Última mañana en el Living Asia, muy a nuestro pesar. ¡Qué bien que hemos estado aquí! Disfrutamos por última vez del desayuno en la terraza con vistas al mar y hacemos el check out. Hemos quedado con nuestro guía - conductor a las 08:30 hrs.
En media hora llegamos al puerto en la zona noroeste de la isla. Allí vamos a un embarcadero donde nos espera un barco privado. Como nuestro siguiente destino es la isla de Gili Air, la idea es pasar el día haciendo snorkel y aprovechar el barco para hacer el traslado. La embarcación es grande y la tenemos para nosotros solos. En el lateral del barco podemos leer “POKO POKO” (de “HANG OUT” o quedada con los compis).
Gili significa isla. Situadas en la costa noroeste de Lombok, tenemos Kepulauan Gili, un archipiélago de tres pequeñas islas: Gili Trawangan, Gili Meno y Gili Air. De gran interés turístico: son pequeñas, en ellas está prohibido el tráfico motorizado y permiten a uno vivir la experiencia de visitar una isla remota. Además, tanto el coral como la vida marina que las rodean son muy famosos. La más alejada de la costa es Gili Trawangan (la más grande y, según nos cuentan, la más fiestera). En medio queda Gili Meno que sería la más tranquila (para las lunas de miel) y, finalmente, la más cercana a la costa de Lombok, Gili Air (que dicen que sería la ideal para familias). Es innegable que, cuando nos informamos acerca del viaje a Indonesia, la idea de pasar unos días en una de las Gilis fue irresistible. Nos decantamos por Gili Air tras leer algunos blogs donde se recomendaba mucho.
Tras subir al barco (las maletas caben de sobras), nos ponemos a navegar en dirección a Gili Trawangan. Fani se tomó la Biodramina por si acaso, pero hay buena mar. Tardamos cerca de una horita en llegar al Turtle Point, que se ve que es un lugar bastante famoso para hacer snorkel. Hay varios barcos varados y bastante gente en el agua. Tras ponernos la máscara y las aletas, nos lanzamos al agua. Nos acompaña un guía (¿o es fotógrafo instagramer?) que se ocupará de irnos marcando el “camino”. Llevamos un salvavidas para Laura (nos lo pidió ella misma), pero, a la que pilla confianza, deja de usarlo enseguida. Lo dejamos como boya improvisada. David se ha hecho de rogar, pero también se mete en el agua (menos mal). Nada más bajar, nos encontramos con una enorme tortuga con su precioso caparazón dibujado. Ha pasado desapercibida para los demás y podemos nadar con ella sin que nadie nos moleste (manteniendo la distancia y sin tocarla). No tardaremos en toparnos con una segunda tortuga un poco más lejos (¡vaya suerte la nuestra!). ¡Con lo que nos costó encontrarlas en Costa Rica!). El fondo de coral es sencillamente espectacular y hay un montón de peces tropicales. La verdad es que pasamos revista y están casi todos los que conocemos y más. El único que echamos de menos es el pez payaso, pero es que no hay anémonas en este fondo marino. Sí vemos una enorme serpiente marina en el fondo de color blanco y negro (el guía nos dice que estemos tranquilos, que no es venenosa, pero mantenemos la distancia por si acaso). Los niños alucinan. El agua es transparente y la visibilidad, excelente. Lo único que sí resulta un poco agobiante es que continuamente se mueven embarcaciones y el sonido de los motores es algo inquietante (tienes todo el rato el temor de que no te vean y te puedan arrollar... seguramente infundado, pero...).
Regresamos al barco. Estamos varados cerca de la costa este de Gili Trawangan. Podemos ver la costa repleta de edificaciones hoteleras (afortunadamente, la gran mayoría de solo una, a lo sumo dos, plantas y bastante integradas con el entorno natural). Como veremos más adelante en las otras 2 islas Gili, será una constante.
Tras una corta navegación, volvemos a echar el ancla... ¡Para un segundo, snorkel! Aún estamos mojados y algo cansados. El guía nos dice que es una parada TOP, pues es la de las estatuas o “NEST”. Son muy famosas y salen fotografiadas en centenares de sitios. Son un conjunto de 48 figuras humanas de tamaño natural agrupadas en círculo. Fueron creadas por el artista Jason de Caires Taylor y están situadas frente a la costa oeste de Gili Meno. El guía nos explica que fueron creadas como reclamo turístico del hotel que tiene enfrente y que, como están tan solo a 4 metros, son muy accesibles. Nos lanzamos al agua (esta vez ya sin David, que “pasa”). Al poco de llegar, ya vemos que se concentran justo encima y por los alrededores decenas de bañistas. Realmente es agobiante y no deja de ser una “TURISTADA”. Para conseguir la ansiada fotografía, hay que sumergirse y pasar a ras del fondo, entre ellas. El problema es cuando te quedas sin aire y tienes que subir... Búscate un espacio entre la multitud... Fani lo consigue, pero es que es muy buena en el agua. Llama la atención que hay mujeres musulmanas allí metidas, con sus burquinis. Es curioso, pero no imprescindible. Estamos lo justo y le pedimos al guía marcharnos.
