8 de julio de 2019

SHIRAKAWA-GO: RETORNO AL PASADO

Hoy nos espera uno de los platos fuertes del viaje. Se trata de la visita a la aldea de Shirakawago, en el valle del río Shogawa. Para llegar hasta ella no nos sirven nuestros JR Pass (por primera vez en este viaje). Se llega con autobús: compramos los billetes en la estación de Kanazawa y viajamos con la compañía Hokuketsu Bus (tanto a la ida, como a la vuelta). No podemos escoger los horarios si queremos ir juntos: nos dan a las 09:40 hrs (salida) y las 17:30 hrs (vuelta). Los horarios nos van bien, y hemos tenido suerte pues eran de las últimas plazas que quedaban disponibles (¡y eso que estamos en temporada baja y las compramos con 24 hrs de antelación justo a nuestra llegada a Kanazawa!). El de la tarde es el último autobús que quedaba para volver (¡a las 17:30 hrs! ¡Para flipar!).


El viaje dura casi una hora y media con unas vistas de las montañas de la región de Gifu sencillamente espectaculares. Los niños van mirando por la ventana al principio con cierta curiosidad, pero acabamos utilizando partidas de cartas y caza de Pokemons en el móvil para entretenerlos.
Nada más llegar a la estación (el autobús iba lleno) decidimos subir a ver las vistas desdel el mirador de Shiroyama. Queda al norte de la aldea y muy cerca de donde nos deja el bus. Llegamos enseguida subiendo por una cuesta poco pronunciada, aunque repleta de insectos. Las vistas son espectaculares: desde el mirador te haces una idea de como es la aldea: la atraviesa el río Shogawa y la mayor parte de casas están en su margen occidental, aunque también las hay al otro lado. 




Se trata de casas de estilo tradicional gassho-zukuri: tejado triangular hecho de paja y muy inclinado, para soportar el peso de la abundante nieve que cae en esta zona en invierno (de hecho, su nombre gassho hace referencia a la imagen de 2 manos en oración). Nos sorprende lo grandes que son. Hace un sol radiante: ¡ya era hora! Quizá se trate del día más indicado para que salga así que mejor no nos vamos a quejar…



Nos tomamos un tentempié con los niños ( a lo picnic en la montaña) y bajamos a explorar la aldea. Hacemos un primer recorrido tranquilos y paseando, sin un rumbo claro. Hay gente, pero no agobia. Podemos comprobar que la mayor parte de casas tradicionales están destinadas al turismo: unas son museos y se pueden visitar, otras son tiendas de recuerdos o restaurantes y otras se emplean como alojamientos tradicionales. Vemos unos lugareños reparando el tejado de una de ellas. La aldea tiene arrozales en la zona norte (¡nos vienen recuerdos de Vietnam!). Atravesamos la aldea y llegamos hasta el río, donde hay un puente suspendido.



Decidimos visitar el mueso Gassho Zukuri Minka-en en su margen oriental, muy cerca de la zona de aparcamiento de autobuses (otro de los encantos de la aldea es que no está permitido el tránsito entre las 09:00 hrs y las 16:00 hrs). 
Se trata de un museo al aire libre donde hay varias casas tradicionales de distintas zonas de la región, que fueron trasladadas aquí para salvarlas de su desaparición. Son las 13:00 hrs y no hay casi nadie por esa zona así que se puede decir que hacemos la visita prácticamente en solitario. Es muy recomendable pues las casas están muy bien conservadas y te permiten conocerlas por dentro y también aprender cómo debía ser la vida en ellas. Para entrar en ellas hay que descalzarse (ya vemos el brillo en los ojos de nuestros peques…) y las hay de varias plantas; en una de las más grandes puedes subir hasta el tercer piso. Algunas están amuebladas de forma tradicional, mientras que otras tienen exposiciones muy interesantes (herramientas para trabajar el campo, colección de trineos para transportar mercancías, fotografías en blanco y negro, …). En una casa tienen hasta una maqueta a escala de una casa. Lo miramos todo embobados, niños incluidos. 



