4 de julio de 2019

KYOTO INTERMINABLE

Nuestro 5º día en la ciudad exploramos el Santuario de Fushimi Inari, situado al sur de la ciudad de Kyoto. Para llegar hasta él, utilizamos la misma línea de trenes JR que el día anterior para ir a Nara, sólo que en lugar de coger el Rapid hay que coger el Local ( cuidado, el Rapid no tiene parada en el término municipal de Inari).
Inari es el dios del arroz, el patrón de los comerciantes. Esto explica por qué motivo el santuario tiene tantos toriis: son donaciones de los comerciantes que ponen sus nombres o los de sus negocios en los torii para que el dios Inari les sea propicio. Y es aquí donde nos encontramos una de las grandes atracciones del lugar: los torii se encuentran a miles, uno detrás de otro, por sus 4 kms de caminos. Están tan juntos que casi parecen formar un pasadizo techado. Recorrerlos es una experiencia sencillamente espectacular.

Lo que no sabemos antes de llegar y resulta una verdadera sorpresa es que, como el santuario se encuentra a los pies de la montaña, los toriis están colocados de tal manera que “techan” muchos de los senderos que te llevan hasta su cima. Cuando empiezas a caminar el recorrido es bastante plano y accesible para todo el mundo ( por este motivo están abarrotados de gente), pero a medida que empiezas a ascender por la ladera de la montaña y que la cosa se pone cada vez más difícil (con desniveles más importantes) la gente empieza desaparecer. 






Otro de los puntos a destacar es que mientras en su base es la propia ciudad de Inari la que envuelve el santuario, a medida que asciendes es el propio bosque el que abraza los senderos y sus incontables torii. Nos recuerda nuestra experiencia en el santuario Kasuga Taisha del día anterior. La naturaleza abraza las construcciones humanas en una perfecta simbiosis.

En la base del santuario están sus estructuras principales. Lo primero que nos encontramos es la puerta Romon que da acceso al santuario. Después llegamos al salón principal Honden, donde están consagradas las 5 deidades del monte Inari (sus decoraciones son coloridas y dinámicas en un estilo que ya hemos visto en muchos otros templos de Kyoto). Nos vamos encontrando varias estatuas de zorros o kitsunes flanqueado pasillos y puertas de acceso: simbolizan a los mensajeros del dios Inari. A menudo suelen tener una llave en la boca, que representa la del lugar donde se guarda el arroz y, por lo tanto, la riqueza.

Tras explorar el recinto principal intentamos el ascenso con los niños a la cima del monte. Tras más de una hora de intentona conseguimos llegar a una zona intermedia con unas vistas muy bonitas de la ciudad de Kyoto donde muchos de los turistas que intentan el ascenso se paran a descansar y a tomar un refrigerio. Por el camino dejamos atrás centenares (por no decir miles de torii). Hace calor y los niños están muy cansados a punto de montar una rebelión (los últimos tramos de escaleras Laura los hace ya subida a caballito mío). Miramos un mapa: ¡sólo estamos a la mitad! Después miramos los tramos de escalinatas que están por venir: la cuesta es muy pronunciada. Optamos por desistir, como muchos otros turistas que nos acompañan. Fani conversa con unos turistas españoles, que llegan en el instante en que decidimos iniciar el descenso: “¿Qué hacemos? ¿Subimos o no? Falta más de la mitad, tíos…” dice uno de ellos mientras mira el mapa. A lo que Fani contesta: “¡Uy! Nosotros hemos decidido darnos la vuelta con los niños. ¡Ya no podemos más!”. Se quedan mirando a Fani y nuestros niños con cara de estupefacción y después los unos a los otros. Sin decirse nada, se ponen a subir. Normal… ¡No vas a pararte hasta donde han llegado unos niños de 6 y 8 años!
La bajada no tiene nada que ver con la subida; en apenas 10 minutos llegamos a la base. ¡Con lo que nos había costado subir!


Como son casi las 14:00 hrs, optamos por volver en tren a la estación de Kyoto para comer allí. Encontramos un restaurante de pasta donde recompensamos el esfuerzo de nuestros niños con un platazo de espaguetis. ¡Las sonrisas vuelven pronto a dibujarse en sus caritas!

