28 de junio de 2019

MONTE MISEN: ENTRE MAREAS, TORIIS Y CIERVOS

Al día siguiente nos levantamos pronto para poder aprovechar nuestra mañana en Miyajima (y es que por la tarde toca de nuevo viajar). Como ya visitamos ayer los templos más emblemáticos de la isla, ahora nos toca explorar el Monte Misen, la montaña más alta de Miyajima. Existen 2 maneras de subir: a pie por una de las 3 rutas de senderismo o en teleférico. Nosotros, como es lógico, nos decantamos por la segunda opción. Pero para llegar hasta él primero hay que recorrer unos senderos que discurren por dentro del Parque de Momijidani. El camino es muy tranquilo, atraviesa un par de puentes y lo recorremos en un santiamén. Nuestros pequeños suben expectantes a la “caza” de sus amigos cervatillos.





Cuando llegamos a la estación de Momijidani nos subimos al primer teleférico. Tardas unos 10 minutos en subir hasta la estación intermedia. Llaman la atención los avisos existentes en relación a la posibilidad de recibir picadura de serpientes en el monte. Fani y yo nos miramos extrañados pero llegados a este punto no vamos a retroceder. Pensamos que si fueran frecuentes no permitirían a la gente subir a la cima de la montaña tan alegremente. El segundo teleférico tiene cabinas de mayor capacidad (para unas 30 personas) y hay que esperar un rato hasta que se llena para iniciar el ascenso hasta la estación final (Shishiiwa). Tarda apenas 5 minutos y las vistas son muy bonitas. La estación es el final de trayecto y, a partir de aquí, ya solo se puede continuar a pie la subida.
Nosotros no nos lo pensamos 2 veces: en un santiamén nos ponemos en marcha hacia la cima del monte Misen. Los primeros 20-30 minutos te permiten llegar a una zona intermedia donde coges aire (primero baja pero después el desnivel se pone bastante duro, especialmente por el calor y la humedad ). En esta estación intermedia destacan el salón Misen Hondo (con una campana decorada con una cabeza de dragón) y el salón Reikado donde arde desde hace más de 1200 años sin apagarse, la “llama eterna” (el fuego usado por Kobo Daishi durante su ceremonia asceta en el Monte Misen, por el año 806. 



Pero llegados a este punto nuestros peques se encuentran con dos agradables sorpresas: la primera es que campan a sus anchas muchos ciervos (aquí se desata la locura) y además irrumpen en el escenario las divertidas estatuas Jizo: se trata de deidades guardianas de los viajeros y los niños fallecidos. Con sus caritas redondas y sonrientes, son muy queridos por los japoneses, razón por la cual suelen vestirlos y decorarlos de diferentes maneras. Aquí juego con Laura y David a encontrarlos. La verdad es que es muy divertido (con sus modernas gorras, corrales, y hasta gafas de sol o de ver). Además cada uno aparece haciendo una actividad diferente: algunos están rezando, otros tocan música, otros leen, … ¡Los hay que hasta están levantando pesas!



Para subir te proponen una ruta circular que te permite subir por un lado y bajar por el otro. Hay poca gente aunque de nuevo lloviznea algo. Tardamos apenas 10 minutos en llegar a la cima. Allí nos espera un espectacular mirador, desde donde la panorámica te permite tener una perspectiva de 365º tanto de la propia isla de Miyajima como de los archipiélagos vecinos. Se puede divisar con facilidad Hiroshima por ejemplo. En el mismo mirador hay una pequeña zona de descanso donde los niños se descalzan sobre la bancada y se ponen a perseguirse el uno al otro. ¿Es que no se cansarán nunca?


Realizamos el descenso por el camino opuesto y nos plantamos en un santiamén en la esplanada de los templos intermedios. El tiempo empeora por momentos: empieza a llover algo más y decidimos no entretenernos demasiado. Tampoco es una mala noticia; esto con calor y sol tiene que ser muy duro. Empieza a subir una brumera que está tapando la visibilidad por completo. Pensamos que nos ha ido por muy poco poder disfrutar de las vistas desde el mirador del monte. El camino de vuelta no tiene más secretos ni mayores sobresaltos; afortunadamente ni rastro de serpientes. Por el camino sí que nos encontramos con algunos ciervos.