El recorrido exterior tampoco tiene desperdicio e incluye un molino de agua, una cascada con un estanque con piedrecitas (¡tenemos momento Humor Amarillo con los peques, aunque afortunadamente sin caída al agua!) y otro estanque lleno de ranas con todas sus formas evolutivas desde que son renacuajos (los niños flipan).






Tardamos un poco más de una hora en visitarlo y, como son más de las 14:00 hrs, decidimos irnos a comer. Encontramos un local en el centro del pueblo que tiene  una máquina de pompas de jabón para llamar la atención de los clientes. Tienen carta en inglés y los turistas españoles que están dentro nos dicen que han comido bien (ya están pagando). Apenas tenemos que esperar 5 minutos para que nos podamos sentar en una mesa. La comida está muy buena: los niños se comen unas hamburguesas con arroz y nosotros unos platos de ternera encebollada sobre una base de arroz y con sopa de miso que está para chuparse los dedos. El camarero que nos atiende (tiene pinta de ser el propietario) es muy amable e incluso les regala unas galletas a los niños. Hemos tenido suerte: resulta que cerraban a las 15:00 hrs (nos encontramos el closed ya puesto a la salida del local).



Después de comer, seguimos explorando la aldea. Decidimos visitar el templo Myozenji pero resulta que está cerrado. Al lado hay una casa tradicional que se puede visitar y no nos lo pensamos 2 veces que se ve muy grande. Hacemos el recorrido y nos gusta mucho, aunque nos hacen 2 fotos y nos intentan venderlas por 1500 yenes – unos 12 euros (¡ya estamos con las turistadas! ¡qué poco nos conocen!). La visita tiene una sorpresa: hay un pasillo por el que accedes al templo Myozenji desde dentro y la verdad es que es muy chulo. Ahora entendemos porque está cerrado: para que entres, pagando la consabida entrada, por la casa de al lado (¡otra turistada! ).




Al salir son apenas las 16:15 hrs y nos encontramos con que todo está cerrando y la gente empieza a marcharse. Además. Como son más de las 16:00 hrs empiezan a circular coches por la aldea de lugareños transportando mercancías o huéspedes que llegan para pasar la noche. Ya no podemos entrar en más casas, pero optamos por caminar tranquilamente desandando el camino a la estación de autobuses y disfrutando de la aldea sin gente. Conseguimos tomarnos un café en un local que justo cierra tras pagar (nos lo tomamos en la terraza mientras van recogiendo). A los niños les hemos comprado unos juguetes en la máquina de bolas y nos dejan tranquilos un rato. Un rato corto, eh!!
Nos imaginamos cómo debía ser la vida aquí en el pasado y no podemos dejar de pensar en su dureza, especialmente en invierno. Pasear por aquí ha sido como un retorno al pasado ( quitando el rollo puestecitos para turistas ). Lo que más nos ha impactado es ver que aquí vive gente sin demasiados lujos ni comodidades. 

Nos recreamos con las vistas y saboreamos el tiempo que nos ha hecho (quizá sea nuestro primer día de solazo en Japón).








En el autobús de vuelta Laura cae rendida y duerme todo el trayecto encima de Fani. Yo juego a cartas con David que ha aprendido un montón y me gana casi todas las partidas. Al llegar estamos tan cansados (y son sólo las 19:00 hrs) que decidimos ir al hotel y cenar allí. 

7 de julio de 2019

LOS SAMURAIS DE KANAZAWA

Empleamos la mañana del domingo 07 de julio en desplazarnos de Takayama a Kanazawa: de nuevo en tren y con nuestro JR Pass. El primer tren nos deja en Toyama en hora y media. El segundo en Kanazawa en apenas 20 minutos. La estación de tren de Kanazawa es una auténtica pasada desde un punto de vista arquitectónico: ultramoderna y con espacios enormes. Destaca la puerta Tsuzumi en el lado este de la estación con forma de gran torii (aunque un tsuzumi en japonés es un tipo de tambor con forma de reloj de arena). Por detrás de la puerta está la cúpula Montenashi: una estructura acristalada que cubre gran parte de la estación. 