Hacemos una gestión de chek in de alojamiento; en efecto hemos decidido prolongar nuestra estancia un día más en Kyoto y el apartotel donde estamos no tiene habitación disponible para nosotros. Nos hemos buscado otro muy cerca para no tener que cargar con las maletas, pero las oficinas donde se gestionan las reservas están en la 5ª planta de un edificio próximo a la estación de Kyoto. Hacemos las gestiones de rigor, pagamos la consabida tasa turística y nos dan las instrucciones de acceso. Por cierto, como el antiguo alojamiento no puede guardarnos las maletas, decidimos utilizar por primera vez las taquillas que hay repartidas en las estaciones de tren o metro de todo Japón. Usamos las de la estación de metro de Sanjo. El sistema es muy fácil de usar y, además, las hay enormes; nos caben todas las maletas en una sola taquilla. Tras pagar (1000 yenes) la máquina te da un tícket con un código QR que te permite abrir la puerta para cuando quieras recuperarlas. Superpráctico. 

Como todavía nos queda tarde por delante, cogemos un taxi y nos plantamos en un santiamén en el templo de Kiyomizudera en la zona sureste de la ciudad. Para llegar hasta él tienes que subir por una calle peatonal, cuesta arriba llena de tiendas y abarrotada de turistas. Nos llama la atención que hay muchos japoneses por la zona engalanados con sus kimonos (hasta familias enteras) que suben al recinto templario. Pero es que también vemos turistas occidentales con los mismos kimonos (los habrán alquilado) y no les quedan tan bien. Queda como raro (parece que vayan disfrazados).






Las primeras edificaciones del recinto son muy chulas, especialmente la majestuosa puerta roja Niömon o puerta Deva. Es una puerta de 10 metros de ancho y 5 de profundidad de madera de ciprés. Vemos 2 leones-perros (koma-inui) que protegen la entrada del templo. Muy cerca hay otras puertas, una pagoda de 3 pisos, diversos salones, la torre de la campana y la zona de abluciones o temizuya que ya hemos encontrado en muchos otros templos y que sirve para purificarse las manos y la boca. Hasta aquí la entrada es libre, pero para poder acceder a su famoso templo principal Hondo (el de las fotos) ya tienes que pasar por taquilla. Es conocidísimo por su gran balcón de 13 metros de alto y sostenido por centenares de pilares de madera de zelkova de Japón colocados de manera tradicional y sin haberse usado ningún clavo en su construcción. Nos encontramos con la desagradable sorpresa de que se están llevando a cabo obras de remodelación; esta vez no tenemos tanta suerte como con el torii de Miyajima y nos encontramos el salón principal del templo TOTALMENTE cubierto con una lona. Afortunadamente (el que no se consuela es porque no quiere) puedes visitar los altares de la zona de rezo y disfrutar de las vistas de la ciudad de Kyoto y de las colinas cercanas desde una zona pequeña zona de balcón no cubierta. La visita no da para mucho más y además ya nos empiezan a “invitar” a irnos (son las 17:30 hrs y es su hora de cierre).








Regresamos a pie desde el templo haciendo un pequeño recorrido por Gion, a modo de despedida (mañana nos vamos de Kyoto). Pasamos por sus calles más representativas intentando ver si somos capaces de cruzarnos con alguna Geisha. No tenemos suerte. Sí nos llama la atención ver unos cuantos turistas cámara en mano (¡cual paparazzis!) en una famosa esquina (el Gion´s corner) al acecho de alguna Geisha. Es un poco raro, la verdad. Nos encontramos algunos carteles que te recomendaban no hacerles fotos a las Geishas sin permiso y no gritar en mitad de la calle para ahcerlo. 
Nosotros seguimos nuestro camino, contemplando las fachadas del barrio que te transportan realmente a otro tiempo.



