El día comienza con un supermadrugón, para no perder la costumbre. Son las 04:30 am y, con los rezos del imán, nos ponemos en marcha. Hemos quedado con el conductor a las 05:15 h. Cerramos maletas y recogemos unas cajas del hotel d'Omah con el desayuno. Las cajas son de bambú y, además del desayuno, incluyen unos termos pequeños para café, té y leche. Nos hemos flipado. Un último obsequio de este gran hotel.
En poco más de media hora nos plantamos en la estación de tren de Yogyakarta. Sorprende la cantidad de gente que hay a esas horas por las calles. Aquí la gente madruga mucho: hay mucho tráfico rodado, motos sobre todo, y gente por todas partes caminando de aquí para allá. Por haber, vemos hasta gente haciendo footing. ¡Qué diferente de nuestro país!
Las calles parecen todas iguales y parece mentira que nuestro conductor no necesite ningún Google Maps o similar para moverse por el intrincado laberinto de calles.
La estación de tren nos sorprende, pues la esperábamos más pequeña. Está bastante bien, con paneles indicativos de todos los trenes y sus correspondientes horarios y andenes actualizados. Es imposible equivocarse de tren, algo que, por cierto, nos daba algo de miedo, ya que el conductor se ha largado. Tenemos que pasar la hoja impresa con los billetes por un lector de QR e imprimirlos. Enseguida nos ayuda un empleado muy amable. Hay un control de acceso en el que revisan solo el billete (aunque llevábamos los pasaportes a la vista).
Cuando faltan 15 minutos para la salida del tren (fijada a las 06:45 h), nos subimos. Moderno, con espacio de sobra entre asientos y con unos amplios compartimentos superiores donde colocamos sin problemas nuestras maletas. Cuando nos ponemos en marcha, observamos una curiosa escena que dice mucho de la gente de este país: varios empleados de la compañía de tren se colocan en el andén con las manos en posición saludo-despedida y mirándonos al arrancar. Al verlo, Laura nos dice: —Pero no nos va a pasar nada, ¿no? Y es que la despedida es tan solemne que da la impresión de que nos la vamos a pegar.
El viaje a Surabaya dura 4 h, por lo que tenemos tiempo de sobra de desayunar los packs del hotel, dormir un buen rato (caemos todos), leer, escribir blog y jugar a maquinitas. En el vagón hay locales y turistas, y van pasando empleados a vigilar y recoger basura. En ningún momento te sientes inseguro y el viaje pasa volando.
Llegamos puntuales. Mucha gente se baja y hay un poco de apelotonamiento en el andén. Pero con paciencia salimos. Afuera nos espera nuestro conductor, cuyas únicas instrucciones son llevarnos a nuestro hotel cerca de Bromo. No habla inglés e intentamos en vano comunicarnos con él. No sabe nada de que tengamos que ir por la tarde a visitar el volcán, ya que tenemos billetes de avión para las 11:00 h del día siguiente. Al contrario, nos enseña un mensaje de texto del móvil pregrabado con indicaciones de madrugón y visita al amanecer, que es lo que hace casi todo el mundo. Conseguimos contactar con nuestro agente de Evaneos (Marco) y nos dice que estemos tranquilos, que intentará arreglar el entuerto. Una cosa nos queda clara: tenemos un LÍMITE DE 24 HRS, ni una más.
Con el ánimo un tanto inquieto, nos ponemos en marcha. La distancia es considerable y nos lleva unas 2 horas y media llegar al hotel. La primera parte: Salimos de Surabaya; es una ciudad mucho más moderna que Yogyakarta, con todas las calles asfaltadas, arcenes, edificios de bloques de pisos y centros comerciales. A plena luz del día la ciudad luce. Después toca autopista. Para qué engañaros... ¿Alguien se la esperaba? Aprovechamos para hacer una parada técnica y usar el lavabo. El conductor nos pasa al guía local por teléfono: lo primero que hace es disculparse por la confusión y enseguida arreglamos con él la visita al volcán Bromo para la misma tarde. ¡Menos mal! Como nos vemos venir que el tiempo es oro, decidimos comer allí mismo, en la misma estación de servicio. Hay un montón de puestecitos de comida y nos sentamos en uno que parece que ofrece pollo y arroz sin picante. ¡Acertamos! Sin complicaciones. La comida más barata de todo el viaje: nos costó la friolera de 102000 rupias... o sea, 5 euros.
Tras recorrer otro tramo de autopista, nos toca pillar una salida para ascender hasta Wonotoro. Esta parte está llena de curvas y más de uno se pone malo. El conductor va a todo trapo, pero cualquiera le dice nada... Nos espera el Tour Sunset y el reloj sigue contando.
El hotel Jiwi Jawa es un auténtico pasote. A lo parador nacional, mimetizado con el propio bosque. Está decorado con gusto; de hecho, expone obras de artistas, sobre todo cuadros. El guía local ya nos estaba esperando y no deja de disculparse por la confusión. Nosotros le tranquilizamos y le pedimos que nos dé 10 minutos para instalarnos. Las habitaciones son espaciosas y están comunicadas. Dejada en toda regla de maletas y ¡al ataque!