Nos alojamos en un hotel de la cadena Mystays Premier, que está muy cerca de la estación y que nos da una habitación enorme con 2 camas grandes en la 10ª planta. Como llegamos a la hora de comer optamos por hacerlo en su cafetería (tienen un menú occidental a base de pasta y hamburguesas muy resultón y con un precio decente) para hacer tiempo y poder irnos a visitar la ciudad con el chek inn hecho (es a partir de las 15:00 hrs).

Para moverse por la ciudad empleamos autobús. En la estación hay de muchos tipos, pero nosotros nos subimos al que entra con el JR Pass y que para en la parada número 4. Como es tarde y ya sabemos que en Japón todo cierra muy pronto, decidimos ir a explorar el antiguo barrio de samuráis de Nagamachi. Recorrerlo supone un retorno al pasado en toda regla. Nos recuerda mucho a lo experimentado recorriendo el casco antiguo de Takayama. Encontramos muchas casas antiguas rodeadas de muros arenosos (no olvidemos que se trataba de residencias de samuráis) con grandes puertas de entrada y tejados tradicionales. Muchas de las residencias se pueden visitar, pero son más de las 16:30 hrs y nos encontramos con que la mayoría cierra entre las 17:00 y las 17:30 hrs. Optamos por ir directos a la casa Nomura-ke, que viene destacada en las guías. Está restaurada y nos muestra cómo era la vida de los que allí vivían en una época en la que los samuráis eran importantísimos para el país. Del edificio destaca su arquitectura y jardín interior. Como curiosidades te encuentras una espectacular armadura samurái nada más entrar y una exposición cuando llegas al final con cartas (traducidas al inglés, menos mal) de agradecimiento por los servicios prestados de los lugareños de la ciudad. Como la visita se hace descalzo, los niños la disfrutan más. Es curioso cómo esto de corretear por pasillos descalzos les mole tanto. Están tan acostumbrados ya que en cuanto ven las señales y los estantes para colocar el calzado se ponen manos a la obra sin necesidad de que les digamos nada.





Cuando acabamos la visita están cerrando y, como es lógico, ya no tenemos tiempo de entrar en más casas. Optamos por dar un paseo por el barrio sin prisas y tranquilamente. Bueno lo de “tranquilamente” es un decir; nuestras fieras están hoy desatadas y no paran de chincharse todo el rato. Intentamos entretenerlos dejándoles hacer fotos o grabándoles divertidos vídeos mientras saltan por la calle con la función “slow motion” activada.

Salimos del barrio y optamos por volver al hotel a pie. Por el camino, nos encontramos por causlidad con el Santuario Oyama. Destaca  su puerta principal y su jardín (éste último tiene un estanque con islas artificiales y puentes muy bonito). El problema es que hay insectos por todas partes y Fani opta por finiquitar la visita deprisita.


Cenamos a medio camino en una cafetería con terraza cerca del mercado de Omi-cho, que a esas horas tiene una apariencia fantasmagórica con todos los puestecitos cerrados. Dispone de menú occidental y no tenemos ganas de complicarnos; tienen fish and chips para nuestros peques y con eso nos basta.
Del resto de calles que recorremos antes de llegar al hotel llaman la atención sus amplias avenidas y sus modernos edificios. Supone un gran contraste con el barrio de samuráis que acabamos de visitar. Kanazawa es una ciudad donde queda claro, empezando por su estación de tren (nos encontramos la puerta Tsuzumi iluminada), que hay una gran diversidad cultural y arquitectónica; como en muchas otras ciudades, pero quizás en ésta está llevado a extremo.

6 de julio de 2019

LOST IN KYOTO Y OSOS EN TAKAYAMA: ¿ALGUIÉN DA MÁS?