Cuando llegamos al pueblo de Miyajima casi las 13:00 pm. Decidimos encontrar un sitio para comer; en ese momento tenemos una revuelta infantil: ¡queremos los espaguetis del otro día! – nos gritan a la vez. Nos los quedamos mirando entre risas y con cara de estupefacción y les decimos que en ese restaurante sólo sirven un único plato del día y que lo más probable es que cada día cambie. Nos las tienen todas consigo y decidimos pasar por delante para demostrárselo. ¡Imaginaos la sorpresa que nos llevamos cuando descubrimos que siguen sirviendo el mismo plato de espaguetis como plato del día! ¡Ala! Todos para adentro. De nuevo devoran los platos como si no hubiera mañana.
Después de la comida nos toca despedirnos de la isla de Miyajima.  Volvemos recorriendo el paseo de la playa y sin dejar de girarnos para ir mirando el gran torii flotante. La marea está baja: el torii reposa a estas horas sobre la arena de la playa. Como el Monte Saint Michel, en Francia. De echo, hemos visto carteles donde ambos monumentos se enfrentan cara a cara, por el fenómeno de las mareas. 

Ha salido el sol y el calor es del todo insoportable. Hay ciervos por todas partes, incluso por el paseo mismo. Los niños siguen alucinando en colores. Al llegar al embarcadero avisamos por teléfono al tránsfer del hotel para que nos lleven las maletas. Embarcamos a eso de las 14:40 hrs. Desde el mismo ferry no podemos dejar de hechar la mirada atrás con gran nostalgia; unos pensando en el torri y otros en… ¡los ciervos!



La tarde la pasamos cogiendo trenes.  El primero nos lleva de la estación de Miyamiguchi a Hiroshima. El segundo nos deja en Osaka (éste es un tren bala). Y el tercero nos deja en Kyoto. Son más de las 18:00 y ya empezamos a estar saturados de tanto transporte; si incluimos los 4 teleféricos de la mañana y el ferry del mediodía suman un total de 8 medios de transporte diferentes. Acabamos pues sacando la bandera blanca y cogiendo un taxi en la estación de Kyoto hasta nuestro alojamiento en el barrio de Gion. Estamos en un apartamento del Kyoto Sanjo Ohashi  Hotel. Los hemos reservado con Booking y la verdad es que tanto por ubicación (en el mismo barrio de Gion y al lado de una estación de metro) como por funcionalidad (nevera, microondas, aire acondicionado, lavadora, 2 camas de 130 cms) es excelente. La relación calidad precio además es muy conveniente.
Acabamos en un restaurante moderno cerca de la zona de Pontocho que dispone de la posibilidad de elegir el menú con una tablet muy visual. Está todo muy bueno aunque resulta algo caro y las raciones son algo justitas. En todo caso nos sorprende de nuevo ver como a los niños les encantan tanto la tempura como los rolls de sushi. Parece que finalmente se han olvidado de los ciervos y ahora se emocionan jugando en el apartamento a diseñar casas en los espacios entre las camas utilizando cojines, mantas, cortinas y lo que se les ponga por delante.