Pasamos por la estación de metro de Sanjo para recoger nuestras maletas de la consigna y nos dirigimos a nuestro nuevo alojamiento (por una noche). Resulta ser un apartamento lujoso enorme y con una domótica muy avanzada (sin ir más lejos la taza del WC se levanta sola cuando detecta que llegas; ¡no veas lo que puede acojonar el tema hasta que te acostumbras!). Cenamos a modo de despedida en nuestro restaurante favorito (el Komefuku) y obsequiamos a nuestros peques con una buena peli estirados en las supercamas de nuestro apartamento de lujo. Les ponemos “La Historia Interminable” que David nos dice que la empezó a ver en el cole pero que se quedó con ganas de ver el final. A Laura le encanta. ¡Y a nosotros también! ¡Qué recuerdos! ¡Y qué olvidada que la teníamos!
La película es como Kyoto: hay tantos templos que no los podrías ver ni en un mes entero. Ciertamente, Kyoto es interminable.
¡Qué pena que nos tengamos que ir!

3 de julio de 2019

COSAS EXTRAORDINARIAS QUE SOLO PASAN EN NARA

Hoy toca excursión a Nara, una de las ciudades más populares de la región de Kansai. Por su localización resulta perfecta para una excursión de un día desde Kyoto. Cogemos un JR Rapid en la estación de Kyoto y nos plantamos en Nara en poco más de 45 minutos. Desde la estación reservamos un Nara One-day Pass con los autobuses de la empresa turística Nara Kotsu: optamos por no complicarnos la vida (las opciones son múltiples) y escogemos la opción más económica (los de color amarillo - ruta amarilla- ) pues ya nos valen para hacer un recorrido circular (se puede subir y bajar las veces que uno desee) por los puntos más importantes de la zona este de la ciudad.


Nuestra primera parada nos lleva a visitar el templo Kofuku-ji, bastante céntrico. Es un complejo de varios edificios (llegaron a haber casi 150) donde destaca especialmente su pagoda de 5 pisos; mide 50.1 metros y es la segunda pagoda más alta de Japón (justo por detrás de la pagoda Toji de Kyoto, con 54.8 metros). Es el símbolo de la ciudad (la original fue construida en el año 730 y en el 1426 se reconstruyó). Del resto de edificios del recinto destacan varios pabellones donde se exhiben tesoros nacionales (no entramos ya que el tiempo apremia) y una pagoda de 3 pisos en uno de los extremos. 


Aunque si hablamos de símbolos, quizá que empecemos por hablar de los ciervos de Nara: aquí son especie protegida pues se consideran mensajeros de los dioses. Ya les habíamos adelantado a nuestros niños que iban a poder verlos, pero lo que nunca pensamos era que estarían moviéndose con total libertad y no sólo por los templos sino también por los parques y calles de la ciudad. Nada más bajar del autobús ya nos los encontramos. Es curioso como interactúan con la gente: se acercan como si nada y vienen básicamente a buscar comida (no olvidemos que no dejan de ser animales salvajes). Hay que ir con cuidado porque si te ven con las galletas que venden en las paradas (son para ciervos y valen 100 yenes) se vuelven locos y van a por ti. Vimos muchas escenas de “persecución” a humanos y el clásico lanzamiento de galletas al aire ara desprenderte de tan preciado “tesoro” y del “marronazo” que supone para el portador. Lógicamente nosotros no las compramos y es que había ciervos con cuernos bien grandes y nos preocupaba que pudieran hacerles daño en la cara a los niños, involuntariamente. De todos modos, ya sea con o sin galletas te puedes acercar a ellos y se muestran en general muy amistosos. Había veces que provocaban la locura de David y Laura dejándose acariciar y que, literalmente, posaban para nuestras fotos familiares. 



La visita al recinto templario de Kofuku-ji es más sencilla de lo que nos imaginamos y es que, como los ciervos abundan alrededor de los diferentes pabellones, los niños se entretienen con ellos mientras hacemos la visita.
Después seguimos caminando hasta llegar al Parque de Nara (está a 15 minutos). Vamos dejando atrás la ciudad y vamos viendo como se incrementa la población de ciervos a nuestro alrededor. Sorprende ver como la gente no deja de comprar los paquetes de galletas y de “meterse en líos”. Aprendemos que, además de poder acariciarlos cariñosamente y pasear junto a ellos, lo mejor es mostrarles a los que vienen en busca de comida las manos vacías (como diciéndoles: “lo siento, no tengo nada”) y así nos dejan en paz. Nos compramos unos helados que nos vamos comiendo por el camino.