Apurando nuestras últimas horas en Kyoto, decidimos visitar un último templo. Nuestra combinación de trenes no arranca hacia Takayama hasta las 14:00 hrs, así que nos queda parte de la mañana para emplearla en una última visita. Nos decididimos por el Santuario Heian Jingu, que nos queda muy cerca del alojamiento y tiene muchos puntos de interés. No olvidemos que es el templo que decide visitar Scarlett Johanson en la peli Lost in Translation.
Llegamos caminando desde el alojamiento tras dejar las maletas de nuevo en una consigna de la estación de metro (tardamos veinte minutos). Accedemos por la zona del canal Okazaki, tras toparnos (casi por accidente, pues el Google Maps nos indica que aún quedan unas decenas de metros para llegar hasta el templo) con su gran gran torii rojizo. Se trata de una de las mayores puertas sintoístas de acceso de todo Japón, mide 24.2 metros de alto y la distancia entre los 2 pilares es de 33.9 metros. Nos sorprende ya que además por debajo pasa una avenida asfaltada con tráfico de coches. Después de caminar un rato más, llegamos a la puerta Öten-mon, de color bermellón y tejas verdosas (ocupa 2 pisos). Entramos en el complejo del templo y nos encontramos con un patio muy amplio, flanqueado por puertas y salones laterales, de estructura muy parecida al santuario exterior. Si avanzas por el patio accedes a una plataforma superior que divide de alguna manera el complejo en 2 partes y te permite llegar al propio santuario y su templo interior. 






Cuando ya estamos próximos a marcharnos nos acordamos de la película de Lost in Translation: ¿Y dónde están los jardines por los que se pasea Scarlett? ¿Y el caminito de piedras? Es entonces cuando nos fijamos mejor y, muy cerca del árbol de los deseos, encontramos una taquilla que te permite visitar los jardines del santuario. 



Pero un momento… ¿árbol de los deseos? ¿Y eso que es? Resulta que en Japón existe la tradición de comprar en los templos y santuarios los omikuji: se trata de pequeños papeles que te encuentras doblados o enrollados y que predicen el futuro y la fortuna. Algo así como una lotería divina. Así, realizas na pequeña ofrenda (la cuantía varía según el templo) y obtienes tu omikuji. Hay templos (como en Fushimi Inari) donde extraes de un recipiente hexagonal una varilla de bambú que tiene un número que te indica de qué caja tienes que sacar tu omikuji. Y aquí viene la emoción del tema: las predicciones pueden ser de buena o de mala suerte y encima hay de diferentes grados: pequeña, media o grande. La creencia popular dice que si te toca un omikuji que predice la mala suerte debes atarlo a un árbol ubicado en el templo o santuario porque de esta manera la mala suerte se quedará atrapada esperando en el árbol y, por lo tanto, los dioses se la llevarán consigo y la alejarán de ti. Por otro lado, si te toca un omikuji que predice la buena suerte tienes 2 opciones: o bien lo guardas y lo llevas encima o bien lo dejas atado también en el templo o santuario para que tenga un mayor efecto. Curioso.

Los jardines del santuario son una auténtica gozada y los disfrutamos un montonazo. Hay muy poca gente y el clima acompaña (como viene siendo habitual estos días: tiempo nublado con algún rayo de sol y poco calor). Con árboles, riachuelos y estanques por todas partes, el recorrido es muy agradable. Los niños se lo pasan muy bien. Especialmente cuando encontramos el famoso caminito de piedrecitas del estanque. Esto más que Lost in Translation, más bien parece Humor Amarillo… Acabamos la visita atravesando su precioso puente, donde las parejas vienen a hacerse reportajes fotográficos matrimoniales (de hecho, justo cuando nos marchamos, llega una pareja con un equipo entero de fotógrafos. ¡Ni que fueran a rodar una película!).

Nos vamos caminando a la estación de Kyoto después de recuperar nuestras maletas. Nos da pena marcharnos de la ciudad… ¡hay tanto que ver aquí! (y eso que hemos estado un total de 7 noches…).

Nuestra siguiente parada es Takayama, en plenos Alpes Japoneses. Para llegar hasta ella tenemos que coger 2 trenes. El primero nos deja en Nagoya en 40 minutos. Después nos subimos al limited express Wide View Hida que tarda 2 horas y media en llegar a Takayama (su destino final es Toyama). Durante el trayecto disfrutamos de las vistas de los Alpes Japoneses.