27 de junio de 2019

MIYAJIMA Y LA MAGIA

ENTRE MAREAS, TORIIS Y CIERVOS

La mañana del jueves amanece lluviosa. Pero en la calle sigue haciendo mucho calor. A pesar del tiempo y de que nos espera un desplazamiento largo (tenemos previsto viajar hasta la isla de Miyajima), no renunciamos a nuestro firme propósito de llegar a la estación de Shin Osaka (ahora que ya sabemos cómo va) en metro (nada de taxis por el momento). ¡Y eso que vamos con todas las maletas a cuestas! Los niños se toman los viajes de la mañana como una especie de carrera de obstáculos y nos ayudan (como pueden) a llevar las maletas.
Al llegar a la estación de Osaka decidimos (ahora sí) activar nuestros JR Pass (que compramos desde España). Nos dirigimos a la estación central y, después de un “ratito” (deducimos que aquí no deben estar tan acostumbrados a activarla como por ejemplo en los aeropuertos), nos ponemos en marcha hacia nuestro primer “shinkansen” o tren bala. Como no quedan plazas reservadas no nos quedas más remedio que utilizar los asientos NO reservados. Esto significa que te bajas directamente al andén sin asiento y te pones a hacer cola delante de los espacios asignados a los coches sin reserva. Como estamos en temporada baja no tenemos problema para encontrar sitio. La verdad es que hay espacio de sobras y se viaja muy cómodo. Además el tema de las colas lo llevan muy bien en este país, con dibujos de líneas en el suelo para que todo el mundo siga un orden. El único problema que vemos es que no hay espacio para colocar nuestra maleta grande pero nos cabe de sobras delante de uno de nuestros peques. Tardamos aproximadamente hora y media en plantarnos en Hiroshima. Después nos espera un segundo tren local hasta la estación de Miyamiguchi (de apenas media horita) y llegamos a la estación de los ferrys. El tiempo no acaba de mejorar y lloviznea algo. Ni rastro del sol. Embarcamos ansiosos: en escasos minutos ya podemos ver el torii flotante de la isla y su santuario justo detrás. A esta hora el ferry de ida se desvía unn poco para pasar justo por delante (todo un regalazo). Al llegar al embarcadero avisamos a nuestro tránsfer gratuito del Ryokan reservado (Hotel Kikunoya) y finalmente llegamos a nuestro alojamiento. Toda esta gymcama de medios de transporte nos supone invertir un total de 5 horas. Eso sí, la inversión (como vamos a demostrar) vale la pena.


Una de las imágenes más icónicas de Japón es la del torii flotante. Se trata de una puerta sintoísta construida sobre el mar (cuando la marea está alta) y sobre el arenal de la playa (cuando desciende). La estructura actual (1875) tiene unos 16 metros de alto y un diseño de 4 pilares. Os advierte que ésta es una isla sagrada. Estábamos algo preocupados pues hace una semana que empezado con obras de restauración y está previsto recubrir con andamios los pies del gran torii para a continuación ir cubriendo el resto hasta recubrir por completo el monumento. Y es que la base su base está muy dañada. Se prevé que las obras duren un año aproximadamente. Respiramos tranquilos: efectivamente hemos llegado a tiempo por los pelos pues sólo han podido ocultar apenas un tercio de cada columna.
Justo cuando llegamos al Ryokan nuestros peques se encuentran con una primera sorpresa: un ciervo ha venido a darles la bienvenida. Descubrimos no solamente que éstos se pasean libremente, sino que además son muy mansos y que están acostumbrados al contacto con la gente. Los niños lo pueden acariciar y… ¡ya nos piden llevárselo a casa! ¡Pero bueno! ¡Si acabamos de llegar!





La segunda sorpresa les espera en forma de comida: son más de las 14:00 hrs y la verdad es que estamos con mucha hambre. Encontramos una cafetería especializada en cafés que sirve un único plato del día. Atención: espaguetis con cordero y ostras (las ostras son muy típicas aquí). Entran superemocionados y no tardan nada en rendirle cuentas a sus platos. Nos traen un par que está para chuparse los dedos y de beber los niños se toman un vaso de leche mientras los papis se intentan relajar (difícil con nuestras fieras) con un café (el “iced” con leche está de muerte).
Después de reponer fuerzas nos vamos a explorar los monumentos más importantes de la ciudad, con el santuario de Itsukushima a la cabeza. Junto a la taquilla hay información acerca de la marea; el mejor momento para visitarlo es cuando ésta sube y permite sentir que los pasillos del santuario flotan sobre las aguas (en verdad reposan sobre pilotes). Como faltan un par de horas para que la marea esté en su nivel más alto (prevista a las 17:39 hrs) hacemos un pequeño desvío para explorar 2 estructuras que están al oeste encima de un promontorio, muy cerquita: el pabellón Senjokaku o “de los mil tatamis” y la pagoda Goju-noto. El pabellón es sencillamente espectacular: tiene un amplio espacio interior (no olvidemos que caben mil esterillas de tatami) y unas hermosas vistas tanto de la costa como del santuario de Ikukutshima. Te tienes que descalzar para recorrerlo, cosa que descubrimos que a nuestros niños les encanta; se ponen a pasear por el recinto a su bola, con sus juegos imaginarios. Desde el templo puedes ver la pagoda: data de 1407, aunque el edifico actual es una restauración de 1533. Tiene 5 pisos, mide casi 28 metros de alto y es una de las 5 pagodas de este tipo que todavía quedan en Japón.





