho, hay zonas especialmente diseñadas para que los niños jueguen: desde colchonetas, hasta toboganes y globos. Hay ballenas, lagartijas, peces y flores que se mueven por el suelo, por las paredes y por el techo. Imposible atraparlas. Nos sorprende sobretodo una zona donde puedes crear diferentes animaciones en un mural que interactúan de diferente forma con las animaciones que han creado otros. Es muy curioso, la verdad. En esta sala David y Laura pasan un buen rato. Al final los tenemos que “obligar” a salir y es que el tiempo pasa más deprisa de lo que nos pensamos y seguimos sin dar con la sala de las lámparas. 



Después de seguir recorriendo la 2ª planta llegamos a la conclusión de que la sala allí no está y volvemos a bajar a la planta principal a volver a “probar suerte”. Esta vez optamos por hacer trampas (la sala se ha convertido ya a estas alturas de la visita en una “cuestión de estado”) e interrogamos a una de las empleadas del museo sobre su ubicación (foto del móvil en mano). Y es que ya no estamos para tonterías. Llegamos finalmente al lugar y nos encontramos con una pequeña cola. Los niños empiezan a estar irritados. Logramos convencerles: la cola es corta y al acabar nos iremos. Acceden. Lo que no saben (nosotros tampoco) es que esta primera cola te permite acceder a una 2ª zona de espera donde un auténtico gentío espera pacientemente su turno para acceder a la dichosa sala, con perdón. La zona de espera es como las de Port Aventura, con vallas que separan interminables carriles zigzagueantes repletos de gente. ¡Es desesperante! Pero esto es ya una cuestión de estado, repito. Hay que entrar en la sala sea como sea. Invertimos más de media hora. Cuando logramos entrar nos dan apenas 5 minutos de tiempo y nos ponemos como locos a recorrerla. Realmente es muy chula y merece mucho la pena, pero es bastante agobiante para que engañarnos. ¡Misión cumplida Gorbat!




Cuando salimos del museo son más de las 18:00 hrs. ¡Hemos estado dentro más de 3 horas! ¡Para flipar! Estamos cansados y sedientos. Decidimos merendar algo en el centro comercial. Compramos unas chocolatinas en un súper y entramos en un Starbucks a por leche fría para los niños y cafés para los papis. Nos tomamos un merecido descanso.

Decidimos acabar nuestra visita de la isla de Odaiba disfrutando de la puesta de sol cerca de su playa con vistas al Rainbow Brige y la bahía. Lo de playa es un decir porque nos encontramos con una inmensa valla que te impide acceder a ella y hasta con un vigilante incorporado. El acceso está prohíbido y el baño también. Las luces empiezan a encenderse y vemos un montón de barcazas encima del agua con música y turistas dentro disfrutando de una entrañable experiencia y… ¡puajjj! ¡Qué horror! ¡Odiamos los tours organizados! ¡Vámonos de aquí!



Recorremos un rato el paseo marítimo y su enorme oferta lúdica y de restauración. Pero optamos por iniciar el camino de regreso para cenar cerca de nuestro hotel. Estamos cansados, hemos merendado tarde, los precios son altos y no queremos llegar tan tarde como ayer. Volvemos a subir al moderno tren de la Yamanote Line pero esta vez la experiencia no es tan “auténtica” como por la mañana; el tren viene repleto de gente (para variar) y viajamos enlatados. Aunque el día nos depara una ultima sorpresa: desde los ventanales del tren y abriéndose uno paso entre el gentío, asoma una luna llena enorme y preciosa con su reflejo sobre la bahía y el Rainbow Bridge iluminado. ¡Sería precioso en otro contexto! Pero la realidad de Tokio nos engulle. ¡Bienvenido al mundo real! ¡Haber tomado la pastilla azul!