Tardamos apenas un cuarto de hora en llegar al apartamento que tenemos reservado; muy básico y sin lujos, pero tiene todo lo necesario y 2 plantas (la Tomato House Takayama). En la segunda hay un pequeño salón – comedor con tatamis donde los niños establecen su zona de juegos. Además, esta vez sí tenemos de todo para cocinar. Los peques están tan a gusto que nos piden que nos quedemos a cenar. Por el camino hemos pasado por una carnicería donde venden la reputada carne de Hida. Además, hemos flipado un poco con los precios de los restaurantes tras echar un vistazo a los menús desde la calle. A nuestros niños no les cuesta mucho convencernos, la verdad. Hacemos la carne y la acompañamos de arroz. ¡Nos queda todo muy bueno! Además, nos hemos podido hacer con fruta y hemos conseguido un meloncito que está para chuparse los dedos. Acabamos la velada en el salón – comedor echando unas partidas con los peques con un juego de mesa de los que ofrece la casa. Nos lo pasamos muy bien, aunque Laura lleva muy mal lo de perder.

El día siguiente lo tenemos íntegro para visitar Takayama. Empezamos el recorrido visitando el templo Hida Kokubun-ji que tenemos a menos de 5 minutos caminando (ya pasamos por delante el día anterior). Es uno de los más antiguos de la ciudad: llama la atención por su pagoda de 3 pisos. Es pequeño y se visita rápido: dentro hay un patio interior muy tranquilo y un árbol gingko de más de 1200 años que no nos cabe en el objetivo de la cámara. 



Después pasamos por el centro de Takayama; tras atravesar uno de los muchos puentes que atraviesan el río Miyagawa, acabamos visitando el mercado matinal que hay en su margen oriental. Es muy recomendable ya que venden de todo (flores, verduras, encurtidos, artesanía, …). Como son las 11:00 am ya está un poco de capa caída, pues muchos puestos han vendido ya parte de su género (abren a las 06:00 am y cierran a las 12:00 pm). A nosotros lo que más nos entra por la vista son las verduras. Ayer fruta y hoy verdura: ¡lo que uno puede llegar a echar de menos cuando está lejos de su casa! Compramos pepino, tomates y guisantes. Y también unas cortezas de sésamo artesanal que están buenísimas. Después volvemos a pasar por la carnicería de ayer y lo dejamos todo en el apartamento. Los niños vuelven a estar entusiasmados con la idea de volver a quedarnos a cenar en casa.



Nuestro siguiente objetivo es ir al este y recorrer un buen tramo del Higashiyama Walking Corse: se trata de un recorrido de aproximadamente 4 kms de largo que conecta el área de templos de Higashiyama con el parque Shiroyama. Son casi las 13:00 pm y no tenemos previsto hacerlo entero. Centramos nuestros esfuerzos en recorrer la Teramachi o ciudad de los templos. Consiste en recorrer pequeños senderos que atraviesan la ladera este de la montaña con distintos planos de inclinación y trozos asfaltados y otros no. Está todo muy bien señalizado y te vas encontrando los diferentes templos que conforman la ruta. Sale barato: no hay que pagar entrada en ningún sitio. A esas horas hacemos el recorrido prácticamente solos. Apenas nos encontramos 10 turistas y algún que otro empleado faenando por allí. La mayor parte de templos y santuarios de la zona fueron construidos por Kanamori Nagachika (1524-1600) que, echando de menos la belleza de la ciudad de Kyoto, decidió construir varios templos en la zona elevada al este de Takayama imitando así la zona de Higashiyama en Kyoto. No nos sorprende tanto, la verdad. Los templos son todos bastante pequeñitos en comparación con los de la gran urbe; es posible que sorprenda más a los viajeros que hacen el recorrido por el país nipón a la inversa y dejen Kyoto para después. Aún así vale la pena. 