Arrancamos el tour a las 15:00 h. Nos subimos a un jeep rojo de época. Un pasote: parece sacado de una película de Indiana Jones con sus botones en el salpicadero, el ruido incesante del motor y el penetrante olor a gasolina. El conductor se ve experimentado; es un señor de unos cincuenta años (¿señor?), redondo y bajito, pero con mirada de pocos amigos. Enseguida descubrimos que lo de subir a la zona de los volcanes en estos jeeps es práctica habitual y que tienen toda una flota de ellos por todas partes. Nuestro guía nos informa de que es una suerte que hagamos el Sunset Tour porque por las mañanas se forman unas colas a las 03:00 - 04:00 h de la mañana de aúpa para poder fotografiar el amanecer. Se ve que es un locurón. Y todo para poder acceder a un palito de mirador rodeado por centenares de personas. ¡Ni de coña hacemos nosotros eso!
El jeep tarda unos 20 minutos en aparcar en un descampado, cerca del volcán Bromo. Aquí toca bajarse del jeep e iniciar una larga caminata hasta la cima del volcán. Lo primero que pensamos es que está muy lejos y que no lo vamos a conseguir ni en broma, vista la hora que es. Pero el guía parece muy convencido de que sí y marca un ritmo bastante normal que podemos seguir todos. A lo lejos vemos una zona de escalinatas, rollo “Muralla China”. La verdad es que estamos todos de buen ánimo (no olvidemos que llevamos todo el día encerrados en vehículos motores) y con ganas de caminar. La primera parte se hace relativamente fácil; se llega hasta un primer templo hinduista. A partir de aquí empieza la subida y cuesta lo suyo; en esta parte la pista está llena de rocas y, si te descuidas, resbala. Pero con paciencia, parones estratégicos y agua lo conseguimos. Se llega a un segundo templo hinduista y, desde aquí, parte el largo tramo de escaleras hasta la cima. Son un total de 204 empinados peldaños que hay que subir con calma. Hay zonas laterales para descansar sin molestar y tomar aire.
El volcán Bromo está activo, se eleva a una altura de 2329 metros y pertenece al parque nacional Bromo Tengger Semeru. Es difícil explicar lo que se siente una vez alcanzas la cima; es algo que hay que “vivir” en persona. Por un lado, tienes el cráter del volcán con su humareda y su olor a sulfuro; hay zonas en las que se deja entrever la lava. Y luego están las vistas de todo el parque con el Mar de Arena, los templos hindúes y el resto de volcanes. De uno de ellos vemos cómo emerge una humareda importante a lo lejos. El espacio de la cima es bastante estrecho y algo peligroso: no hay ni plataforma ni barandillas, así que hay que moverse con cuidado. La verdad es que debe ser bastante estresante hacer la visita con mogollón de gente. Estamos casi solos y podemos movernos con mayor seguridad. Tomamos nuestro tiempo (y nuestras fotos), sobrecogidos y con la boca abierta. Nos impresiona el ruido que hace.
A eso de las 16:15 h aproximadamente, el guía nos recomendó iniciar el descenso y hacerlo más bien rapidito para poder llegar con tiempo al mirador de la puesta de sol. Intentamos no entretenernos y seguimos el camino inverso. Nos lleva apenas 20 minutos; eso sí, corriendo en ciertas zonas y aprovechando el desnivel.
Después nos volvemos a montar en el jeep y seguimos ascendiendo a la zona de los miradores (cuando se hace el Sunrise Tour, es la misma secuencia, pero al revés). Encontramos poco tráfico y ningún problema en la carretera. Hay muchas curvas y Fani empieza a marearse. Tras unos 20 mins de “masaje javanés”, llegamos al mirador más famoso donde ver el amanecer (y, por ende, la puesta de sol): se llama el King Kong Hill. Llegamos justo a tiempo para disfrutar del lugar y poder contemplar la impresionante puesta de sol. Nos encontramos con algún turista suelto, pero ningún agobio. Eso sí, la temperatura empieza a bajar y pasamos frío. Aun así, este Sunset Tour acaba de la mejor manera posible y finalmente podemos dar nuestra aventura en Bromo como exitosa.!Misión cumplida¡
Son las 18:00 h y toca regresar. Nos subimos en el jeep cuando ya está anocheciendo y empezamos un nuevo eslalon de curvas de media hora de duración. Ya no se ve nada por las ventanillas: solo las luces de algún otro vehículo.
Ya en el hotel, no tardamos en ir a cenar al restaurante. Y nos espera una supercena. La verdad es que el restaurante del hotel Jiwi Jawa es un pasote con platos locales y extranjeros excelentes. Destacar el pato que se pide Jordi, el caldo de Fani y los zumos y la repostería. Nos ponemos las botas.
La temperatura ha seguido bajando y hace un frío que pela. Es curiosa la sensación de ir a las habitaciones y tener que colocar las mantas para poder dormir. ¡Frío en Indonesia! ¡Ver para creer!








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