Por fin toca un descanso: el barco nos acerca a la costa de Gili Meno, donde nos bajamos para dar un pequeño paseo y visitar una granja de tortugas. El paseo nos muestra una avenida repleta de bares y restaurantes con sus correspondientes hamacas y parasoles. Hay mucha animación y gente por todas partes. Dista mucho de la idea que nos habíamos hecho de isla para recién casados... La granja consta de cuatro parcelas repletas de tortugas y separadas por tamaño y edad. Las hacen crecer allí, alimentándolas y protegiéndolas de los depredadores. Tras un año, y con la tortuga ya crecida, se libera al mar. El proyecto lleva más de treinta años en marcha y la visita es libre.
Volvemos al barco y ponemos ya rumbo a Gili Air, donde accederemos al embarcadero de la zona sur de la isla. Allí hacemos nuestro tercer y último snorkel del día y quizá el mejor, pues casi ni hay nadie y el fondo de coral es sencillamente espectacular y repleto de peces tropicales. Además, nada más lanzarnos al agua, volvemos a ver otra tortuga. Estamos relativamente cerca de la costa, por lo que tomamos nota de que probablemente podremos disfrutar de más snorkel los demás días sin necesidad de subirnos a ningún barco.
Comemos en uno de los restaurantes del embarcadero. Nos asignan una zona para los cuatro y hacemos una comida sencilla. Esta vez no perdonamos el café, aunque el de este país sigue dejando mucho que desear. Repasamos con nuestro “fotógrafo” las fotografías. ¡Son preciosas! Nos las pasa directamente al móvil.
Nuestro alojamiento para los próximos 3 días es el Hotel Isla del Agua. Nuestro guía no sabe dónde está y, como no tiene ganas de complicarse, nos avisa un carro con caballo para que nos lleve hasta el hotel. Nos enfada bastante porque aquí te COBRAN LITERALMENTE LO QUE LES DA LA GANA sin posibilidad de negociar porque no tienes alternativa. La “broma” nos supone la friolera de 350000 rupias que, tratándose de Indonesia, es un auténtico robo para una carrera de apenas 20 minutos (y el conductor, Lamborgili, qué cachondo, nos dice que nos ha hecho un “descuento”… Sin comentarios). Decidimos que ha sido el único carro que hemos pagado y que no habrá ni uno más. En la isla puedes acceder a todas partes caminando, pero también se puede alquilar bicicleta y/o scooter eléctrica (estas son muy manejables y a Laura le han hecho tilín).
El hotel Isla del Agua es un lujazo: está en la zona norte, es familiar y acogedor y las habitaciones están decoradas con gusto. Además, te dan toallas para la playa y máscaras grandotas para el snorkel. ¡Genial! Tiene piscina. Tras hacer el check-in, nos sentamos con el recepcionista a repasar el mapa de la isla. Nos hace un montón de recomendaciones de las que tomamos nota, especialmente de restaurantes molones, zonas de snorkel y zonas para la puesta de sol. Tras instalarnos, salimos a dar un buen paseo por la zona norte, donde disfrutamos de nuestra primera puesta de sol. Ya vemos que aquí son muy especiales y somos muchos los que nos concentramos en la playa para poder admirarla con la boca abierta. Hay turistas, pero también locales. Nos cruzamos con algunos runners y con turistas montados a caballo. Por el paseo hay muchas zonas arenosas no asfaltadas, con lo que vemos mucha gente empujando sus bicicletas o scouters alquilados. En la isla no hay robos y se considera muy segura. En ningún momento vemos policía.
La cena la hacemos en el Hakuna Matata, un restaurante de sushi. Mientras esperamos que lleguen los platos de sushi, los niños se ponen a jugar una partida de ajedrez con el tablero que tiene el propio restaurante cerca de la barra y que es de marfil. Los papis disfrutamos de nuestro momento “edamame” del día. De vuelta al hotel, identificamos una heladería donde por cada bola que pides te regalan otra. Ya tenemos claro que la visitaremos más veces.









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