Después bajamos directamente al Santuario de Itsukushima para visitarlo. Vemos como la parea está subiendo y empieza a inundar todo el complejo. Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, se cree que fue fundado en el año 593, aunque no hay confirmación de su existencia hasta 811. Ha sufrido más de una reconstrucción por culpa de incendios. Es sintoísta y tiene diversos salones. En la parte central te encuentras con una plataforma o escenario para ceremonias desde donde salen sendos pasillos hacia el este y el oeste, todo sobre el agua, y que unen la parte central del santuario con los edificios secundarios. Da una idea de simetría. Desde la plataforma central las vistas del torii son muy hermosas. La estructura de los edificios, pilotes y tejados es muy bonita; su barnizado rojizo ayuda mucho. Por el camino te encuentras un montón de lámparas tradicionales y un precioso puente rojo. La visita la disfrutamos todos un montón. No podemos dejar de hacer fotos. No hay sol pero sí menos calor y poca gente. Hacemos la visita bien tranquilos y sin agobios ni colas.













Volvemos al Ryokan a hacer el check inn (no tenían la habitación a nuestra llegada) y nos vamos a cenar. Recorremos la calle comercial que se sitúa entre el santuario y el embarcadero (la calle Omotesando) y nos encontramos con la sorpresa de que está todo cerrado. Y cuando decimos todo es todo. Empezamos a preocuparnos por el asunto del comer… hasta que finalmente damos con el único restaurante que está abierto en la zona (¿restaurante de guardia?). Cenamos muy bien con un picoteo de tempura de pulpo y gambas, ensalada, almejas en salsa y pescado rebozado. Al salir (son las 19:30 hrs y está oscureciendo) nos dirigimos por la costa hacia el torii flotante para sacarle más fotos y es que la luz está muy bonita.



Regresamos al hotel y nos damos nuestro primer chapuz… perdón baño en un onsen (hay que ponerse serios que esto no es ir a la piscina del hotel). Funciona de la siguiente manera: subes a la habitación y, después de quitarte la ropa, te pones un kimono (¡que monos están los niños!). Te vas al onsen y los chicos se van al masculino y las chicas al femenino. A la entrada tienes un vestuario donde dejas tus cosas y entras en la sala. Allí PRIMERO te das una ducha sentado (te puedes enjabonar) y después ya te puedes meter en el baño (¡el agua está bien calentita!). En nuestro Ryokan hay onsen techado y otro en el exterior aunque nadie te puede ver desde fuera. Yo entro con David en el de fuera y es que como corre el aire hace menos calor. David aguanta poquito, pero va haciendo descansos de un minuto para luego volver a meterse. Oímos las risas de Laura a través de la pared… ¿qué estarán haciendo?


Al subir a la habitación nos da por probar unos momiji manju con los que nos han obsequiado: se trata de unos bollitos con forma de hoja de arce rellenos de dulce. ¡Demasiado dulces! No tienen mucho éxito entre el grupo la verdad…
No tardamos en irnos a dormir aunque esto del baño no es que haya relajado mucho a nuestras fierecillas; es especialmente preocupante el caso de Laura que no para de corretear, saltar y reír todo el rato por la habitación del Ryokan. Está emocionada con la idea de volver a ver ciervos al día siguiente y se pone a dibujar uno en su diario de  viaje. Le decimos que esté tranquila y que mañana podrá ver muchos paseando por el parque de Momijidani. Los ojos se le iluminan. A David también; dice que han trabado amistad con uno y que mañana es posible que se lo vuelvan a encontrar. ¡Dulces sueños!