Nos vamos acercando a la visita estrella del día: el templo Todaiji. La verdad es que es difícil explicar con palabras lo que vemos; resulta sencillamente impresionante y se trata sin dudarlo de una de las visitas más espectaculares de las que hacemos en nuestro recorrido por Japón. Para llegar a él te encuentras una gran avenida con una inmensa marea de gente que va o vuelve del templo; eso ya te da una idea de la importancia del lugar y hace que todavía se incremente aún más la expectación o “hyppe” de los recién llegados. Lo primero que nos encontramos en la puerta Nandaimon, un gran portón de madera de 20 metros cobijado a ambos lados por 2 guardianes Nio, 2 estatuas talladas en piedra y que datan del año 1199. Tanto la puerta como las estatuas son enormes e imponentes. 








Tras atravesar la puerta entras en el recinto del complejo con un patio procesional (repleto de gente por supuesto) que te conduce hasta el salón Daibutsuden o salón del Gran Buda, el salón principal del templo. El salón Daibutsuden, de 56 x 50 x 50 metros, es el edificio de madera más grande del mundo (y eso que el templo ha tenido que ser reconstruido 2 veces por incendios provocados por la guerra; siendo así un 33% más pequeño que el original). Nada más entrar en el interior del salón principal nos encontramos con la estatua de bronce del Gran Buda de Nara. Es tan grande que apenas cabe nada más dentro del templo y, como los pilares que sustentan el techo son tan grandes, no se acaba de poder apreciar entero; digamos que lo vamos viendo a trozos a medida que lo vas rodeando. Tiene una altura de 16 metros, está sentado sobre una flor de loto, está hecho de bronce (en un 90%) y oro y pesa más de 500 toneladas. La escultura que se puede ver en la actualidad es, en realidad, una reconstrucción que data del siglo XVI (fue construido originalmente en el año 751 y, por aquellos entonces, era aún más grande). Junto a él te encuentras 2 estatuas de sus bodhisattva de madera y bañadas en oro (sus asistentes en la búsqueda de la suprema iluminación) y esculturas de madera de sus escalofriantes guardianes. El recorrido por detrás del templo te obsequia con una muestra a escala de 1:50 de cómo era el templo de Todaiji originalmente: el salón era más ancho y profundo y tenía 2 pagodas laterales de siete pisos y 100 metros de alto. ¡Debía de ser impresionante, la verdad!



Llama la atención que unos de los pilares que sustentan la estructura tiene un agujero en su base. Vemos un grupo de escolares y algunos turistas haciendo cola para atravesarlo. Dice la leyenda que el tamaño del agujero tiene las mismas dimensiones que los orificios de la nariz del Buda y que por lo tanto el que logre pasar por él será bendecido con la iluminación. Es bastante estrecho, pero vemos como los niños pasan bien. De todos modos, hay mucha cola y la verdad es que con tanta gente el acto no deja de parecer una mera diversión. Un guía explica que en las grandes ocasiones se realizan actos ceremoniales más oficiosos donde atravesar dicho agujero se convierte en un acto mucho más ceremonial y trascendente.


Laura y su amiguito nuevo 
Acabamos la visita aquí todo y que un mapa nos muestra más edificios dentro del enorme recinto porque son más de las 14:00 hrs, empezamos a estar cansados, tenemos hambre y todavía nos queda otro templo por ver. ¡Nara está siendo espectacular! Nos paramos a comer en una hamburguesería – pizzeria que hay en una zona comercial que llama la atención por estar vacía; ¡con la de gente que hay en la calle de al lado! La verdad es que este pequeño boulevard comercial (con varios restaurantes y tiendas) pasa algo desapercibido. No deja de ser una suerte para nosotros pues en apenas una horita ya hemos comido y estamos listos para proseguir la ruta.

