28 de junio de 2026

EL RÍO LANDAK Y LA CUEVA DE LOS MURCIÉLAGOS

Llega nuestro segundo día en el Parque Bukit Lawang. Nuestro guía, Sugeng, nos ha preparado un recorrido algo diferente; es domingo y el parque estará algo más concurrido, así que ha reservado para hoy la visita a LA CUEVA de murciélagos ( la Bat Cave; no, el nombre no es muy original). No toca madrugar; de hecho, hemos fijado la hora de salida a las 09:30 h. Así que tenemos tiempo de sobra para desayunar en el Ecolodge. Tienen una carta en la que eliges qué tipo de desayuno quieres y te preparan una bandeja bien completita con zumo natural y platito de fruta acompañando tus tostadas y tortilla , tus noodles o tu crepe. No hace un calor sofocante en la terraza del hotel; con vistas al río Bohorok, sopla una agradable brisa. Hay que tener cuidado, eso sí, con los macacos que, si te despistas, saltan entre las mesas y ven lo que pillan. Los camareros no dan abasto con sus largos palos amenazadores...

Una de las grandes ventajas de alojarse en Bukit Lawang es que no necesitas vehículo para explorar el parque y sus alrededores. Solo un buen guía y muchas ganas. Nos ponemos en marcha puntuales y mucho menos cargados que el día anterior (esta vez llevamos algo menos de agua y hemos renunciado a los chubasqueros). Caminamos por el bosque durante una hora aproximadamente. El camino es un sendero que transcurre entre palmeras de aceite de palma, caucho, árboles frutales y raíces. No está tan embarrado como ayer, aunque sí que empieza a hacer mucho calor. Algunas casas rurales salpican los campos. 


No me hace mucha gracia caminar entre tanto palmeral. Eco nos explicó el primer día que suele haber muchas ratas cerca de estos árboles. Y ya se sabe, las ratas atraen a las serpientes... Eco nos explicó que en ocasiones las ratas son tan numerosas que entonces las serpientes prefieren vérselas con los recolectores de aceite que con grandes grupos de roedores. Esto ha supuesto problemas serios para las empresas. Hubo una crisis en las plantaciones de Sulawesi que lograron superar trayendo búhos desde México. Ingenioso, ¿no?

Por fin llegamos a un pequeño claro donde hay un sendero estrecho que lleva hasta la entrada de la cueva. Dejamos las mochilas en la entrada con el vigilante y bajamos sin prisa (es que los escalonazos que hay para bajar son de tierra, además de estrechos, resbaladizos y empinados). Después de bajar, toca subir. Esta vez por unos escalones naturales incrustados en las rocas, entremezclados con lianas y algún que otro intento de barandillas improvisadas con maderas. Nos ha recordado un poco al parque de Madagascar de Tsingi de Bemaraha, donde tuvimos que escalar.



No esperábamos que entrar a la cueva fuera tan difícil. Ni tampoco el interior. Algunos tramos son muy resbaladizos y tenemos que acabar escalando alguna que otra roca. Además, a medida que vamos avanzando, empieza a faltar luz (llevamos un frontal y 4 linternas). Llegamos a una primera cámara donde sí entra algo de luz natural y vemos a los primeros murciélagos. Son chiquititos, pero hay muchos. Intentan dormir, pero si los iluminas, salen volando al poco rato. 


Seguimos avanzando. Llegados a este punto conviene aclarar que hay tramos donde las paredes son estrechas y tenemos que agacharnos y respirar hondo para no darnos algún que otro cabezazo. Menos mal que somos pequeñitos en general. Durante esta parte ya no necesitamos las linternas. Hay alguna zona rocosa donde hay que ir con mil precauciones; aun así, Jordi sufre un inoportuno resbalón y, afortunadamente, es agarrado a tiempo por el guía que cierra el grupo. Se trata de un chico joven que obedece las órdenes de Sugeng y que de tan silencioso que es a veces no recordamos ni que va tras nosotros.

Entonces llega la merecida recompensa: la SEGUNDA CÁMARA. Mucho más grande. Las paredes se separan y te queda un techo como abovedado y un espacio muy amplio. Esta segunda cámara está repleta de murciélagos, mucho más grandes que los de la primera. Al final de la cueva hay un agujero en el techo que comunica con el exterior. 

La vuelta no es menos dura, pero en una hora ya estamos fuera de la cueva. En la entrada nos encontramos con un grupo de chicas musulmanas que están listas para empezar la visita, algunas de ellas con sandalias o crocs. Para matarse...

La visita prosigue atravesando una plantación de caucho, llena de árboles de durión, la famosa fruta de Asia conocida por su intenso aroma. Ahora sí que hace mucho calor y vamos por pequeñas pistas por donde pasan moteros transportando mercancías o buscando un lugar para descansar con sus parejas. 

Llegamos al río Landak, el segundo río de Bukit Lawang, más tranquilo que el Bohorok y supuestamente perfecto para nadar. Sorprende que no hay ningún soporte logístico: ni aseos públicos, noirestaurantes con terraza y hamacas, ni pasarelas, nada de nada. Nula explotación. Sugeng nos lleva a una zona donde hay poca gente (el loco que va con un pantalón tejano con agujeros por los que se le ve el culo y un machete cuenta como poca gente). Sugeng nos dice que es amigo suyo y que desde hace un tiempo está mal de la cabeza, pero que estemos tranquilos, que él vigila (un día interesante, descubriendo diferentes formas de palmarla...).

No hemos traído las zapatillas de neopreno, pero acabamos metiéndonos en el río para refrescarnos (menos David, que está hasta el moño de tanto bicho y cambio de ropa). Hay mucha corriente y no es muy profundo, pero tenemos nuestro momentazo con Laura, que es una loca que siempre sabe sacarle partido a todo.

Al salir nos espera la comida, lo mismo que ayer: arroz frito con vegetales, pan de gamba, huevos y fruta. Mi pregunta es: ¿dónde llevaban estos chicos la comida? ¿Cómo se mantiene tan bien y buena? Nosotros habríamos llevado nevera, mochilas, hielos y, claro... no habríamos llegado al sitio.

Tras la comida toca regresar al hotel, por el mismo sendero que hemos tomado por la mañana. La verdad es que estamos muy desorientados y tenemos claro que no sabríamos volver sin el guía. Tardamos cerca de una hora y no llegamos al Ecolodge hasta las 14:30h.

Tras ducharnos y volver a lavar ropa, me quedo frita. Me despierta la trompa de agua que cae en apenas unos minutos. Pasamos el resto de la tarde en la cafetería, jugando a cartas, leyendo, pasando las fotos del día y escribiendo el blog. Los niños tienen recompensa, tarde de videojuegos y wifi. Mientras tomamos refrescos y café, un mono salta a la mesa de los de al lado y les roba comida. Sí que es rápido!

Cenamos comida indonesia más tradicional. Encargamos unos platos que hay que reservar con tres horas de antelación porque necesitan más tiempo de preparación que el resto de la carta. Pedimos dos platos de ternera con vegetales, con salsa de coco y patatas. Están preparados de forma diferente y, como no, son un poco picantes (a pesar de que los habíamos pedido después de preguntar expresamente si picaban o no y a pesar de no estar señalados en el menú con el dibujito ese que ponen del chili al lado de la descripción del plato). Tenemos claro que nuestro paladar no está hecho para esto, aunque poniéndole ganas conseguimos comernos toda la carne. No perdonamos el postre: bandeja de fruta y rolls de plátano frito con chocolate. ¡Delicioso! 



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