26 de junio de 2019

OSAKA: Y YO ME PENSABA QUE HOY ERA MAÑANA

Dicen que todo viaje tiene un comienzo. El nuestro se inicia la madrugada del día 24 de Junio del 2019, la “Nit de Sant Joan”. Para nosotros no es una noche corriente. Pero no por la fiesta y el jolgorio de la gente (petardos incluidos) sino por los preparativos y los nervios de nuestro inminente despegue a… JAPÓN. Digamos que entre los ruidos “comunitarios” y la “emoción” que todos llevamos encima, la verdad es que nos cuesta tener sueño. El despertador a las 04:30 am no ayuda en nada. Ya teníamos la mayor parte de las maletas cargadas, así que en poco más de media hora ya estamos todos montados en el coche en dirección al aeropuerto de Barcelona. Allí no tenemos que esperar mucho para que vengan de la empresa Aparca i vola a recoger nuestro coche ( decidimos hacerlo con ellos ya que al final descubrimos que la Terminal de salida no es la misma que la de llegada y nos sale igual de precio que el parquing de larga estancia). Les llamamos 10 minutitos antes de llegar y enseguida aparecen para “sustraernos” el coche (curiosa sensación esto de entregarle a un desconocido las llaves del coche… se nota que somos primerizos en esto…).




Este año viajamos con la compañía KLM haciendo escala en Amsterdam. La verdad es que todo va rodado y no tenemos motivo alguno de queja. Se cumplen los horarios, la comida en el avión es más que decente y el espacio entre asientos no es muy diferente del de nuestros recientes vuelos transoceánicos con Qatar Airlines. El primer vuelo no alcanza las 3 horas, hacemos el enlace sin incidentes y con tiempo suficiente para comer y logramos dormir algo (sobretodo los niños) en el vuelo a Kansai (dura la friolera de 11 horas).

Llegamos a las 09:00 am hora local. Son 7 horas más que en Europa (donde aún es la madrugada). El control de inmigración está bien organizado y las maletas justo salen por la cinta en cuanto llegamos. Recogemos nuestra Pocket WIFI en una oficina de correos (la encargamos desde España) y nos lanzamos a por nuestro primer tren en Japón. En este país la gente se mueve mucho con trenes. La verdad es que enseguida nos damos cuenta de que está todo muy bien organizado, que la puntualidad es máxima y que hay opciones para todos los gustos. ¡Así da gusto! Como no queremos activar aun nuestro JR Pass (se reserva desde España; lo tenemos para 21 días pero estaremos 25 en Japón) optamos por coger el tren RAPI:T de la compañía Nankai. Es un tren altamente recomendable pues comunica directamente el aeropuerto de Kansai con la estación Namba, en el centro de Osaka. Todo son ventajas: no para en Kyoto, sólo tarda 37 minutos, es muy espacioso (nos pegamos el gustazo de viajar en los asientos clase VIP) y nos deja directamente en la zona de Dotombori, que es donde tenemos nuestro alojamiento. Desde la estación hasta el Comfort Hotel Osaka se tardan apenas 15 minutos caminando pero la verdad es que después del palizón del viaje, ir cargados con las maletas y el solazo que hace pues cuesta lo suyo. Son las 12:00 del mediodía y hay gente por todas partes. Pero a diferencia de países como Vietnam o Sri Lanka, aquí hay orden y se cumplen las normas de circulación (para que lo entendáis todos: aquí los semáforos no son meros adornos, la gente no se pone a tocar la bocina con la misma facilidad con que se pestañea y se respeta la vida de los demás cuando se pasa una intersección). El hotel es funcional: ubicación excelente pero espacios reducidos (¡y eso que tiene 11 plantas!). Delante de recepción está el comedor donde se sirve el desayuno (correcto sin más, pero tiene leche y cereales para nuestros peques y café para Fani) que el resto del día hace de sala de estar. La habitación es pequeña pero se las han apañado para colocar 2 camas de 130 metros que es lo que más falta nos hace. Y es que no es fácil combatir el maldito Jet Lag.