Nuestro último templo resulta ser una auténtica gozada: se trata del santuario Kasuga Taisha. Este santuario sintoísta data del año 768 y se encuentra al pie de las montañas sagradas Kasugayama y Mikasayama, en perfecta simbiosis con el entorno natural que lo rodea. Nos recuerda un poco, salvando las distancias, la visita al complejo Ta Prohm de Angkor en Camboya. Y es que centenares de árboles abrazan las edificaciones del templo. El camino hace subida y está flanqueado por 2000 lámparas de piedra. Como hay un montón de ciervos por el camino la verdad es que a nuestro peques la subida se les hace corta pues se entretienen con ellos.



Una vez llegas el santuario cambiamos las lámparas de piedra por 1000  lámparas de bronce. Los edificios y sus toriis son muy hermosos, con sus techos inclinados y su característico color rojizo. La visita es libre, pero hay una zona de pago (muy recomendable entrar en ella) con mucha menos gente y que te lleva a la parte interior del recinto desde donde puedes tener una mejor vista de los edificios que componen el santuario. Además, hay una sala totalmente oscura dentro donde puedes ver encendidos algunos faroles como si de una pequeña demostración se tratase. Los faroles sólo se encienden 2 veces al año durante el Festival de las Linternas, a principios de febrero y a mediados de agosto. 







Tras la visita volvemos por el mismo camino hasta llegar a la parada de autobús más cercana. Nos bajamos en Naramachi con la intención de merendar algo recorriendo sus callejones antiguos y sus casas tradicionales, pero entre que todo está cerrado y no hay ni un alma por allí (son casi las 17:00 hrs) y que empieza a llover nos volvemos rápido para coger de nuevo el autobus y acabar merendando en la estación de tren. Cogemos el tren de vuelta y nos plantamos en Kyoto a eso de las 19:00 hrs. Acabamos regalándonos de nuevo un pequeño festín en nuestro restaurante favorito, el Komefuku. Nos llama la atención como progresan nuestros niños con el empleo de los palillos, especialmente David.
El día termina con el recuerdo de los ciervos de Nara. Y es que para David ha sido un día de “¡ Cosas extraordinarias que sólo pasan en Nara!”.

2 de julio de 2019

EL CAMINO DEL BAMBÚ

Nos despertamos perezosos ( menos Jordi, que lleva ya más de una hora despierto ). Para desayunar cereales con leche, croissants y chocolate. Me falta el café ( una mañana de estas hago que Jordi me baje al Star Bucks de la esquina a por uno ). Esto es lo menos japonés del día. 

Miramos por la ventana; nublado otra vez. No llueve. Decidimos seguir con lo planeado: visitar Arashiyama. Una vez allí centraremos nuestras energías en el Templo Tenryuji y el bosque de bambú. 
Para llegar hasta Arashiyama vamos en metro hasta la estación central de Kyoto, donde cogemos un tren local JR que nos lleva hasta nuestro destino ( entra con nuestro JR Pass ) . Como tenemos la estación de metro de Sanjo justo al lado del apartamento, no nos da pereza movernos. Lo que más nos llama la atención es que, a pesar de haber cogido ya veces el metro desde esta estación ( que es de las pequeñas según miras el puntito que ocupa en el mapa ), cada vez que bajamos nos parece distinta. Es como en la peli de Matrix o en la de Origen, con realidades paralelas y cambiantes.
Estamos seguros: si hay un cataclismo mundial, los que van a sobrevivir son los Japoneses, con sus ciudades subterráneas, su orden y meticulosidad y su educación al borde de lo que para nosotros sería excesiva. 
El tren nos deja en Arashiyama en 15 minutos y, desde la estación, nos encontramos carteles que indican la dirección del Templo. 

Al llegar compramos la entrada combinada ( templo + jardines ). No hay mucha diferencia. 
El Templo Tenryuji es el más grande de Arashiyama y uno de los cinco más grandes de Kyoto. De nuevo la austeridad zen le da un toque místico. Los jardines que lo rodean son impresionantes ( y en un punto en concreto pasan de impresionantes a interminables ).