Casi todos los templos siguen el mismo patrón: puerta de acceso, campanario, zona de abluciones, altares y salones y el templo o edificio principal. Está todo hecho en madera. Nos llama la atención especialmente el santuario Higashiyama Hakusan Jinja en lo alto de la ladera ya que el camino para llegar pasa por en medio de una zona de bosque muy chula (también pasamos por un cementerio) y con vistas a Takayama (es el más pobre en construcciones, aunque se construyó en el año 720 y es el más antiguo del complejo). También nos llama la atención un altar budista del templo Daiouji donde se escenifican con todo tipo de detalles morbosos los innumerables castigos que esperan en el inframundo a los pecadores; fijaos si nos impacta la cosa que tanto yo como Fani vamos por turnos evitando que los niños pasen por allí. 



La visita la acabamos en el templo Soyuuji. En total son un total de 10 templos, pero se visitan bastante rápido y están muy cercanos entre sí. Durante la visita empezamos a encontrar cárteles (de hecho, nos encontramos un empleado poniendo uno) alertando de la presencia de osos en la zona y la necesidad de extremar las precauciones. Tanto yo como los niños intentamos ocultárselo a Fani, pero acaba enterándose igualmente: serpientes en Miyajima y ahora osos en Takayama… ¡esto se pone cada vez más interesante!





Son más de las 14:00 hrs y decidimos comer algo. Por el camino nos encontramos con un pequeño local especializado en “rice balls” (bolsa de arroz rellenas y envueltas con algas). Las pedimos de salmón y carne. La acompañamos con unas sopas de miso. ¡Están riquísimas! Pero se quedan sin arroz (¡manda huevos!) y me quedo sin poder repetir…
Decidimos entonces pasear un rato por el casco viejo de Takayama: lo conforman 3 calles con casas perfectamente preservadas del período Edo que te transportan a otro tiempo. Realmente la sensación es impresionante. La zona a las 15:00 hrs de la tarde está muy animada y hay gente por todas partes. Las casas ahora funcionan como museos, galerías de arte, tiendas de artesanía y de recuerdos o cafeterías. Decidimos entrar en diversas tiendas, especialmente para admirar su estructura interior, aunque también conseguimos comprarle a Fani unos pendientes y un collar muy chulos y a buen precio en una tienda de bisutería. Aprovechamos también para entrar en una cafetería – heladería donde nos pegamos un buen homenaje, que ya tocaba.




Decidimos explorar la zona sureste de Takayama y le echamos un vistazo al puente Nakabashi, de hermosa factura. Después subimos por una cuesta que te lleva al parque de Shiroyama, con la idea de completar la ruta de los templos desde el otro lado. El problema es que justo cuando llegamos arriba (¡no veas con la pendiente!) nos encontramos con el acceso vallado y los famosos carteles de la presencia de osos en la zona así que tenemos que suspender la visita. Nos queda el consuelo de que el recorrido nos ofrece unas vistas muy bonitas de Takayama.





Al volver nos encontramos con que los comercios empiezan a cerrar. Miramos el reloj… ¡pero si son las 17:15 hrs! En apenas 15 minutos todo está cerrado y las calles se convierten en un solar. ¡Como en una peli del oeste! Sólo falta la bolita… Ahora entendemos porque nadie duerme la siesta aquí…
Decidimos volver a casa antes de lo previsto. ¡Los niños están encantados con la idea! Cenamos en el apartamento y jugamos otro torneo familiar de juegos de mesa. ¡Y tan contentos!

4 de julio de 2019

KYOTO INTERMINABLE

Nuestro 5º día en la ciudad exploramos el Santuario de Fushimi Inari, situado al sur de la ciudad de Kyoto. Para llegar hasta él, utilizamos la misma línea de trenes JR que el día anterior para ir a Nara, sólo que en lugar de coger el Rapid hay que coger el Local ( cuidado, el Rapid no tiene parada en el término municipal de Inari).
Inari es el dios del arroz, el patrón de los comerciantes. Esto explica por qué motivo el santuario tiene tantos toriis: son donaciones de los comerciantes que ponen sus nombres o los de sus negocios en los torii para que el dios Inari les sea propicio. Y es aquí donde nos encontramos una de las grandes atracciones del lugar: los torii se encuentran a miles, uno detrás de otro, por sus 4 kms de caminos. Están tan juntos que casi parecen formar un pasadizo techado. Recorrerlos es una experiencia sencillamente espectacular.