Dejamos las maletas en la consigna del hotel (aún no nos dejan hacer el check-in) y nos vamos a comer. Por el camino tenemos nuestro primer contacto con el barrio de Dotombori, uno de los principales atractivos turísticos de la ciudad. Dicen que es especialmente famoso por su vida nocturna y sus neones pero la verdad es que a plena luz del día no tiene desperdicio; hay gente por todas partes y un gran bullicio especialmente por los comercios. Pasamos por la calle Shinsaibasi, altamente recomendable pues es la calle comercial cubierta más larga de todo Osaka y … ¡está climatizada! Hay tiendas de todo tipo y para todos los gustos. Pero nosotros no estamos para tiendas; tenemos un hambre que no veas. Por puro azar, acabamos en un acogedor restaurante céntrico donde nos sitúan en una salita para nosotros solos y avisas de que estás listo para que te tomen nota o te sirvan ¡con un timbre! Mas tarde descubriremos que es habitual el empleo de timbres en los restaurantes japoneses. Pero el primer día es un pasote. Decidimos hacer una degustación de sushi (para Laura pollito rebozado) y la verdad es que estaba buenísimo (descubrimos que hay sushi de diversas variedades de pescado que desconocíamos por completo, incluido el bacalao y el pulpo). Está todo muy bueno.



Tras la comida paseamos un rato por las calles de Dotombori. Llegamos al canal y alcanzamos el famoso neón de Glico Man, todo un símbolo de la ciudad. De 20 metros de alto por 10 metros de ancho, muestra un atleta sobre una pista de atletismo azul. Justo delante hay un puente que atraviesa el canal de Dotomobori donde todo el mundo se para a hacer las fotos de rigor. Nosotros también caemos en la trampa. Nos llaman mucho la atención las fachadas de los restaurantes de Dotombori: decoración al máximo para llamar la atención de los clientes. Desde dragones hasta cangrejos pasando por pulpos; la verdad es que todo vale (algunos hasta se mueven). Es un constante estímulo para los sentidos. Una locura. 





Muertos de cansancio y con jet lag decidimos volver al hotel a reponer fuerzas (son las 03:00 pm) e intentar hacer el más difícil: una siestecita corta. La verdad es que Fani está hecha polvo. Los niños (recordemos que han dormido más en el avión) se ponen a jugar a las cartas. Fani se queda dormida. Al poco rato también Jordi. Los niños siguen jugando a las cartas. Todo va bien. Pasan un par de horitas. Jordi se despierta y… ¡horror! ¡todo el mundo está durmiendo! Cada niño en una cama con un padre. Jordi consigue contra todo pronóstico despertar a Fani pero los niños… los niños es otro cantar… Las intentonas iniciales son un absoluto fracaso. Se recolocan sin más. Ponemos música... nada. Carantoñas… nada. Movilización enérgica… nada. Los papis hacen cálculos mentales: ¿los dejamos dormir hasta mañana? Miramos el reloj: son sólo las 19:00 hrs. Uffff. ¡Hay que despertalos! Finalmente lo conseguimos.
Laura se despierta. Jordi pregunta: “Pero si os he dejado jugando a las cartas tranquilamente. ¿Qué ha pasado? ¿Qué hacéis dormidos?” Laura responde: “Hemos jugado un rato pero como luego nos aburríamos hemos decidido ponernos a dormir con vosotros…”. Vaya vaya…
David pregunta si es hoy o mañana a lo que nos dice: -Y yo que pensaba que hoy era mañana...

Conseguimos salir a la calle. Ya es de noche. Las luces de neón de las fachadas brillan por todas partes. Uno no sabe a donde mirar. De nuevo llegamos al puente del canal y volvemos a fotografiar el neón de Glico Man. Hay mucho ambiente por las calles de Dotombori a esas horas con gente arreglada para salir (estamos a martes por la noche) y una ingente cantidad de puestos de comida callejera. No podemos evitar (siguiendo las recomendaciones de Laura) de hacer cola en el puestecito del restaurante Kani Doraku, donde nos sirven unas tapas de cangrejo que están para chuparse los dedos. Nos las comemos en plena calle, junto al canal. ¡Sencillamente deliciosas!