Cuando ya no podemos más, salimos para buscar un lavabo y acabamos topando con la entrada al impresionante bosque de bambús y con un puestecillo a pie de calle donde decidimos comer más tarde ( a un precio mucho más asequible de lo que hemos comido hasta ahora ). El bosque es chulísimo, en especial una parte (la más turística y abarrotada de gente) que concentra una cantidad brutal de bambús.




Después de visitar el bosque paseamos por la zona e intentamos llegar al puente Togetsukyo. Lo vemos desde lejos y desistimos. Volvemos sobre nuestros pasos por el bosque de bambú hasta el puestecillo donde paramos a comer. Por fin probamos el típico okonomiyaki: una especie de tortilla japonesa cocinada con varios ingredientes ( en nuestro caso sobretodo vegetales ).


Después de comer volvemos al bosque de bambú ( a una parte más alejada del templo, menos concurrida excepto por los riksaws que pasean a turistas locales y extranjeros ). 
Nos llama la atención la cantidad de turistas locales que vienen, engalanados con sus kimonos, a hacerse fotos. Los peques corren a sus anchas. No entendemos que después de más de 13km de caminata todavía tengan energías. 

Después del paseo y de jugar a hacernos fotos divertidas nos merecemos un café. En un pequeño puestecillo conseguimos café y un vaso de leche para los niños. La señora que nos atiende nos invita a pasar a su pequeña exposición de imitaciones de pinturas de Van Goh, Klimt, Velázquez y Picaso. Como reconozco la mayoría de los cuadros me pregunta si soy pintora... en fin...

Por supuesto que hay muchas más cosas que se podrían hacer en Arashyama, pero decidimos que por hoy ya ha sido suficiente y volvemos a la estación. Esta vez nos bajamos en Nijo, acortando el camino de vuelta hasta la estación de Sanjo en metro. Ganamos tiempo que aprovechamos para comprar croissants para el desayuno y descansar en casa ( como lo llama Laura ). 

Antes de cenar decidimos pasearnos por el distrito de geishas de Pontocho: se trata de una una única calle estrecha y peatonal, que corre paralela al río Kamo, desde la calle Shijö hasta la calle Sanjö. Está considerado uno de los barrios de geishas más importantes de la ciudad. Esta callejuela de 600 metros de largo y sólo 5 metros de ancho está repleta de tiendas, restaurantes, bares y casas de té. Los precios de los locales son muy altos, especialmente los que tienen terrazas con vistas al río. Como se nos dispara el presupuesto optamos por volver a cenar en nuestro querido restaurante Komefuku.
Cuando nos diriginos a casa, oímos música en el río. Laura no puede resistirse a la tentación de querer bajar a escucharla un ratito. Y así acabamos el día, sentados al margen del río, repleto de gente paseando, parejas mirándose, un grupo de japoneses corriendo con linternas y un par de músicos cantando. 



1 de julio de 2019

EL NIÑO DEL SHOGUN Y EL POSO DE MISO ABANDONADO

En nuestro tercer día en la ciudad decidimos seguir explorándola y recorrer más puntos clave. De nuevo está muy nublado y hay ratos en que se pone a llover aunque de forma intermitente. Como ya empezamos a saber de qué va esto, cogemos los paraguas y ni nos inmutamos.
Empezamos visitando el Castillo de Nijo, un perfecto ejemplo de la arquitectura de los “castillos palacio” del Japón del período Edo. Efectivamente no es un castillo al uso (como el que visitamos ayer en Himeji por ejemplo); es más un palacio, aunque tiene un foso y el recinto está amurallado. Fue construido en 1603 como residencia del primer shogun del período Edo (Tokugawa Ieyasu) y fue utilizado por la familia Tokugawa desde entonces hasta la abolición del shogunato en 1867. Ahora es propiedad de la ciudad y se puede visitar. La entrada principal se encuentra al este y tienes que pasar por la impresionante puerta Karamon. Como llueve bastante en ese momento, todos los turistas que estamos allí con los paraguas abiertos contemplándola con los ojos como platos. Desde la puerta y, tras pasar por un patio interior, se llega al palacio Ninomaru. Está cubierto (nos viene de perlas) y te obligan a descalzarte (ya nos empezamos a acostumbrar, especialmente nuestros peques). Su principal atracción son las salas tatami, con techos y puertas correderas de estilo japonés bellamente decoradas (desgraciadamente no te dejan hacer fotos) y los suelos de ruiseñor que chirrían cuando uno pasa por encima (hay muchas teorías al respecto, aunque la que nosotros “vendemos” a nuestros peques era la de que de esta manera se alertaba de la presencia de intrusos dentro del palacio por muy sigiloso que fuera el ninja que intentara entrar).