Lo que no sabemos antes de llegar y resulta una verdadera sorpresa es que, como el santuario se encuentra a los pies de la montaña, los toriis están colocados de tal manera que “techan” muchos de los senderos que te llevan hasta su cima. Cuando empiezas a caminar el recorrido es bastante plano y accesible para todo el mundo ( por este motivo están abarrotados de gente), pero a medida que empiezas a ascender por la ladera de la montaña y que la cosa se pone cada vez más difícil (con desniveles más importantes) la gente empieza desaparecer. 






Otro de los puntos a destacar es que mientras en su base es la propia ciudad de Inari la que envuelve el santuario, a medida que asciendes es el propio bosque el que abraza los senderos y sus incontables torii. Nos recuerda nuestra experiencia en el santuario Kasuga Taisha del día anterior. La naturaleza abraza las construcciones humanas en una perfecta simbiosis.

En la base del santuario están sus estructuras principales. Lo primero que nos encontramos es la puerta Romon que da acceso al santuario. Después llegamos al salón principal Honden, donde están consagradas las 5 deidades del monte Inari (sus decoraciones son coloridas y dinámicas en un estilo que ya hemos visto en muchos otros templos de Kyoto). Nos vamos encontrando varias estatuas de zorros o kitsunes flanqueado pasillos y puertas de acceso: simbolizan a los mensajeros del dios Inari. A menudo suelen tener una llave en la boca, que representa la del lugar donde se guarda el arroz y, por lo tanto, la riqueza.

Tras explorar el recinto principal intentamos el ascenso con los niños a la cima del monte. Tras más de una hora de intentona conseguimos llegar a una zona intermedia con unas vistas muy bonitas de la ciudad de Kyoto donde muchos de los turistas que intentan el ascenso se paran a descansar y a tomar un refrigerio. Por el camino dejamos atrás centenares (por no decir miles de torii). Hace calor y los niños están muy cansados a punto de montar una rebelión (los últimos tramos de escaleras Laura los hace ya subida a caballito mío). Miramos un mapa: ¡sólo estamos a la mitad! Después miramos los tramos de escalinatas que están por venir: la cuesta es muy pronunciada. Optamos por desistir, como muchos otros turistas que nos acompañan. Fani conversa con unos turistas españoles, que llegan en el instante en que decidimos iniciar el descenso: “¿Qué hacemos? ¿Subimos o no? Falta más de la mitad, tíos…” dice uno de ellos mientras mira el mapa. A lo que Fani contesta: “¡Uy! Nosotros hemos decidido darnos la vuelta con los niños. ¡Ya no podemos más!”. Se quedan mirando a Fani y nuestros niños con cara de estupefacción y después los unos a los otros. Sin decirse nada, se ponen a subir. Normal… ¡No vas a pararte hasta donde han llegado unos niños de 6 y 8 años!
La bajada no tiene nada que ver con la subida; en apenas 10 minutos llegamos a la base. ¡Con lo que nos había costado subir!


Como son casi las 14:00 hrs, optamos por volver en tren a la estación de Kyoto para comer allí. Encontramos un restaurante de pasta donde recompensamos el esfuerzo de nuestros niños con un platazo de espaguetis. ¡Las sonrisas vuelven pronto a dibujarse en sus caritas!

Hacemos una gestión de chek in de alojamiento; en efecto hemos decidido prolongar nuestra estancia un día más en Kyoto y el apartotel donde estamos no tiene habitación disponible para nosotros. Nos hemos buscado otro muy cerca para no tener que cargar con las maletas, pero las oficinas donde se gestionan las reservas están en la 5ª planta de un edificio próximo a la estación de Kyoto. Hacemos las gestiones de rigor, pagamos la consabida tasa turística y nos dan las instrucciones de acceso. Por cierto, como el antiguo alojamiento no puede guardarnos las maletas, decidimos utilizar por primera vez las taquillas que hay repartidas en las estaciones de tren o metro de todo Japón. Usamos las de la estación de metro de Sanjo. El sistema es muy fácil de usar y, además, las hay enormes; nos caben todas las maletas en una sola taquilla. Tras pagar (1000 yenes) la máquina te da un tícket con un código QR que te permite abrir la puerta para cuando quieras recuperarlas. Superpráctico. 