Acabamos cenando en un restaurante cerca del hotel. Es un coreano que está atiborrado de gente (nos sorprende que dejen fumar) y con el aire acondicionado a tope. Conseguimos leche para los niños en un supermercado callejero y no tardamos mucho en recogernos. Conseguimos dormir todos hasta más de las 08:00 hrs. La operación jet lag ha ido muy bien.



Al día siguiente tenemos previsto visitar por la mañana el Castillo de Osaka. Llegamos en metro: nuestra primera experiencia no puede ser más positiva salvo por la dificultad en comprender cómo se compran los billetes. Todo está muy bien indicado y es muy intuitivo. Las pasarelas están protegidas y se ve todo muy seguro. Además contamos con la inestimable ayuda de la Pocket Wifi que nos permite utilizar la aplicación Google Maps (te dice qué metro, qué línea y en qué parada hay que bajarse).

Estamos de suerte: hay un cónclave del G20 a partir del día siguiente y el castillo estará cerrado. Pero hoy no. Las medidas de seguridad de empiezan a ser importantes con policía y controles de acceso. Pero conseguimos hacer la visita con normalidad. De la visita lo que más nos llama la atención es su preciosa torre. Nos cuesta un poquito llegar: hace mucho calor y nos confundimos de camino (la verdad es que el parque que rodea el complejo es enorme). Pero la torre tiene premio: ¡está climatizada! ¡Y tiene un ascensor que te permite subir a la octava planta! La visita del interior no es tan espectacular pues está reformado y convertido en un museo. Nos llaman la atención las figuritas que conmemoran una batalla de la 5ª planta y la exposición de sables y armaduras de las plantas 3ª y 4ª. Pero el premio gordo está en la 8ª planta convertida en un mirador con vistas de 360º de la ciudad de Osaka que literalmente quitan el hipo. El skyline es impresionante con la Cristal Tower a la cabeza. Salimos del recinto por la muralla norte donde hay un puente muy chulo que te permite tomar fotos de la torre muy vistosas. Damos un rodeo por el parque hasta llegar de nuevo a la entrada sureste. Allí comemos ensalada y cocas (hay que salir del paso como sea que ya son las 14:00 y el hambre aprieta) y recompensamos el enorme palizón de andar de nuestros peques con una visita a un parque infantil que hay junto al recinto. La verdad es que cuando se ponen manos a la obra ya no hay cansancio que valga y es un auténtico pasote descubrir cómo se nos vuelven a poner a cien con el estímulo adecuado. Risas, carreras y gritos de alegría. ¡Así da gusto!
Por la tarde volvemos en metro al hotel. Compramos la merienda en el super y nos la comemos en la sala de estar mientras reponemos fuerzas.






Osaka's Castle

Después volvemos a recorrer el barrio de Dotombori de nuevo con los ojos como platos y sacando un montón de fotos. Nos regalamos una degustación de cangrejo en la sucursal este del restaurante Kani Doraku (por insistencia de David que ayer se quedó con ganas de más cangrejo) y acabamos en el canal de Dotombori degustando una ración de bolas de pulpo recién hechas en un puesto callejero atestado de gente y tras pasar la cola. Mientras Jordi la pasa Fani consigue mesa exterior con los peques. Aquí la recomendación es de Laura que está cómo loca por volver a comer pulpo (todavía recuerda toda emocionada cómo fue probarla en el cole en un taller dels Girasols Grocs). Sin tiempo para más nos volvemos al hotel a hacer las maletas que mañana toca viajar en tren.




7 de diciembre de 2018

DELFINES A LA VISTA

Nuestro ultimo día en Saö Miguel es el más soleado de todos y nos tiene preparada más de una agradable sorpresa.