Pasan varios guías con grupitos de gente, pero uno de ellos habla en castellano y nos acercamos “un ratito” a enterarnos de 4 cositas: los tatamis están hechos con tejidos de paja (se emplea para revestir suelos y por norma general tienen una medida estipulada: 182 cms de largo y 91 cms de ancho). En Japón se emplea como medida de extensión de un cuarto o salón (como nosotros los metros cuadrados). Cuando te vas a comprar un piso te viene en número de tatamis. Ahora entendemos por qué razón se llamaba al pabellón Senjakaku de Miyajima, el de los mil tatamis aunque no se viera ninguno. Los salones iniciales se empleaban para recibir las visitas. Por este motivo sus paneles presentan tigres como motivo de decoración principal: para impresionar a todo aquel que viniera a visitar al shogun. En estas salas se les desarmaba antes de pasar a la gran sala de recepción; allí podemos apreciar cómo en el lugar en que se sentaba el shogun el techo se alza más elevado y hay una pequeña zona donde estaba el niño del shogun, cerca una puerta corredera. Nos explican que si a alguno de los visitantes se le ocurría hacer algún gesto que denotara hostilidad, el niño del shogun tenía como función alertar a los samuráis que se encontraban detrás de la puerta para que le dieran su merecido. Pasada esta sala ya nos encontramos con salas más pequeñas residenciales: aquí los motivos decorativos son más minimalistas, con elementos florales, árboles y aves de todo tipo. Nos explican que en aquella época no se solía emplear mobiliario: se colocaban los tatamis y poco más. La visita es muy interesante y tardamos cerca de una hora en hacerla. Al salir, nos encontramos con la sorpresa de que ha dejado de llover. Aprovechamos para visitar los jardines que rodean tanto el palacio de Ninomaru como el del palacio Honmaru (éste último no se puede visitar) y nos tomamos un refrigerio en una bonita casa de té tradicional que nos encontramos por el camino.


Al salir nos montamos en un taxi y le pedimos que nos lleve a la zona noroeste de Kyoto donde nos espera uno de los templos más famoso de la ciudad y visita obligada: el templo Kinkaku-ji o Pabellón Dorado. Se trata de un templo zen que tiene la particularidad de tener las paredes exteriores de las 2 plantas superiores recubiertas con pan de oro. Fue construido en 1397 como villa de descanso del shogun Ashikaga Yoshimitsu y se convirtió en un templo zen en 1408 después de su muerte. Nos damos cuenta de la importancia del lugar nada más llegar y es que hay gente por todas partes. A pesar de su belleza intentamos no perder de vista en ningún momento a nuestros niños y es que con tanta gente cualquier precaución es poca. Nada más entrar en el recinto del templo nos encontramos con el estanque llamado Kyoko-chi o Espejo del Agua: está repleto de islas, piedras y pinos de estilo japonés. Lo más espectacular es poder apreciar el reflejo del templo dorado principal sobre sus aguas. Al ir acercándonos, podemos ir viendo con más detalle la preciosidad del templo. La primera planta no está recubierta por pan de oro y es de estilo japonés con pilares de madera y paredes blancas. Las 2 plantas superiores si son doradas. En la cima encontramos una estatua del fénix chino, también en dorado. El recorrido sigue por la parte trasera del templo hasta acercarte a los jardines y a algún conjunto residencial aislado, aunque de menor interés.



