Nos levantamos pensando en que no está nada mal tener tiempo para aburrirse de vez en cuando y disfrutar del día que vamos a llamar vehículos free, para pasear, leer, bañarse y tomar el sol. Nos decidimos por dar primero un paseo por la playa, para hacernos los healthy y bajar el desayuno, que nos hemos pasado.
Por casualidad pasamos por delante de un pequeño chiringuito. Está hecho con materiales naturales (por no decir con lo que han pillado del bosque). Está algo destartalado y parece que, si soplas, se va a caer. Nos llama la atención un cartel que dice: —No wifi. Talk to each other. Pretend it’s 90s. Es una pequeña escuela de surf. Le pregunto a Laura si se anima. De entrada me dice que no, pero luego reflexiona y nos dice:
- ¿Sabes qué? A lo mejor no volvemos a tener la oportunidad de hacer algo así en un lugar como este.
Así que sí, acabamos tomando una clase de casi 2 h de surf. ¡Increíble! Porque lo del tiempo libre está sobrevalorado.
Hacemos un primer briefing de normas básicas de supervivencia y técnica y acabamos montadas en las tablas, esperando a que lleguen las olas perfectas. El mar está perfecto para principiantes, o eso nos dicen los instructores. Menos mal que hemos decidido hacer la clase con pantalones y camiseta porque nos hemos caído tantas veces que no sé si no habríamos salido desnudas del agua, tal como sirenas. Aguantamos una hora y media. A partir de ahí, las olas están más altas y chocan con fuerza en la orilla y abandonamos por miedo (aunque la emoción todavía se siente).
Poder vivir esta experiencia con Laura ha sido muy chulo. Y ella ha sido muy valiente. Además, no se le ha dado nada mal. Por supuesto, solo hemos aprendido a levantarnos y aguantar, de pie; para nada hemos movido la tabla a nuestro antojo, pero no ha estado nada mal.
Tras la comida, que es a la carta y con unos precios más asequibles y parecidos a los del resto del viaje, toca piscina, capuchino y puesta de sol.





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