Empezamos el día realizando (¡esta vez sí!) el Tour de avistamiento de delfines y ballenas que no pudimos hacer el martes por mala mar. Lo hacemos con Futurismo que tiene muy buenas puntuaciones. Nos citan en el embarcadero de Ponta Delgada a las 08:30 horas y nos hacen la charla introductoria dentro de su enorme catamarán. Suerte que llevamos manga larga porque el barco nada más salir del puerto coge bastante velocidad y hace mucho frío. Recorremos la costa Sur de la isla en dirección a Vilafranca do Campo hasta que podemos contemplar el Ilhéu Da Vila. El islote (convertido en reserva natural desde 1983) se puede visitar en verano. Es bonito ver la costa desde el mar. Nos explican que emplean vigías en zonas estratégicas de la isla que vigilan la superficie del mar: en cuanto descubren algún banco de delfines o alguna ballena alertan al capitán del barco por radio. En el pasado, cuando se permitía la caza de ballenas, era así como se alertaba a los barcos pesqueros de su llegada. De las 80 especies de cetáceos existentes en todo el mundo, 21 pasan por las islas Azores. Nosotros no tenemos suerte; ya sabíamos que el invierno era mala época para ver ballenas. Lo que sí tenemos la suerte de disfrutar son los delfines. Concretamente nos encontramos con 2 bancos de delfines comunes. Al llegar a ellos el catamarán se pone a navegar a poca velocidad: es curioso como los gusta ponerse a nadar a la proa del barco haciendo zig zags y saltando por encima del barco. El catamarán queda abierto por delante y nos permite asomarnos con total tranquilidad a todos. Los niños, especialmente Laura, se quedan fascinados mirándolos. Los buscan bajo la superficie y nos avisan asombrados cuando ven alguno saltar. Reconocen hasta alguna cría. Pasamos un buen rato navegando con ellos. ¡Sólo por este momentazo ya vale la pena la excursión!


Llegamos al puerto a eso de las 12:00 horas. Hace un solazo que no veas y, como ya tenemos hambre, nos sentamos en el embarcadero (en la terraza del restaurante Yatch Club) ha regalarnos el último festín. Repetimos con los 2 productos regionales que más nos han entusiasmado: el queso de Säo Jorge y las lapas greilhadas. ¡Sencillamente espectaculares! Compartimos entre todos una generosa ensalada y añadimos unos filetes de pescado para los peques y calamares para los adultos. Todo regado con un vinito blanco y, de "sobremesa", fruta y cafés. Concluimos con conocimiento de causa que en este país se come muy bien. ¡Que la gastronomía también es turismo!

Después nos vamos a probar suerte con la Lagoa de Fogo (nos la hemos encontrado nublada ya en un par de ocasiones). El tiempo es de escándalo y esta vez no podemos equivocarnos. ¡Y no lo hacemos! Preciosa con la luz del sol. Son casi las 15:00 y, por encontrar algún pero, ya tenemos algo de sombra sobre el principio de la misma (el sol empieza a bajar). Hay varios miradores desde los que se puede contemplar la inmensa laguna desde lo alto y las vistas de la isla. En el 2º mirador hay un pequeño sendero que te permite bajar hasta la orilla. Es un sendero excavado en la ladera por el que se puede bajar con cuidado (niños incluidos); hacemos una pequeña parte del recorrido para hacernos una idea. Las vistas no mejoran y no tenemos más tiempo pues nos queda una última parada antes de que oscurezca.


Nuestra útima parada del día es en el parque de Caldeira Vellha. Otro parque con fumarolas y termas de aguas ferruginosas en las que te puedes bañar. La entrada cuesta 8 euros (niños gratis). Tienen vestuarios. Las duchas y las consignas se pagan aparte. Aquí las termas tiene temperaturas muy variadas. Hace bastante frío a esas horas por los que buscamos las más calentitas. El entorno natural es precioso con senderos rodeados de un auténtico vergel natural donde se oyen el trinar de los pájaros. ¡De ensueño! En lo más alto te encuentras una zona termal con una cascada muy hermosa pero el agua está a 23º y nadie se atreve a meterse. No hay mucha gente aunque las termas inferiores son muy pequeñas y enseguida parece que haya multitud. ¡No nos imaginamos como debe ser esto en pleno verano! Nos lo pasamos muy bien. La verdad es que la experiencia de bañarse en aguas termales en plena naturaleza es altamente recomendable, especialmente en época invernal.


Sin tiempo para más pues está anocheciendo volvemos a nuestro alojamiento en Säo Roque para hacer las maletas.