El tiempo aguanta y hasta sale un poco el sol. Nuestros niños siguen portándose como unos campeones, y eso que son más de las 14:00 hrs. Al salir encontramos un restaurante amplio y con menús tanto para adultos como para niños con precios correctos. No nos lo pensamos 2 veces. Pedimos uno de los menús de mediodía: nos lo sirven compartimentado dentro de una especie de bandeja – tocador, donde encuentras los diferentes ingredientes en estantes distintos. El nuestro incluye hasta una pequeña cazuela que nos permite hervir la carne. Está todo muy bueno y nos lo comemos todo. 


Dentro del menú infantil están incluidas las famosas raciones de sopita de miso que tanto le están gustando a David, con la excepción del poso. ¿Imaginad quién se va acabando los posos que va dejando David en el fondo de los cuencos? 

Ya repuestos decidimos ir andando hasta el siguiente templo (son unos veinte minutos, pero el clima es agradable y la pendiente hace bajada). David hace las veces de guía con la ayuda de mi teléfono y del Google Maps.
Nuestra siguiente parada y ya la última (son las 15:30 hrs y los templos suelen cerrar casi todos a las 17:00 hrs) es el templo Ryoanji. Se trata de un templo zen, cuyo principal atractivo es su jardín seco o karekansui. Se trata de uno de los jardines secos más famosos de todo Japón, tiene forma rectangular y está compuesto por 15 rocas situadas sobre pequeños círculos de musgo rodeados de arena rastrillada y encerrado por 3 paredes de piedra y la zona de observación, donde los visitantes nos vamos colocando a mirarlo sentados tranquilamente (lo de tranquilamente es un decir porque nosotros tenemso a nuestras fierecillas dando saltos por el complejo). Hay muchas teorías sobre el significado del diseño del jardín y aunque uno no sepa muy bien que se supone que está viendo, la idea es que uno se quede allí sentado y se deje llevar por la atmosfera del lugar. Es posible que muchos lo consigan; está claro que nosotros no. El jardín se observa desde la antigua residencia del monje superior, el Hojo. Para entrar en ella hay que descalzarse. A nosotros lo que más nos llama la atención del sitio son los jardines que rodean el templo y su enorme estanque. Sencillamente espectaculares.


Al salir del templo ya es tarde, los niños están muy cansados y les recompensamos con un helado. Descubrimos que hay línea de autobús JR que contecta los templos de la zona noroeste con la estación central de Kyoto. No nos lo pensamos 2 veces y nos subimos en uno. Nos sentamos fresquitos y Laura se queda dormida en brazos de Fani. Al llegar a la estación de Kyoto nos perdemos en su inmensidad intentando cambiar moneda. A diferencia del aeropuerto (donde te llegaban a atender hasta 4 personas, te obligaban a enseñar el pasaporte y estabas rodeado de cámaras de seguridad) resulta que en el resto de la ciudad puedes cambiar dinero ¡en cajeros automáticos! Lo acabamos haciendo en el cajero de un supermercado. Aprovechamos para comprar algo de fruta, un bien escaso en este país y especialmente si quieres evitar pagarla a precio de oro (no hay más que ver la cantidad de fruta que te ponen dentro de los menús o a que precio está en los puestecitos de la calle).

Por la noche los niños amenazan con llevar a Fani al inframundo del restaurante habitual. Ésta se rebela y decide cambiar de lugar. Nos vamos al restaurante Komefuku, situado muy cerca del principio de la calle Pontocho (en su zona norte). Resulta ser todo un descubrimiento. Pidas lo que pidas está todo buenísimo: la tempura, el edamame (las judías verdes), la carne, … Mención especial para el sashimi y la salsa que lo acompaña. Jordi no deja ningún trozo y eso que se pide la ración grande. La salsa especial que lo acompaña está de cine. Y no veas lo crujientes y sabrosas que están las ¡patatas fritas! Disfrutamos los 4 y nadie se acuerda de las aventuras del inframundo. ¡De la que se ha librado mamá Fani!