Como todavía nos queda tarde por delante, cogemos un taxi y nos plantamos en un santiamén en el templo de Kiyomizudera en la zona sureste de la ciudad. Para llegar hasta él tienes que subir por una calle peatonal, cuesta arriba llena de tiendas y abarrotada de turistas. Nos llama la atención que hay muchos japoneses por la zona engalanados con sus kimonos (hasta familias enteras) que suben al recinto templario. Pero es que también vemos turistas occidentales con los mismos kimonos (los habrán alquilado) y no les quedan tan bien. Queda como raro (parece que vayan disfrazados).






Las primeras edificaciones del recinto son muy chulas, especialmente la majestuosa puerta roja Niömon o puerta Deva. Es una puerta de 10 metros de ancho y 5 de profundidad de madera de ciprés. Vemos 2 leones-perros (koma-inui) que protegen la entrada del templo. Muy cerca hay otras puertas, una pagoda de 3 pisos, diversos salones, la torre de la campana y la zona de abluciones o temizuya que ya hemos encontrado en muchos otros templos y que sirve para purificarse las manos y la boca. Hasta aquí la entrada es libre, pero para poder acceder a su famoso templo principal Hondo (el de las fotos) ya tienes que pasar por taquilla. Es conocidísimo por su gran balcón de 13 metros de alto y sostenido por centenares de pilares de madera de zelkova de Japón colocados de manera tradicional y sin haberse usado ningún clavo en su construcción. Nos encontramos con la desagradable sorpresa de que se están llevando a cabo obras de remodelación; esta vez no tenemos tanta suerte como con el torii de Miyajima y nos encontramos el salón principal del templo TOTALMENTE cubierto con una lona. Afortunadamente (el que no se consuela es porque no quiere) puedes visitar los altares de la zona de rezo y disfrutar de las vistas de la ciudad de Kyoto y de las colinas cercanas desde una zona pequeña zona de balcón no cubierta. La visita no da para mucho más y además ya nos empiezan a “invitar” a irnos (son las 17:30 hrs y es su hora de cierre).








Regresamos a pie desde el templo haciendo un pequeño recorrido por Gion, a modo de despedida (mañana nos vamos de Kyoto). Pasamos por sus calles más representativas intentando ver si somos capaces de cruzarnos con alguna Geisha. No tenemos suerte. Sí nos llama la atención ver unos cuantos turistas cámara en mano (¡cual paparazzis!) en una famosa esquina (el Gion´s corner) al acecho de alguna Geisha. Es un poco raro, la verdad. Nos encontramos algunos carteles que te recomendaban no hacerles fotos a las Geishas sin permiso y no gritar en mitad de la calle para ahcerlo. 
Nosotros seguimos nuestro camino, contemplando las fachadas del barrio que te transportan realmente a otro tiempo.



Pasamos por la estación de metro de Sanjo para recoger nuestras maletas de la consigna y nos dirigimos a nuestro nuevo alojamiento (por una noche). Resulta ser un apartamento lujoso enorme y con una domótica muy avanzada (sin ir más lejos la taza del WC se levanta sola cuando detecta que llegas; ¡no veas lo que puede acojonar el tema hasta que te acostumbras!). Cenamos a modo de despedida en nuestro restaurante favorito (el Komefuku) y obsequiamos a nuestros peques con una buena peli estirados en las supercamas de nuestro apartamento de lujo. Les ponemos “La Historia Interminable” que David nos dice que la empezó a ver en el cole pero que se quedó con ganas de ver el final. A Laura le encanta. ¡Y a nosotros también! ¡Qué recuerdos! ¡Y qué olvidada que la teníamos!
La película es como Kyoto: hay tantos templos que no los podrías ver ni en un mes entero. Ciertamente, Kyoto es interminable.
¡Qué pena que nos tengamos que ir!